31
Nash
—No te puedes poner eso.
—¿Por qué no? —Eché la vista hacia atrás para ver a mi hermana de brazos cruzados en la puerta de mi dormitorio. Contemplaba mi sudadera gris y mis vaqueros como si acabara de salir de trabajar en la mina, estuviera manchado de carbón y fuera a presentarme así ante Eleonor en el restaurante.
—Porque es una cita, Nash. Una ci-ta. No una quedada para ir al parque a pasear a tu perro.
Resopló, visiblemente hastiada por tener que lidiar con las incompetencias de su hermano mayor, y, bajo mi mirada aturdida, movió su silla hasta la cama para revisar la ropa que había tirado encima.
Cogió varias perchas, sopesó sus opciones y acabó tendiéndome una de la que colgaba una camisa blanca.
—Ponte esto —me ordenó.
—¿Y qué pasa con Dash?
—¿Pensabas llevarte a Dash? —Sidney torció el cuello hacia mí horrorizada—. ¡Nash, por el amor de Dios!
Me lanzó un cojín que esquivé a duras penas. Me agaché justo a tiempo y acabó rebotando contra el espejo, que se tambaleó peligrosamente. Miré a Sidney como diciendo «¿has perdido la cabeza o qué?».
—¿Qué hay de malo en que quiera llevarme a Dash? —refunfuñé mientras recogía el maldito cojín y lo tiraba sobre la cama. Le arrebaté la camisa de las manos—. Me tranquiliza tenerlo cerca.
—¡Nash, es una cita!
—A Eleonor le cae bien. —Me mantuve en mis trece.
Mi hermana echó la cabeza hacia atrás con dramatismo.
—Espero que, para cuando yo tenga edad de empezar a ir a citas, los chicos ya no sean tan idiotas.
Me quité la sudadera y me puse la camisa frente al espejo.
Aunque no iba a admitirlo en voz alta, Sidney había hecho bien en aconsejarme el cambio: la camisa me quedaba mejor y era bastante más formal.
Era lo que tenía pensado llevar en un principio —de ahí que estuviera tirada sobre mi cama—, pero me daba miedo pasarme.
Estaba de los nervios. Hacía tiempo que no tenía ninguna cita.
Eleonor me gustaba mucho y quería que todo saliera perfecto. Eso implicaba no meter la pata.
¿Cómo se me había ocurrido pensar que podía ir con una sudadera? Entendía que Sidney pareciera indignada. Habría sido una idea horrible.
—Ahora sí, impecable —me halagó mi hermana. Parecía supersatisfecha de sí misma—. No pienso dejar que te lleves al perro, que conste.
Suspiré mientras me recolocaba el pelo. ¿Eran los nervios o ese día no había manera de domarlo?
—No iba a hacerlo, Sid. Era broma.
—De ti ya me creo cualquier cosa. Oye, ¿qué te pasa? —La tensión que me torturaba los hombros no le había pasado desapercibida. Se movió hacia mí—. ¿Estás nervioso?
—¿Tanto se nota? —Hice una mueca.
Sidney me sonrió con ternura. Ese día volvía a llevar una trenza a cada lado de la cabeza; le encantaba peinarse así.
El libro que le había regalado Eleonor descansaba sobre su regazo.
En otras circunstancias, seguramente Sidney ya se lo habría leído, pero había estado de exámenes en el instituto y el volumen en concreto tenía unas ochocientas páginas.
Eso no evitaba que ella se lo llevara a todas partes.
En ese sentido, las dos eran muy parecidas: se volcaban con pasión ante cualquier cosa que les gustase.
—También estabas nervioso el día de mi cumpleaños y todo salió bien —me recordó Sid—. No lo pienses mucho. Es Eleonor. Todo es fácil con Eleonor.
Eso era cierto. Dejaría de estar nervioso en cuanto la tuviera delante y empezáramos a hablar. Con ella todo fluía siempre de manera natural.
—Yo soy el que debería darte consejos a ti, ¿sabes? No al revés —le recriminé divertido, agachándome frente a ella, aunque valoraba mucho sus palabras.
Me plantó una mano en la frente para empujarme hacia atrás.
—El problema es que eres un panoli —dijo.
—Vaya, gracias. Tú sí que sabes dar ánimos a alguien antes de una primera cita.
—¿Es vuestra primera cita? —Se sorprendió.
Asentí.
—¿Crees que debería comprarle flores?
—Hazlo —me instó de inmediato. Por cómo se le iluminó la mirada, parecía una grandísima idea. Me apunté mentalmente que tendría que pasar por una floristería antes de entrar al restaurante. Si no recordaba mal, había una justo enfrente.
Eran las siete y media del sábado, y Eleonor y yo habíamos quedado en vernos treinta minutos más tarde.
En un principio mi intención era recogerla en su casa, pero insistió en que no era necesario.
Volvían ya de casa de Megan. Devon y Olivia la dejarían con el coche en el restaurante que yo había elegido con ayuda de Sid y también un poco —debía confesarlo— de mi madre.
No era nada del otro mundo, pero me apetecía mucho organizar algo más o menos especial.
Era la primera cita de su vida e iba a ser conmigo. Tenía que ser memorable.
Además, sospechaba, por los mensajes tan escuetos que Eleonor me había mandado, que la charla con Dylan no había ido nada bien. Quería hacer todo lo que estuviera en mi mano para animarla.
Sidney sonrió cuando cogí la cartera, el móvil y las llaves y me eché otro vistazo rápido frente al espejo.
—Vas bien —insistió, con un tono entre cansado y divertido—. Deja de preocuparte.
—Sigo nervioso.
—No lo estés. Eleonor es la indicada, Nash. ¿Sabes cómo lo sé? —Empezó a sonreír—. Porque seguro que le habría parecido gracioso que te llevaras al perro.
Me sonsacó una carcajada.
—Le habría encantado —coincidí.
—Sois tal para cual. Ahora vete de una vez.
Cuando llegué hasta la puerta, me giré al volver a oírla.
—Es una suerte que os hayáis conocido, ¿verdad? —dijo—. Con la de gente que hay en el mundo.
Sí. Eso era verdad. Debía de haber sido cosa del destino.
Me acerqué para darle un beso en la cabeza y salí de la habitación.
* * *
NASH
Ya voy de camino. ¿Y tú?
ELEONOR
También. Te veo ahora :)
Me metí las manos en los bolsillos y miré al cielo. Estaba despejado, pero en mi móvil ponía que en un rato empezaría a llover. Esperaba que a Eleonor le diera tiempo a llegar antes al restaurante.
En cuanto a mí, los nervios me tenían tan acelerado que había calculado mal y salido demasiado pronto de casa.
Había llegado al punto de encuentro con veinte minutos de antelación.
En realidad, lo prefería; era mucho mejor esperar a Eleonor que hacerla esperar a ella.
No quería empezar la cita con mal pie, aunque eso implicase pasarme un rato apoyado contra la pared, bajo el cartel de neón que anunciaba el nombre en italiano del local.
Una pareja entró entre risitas y los seguí con la mirada, mientras notaba ese cosquilleo inquieto en el estómago al pensar que pronto esos seríamos Eleonor y yo.
Podría haber ido entrando también para coger mesa o ir tomando algo, pero prefería esperar fuera.
Entraríamos juntos, sí. Era lo máximo a lo que podía aspirar en ese momento.
Esperarla fuera e intentar actuar con normalidad pese a los nervios. Énfasis en intentar .
Pasaron cinco minutos.
Y otros cinco.
A las ocho en punto recibí un mensaje.
MIKE
¿Cómo va tu supercita?
Lo llamé por teléfono.
—Eleonor todavía no ha llegado —le conté en cuanto descolgó. No dejaba de mirar hacia la calle por si ella aparecía. Mientras tanto, hablar con Mike mantendría mis pensamientos a raya—. Le he mandado un par de mensajes y no me ha respondido.
—¿En serio? —articuló extrañado—. Bueno, no te estreses, tío. Seguro que estará al llegar. —Entonces pareció pensar en algo—. Voy a hacerte una pregunta y quiero que contestes con total sinceridad. ¿Te ha decepcionado ver que el mensaje de antes era mío y no suyo?
Me arrancó una risotada. Admití lo obvio:
—Un poco.
—Joder. No estás ni saliendo oficialmente con ella y ya la has antepuesto a mí en tu lista de prioridades.
—Para empezar, eso no es verdad. —Eran amores, tipos de cariño, muy diferentes—. Y lo de que no estamos saliendo va a cambiar hoy. —O había cambiado el día anterior. No lo tenía del todo claro.
Mike silbó encantado.
—Me alegro de ver que te has puesto las pilas. La pobre chica ya no sabía qué más hacer.
—Me gusta tomarme mi tiempo —me defendí.
—No me lo creo. Échale huevos, tío.
—Vale.
—¿Qué?
—Que vale —repetí. Me hizo gracia haberlo dejado descolocado—. ¿Cómo sabías que teníamos una cita, de todas maneras? —Yo no se lo había contado.
Puse el altavoz y revisé mis mensajes por si Eleonor me había escrito. Aún nada. Ni un solo mensaje. Y ya eran casi y diez.
—Tu hermana me ha llamado para decírmelo. Sabía que me apetecería mucho vacilarte. Está muy orgullosa de ti. Los dos lo estamos. ¡Por fin una chica en tu vida! Y yo que estaba empezando a pensar en comprarte un gato. Ya sabes, para comenzar con tu colección.
—Seguro que tendría problemas con Dash —mencioné. Volví a ponerme el teléfono en la oreja.
—¿Y qué? Eso haría tu vida mucho más interesante.
—Das mal rollo, Mike.
—Gracias. Tengo esa cualidad desde pequeño —presumió, y volvió a suspirar con dramatismo—. A pesar de ello, tú, mi mejor amigo, la única persona en el mundo que me entiende, me ha sustituido por...
—Eleonor te gana por goleada. Lo siento.
—¿Es porque es más guapa?
—Y simpática. Y mucho más inteligente. Y menos rara.
—Dile eso a ella. La conquistarás seguro.
—No me ayudas, ¿sabes?
—No trato de ayudarte. Tengo el corazón herido.
Resoplé. Mike soltó una risotada al otro lado.
Era un tío de lo más peculiar y le encantaba tomarme el pelo, pero aun así daría la vida por él, como sabía que él la daría por mí.
Mis padres lo querían como a un hijo y Sidney lo trataba como a un hermano mayor.
Tenía suerte de que fuera mi mejor amigo, aunque eso supusiera tener que aguantarlo cuando se ponía en plan melodramático.
—Oye —tanteé al cabo de unos segundos. Eleonor seguía sin llegar y la ansiedad me crecía en el estómago—. ¿Puedo pedirte un consejo de verdad?
—¿Para tu cita? —Si lo hubiera tenido delante, estaba convencido de que habría visto a Mike levantarse de golpe, con los ojos abiertos como platos—. ¡Pues claro! —exclamó—. Sabes que soy un experto en estas cosas. Llevo taaaaanto esperando este momento...
—Primero: deja de vacilarme o te cuelgo. Segundo... —Mis ojos se posaron sobre el local que, tal y como recordaba, había en la otra acera, frente al restaurante—. ¿Qué opinas sobre lo de regalar flores en una cita?
—Que es absolutamente necesario. ¿No llevas flores?
—Sidney me aconsejó que las comprase, pero no.
—Porque tu hermana tiene un gran maestro: yo. Ahora, ¿se puede saber por qué no las has comprado? —El tono acusador de Mike me hacía sentir como si lo tuviera a medio metro de la cara, escudriñándome con las cejas juntas.
—No lo sé. Me da miedo que sea demasiado. No quiero pasarme. Creo que a Agatha no se las compré.
—Y mira lo bien que te salió.
—Mike —protesté.
—Perdona, tío. Ha sido cruel y desproporcionado. Fue culpa suya, no tuya. Dicho esto, que con Agatha las cosas fueran de una determinada manera no significa que con Eleonor debas hacerlo igual. Sé tú mismo. Con eso bastará.
—Ser yo mismo —repetí para interiorizarlo.
—Exacto. Y si eso implica empezar a escribirle un libro en la tercera cita y comprarle flores en la primera —dijo—, ya puedes ir a comprar las dichosas flores.
Colgó el teléfono. Le encantaba darles finales dramáticos a nuestras conversaciones.
Me dirigí al paso de peatones para cruzar, dispuesto a seguir su consejo.
Mientras esperaba al semáforo, busqué el contacto de Eleonor para llamarla.
Me puse el teléfono en la oreja. Dio uno, tres, cinco tonos.
Luego nada. Chisté frustrado mientras caminaba.
Me detuve frente a los cestos llenos de flores que había en el exterior de la tiendecita.
Eleonor no contestaba y yo no sabía qué ramo comprarle. ¿Cuál le parecería más bonito?
Entonces recordé que se trataba de Eleonor y que veía el mundo con emoción y ojos amables: todos le parecerían bonitos.
Escogí el que más me gustaba a mí y entré para comprarlo. La dependienta me cobró con una sonrisa amable.
—¿Son para tu chica?
—Sí —respondí, porque en esas estábamos.
Al salir volví a mirar el reloj. Las ocho y veinte. Estaba empezando a preocuparme. La llamé de nuevo. Nada.
Su móvil comunicaba. Lo debía de tener apagado.
—Vamos, Eleonor —susurré con impaciencia—. ¿Qué pasa?
Volví a probar, por si había suerte.
No hubo respuesta. En ese momento, me llegó una llamada perdida de Olivia.
Me relajé enseguida y pinché en su contacto. Eleonor se habría quedado sin batería.
—Por fin, joder —musité aliviado, frotándome la sien, cuando Olivia descolgó el teléfono—. Llevo casi media hora intentando hablar con Eleonor. ¿Estás con ella? ¿Qué le pasa a su móvil? ¿Puedes pasármela? —No hubo respuesta—. ¿Olivia?
Me fijé en lo que se oía de fondo. Había mucho ruido.
Gritos. Sollozos. Sirenas de policía.
Diez segundos después, todo mi mundo se vino abajo.