30 #2
—Vale —decidió sin más—. Te recojo mañana a las ocho.
—¿En serio? —Mi sonrisa regresó de golpe.
—Es una cita. ¿No es lo que querías?
—Sí —respondí enseguida—. Sí. —Me dolían las mejillas.
De pronto pasear por nuestras calles de siempre era como ir sobre las nubes.
—Te toca. —Retomó el juego. Busqué cualquier otra cuestión seria que necesitásemos aclarar, pero ya no se me ocurría nada.
—¿Cuál es tu canción favorita? —terminé preguntando—. No me mires así. Como si no te murieras de la emoción cada vez que te doy una excusa para hablar sobre música.
—Primero: esas acusaciones son graves. Segundo: no tengo ninguna canción favorita. Quiero decir, sí, pero no es fija. Cambia con el tiempo. Hay demasiadas canciones buenas como para elegir solo una. Voy yo. ¿Cuál es tu color favorito? ¿El verde?
—¿Cómo lo sabes?
—Lo usas mucho —respondió.
¿Ah, sí? Yo no me había fijado.
Me miré el vestido, que era azul marino. Nada. Pero entonces recordé el color de mi sudadera favorita, de la mayoría de mis cuadernos y de la mochila que solía llevar al instituto. Tenía razón. Nash prestaba atención a detalles de mi persona que para mí pasaban desapercibidos.
—¿Cuál es el tuyo? —curioseé.
—El morado.
—¿Tienes algún número de la suerte? —proseguí, saltándome su turno. Me gustaba ese juego; quería conocer hasta el más mínimo detalle sobre él.
—Creo que no. Puede que el nueve. Es el día del cumpleaños de Sidney. ¿Y tú?
—El trece.
—Pero si el trece da mala suerte.
—¿Y eso quién lo dice? Pienso en positivo hasta que se me demuestre lo contrario, ¿recuerdas?
Nash soltó una risa suave. Él mismo lo había dicho: eso era algo que le gustaba de mí. A mí me gustaba que eso, justo, le gustara tanto de mí.
—Tu turno —me recordó.
—¿Descripción de tu persona ideal?
—¿Física o mentalmente hablando?
—Las dos.
—Tú.
Seguimos lanzándonos preguntas, como en un partido de tenis, hasta que entramos en mi barrio.
Durante el trayecto, Nash sugirió varias veces que volviéramos a la casa de sus abuelos, a pasar el rato juntos en la cabaña del árbol.
Pese a que la idea me encantaba, tuve que decirle que no.
Se había hecho tarde y mi madre ya debía de estar esperándome. No quería preocuparla.
Devon también debía de estar al llegar, aunque nadie iba a asustarse si él se retrasaba un poco. Era mayor y más asiduo a las fiestas. Mamá sabía qué esperar de cada uno.
Nos detuvimos frente a mi valla, con el silencio nocturno rodeándonos y las estrellas brillando en el cielo. Empecé a quitarme el abrigo.
—Puedes quedártelo —se apresuró a decir Nash—. Ya me lo devolverás mañana.
—Yo voy a entrar ahora mismo en mi casa y a ti todavía te queda un buen rato hasta la tuya. Lo necesitas más que yo. —Le tendí el anorak. Me parecía adorable que a veces los nervios le impidieran pensar con lógica—. Gracias, por cierto. No es la primera vez que me prestas algo de ropa.
Eso había sido aquel día, en el baño de chicos.
—La primera no cuenta —objetó Nash, que también se acordaba—. No nos conocíamos.
—Justo por eso cuenta más.
No sabía ni mi nombre y, pese a eso, hizo lo que pudo por ayudarme. Me dejó la sudadera de Mike para tapar la mancha de salsa de mi camiseta. Ya debería haber sabido entonces que no iba a ser capaz de sacármelo de la cabeza.
Nash apretó los labios y se balanceó sobre los talones. Sentí que tenía algo que decirme. Algo que parecía importante.
—La sudadera era horrible —comentó, en un vago intento por alargar la charla y que no me fuera todavía.
—Desde luego que sí. —Miré su chaqueta vaquera—. Esta me gusta más.
—¿Qué quieres, robármela?
—Si algún día me la prestas, debes saber que no te la devolveré nunca.
—Me parece bien. Te quedará mejor que a mí.
—Vete a casa, Nash —finalicé divertida.
Me giré para marcharme, pero me detuvo al agarrarme del brazo con suavidad. Quedamos cara a cara, más cerca que antes. Alcé la barbilla para mantener el contacto visual.
—Nos vemos mañana —dijo—. Te recuerdo que tenemos una cita.
Asentí, mordiéndome el labio.
—Nos vemos mañana.
—¿A las ocho te viene bien?
—Ya te mandaré un mensaje. Devon y yo vamos a ir a ver a Dylan por la tarde.
—Claro —aceptó comprensivo—. Tú me dices.
Después se inclinó para besarme. Y la brisa me movió el pelo y yo sentí que estábamos dentro de una película, que nuestra historia era mejor que una película; oía a los duendecillos aplaudir, veía al equilibrista dando saltos de alegría sobre la cuerda y a los barcos de papel flotando a nuestro alrededor.
Pensé: «Si el amor es esto, es justo lo que quiero.
Y qué suerte he tenido de encontrarlo. Qué suerte que, entre los ocho mil millones de personas que hay en el mundo, él me haya elegido a mí.
Qué suerte que nuestros caminos se hayan entrelazado».
Se apartó. Nos quedamos cerca. Vi ese camino de pecas que podía dibujar de memoria.
Sus ojos azules. Noté la aspereza de su mano en mi mejilla.
Mi corazón revoloteando. Los sentimientos queriendo salir.
Una especie de ansia que me apretaba los pulmones y me exigía que no esperase ni un segundo más.
«Díselo», me susurraba. «Díselo, díselo, díselo».
«Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero».
«Estoy enamorada de ti. Estoy enamorada de ti. Estoy enamorada de ti. Estoy enamorada de ti».
Vi las emociones en su rostro. Me pregunté si pensábamos lo mismo. Si estaría contando hasta tres. Si él tampoco sabía qué consecuencias tendría quitar la tirita de este algo tan importante. Si solo traería dolor o, por el contrario, desataría la magia.
«Dilo», le suplicó la voz en mi cabeza. Los duendecillos. El equilibrista. Hablaban todos. «Dilo, dilo, dilo, dilo».
Pero lo que salió de su boca fue:
—Buenas noches, Eleonor.
Yo contesté:
—Buenas noches, Nash.
Nos sonreímos.
Después me giré y entré en la casa.