Un amigo gratis 30
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Un rato después, vi entrar a Carl de nuevo en la fiesta con actitud relajada, lo que sin duda era buena señal. Se metió entre la multitud. Iba a seguirlo para invitarlo a quedarse con nosotros cuando me vibró el móvil. Nash quería que nos encontrásemos fuera.

—Te he dicho que todo se solucionaría —me recordó Olivia, que había leído el mensaje por encima de mi hombro y ya estaba al tanto de lo sucedido esos días; había tenido tiempo de sobra para contárselo mientras Nash y Carl hablaban—.

Ahora ve —me instó empujándome con suavidad—.

No te preocupes, yo me encargo de buscar a Carl.

Y recuerda que eres una líder y no pasa nada por tomar la iniciativa. A veces exponerse merece la pena.

—La vulnerabilidad da miedo.

—Pero también es necesaria.

Nash me esperaba apoyado contra la valla del jardín, con las manos en los bolsillos de su anorak rojo.

Levantó la vista en cuanto salí, como si tuviera un sexto sentido que le permitía notar rápidamente mi presencia, pese a que la escalera estaba llena de gente.

Me abracé a mí misma mientras caminaba hasta él.

De repente me pareció que no había nadie más en la fiesta, en la ciudad, en el mundo; que solo estábamos nosotros y esos metros —que bien podrían haber sido kilómetros— que nos separaban.

—¿Te apetece quedarte? —me preguntó cuando estuvimos frente a frente. La luz de la luna dibujaba sombras en su rostro—. En la fiesta.

—Sinceramente, no estoy de humor.

—Entonces te acompaño a casa.

Echamos a andar calle abajo. Sacudí un poco los brazos, buscando entrar en calor, y me tiré de las mangas para que me cubrieran las manos.

Había dado por hecho que me iría de la fiesta en el coche de Devon, por lo que no había cogido abrigo; solo la chaqueta fina que llevaba encima del vestido de tirantes.

—¿Tienes frío? —Nash lo notó al instante.

—Estoy bien —mentí. Un segundo después, sin embargo, él ya se había quitado el anorak para echármelo sobre los hombros.

El peso y el calor de la prenda me produjeron un alivio inmediato. Lo miré de reojo mientras me refugiaba bien en ella. Tenía impregnado su olor.

—Gracias. Aunque ahora el que va a congelarse eres tú. —Se había quedado solo con la chupa vaquera y la camiseta.

Nash se encogió de hombros.

—No pasa nada. Soy inmune al frío.

—Ya, claro.

—Es verdad.

Me reí.

—Lo que tú digas.

Nash tenía la costumbre de soltar las cosas importantes de sopetón, sin rodeos, como cuando uno se arranca rápido una tirita por miedo a lo mucho que va a doler. A veces parecía que contaba hasta tres en su cabeza, obligaba a su boca a pronunciar las palabras y luego se preparaba para el golpe.

Por eso no me sorprendió nada que dijera:

—Lo siento. —Vi ese temor en su rostro cuando me volví para mirarlo—. Ayer me porté como un idiota.

—No fuiste ningún idiota. Yo también lo siento. Debería haberme puesto en tu lugar.

—Pero tenías razón —repuso—. Carl se merecía al menos el beneficio de la duda.

No digo que ahora confíe en él ni que vayamos a volvernos mejores amigos, aún tengo mucho que perdonarle, pero tomó la decisión correcta y me alegro de que haya querido disculparse.

Eso dice mucho de la persona que es. Tendría que haberte escuchado.

—Tragó saliva, vacilante—. Es solo que..

. creo que chocamos mucho en estas cosas, ¿sabes?

Tú y yo. Yo suelo creer que la gente es mala hasta que me demuestre lo contrario.

—Yo creo que es buena hasta que me demuestre lo contrario.

—Por eso tú tienes más amigos —terció.

—También me traicionan más a menudo.

—Pero me gusta eso de ti. Que veas la bondad del mundo. Que confíes en la gente. No debería habértelo recriminado —prosiguió Nash—. Aunque quizá lo ideal sería encontrar un término medio entre mi manera de pensar y la tuya.

Emití un ruidito de confirmación y, recordando las palabras de Olivia, me atreví a ser quien redujera esa distancia extraña —impostada, casi forzada, parecía ir en contra de las leyes de la naturaleza— que había entre nosotros.

Me aproximé a su cuerpo y Nash me pasó un brazo sobre los hombros.

Hice que se detuviera en medio de la calle, le puse una mano en la mejilla y me puse de puntillas para besarlo.

Y el frío y la música que oíamos a lo lejos y Carl, Jayden y el resto de nuestros problemas desaparecieron.

Volvimos a ser solo nosotros.

—Feliz San Valentín, Nash —le deseé.

Ahora parecía más relajado, como siempre estaba conmigo.

—Feliz San Valentín, Eleonor.

Le agarré la mano que colgaba sobre mi hombro y seguimos caminando muy pegados, refugiándonos cada uno en el calor corporal del otro.

La felicidad me hacía sentir como si flotara.

Veía a los duendecillos colgados de los árboles.

Saltando de estrella en estrella. Nos saludaban al pasar.

Tal vez había llegado el momento de que nos dejaran a nuestro aire. Podíamos arreglárnoslas solos.

—¿Te lo has pasado bien en la fiesta? —preguntó.

—En absoluto. La aparición de Jayden le ha puesto la guinda al pastel.

—¿Qué te ha dicho? —Se lo conté resumidamente—. Es un imbécil.

Suspiré.

—Dime algo que no sepa.

—Por ejemplo, esta noche estás preciosa.

—¿De veras? ¿Y crees que no lo sé? —repliqué para tomarle el pelo.

—Seguro que sí, pero por si las dudas.

—¿Tú te has divertido? Has llegado bastante antes que yo. —Y, pese a que mi lado racional me instaba a guardar silencio, no pude evitar añadir—: Te he visto con Julie.

—Sí, me ha pedido que la acompañase a por bebidas. —Un silencio extraño se instauró entre nosotros—. Si te soy sincero, creo que me estaba utilizando para darle celos a William.

—¿En serio? —Eso sí que me había pillado por sorpresa—. Me parecía que había algo entre ellos, pero creía que eran solo imaginaciones mías. —De Olivia, más bien. Pero ese no era el caso.

Sino que Julie estaba todo el día detrás de Nash.

—Tienen un rollo extraño. Son amigos y al mismo tiempo no. Al menos, eso dice Julie. Me da que hoy solo intentaba hacerlo reaccionar. De hecho, cree que yo tengo un rollo extraño contigo. —Sus mejillas se tiñeron de rojo—. No le he confirmado ni negado nada —aclaró con timidez.

—Si creías que te estaba utilizando, ¿por qué has ido? —¿Había querido hacerle un favor o estaba él también intentando hacerme reaccionar a mí? La idea no me gustaba nada.

—No sabía qué otra cosa hacer. Scott y Jack estaban muy empalagosos y no quería quedarme a solas con William.

Como te podrás imaginar, no le caigo precisamente bien.

—Hizo una mueca—. Habría ido a buscaros si hubiera sabido que estabais ya en la fiesta.

Estaba esperándote. Luego Olivia me ha visto y me ha soltado una buena bronca.

—A Olivia le encanta enfadarse con la gente. No se lo tengas en cuenta. —Me sentía mal por haber sacado conclusiones precipitadas. Julie y él eran amigos y eso no tenía absolutamente nada de malo.

—Me ha dicho algo sobre que debería ser un líder y no un seguidor —me explicó consternado. Me eché a reír—. ¿Qué? —añadió confundido.

—Nada. Cosas de Olivia.

—¿Por qué te has presentado en la fiesta? Si no estabas de humor.

—Quería hablar contigo —confesé—. Aunque no tenía claro que fueras a ir.

—Te lo había prometido. —Nash frunció el ceño.

—Lo sé, pero sé que odias las fiestas. Y nos habíamos peleado.

—Eso no cambia que quisiera ir contigo. Eleonor, fue solo un malentendido.

Nos miramos. Todo lo que teníamos pendiente parecía flotar en el aire.

—Deberíamos hablar más. —Suspiré.

Nash asintió. Ese era nuestro problema. Que no nos comunicábamos lo suficiente.

—¿Qué quieres saber? —Me quitó el brazo de encima para que me fuera más fácil caminar mirándolo a la cara. Su mano no tardó en buscar la mía, sin embargo—. Soy todo respuestas.

—¿Te gusto?

—Mucho. Pensaba que eso ya estaba claro.

—A veces dudo —admití—. Me entran las inseguridades.

Me da miedo que todo se acabe y no quieras volver a verme.

—Que me deje como hizo mi padre. O como estaba haciendo Dylan.

Muchas de las personas más importantes de mi vida parecían estar deseando abandonarme.

¿Cómo podía estar segura de que Nash sería diferente?

—No pasa nada. A mí a veces también me sucede. —Su confesión me hizo arrugar la frente. Para mí, mis sentimientos estaban tan claros que no entendía cómo podía cuestionárselos. Luego razoné que seguramente Nash pensaba lo mismo de mí, y eso me relajó—. Si vuelve a ocurrir, tienes que contármelo.

—Vale. Tú también —le pedí.

—¿Alguna pregunta más?

—No quedamos con más gente, ¿verdad?

—¿A qué te refieres?

—A que somos solo tú y yo. No sé. —Me encogí inquieta—. Olivia me ha recomendado que sacara el tema.

—No, no hay nadie más. A mí solo me gustas tú.

—Genial. Estamos en las mismas.

—Me toca preguntar —anunció Nash.

—Adelante.

—¿Quieres salir conmigo?

Mi corazón dio un salto.

—¿Cómo dices? —articulé como una idiota. Y yo que ya estaba empezando a mentalizarme de que iba a tener que tomar la iniciativa.

—¿Te gustaría? —insistió Nash. Noté cómo empezaba a ponerse nervioso. Se aclaró la garganta—. Me refiero a hacerlo oficial. Lo nuestro.

—Claro.

Mi respuesta no lo dejó convencido.

—No pareces muy entusiasmada —observó.

—Lo estoy —aclaré a toda prisa—. Es solo que no... no me lo esperaba así. En primer lugar, estaba pensando en pedírtelo yo. —En cuanto lo oyó, una sonrisa empezó a formarse en sus labios—. Y en los libros que leo no ocurre de esta manera.

—¿Y cómo ocurre? —Ahora ya no parecía tenso ni avergonzado. Solo curioso. Incluso divertido.

—¿No deberíamos tener una cita primero o algo así?

—¿Quieres que tengamos una cita?

Moví la cabeza de manera afirmativa, casi por inercia. No tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Los nervios y la inexperiencia me tenían acelerada.

Durante un segundo, temí que Nash pensara que era una estupidez.

Pero era Nash.

Él nunca creía que las cosas que me importaban fueran estupideces.