Un amigo gratis 29 #2
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29 #2

Solo necesitaba unos minutos para respirar.

Me dirigí hacia la escalera, confiando en que el piso de arriba estuviera más tranquilo y me resultara fácil encontrar el baño.

Necesitaba escapar de Nash, que ya iba hacia nuestros amigos, cargado con los vasos de refresco que Julie y él habían ido a buscar.

Me metí en el pasillo tras la escalera para evitar que me viera.

Cuando eché una ojeada rápida a mi espalda, Olivia estaba diciéndole algo mientras le clavaba un dedo en el pecho.

Me temí lo peor. Y entonces choqué tan bruscamente contra alguien que casi me caí hacia atrás.

—Perdona, no... —Me callé al subir la vista.

—Cuida por dónde vas —me espetó Jayden, justo antes de levantar la cabeza. Su expresión adquirió un aire entre burlón y malicioso—. Vaya, mira quién ha venido a la fiesta.

Lo que me faltaba. Volver a tenerlo enfrente me generó repulsión. No quería hablar con él. Nunca. Menos aún en ese momento.

—Déjame en paz, Jayden —me limité a decir, e intenté escabullirme por su derecha. No me lo permitió.

Su mano me rodeó la muñeca.

—¿A dónde te crees que vas? Todavía tenemos mucho de lo que hablar. —Me obligó a girarme para mirarlo—. Sobre todo ahora que no hay ninguna directora cerca a la que puedas chivarte.

Que estuviéramos en un pasillo tan escondidos, casi aislados del resto de la fiesta, hizo que su comentario me pareciera aún más escalofriante.

—Tampoco están cerca tus amigos —solté, aun así. No iba a dejarme intimidar—. Los dos sabemos que no eres tan valiente sin ellos.

Jayden se rio sin ganas.

—No sabes cerrar la boca, ¿eh? —Sus dedos apretaron con más fuerza. Me esforcé en mantener mi rostro impasible, aunque dolía—. Eso te meterá en problemas.

—Suéltame —le ordené.

—Me vendiste a la directora. Has hecho que mi expediente quede manchado para siempre.

—Tú mismo te lo buscaste cuando decidiste creerte el rey del instituto y hacerles la vida imposible a todos esos chicos.

—Qué exagerada eres, joder. ¿Qué culpa tengo yo de que esos tíos fueran unos pringados? Me gusta hacer bromas y me daban material de sobra. Fin de la historia.

Ni siquiera era capaz de reconocer que lo que hacía estaba mal. Pasó a darme más asco aún.

—Eres repugnante —le espeté—. Suéltame.

—Aún no hemos terminado de hablar.

—Jayden, suéltame.

—Primero vas a...

—Tío, te ha dicho que la sueltes.

La intervención de Carl Thompson nos pilló por sorpresa a los dos. Jayden me liberó, más por la impresión que por querer obedecer la orden. El instinto de supervivencia me animó a moverme hasta situarme al lado de Carl.

—¿Qué? ¿A este también te lo tiras? —cuestionó Jayden con desdén al vernos juntos—. No me sorprendería nada que te gustasen los traidores.

—Carl, vámonos —le pedí. Estaba cansada de aguantar estupideces.

Solo que él no me siguió.

En su lugar, dio un paso hacia Jayden.

—¿Cómo puedes hablar así? —preguntó con decepción—. ¿Cómo eres capaz de decirle esas cosas a una chica? ¿Cómo puedes tratar así a la gente? ¿No te revuelve el estómago? Lo de ser así de cruel. Reírte de los demás. Hacer bromas que sabes que hieren al resto.

Jayden se quedó en silencio. Carl negó con lentitud, como si tratara de reconocer a su amigo en esos ojos verdes y no fuera capaz.

—No lo entiendo —insistió—. No sé cómo eso puede no pudrirte por dentro.

—¿Qué cojones estás diciendo? —replicó Jayden—. Tú también hacías todo eso. Estabas allí.

—No. Yo nunca lo hice. Pero sí permití que vosotros os portarais así y me arrepiento muchísimo.

¿Por qué culpas a Eleonor de haberse chivado?

Sabes que era tu palabra contra la suya.

La directora no la habría creído de no ser por mí.

Fui yo, Jayden. Yo fui quien le contó toda la verdad e inclinó la balanza en vuestra contra.

Por eso no me expulsaron, como a vosotros, y por eso dejé a Agatha.

Y sé que ella os ha contado sus sospechas y por eso ninguno de vosotros me habla.

Pues bien, dice la verdad. Vetadme del grupo, si queréis.

Yo os expuse y volvería a hacerlo. Nada de lo que hacíais estaba bien.

—Su voz temblaba un poco—. Erais mis mejores amigos, pero no puedo seguir rodeándome de personas así.

Prefiero quedarme solo a ser un cómplice.

El corazón me latía fuerte. Jayden observó a Carl con la mandíbula tensa. Me sentía como si estuviera presenciando el inicio de una tempestad.

—¿Tú te chivaste? —le escupió a Carl, como si no terminara de (o no quisiera) creérselo.

—Y, como te he dicho, lo volvería a hacer.

—Debería darte una paliza.

—Pues hazlo.

Carl abrió los brazos, animándolo a acercarse. Jayden apretó los puños. Hubo un segundo de silencio.

Y luego otro, y otro.

—Que te jodan, Thompson —se limitó a contestar Jayden. Pasó por su lado haciendo que sus hombros chocaran con brusquedad.

Se metió entre la gente y lo perdimos de vista.

El empujón ni siquiera había desestabilizado a Carl. Se volvió para mirar el lugar por el que Jayden había desaparecido, con los ojos llenos de tristeza. Adiviné que extrañaba a su amigo. Lo mucho que odiaba que se hubiera convertido en un abusón y eso lo hubiera obligado a separar sus caminos.

—Gracias —le expresé. No se lo decía solo por haberme defendido en ese momento, sino por haber dado la cara por nosotros. No sabía si se lo había dicho en el aula de la asociación el lunes. Creía que no. Había estado demasiado ocupada desconfiando de sus intenciones.

Por fin arrancó la mirada de la gente.

—No es nada —respondió.

Su atención se fijó en alguien detrás de mí.

Me giré para encontrarme con esos ojos azules que podría reconocer en cualquier parte.

Solo con su presencia se me volvió a acelerar el corazón.

Nash estaba unos metros por detrás de nosotros, observando a Carl.

No parecía molesto. Más bien sorprendido.

Arrepentido. Comprendí que lo había oído todo.

—¿Querrá hablar conmigo? —me preguntó Carl.

Nash permitió que nuestros ojos se encontraran mientras caminaba hacia nosotros. Dejé que respondiera en mi lugar.

—Sí, me gustaría hablar contigo. —Luego añadió, seguro que por todo, como había hecho yo—: Gracias, tío.

—No tenéis que darlas —nos dijo Carl.

—¿Vamos fuera? —propuso Nash.

Carl se dirigió a la salida. Antes de seguirlo, Nash se detuvo un segundo frente a mí.

Leí en su expresión el arrepentimiento y las ganas que tenía de que habláramos y lo solucionáramos todo.

Asentí y le sonreí para tranquilizarlo. Olivia tenía razón.

Había sido solo un malentendido. Hablaríamos luego y todo iría bien.

Todo iba a ir bien.