29
Me toqueteé nerviosamente el colgante dorado, con el dije en forma de barquito de papel, que descansaba entre mis clavículas.
Llevaba un vestido que lo dejaba al descubierto y, pese a la chaqueta, la temperatura del coche me tenía congelada.
Desvié la vista de la ventanilla y las calles oscuras que dejábamos atrás para fijarla en el espejo retrovisor.
Olivia iba sentada de copiloto. Cuando nuestras miradas se cruzaron en el cristal, me dedicó una sonrisa afectuosa.
—Anímate. —Movió la mano hacia atrás para apretarme la rodilla—. ¡Vamos a una fiesta!
A su lado, Devon suspiró mientras conducía.
—Me estoy arrepintiendo de esto —dijo.
—¡Pero si te encantan las fiestas! —replicó mi amiga.
—Las de gente de mi edad, Olivia, no las de adolescentes.
—Solo eres dos años mayor. No seas dramático. También va mucha gente de tu edad. Además, no te quejaste nada cuando te tocó venir a la última.
—Fui solo para hablar contigo —le recordó Devon.
—Pues eso. —Olivia se reacomodó en su asiento, encantada—. Por suerte para ti, yo hoy también estoy aquí.
Mi hermano la miró de reojo y curvó los labios en una sonrisa.
En cualquier otra ocasión, yo habría sonreído también.
Me alegraba de verlos felices. Sin embargo, no me hacía ninguna ilusión asistir a la fiesta de San Valentín.
Más que nada porque la situación con Nash seguía un poco tensa.
O muy tensa. Era imposible saberlo. No habíamos hablado nada desde la discusión que habíamos tenido en el pasillo el día anterior.
—Y nos lo vamos a pasar bien —añadió Olivia, esta vez dirigiéndose sobre todo a mí. Volvía a observarme a través del retrovisor—. ¿Entendido?
Me encogí en el asiento de atrás.
—No creo que me quede mucho rato. —La puse en sobreaviso.
—¿Qué? Vamos, no digas tonterías.
—No me apetece nada ir a la fiesta sin pareja, Olivia.
—Muchísima gente va sin pareja. Es una fiesta, no un baile de instituto. De todas formas, la tuya estará allí. Estoy convencidísima de que Nash va a ir.
Llevaba convencidísima y repitiendo eso todo el día.
Me lo había dicho por primera vez esa tarde, cuando se había presentado en mi casa para obligarme a arreglarme para la fiesta después de que yo intentara ponerle una excusa para no ir.
«No cambiamos nuestros planes por ningún chico», me había dicho.
«Menos aún por uno con el que todo va bien y solo has tenido un malentendido sin importancia». Para Olivia todo parecía sencillo.
Tal vez lo fuera y Nash y yo solo lo estuviéramos complicando.
El caso era que yo no tenía tan claro que Nash se fuera a presentar.
El día anterior me había pedido que fuéramos juntos, sí, pero luego discutimos y ni él me había escrito ni yo le había escrito desde entonces.
Aunque quería hacerlo, me daba demasiado miedo que no respondiera.
O que su respuesta fuera que se lo había replanteado todo y ya no quería estar más conmigo.
O que no estábamos juntos y nunca íbamos a estarlo.
Conocía a Nash lo suficiente para saber, en los momentos en los que conseguía acallar mis inseguridades, que seguramente él se encontraba en la misma situación.
Ojalá dejásemos de una vez ese maldito tira y afloja.
—No irá —respondí—. A Nash no le gustan las fiestas.
—Pero le gustas tú.
Incluso Devon me miró por el retrovisor.
No podía replicar a eso.
Cuando nos tocó detenernos en un cruce, el vehículo pegó un frenazo que hizo que todos nos precipitáramos hacia delante. Puse las manos sobre el asiento de enfrente para no golpearme la nariz.
—Perdonad —se disculpó Devon, casi en un gruñido—. Tenemos que llevar el coche al taller. El pedal del freno se atasca a veces.
Olivia le lanzó una mirada de advertencia.
Devon suspiró como diciendo «lo sé». El coche de los gemelos era de segunda mano, estaba un poco viejo y siempre daba problemas.
Recordaba vagamente haberlos oído conversar al respecto días antes de que Dylan se largara.
Nuestro hermano se había comprometido a pedir cita con el mecánico.
Sabía que Devon y él no habían vuelto a hablar desde la noche de la pelea, por lo que suponía que era un tema que habían ido dejando.
Devon y yo teníamos pensado ir a verlo a casa de Megan al día siguiente. Lo habíamos decidido ese mismo mediodía. La situación no podía alargarse más; necesitábamos hablar con Dylan y solucionarlo todo de una vez. Lo antiguo que era el coche era, en ese momento, el menor de nuestros problemas.
Sin embargo, eso ocurriría al día siguiente.
Primero tenía que hacer frente a esa noche.
La fiesta de San Valentín se celebraba en casa de un tal Elliot, que tenía edad para ser universitario, pero había repetido curso un par de veces.
Residía en un casoplón enorme a las afueras.
Bastaba con ver el exterior de la vivienda para adivinar que sus padres estaban forrados.
Como nunca estaban en casa, Elliot organizaba fiestas a menudo.
Esa era la razón, según los rumores y la lógica, por la que suspendía tantas asignaturas.
Había quien bromeaba con que Elliot sacrificaba sus estudios por el bien común; así los alumnos de nuestro instituto podían disfrutar de las mejores fiestas.
Como era evidente, había ido todo el mundo.
Devon aparcó y se paró a saludar a unos amigos cuando nos bajamos del coche.
Yo rodeé el vehículo envuelta en mi chaqueta y me quedé algo apartada mientras mi hermano les presentaba a Olivia.
No estaba de humor para conocer a sus colegas.
Por suerte, no tardaron en despedirse. Olivia volvió a mi lado y entrelazó nuestros brazos para que caminásemos juntas.
—Ahora que tu hermano no nos escucha, que sepas que no pasa nada si quieres irte pronto —me comunicó en voz baja.
Devon iba detrás de nosotras—. Sí que creo que Nash va a venir.
Y también que ha sido un malentendido tonto y lo solucionaréis enseguida.
Ah, y que deberíais deciros las cosas claras de una vez.
Visto que él es tan tímido, no entiendo por qué no has dado el paso tú.
Dicho esto, si en cualquier momento te apetece marcharte, haya aparecido Nash o no, tú solo avísame.
Le diré a Devon que nos largamos de aquí.
Quería animarte a venir porque creo que necesitas un empujoncito, pero no voy a obligarte a quedarte si no te sientes cómoda.
Un empujoncito. Como los que Mike le daba a Nash.
No éramos tan diferentes.
—Gracias. —En realidad, apreciaba que me hubiera «obligado» a salir de casa; haberme quedado encerrada solo habría servido para comerme más la cabeza—. Y no creo que sea lo bastante experta en estas cosas como para tomar yo la iniciativa.
—Siempre hay una primera vez para todo.
—Voy a esperar a que él dé el primer paso.
Olivia negó, claramente decepcionada.
—Claro que no. Lo harás tú. ¿He criado a una líder o a una seguidora? —Arqueó las cejas y el silencio fue mi única respuesta—. Pues eso.
Y así entramos en la fiesta.
El lugar estaba a rebosar. Sonaba música a todo volumen.
Tuve que darle la mano a Olivia y estirar el brazo hacia atrás para agarrar a mi hermano y no perdernos mientras sorteábamos a la gente.
Nos abrimos paso hacia el salón, donde tuvimos la suerte de encontrar a parte de nuestros amigos.
Había un adolescente de piel tostada charlando con William y Scott.
Lo reconocí como Jack, el chico con el que Scott salía.
—¡Aquí estáis! Por fin. Es imposible andar en esta dichosa fiesta —se quejó Olivia nada más verlos. Se detuvo delante de Jack—. ¡Bienvenido! ¡Qué ganas tenía de conocerte! —Tenía que gritar para hacerse oír por encima de la música.
Jack le sonrió con amabilidad y, acto seguido, su atención recayó en mí.
—Eleonor, ¿verdad? Scott me ha hablado mucho de tu asociación. —Asentí pese a que lo oía regular. Se acercó para hablarme, o chillarme, a la oreja—. Me encantaría poder hacer algo parecido en mi instituto.
—¿En serio? —Me aparté para mirarlo sorprendida. Scott también sonreía a su lado, visiblemente encantado con la idea de que su novio me hubiera ganado tan rápido.
—Os dije que Jack os caería bien —presumió.
—Me parece una idea fantástica —me emocioné. Durante unos instantes, se me olvidó el motivo por el que estaba tan deprimida hacía un segundo—. Puedo ayudarte, si quieres. Hablaremos con el orientador de tu instituto. Seguro que...
Entonces el motivo apareció unos metros más atrás.
Nash había venido.
Estaba especialmente guapo esa noche, con la chaqueta vaquera, la camiseta blanca y los vaqueros negros.
Pese a tratarse de alguien que odiaba llamar la atención, para mí enseguida se convirtió en la estrella de la fiesta.
Su estatura lo hacía destacar un poco sobre el resto de los invitados y había dos o tres chicas de otro instituto que lo miraban con entre poco y nada de disimulo.
Nash no les prestaba atención. Estaba demasiado ocupado hablando con Julie.
En cualquier otra circunstancia no me habría molestado. Sabía mantener los celos —que no eran más que inseguridades— bajo control. Esa noche, sin embargo, verlos juntos me revolvió el estómago. Nash me había dicho que vendría conmigo.
Le toqué el brazo a Olivia.
—Me voy a casa —la informé.
Ella siguió mi mirada, con sus ojos perfilados y sus labios perfectamente pintados de rojo. Resopló sin dar crédito.
—No malinterpretes la situación —me aconsejó, aunque también parecía molesta—. Dudo que hayan venido juntos.
—Si os referís a Julie y a Nash, ella le ha pedido que la ayude a traer bebidas hace un momento —nos explicó Scott. Ahora Jack y él alternaban la vista entre Nash y yo.
No me gustó sentirme el centro de atención. Me dejaba en una posición muy vulnerable. Intenté escaquearme.
—Voy al baño.
—Eleonor. —Olivia me siguió preocupada. Me conocía demasiado bien.
—No pasa nada. —Le resté importancia—. Ahora vuelvo.