Un amigo gratis 27 #2
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27 #2

—Jayden, Eric y Grace ya no son mis amigos. Y Agatha y yo..., bueno, supongo que te habrás enterado, porque lo comenta todo el mundo, pero ya no estamos juntos. El rumor es verdad. Hemos roto. Yo he roto con ella. No son el tipo de personas de las que quiero rodearme.

—¿Has dejado de salir con Jayden y Eric? —Pero si eran sus amigos desde siempre. Era como si yo hubiera renunciado a Scott y a Olivia.

Y a Nash.

—Me hicieron la cruz cuando empezaron a sospechar que había hablado con la directora. Y me parece bien.

—Espera, ¿qué? ¿Fuiste a hablar con la directora?

Carl ahora me estudiaba con confusión.

—¿No lo sabías?

—¿Qué le dijiste?

—Hablé con ella el día de la pelea. Jayden y Eric habían estado planeando qué mentiras le dirían para manipular la situación y echaros toda la culpa a vosotros.

Yo ya llevaba un tiempo sintiendo que lo que hacían no estaba bien, pero me daba miedo dar la cara y que hubiera consecuencias —confesó—.

Entonces mi padre me contó que había empezado a salir con alguien y que tenía una hija en mi instituto, tú, y, cuando intentaron humillarte en el pasillo, me di cuenta de que no podía seguir guardando silencio.

Fui al despacho antes que ellos. Le conté a la directora toda la verdad.

Ella confió en mi palabra porque yo era amigo de los responsables y aun así los estaba culpando.

Me puse de vuestra parte porque vosotros erais los buenos y yo estaba cansado de estar en el lado incorrecto de la historia.

¿Esa era la razón por la que había sido el único al que no habían expulsado? ¿Carl había ayudado a desmantelar todo el entramado de Jayden?

—¿Cómo sé que lo que me dices es verdad?

—Porque ellos estuvieron veinte días fuera y yo no.

Así fue como se enteraron de que me había chivado.

Al menos, eso creo. Daba por hecho que vosotros también lo sabíais.

Incluso he pensado varias veces en acercarme a Nash para pedirle disculpas —admitió—.

Es cierto que yo nunca le dije nada malo, pero tampoco salí a defenderlo.

El silencio nos hace cómplices, ¿verdad?

Y Agatha..., joder, me comió la cabeza. Me decía cosas horribles sobre él.

A mí el chico nunca me pareció tan malo.

Habíamos compartido alguna clase antes de que yo empezara a salir con Agatha.

Sabía que era su ex. Me parecía un tipo callado, quizá algo peculiar.

—Arrugó el gesto al decirlo, como si creyese que yo podía tomármelo mal, aunque entendía a lo que se refería—.

Pero no malo. No se merecía lo que le hacían. Hacíamos.

—Nadie se lo merece —aclaré.

Carl asintió. En eso al menos estábamos de acuerdo.

No sabía cómo reaccionar a su confesión. Ahora era yo la que temblaba un poco; tuve que clavarme las uñas ligeramente en los brazos para mantenerme firme.

—¿Crees que Nash querrá hablar conmigo y escuchar mis disculpas?

—No lo sé —respondí. Nash no quería saber nada de ninguno de ellos.

—Ni siquiera tú quieres escucharlas —observó.

—Me cuesta creer que lo que me dices sea verdad. Aunque lo cierto es que tiene sentido. Os vi el otro día. Pasaste al lado de ellos sin saludarlos.

—Ya no nos hablamos. Y estoy seguro de que ahora es a mí a quien Agatha critica todo el rato. Incluso me han bloqueado en todas las redes sociales.

—Eso es buena señal.

—Sí. —Carl se arrancó una sonrisa débil que, a todas luces, era forzada—. Supongo.

Seguía molesta por todos los años de silencio.

No obstante, al verlo así, tan inquieto, disculpándose y asumiendo toda su parte de la responsabilidad, no pude evitar sentir lástima por él.

No debía de haberle resultado fácil dar ese paso.

Si a mí ya me había costado romper el silencio, por lo poco que me gustaban los conflictos, no quería ni imaginarme cómo habría sido para Carl.

Sus consecuencias habían sido peores. Había perdido a su novia y a sus mejores amigos.

Que sí, no eran buenas personas, pero eran su círculo más cercano.

Renunciar a él para estar, como había dicho, en el lado correcto de la historia lo hacía muy valiente.

Ahora tenía que lidiar con los rumores y algo me decía que también debía de sentirse muy solo.

Quizá sí que se merecía una oportunidad.

Aunque no sería yo quien tuviera la última palabra.

—Hablaré con Nash —decidí—. No puedo prometer que vaya a perdonarte, porque eso es decisión suya y os habéis pasado mucho mucho tiempo convirtiendo su vida en un infierno, pero creo que estás arrepentido de verdad. Le diré que al menos te escuche.

—Gracias —expresó Carl.

—Y sobre lo de nuestros padres...

—Mi padre está enamorado de tu madre. En serio.

Ayer, antes de que fuéramos a vuestra casa, estaba supernervioso.

Deseaba caeros bien —se apresuró a explicarme—.

Puedes odiarme si quieres. Solo no lo pagues con él.

Que yo me haya dejado arrastrar por Jayden y Eric no significa que mi padre no merezca la pena. Les va bien juntos. Los viste ayer.

—Sí —concordé con un suspiro—. Parecían felices.

Eso era justo lo que mi madre se merecía. Daba igual lo que opinara Dylan o cómo hubiera sido nuestra infancia; nada le quitaba a ella el derecho a rehacer su vida y encontrar la felicidad, ya fuera sola o con alguien como Patrick.

Carl pareció leerme la mente. Dio un paso hacia mí.

—¿Tregua? —propuso tendiéndome la mano.

Volví a recordar la sonrisa de mamá, a Carl caminando solo por el pasillo, la mirada que había intercambiado con Jayden, esos ojos verdes que me habían gustado durante años y ahora me provocaban escalofríos, a mi profesora de primaria advirtiéndome: «Eleonor, no deberías confiar tan rápido en la gente», y a mí decidiendo que no iba a dejar que las malas experiencias me impidieran ver la bondad en quienes me rodeaban.

—De momento. Y porque vas a disculparte con Nash —contesté; luego agregué—: Y por nuestros padres.

Y le estreché la mano.