27
Mamá no me preguntó por Dylan hasta casi ya entrada la madrugada, cuando Devon subió a acostar a Lizzie y yo me quedé con ella terminando de recoger la cocina. Hacía rato que Carl y su padre se habían marchado.
Se volvió hacia mí mientras se secaba las manos con un trapo, con cuidado de no salpicarse el vestido tan bonito que había elegido para la cena.
—¿Por casualidad te has cruzado con Dylan al llegar?
La miré. Me dedicaba una sonrisa que, aunque pretendía parecer sincera, ocultaba miedo.
Yo aún tenía mucho que procesar de aquella noche —la huida de mi hermano, el recuerdo que él tenía de nuestra infancia, que Carl fuera el hijo de Patrick—, pero estaba convencida de que para ella la cena había ido más o menos bien.
Patrick era un hombre muy simpático que hacía bromas todo el rato y había acabado hablando de baloncesto con Devon y Carl.
En un momento dado, incluso le prometió a Lizzie que la llevaría a ver el siguiente espectáculo de ballet que hubiera en la ciudad, después de que mi hermana le contara que su sueño siempre había sido ver uno.
Recordar la sonrisa que había esbozado mi madre en ese momento, que sí que parecía verdadera, fue lo que me animó a mentir:
—Qué va. Aunque Devon me ha contado que habéis discutido. —Eso sí era verdad—. No te preocupes. Ya se le pasará. —Y volví a mentir otra vez.
Mamá relajó un poco los hombros, pese a que sabía que no me creía del todo. Me debatí entre la molestia que sentía hacia mi hermano por haberle arruinado la noche y las cuestiones que quería plantearle a ella. ¿Hasta qué punto Dylan no tenía motivos para estar enfadado?
Minutos más tarde, cuando subí a mi habitación, Devon asomó la cabeza por la puerta entreabierta.
—Es difícil odiarlo, ¿verdad? —Suspiró, apoyado contra el marco con actitud agotada—. A Patrick.
—Parece un buen hombre —admití.
Intercambiamos una mirada con la que nos lo dijimos todo sin palabras.
—Hablaré con Dylan —me prometió.
—No está de humor. —Noté un sabor amargo en el paladar al recordar la discusión.
No podía sacármela de la cabeza. Quería contárselo a Devon.
A cualquiera. Pero, solo de pensar en hablar del tema, en que se volviera real, me entraban ganas de vomitar—.
Antes ha estallado conmigo. Ah, y se ha llevado vuestro coche.
—¿Te lo has encontrado? —Me estudió con atención. Parecía buscar en mi rostro señales de cómo había sido la conversación. Consecuencias. Heridas. Más interiores que físicas.
Yo solo asentí.
No dije nada, pero no hacía falta.
Devon tensó los hombros.
—Hablaré con él —repitió—. No debería haberse ido.
El enfado acompañó sus gestos cuando se marchó de mi habitación. Tragué saliva. Dylan y Devon discutían todo el tiempo por estupideces, pero nunca los había visto pelearse de verdad.
Algo me decía que eso cambiaría pronto.
Sobre todo cuando Devon se enterara del plan secreto de Dylan.
Todavía no me creía que mi hermano pudiera ser capaz de hacernos algo así.
Entendía que quisiera marcharse, que ansiara viajar o ver el mundo o vivir en otro sitio, pero ¿hacerlo sin avisarnos?
¿Desaparecer de un día para otro como había hecho papá?
La ansiedad me carcomía con cada minuto que pasaba y yo seguía sin oír el ruido de su coche aparcando fuera.
Sabía que no volvería a casa esa noche. Que siempre necesitaba un par de días para tranquilizarse.
Pero era la primera vez que no tenía la certeza de que fuera a regresar.
Y la noche continuó y la calle siguió en silencio.
No fui capaz de pegar ojo. Tampoco de dejar de darle vueltas al tema.
Poco antes de acostarme, recibí un mensaje de Nash.
Era una fotografía suya y de Sidney, en el coche de camino a casa, con expresión agotada.
Sonreí al verla y el corazón se me encogió un poco, porque no había nada que me apeteciera más que llamarlo, contárselo todo y que me tranquilizase con su voz grave.
Terminé deseándole las buenas noches sin explicar nada más.
Ya sabía que no estaba mal compartir lo que sentía y había dejado de darme —tanto— miedo mostrarme vulnerable, al menos con Nash, pero no quería agobiarlo con mis problemas.
Había sido un día muy intenso y bonito para Sidney y para él.
Así que dejé el móvil y me metí entre las sábanas.
Además, no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar Nash cuando le contase lo de Carl.
Tampoco había decidido qué opinaba yo al respecto.
Verlo en nuestro comedor, riéndose con Devon y charlando tímidamente con Lizzie y con mi madre, después de que se hubiera pasado cursos enteros molestando a Nash me había revuelto el estómago.
No se había atrevido a hablarme en toda la cena, más allá del saludo cordial que habíamos intercambiado, cosa que me parecía bien; yo no había querido ni mirar en su dirección.
No podía creerme que, si la relación de mi madre con Patrick seguía adelante, ese chico y yo íbamos a acabar siendo casi familia.
Carl era una mala persona. Ahora, como consecuencia, también desconfiaba de Patrick.
Recordaba cómo eran los padres de los niños que se metían conmigo en el colegio: sus hijos habían heredado la maldad.
Si Carl era capaz de portarse así con Nash, ¿la amabilidad de Patrick no sería más que una fachada?
¿Y si Dylan tenía razón y acababa destrozando a mamá?
¿Habría heredado yo de ella la mala costumbre de confiar demasiado en quien no debía?
Se hizo de día y me levanté de la cama con la sensación de no haber dormido nada. Cuando bajé, Devon estaba desayunando en la cocina. Mamá seguía arriba; acababa de entrar en la habitación de Lizzie para despertarla.
—Dylan ha traído el coche. Lo ha dejado aparcado fuera —me informó mi hermano con tono amargo—. Ayer hablamos por teléfono y le dije que no puede llevárselo cada vez que se le crucen los cables. Lo necesito para ir a la universidad.
Lo contemplé cautelosa desde la puerta de la cocina.
—¿Hablasteis sobre algo más?
Devon negó.
—Tú misma lo dijiste. No está de humor. Supongo que pasará unos días en casa de Megan, como hace siempre, y se moverán con el coche de ella.
—Intentaba sonar calmado, pero yo notaba la tensión en su voz.
La conversación que habían tenido la noche anterior no había ido bien—. ¿Quieres que te lleve al instituto?
—No te preocupes. Prefiero andar.
Devon no insistió. Tenía tantas ganas de huir —y de tomar aire fresco— que salí enseguida de casa y llegué al instituto quince minutos antes de que sonase la campana.
Nash me esperaba fuera todos los días, pero todavía no le había dado tiempo a llegar.
Le mandé un mensaje para avisarle de que me pasaría por el aula de la asociación a recoger la ficha del socio con el que me iba a reunir esa tarde.
Necesitaba mantener la cabeza ocupada y Un Amigo Gratis era la distracción perfecta.
Ahora que el rumor de la beca se había descubierto, por fin, como falso, volvíamos a tener socios nuevos y tocaba arrimar el hombro.
El aula estaba vacía y dentro hacía un frío terrible. Cerré a mi espalda y me acerqué a la mesa para abrir la carpeta de las fichas de los socios, todavía con el abrigo puesto.
No pasó mucho rato hasta que oí unos golpes en la puerta.
—Adelante —dije. No me molesté en girarme; daba por hecho que se trataría de Nash, Olivia, Scott o cualquiera de los voluntarios.
—¿Puedo pasar?
Me quedé de piedra al oír la voz de Carl.
Giré sobre los talones, con los músculos tan rígidos que seguro que me saldrían agujetas. Carl estaba en la entrada, sujetando su mochila con una mano con aire inseguro. No había cruzado la puerta del todo, sino que se había quedado a medias, como si necesitara asegurarse una vía rápida de escape.
—¿Qué quieres?
Se encogió ante mi tono. Me sorprendió lo pequeño y vulnerable que parecía ahora que no tenía a los idiotas de sus amigos con él.
—Nada. —Tragó saliva—. Solo hablar.
Cosa que yo no tenía ningún interés en hacer. Abrí la boca para pedirle que se marchara. Entonces recordé la sonrisa que mi madre había tenido durante la cena el día anterior. La imagen se me vino como un chispazo. Uno que me obligó a bajar los hombros y, contra toda lógica, asentir.
Carl entró y cerró la puerta. Apoyé los riñones contra la mesa, con los brazos cruzados, observándolo.
—Mi padre y tu madre... —comenzó.
—Sí —hablé yo.
—¿Te lo había contado?
—¿Que tú eras el hijo de Patrick? No. —Y, pese a que odiaba la idea de ser mala con él o con cualquiera, solo de pensar en cómo habían tratado a Nash me carcomía la rabia. No pude evitar añadir—: Si lo hubiera sabido, le habría advertido a mi madre que tuviera cuidado con vosotros.
Carl apretó los labios en una fina línea.
Esperé a que respondiera. Sin embargo, el silencio se alargó. Arqueé una ceja. Siguió sin decir nada. Noté que le temblaba ligeramente la mano izquierda; se daba golpecitos contra el muslo. No dejé que eso me ablandara y me volví para centrarme de nuevo en las fichas.
—Si ya has terminado, estoy ocupada —dije animándolo a irse.
—Lo siento —soltó entonces.
Torcí el cuello para mirarlo.
—Lo siento mucho —repitió—. Siento lo que pasó aquel día en el pasillo. Sé que mis disculpas ya no sirven de nada, pero no me pareció nada bien lo que te hicieron. Lo que os hicieron. A los dos —recalcó—. Lo siento.
No esperaba que me pidiera perdón, por lo que su discurso me dejó un tanto descolocada. Aun así, logré mantenerme firme y no vacilar.
—Tienes razón —convine—. Tus disculpas no sirven a estas alturas. Tus amigos y tú...
—Ya no son mis amigos —me interrumpió.
Y yo recordaba lo de aquel otro día en el pasillo y el rumor de que Agatha y él lo habían dejado, y aun así solo me salió un:
—¿Qué?