26 #2
Los pensamientos me atropellaron, desbocados.
Empezó a temblarme todo el cuerpo. Piernas, manos, dientes.
Era otro ataque de ansiedad. Los faros de un coche aparecieron al fondo de la calle, solo que no se trataba de Dylan.
Aparcó a un par de casas de distancia y divisé dos figuras masculinas en el interior.
En mi cabeza resonó el nombre de Patrick.
Debía de estar a punto de llegar. Y no podía verme así.
Fue el único pensamiento que me animó a moverme, cruzar la verja y rodear la casa para ir hacia el patio de atrás.
Todo lo que pensaba era: «Mierda. Mierda. Mierda. Mierda».
«Dylan se ha ido. Dylan se ha ido. Dylan se ha ido. Dylan se ha ido».
Me apoyé en la pared, me cubrí la boca y cerré los ojos con fuerza.
Seguía hiperventilando. Intenté despejarme la mente, encontrar algo de claridad entre todo el torbellino de miedos y pensamientos destructivos.
Busqué algo que pudiera ver, tocar, oír y saborear.
Cualquier cosa que me anclara a la tierra.
Pasaron unos largos minutos y, cuando mi respiración comenzó a ralentizarse, oí el ruido de la puerta de la verja al abrirse.
Dos voces masculinas. Pasos subiendo la escalera.
El sonido del timbre. Eran ellos. Estaban aquí.
Mi móvil vibró con cuatro notificaciones. Lo saqué con la mano temblorosa.
DEVON
¿Dónde narices estás? Dylan acaba de montar un drama y se ha ido cabreadísimo. ¿Tú lo sabías? Capulla. Podrías habérnoslo contado.
Y luego:
DEVON
Tienes que venir ya. Patrick y su hijo ya están aquí.
Tecleé:
ELEONOR
Necesito subir a cambiarme. Estoy hecha un desastre.
Si me veían así, entre la sudadera, la ropa húmeda y los rastros de lágrimas, se preocuparían seguro.
DEVON
Entra por la puerta de atrás.
«Respira. Respira. Todo irá bien». Hice de tripas corazón, bloqueé el móvil y me sequé las lágrimas. No podía gestionar el tema de Dylan ahora, no cuando Patrick ya había llegado a mi casa. Superaríamos esa noche y luego hablaría con Devon de lo que había pasado y juntos pensaríamos qué hacer.
Con eso en mente y el cuerpo todavía sufriendo las consecuencias de la ansiedad, me escabullí hacia la puerta trasera.
A través de ella, se accedía al cuartito de la lavadora.
Estaba a punto de salir e ir hacia la escalera cuando se encendió la luz de la cocina.
Distinguí las figuras de mi madre y un hombre robusto de pelo oscuro, que debía de ser Patrick, algo distorsionadas por la cristalera de la puerta.
En el cuarto de la lavadora no había luz, por lo que ellos no podían verme a mí.
—Margareth, no era necesario que hicieras tanta comida —se estaba quejando Patrick. Iba en tono de broma. Se notaba el cariño en sus palabras.
—¿Cómo que no? —replicó mi madre. Le siguió la broma al hombre, pero yo la conocía mejor que él; sabía que ese tono jocoso era claramente forzado—. Con todo lo que comes, me daba miedo que no dejaras nada para los demás.
Mi madre estaba intranquila por lo de Dylan.
No había habido más de diez minutos de diferencia entre que él se había marchado y había llegado Patrick.
No era el tiempo suficiente para recomponerse de una discusión, ni tampoco para que Dylan hubiera procesado bien la noticia, si acaso hubiera decidido quedarse.
Me encontré a mí misma sintiendo cierto resquemor hacia ella; no estaba para nada de acuerdo con los argumentos de Dylan, pero mamá había retrasado demasiado el momento de hablar con mis hermanos.
Hacerlo ese día, un rato antes de que llegaran nuestros invitados, había sido arriesgado y contraproducente.
Sonaron unas risas suaves. La de mi madre se apagó primero. Patrick debía de conocerla muy bien, porque vi cómo se acercaba a ella a través de la cristalera.
—¿Dónde están Dylan y Eleonor?
—Eleonor, al llegar. Devon dice que subirá un momento a cambiarse. Dylan no ha querido quedarse. Este tema..., ya sabes que se le complica un poco. Tendré que volver a hablar con él cuando regrese.
—¿Prefieres que cancelemos la cena? —Patrick tenía una mano sobre su hombro—. Podemos irnos y volver otro día.
—No hace falta. Tratemos de disfrutar de la noche, ¿vale?
Salieron de la cocina y mi móvil volvió a vibrar. Era Devon otra vez, metiéndome prisa. Ignoré el mensaje y salí del cuarto de la lavadora. Se oían voces desde el comedor. Mamá le pidió a Lizzie que trajera el zumo de la cocina. Nos cruzamos en el pasillo, cuando yo me disponía a subir la escalera.
—¡Mamá, Eleonor ya está aquí! —anunció. Me dedicó una sonrisa, con el pelo recogido en una trenza, antes de seguir su camino.
—¿Eleonor? —me llamó mi madre desde el salón.
—¡Subo a cambiarme y bajo! —dije yo.
Aunque lo estuviera deseando —y no hubiera nada que me apeteciera más que escabullirme de la dichosa cena o al menos pasar el mínimo tiempo posible allí abajo—, iba a tener que prescindir de la ducha y arreglarme a toda prisa.
Me cambié los pantalones y los calcetines, me puse un jersey y guardé la sudadera de Nash en el armario.
Unos minutos después ya me había dado tiempo a atusarme el pelo frente al espejo y lavarme la cara para librarme de cualquier rastro de la discusión con Dylan que pudiera quedarme bajo los ojos.
Las manos aún me temblaban un poco.
Cuando terminé, fui directa a la cocina, al ver que la luz estaba encendida, por si allí encontraba a mi madre.
—Tú debes de ser Eleonor —me saludó Patrick.
Había destapado la olla caliente de sopa que había preparado mamá y me miraba con los ojos entornados y una sonrisa afable.
Su imagen, ahora nítida, encajaba con lo que me había imaginado de él: alto, hombros anchos, barba y pelo corto y oscuro.
Iba vestido con vaqueros y camisa, bien peinado.
Se notaba que se había arreglado para la ocasión.
Debía de haberse ofrecido a ir a la cocina para terminar de llevar la cena a la mesa.
—La misma. —Forcé mi mejor sonrisa y me sorprendió que mi voz sonara tan tranquila, tan alegre—. Tú debes de ser Patrick.
—¿Qué me ha delatado?
Me reí de mentira, aunque, si las circunstancias hubieran sido otras, quizá su intento de broma me habría hecho gracia de verdad.
—Siento haber llegado tarde. Estaba en casa de un amigo. —Fui a su lado para coger la pila de platos y ayudar a terminar de preparar la mesa.
En realidad no le debía explicaciones, pero no quería que nos quedásemos en silencio y parecerle borde.
—No te preocupes. Te estábamos esperando.
—¿Y mi madre?
—En el salón con los demás. ¿Vamos?
Nos dirigimos hacia allí, donde toda mi familia, menos Dylan, ya esperaba sentada a la mesa. De camino oí las voces de Devon, Lizzie, mamá y otra que me resultó familiar, a la que no logré ponerle cara hasta que ya fue demasiado tarde. La sorpresa me golpeó cuando crucé la puerta y lo vi.
Se me paralizaron todos los músculos y me detuve de golpe. Si Patrick hubiera ido detrás de mí y no delante, habríamos chocado y la sopa habría acabado esparcida por el suelo.
—Eleonor, por fin. —Mamá me dio la bienvenida con cariño—. ¿Qué tal la fiesta de cumpleaños? Veo que ya has conocido a Patrick.
No me podía mover. Devon me lanzó una mirada recriminatoria por mi tardanza. Lizzie ya picoteaba de su plato, sin hacerle caso a nadie más. Y la otra persona en la mesa, él, me observaba. No parecía sorprendido de verme allí.
Más bien, parecía temeroso de mi reacción.
Mamá se levantó y cruzó la estancia para ponerle las manos sobre los hombros y presentármelo.
—¿Conoces al hijo de Patrick? Creo que vais al mismo instituto.
Claro que lo conocía.
Carl Thompson llevaba años haciéndole la vida imposible a Nash.
Y ahora estaba sentado en nuestro comedor.