26
Mike detuvo el coche en la entrada de mi calle. Salí y me giré para despedirme de Nash, que iba sentado de copiloto y había bajado la ventanilla del vehículo destartalado de su mejor amigo.
Había anochecido y refrescaba bastante. Su abuela me había prestado un secador de pelo y Nash, una sudadera —llevaba dos de repuesto porque el muy condenado sabía perfectamente lo que nos esperaba—.
Todavía notaba los pantalones y los calcetines algo húmedos, aunque nos hubiéramos secado al sol.
Estaba deseando llegar a casa para ducharme y ponerme ropa seca.
Pese a eso, sentía las mismas ganas que Nash de alargar la noche un poco más. Las vi en sus ojos cuando comentó:
—Es una pena que no hayas podido quedarte a cenar.
Entrelazó sus dedos con los míos, con el codo apoyado sobre la puerta del coche.
—Lo sé. —Suspiré y miré hacia mi casa, que estaba un par de viviendas más allá—. El deber me llama.
Su rostro se llenó de preocupación. Nash y yo hablábamos tanto que había pocas cosas de mí que no supiera. Había sido el primero en enterarse de que mi madre iba a presentarnos a Patrick por fin.
—¿Has hablado con tus hermanos?
Negué.
—No sé cómo se habrán tomado la noticia. —Cuando salí de casa esa mañana, mi madre todavía no había hablado con ellos. O al menos los gemelos no me habían comentado nada. No entendía por qué había preferido esperar hasta casi el último momento.
—Todo saldrá bien, ya lo verás —me aseguró Nash.
Sonreía, aunque ni siquiera él parecía muy convencido—.
Avísame si necesitas que vengamos a rescatarte.
Mike estará encantado de volver a hacernos de chófer —añadió haciendo un gesto hacia su mejor amigo, que se había mantenido al margen de la conversación, muy convenientemente, para darnos intimidad.
En ese momento, levantó una mano solemne.
—Siempre dispuesto a cumplir con mi deber —decretó.
Sus bromas consiguieron levantarme el ánimo.
—Me voy. —Mis ojos encontraron los de Nash—. Hablamos mañana. —O esa misma noche. Estaba deseando volver a hablar con él.
—Luego te llamo —me prometió. Noté un cosquilleo agradable porque hubiéramos pensado en lo mismo.
Me agaché para despedirme de Mike con un gesto. Arrancó y el coche se perdió al fondo de la calle.
Me giré en dirección a mi casa y la intranquilidad se me hundió como un peso muerto en el estómago.
Mientras que, por un lado, había una parte de mí que seguía flotando en una nube después del día tan maravilloso que habíamos pasado —no dejaba de recordar cada gesto, cada mirada, cada palabra, cada sentimiento que Nash y yo habíamos intercambiado—, la otra temía el momento en el que cruzase esa puerta y la realidad me estallase en la cara.
Eché a andar con la sensación de tener anclas atadas a los pies; con cada paso me lamentaba más de que mi madre no hubiera podido hablar antes con mis hermanos o dejar todo ese tema de Patrick para otro día.
No quería que nada ensombreciera el recuerdo de la fiesta.
Aun así, supe que todo iba a torcerse incluso antes de oír la discusión a gritos.
Le siguieron un fuerte portazo y pasos decididos que bajaban la escalera del porche. Dylan salió a la calle justo cuando yo llegaba. Sus ojos marrones se clavaron en mí con una rabia que me dejó inmóvil.
—¿Tú lo sabías? —escupió señalando al interior—. ¿Dónde estabas? ¿Por qué mamá ha hablado solo con nosotros?
No pude reaccionar. Dylan llevaba la camiseta arrugada, señal de que se había cambiado con prisas. Apretaba el móvil y las llaves del coche y tenía una mochila colgada al hombro.
—Lo sabías. —Leyó mi silencio y su tono se volvió todavía más acusador—. Sabías que iba a invitarlo a cenar hoy. Que toda esta mierda iba en serio. —Soltó una risa amarga—. Increíble.
—Dylan. —Por fin conseguí que mis piernas funcionaran. Me giré cuando pasó rápidamente por mi lado para marcharse—. Dylan, ¿a dónde vas?
—Lejos de esta dichosa casa.
—Seguro que Patrick es un buen hombre. —Caminé deprisa detrás de él. Íbamos hacia su coche—. Deberíamos darle una oportunidad. Si mamá...
Dylan se detuvo de golpe.
—No me importa lo que diga mamá —me espetó, y me miró de arriba abajo con desprecio—. Estaba claro que tú ibas a defenderla. A fin de cuentas, eres igual que ella. ¿De quién es esa sudadera?
—¿A qué narices viene eso? —le recriminé.
—A nada. Tienes razón. ¿Sabes qué? Me da igual.
Tanto tú como Devon habéis perdido toda la lógica —se limitó a decir, y siguió caminando.
Sentí una oleada de alivio al descubrir que al menos mi otro hermano sí que se había tomado mejor la noticia de mamá.
Parecía que Dylan estaba tan enfadado con él como lo estaba con nosotras.
Y no lo entendía. Era él quien carecía de lógica.
—Estás siendo injusto con ella —lo acusé a su espalda. No soportaba que hablara de mamá de esa manera.
—¿Y qué? —replicó Dylan. Se volvió con los hombros rígidos—. Ella siempre ha sido injusta con nosotros. Lo fue cuando permitió que papá se fuera. Y lo es ahora que pretende sustituirlo y meter a otro hombre en nuestras vidas. Uno que nos abandonará también.
—¿Que mamá permitió que se fuera? —farfullé—. ¿Qué pretendías que hiciera? ¿Atarlo de pies y manos y obligarlo a quedarse? Fue él quien decidió marcharse. ¡Nos abandonó porque no nos quería!
Un músculo se tensó en su mandíbula.
—Porque mamá no pudo retenerlo.
—Porque no nos quería —repetí. Ya no pude contenerme más: me parecía ruin, ridículo y machista que la culpara a ella de todas nuestras desgracias.
Más aún cuando, sin nuestra madre, no habríamos salido adelante—.
Por eso se largó, Dylan. Porque ni tú, ni yo, ni Devon, ni Lizzie, ni mamá éramos suficiente para él.
Porque tenía asuntos y problemas que le parecían más importantes que nuestra familia.
Por eso salió aquel día por la puerta y nunca regresó.
Si tanto crees que le importabas, ¿por qué diablos no está aquí ahora?
¿Por qué no ha vuelto a ponerse en contacto con ninguno de nosotros?
Sabe dónde vivimos. ¿Sabes tú dónde vive él?
¿Sabes acaso su número de teléfono, dónde está trabajando o si ya tiene otra mujer y otros hijos?
¿Sabes si sigue en la ciudad? No —le recordé con brusquedad—.
Y que culpes a mamá de su huida no lo hará volver ni elegirnos.
—¿Y quién tuvo la culpa? ¿Tú y yo? ¿La tuvo Devon? ¿La tuvo Lizzie? —contratacó.
—Nadie, Dylan. Nadie aparte de papá.
—Eso no lo sabemos. A lo mejor necesitaba ayuda. Quizá podríamos haber conseguido que se quedara. Ella tendría que haberlo conseguido. Nosotros éramos unos críos. Era responsabilidad suya evitar que nuestra familia se fuera a la mierda.
—Era responsabilidad de papá no largarse —lo corregí.
—¡Pero se largó! —estalló Dylan—. ¿Y sabes a quiénes les tocó recoger los pedazos?
A Devon y a mí, joder. Nosotros fuimos los que salimos del dormitorio aquella noche, lo vimos todo hecho un desastre y consolamos a mamá.
Nosotros fuimos los que la veíamos llegar borracha a casa cuando todo aún estaba reciente.
Los que hablamos con la tía Meredith para que interviniera y la animase a buscar ayuda.
No te acuerdas de la época que pasamos en su piso, ¿verdad?
De lo que le costó a mamá rehacer su vida.
Nosotros estuvimos ahí para ella, Eleonor, no al revés.
Así que no me digas que soy injusto. Ella fue injusta al obligarnos a madurar cuando todavía éramos solo unos niños.
Me quedé callada, tratando de lidiar con el nudo que se me había formado en la garganta.
Nunca antes habíamos hablado con tanto detalle sobre aquella noche ni de lo que pasó después.
Y Dylan tenía razón: de eso no me acordaba.
Sí que tenía en la memoria la cara de la tía Meredith sonriéndome, sabía que había pasado tiempo con ella cuando era niña, pero no que habíamos estado quedándonos en su casa.
Que mamá se había venido abajo y nuestra tía había tenido que encargarse de nosotros.
Parecía que mi hermano estuviera hablándome de la vida de otra persona.
De la suya.
Porque él así lo había vivido y así lo recordaba.
Mi versión de los hechos —aquella en la que todos salíamos adelante juntos, como una familia unida y feliz— no era más que producto de mi cabeza.
—No quiero entrar ahí y tener que ver cómo se repite esa mierda. —A Dylan le temblaba la voz—. ¿Y si vuelven a destrozarla? ¿A destrozarnos a todos? ¿Volverá a tocarme a mí hacerme cargo? Ya no lo aguanto más. Estoy deseando largarme de aquí.
—¿Largarte a dónde? —Notaba la boca tan seca que no sabía de dónde había sacado las fuerzas para hablar.
—Lejos. Con Megan. Ya he pedido el traslado en la universidad.
—¿Sin decírselo a nadie?
Dylan tragó saliva.
Terminó encogiéndose de hombros.
—¿Pensabas hacerlo? ¿Ibas a contárnoslo? —insistí. El corazón me iba a toda velocidad. Había planeado hablar con nosotros, ¿verdad? Antes de marcharse. Antes de que se lo concedieran.
Fue la primera vez en toda la discusión en la que Dylan pareció avergonzado.
—No lo sé —admitió.
Pensaba abandonarnos. Tal y como había hecho papá.
Empezó a faltarme el aire. Las lágrimas que había conseguido mantener a raya durante toda la pelea me inundaron los ojos.
Dylan me observó, observó lo que había hecho, cómo yo había reaccionado a su confesión.
Algo cambió en su rostro. Pasó de la ira y la vergüenza al dolor.
No dijo nada más. Solo se dio la vuelta, se subió a su coche y condujo hasta que lo perdí de vista.
Me dejó sola en la calle.
El pulso me latía a toda velocidad.
Iba a abandonarnos. Iba a abandonarnos. Iba a abandonarnos.
¿Nos estaba abandonando ya?
¿Iba a volver?