Un amigo gratis 23
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—Lo de conocer a su familia parece bastante serio —opinó Olivia al día siguiente.

Cerré la taquilla y echamos a andar por el pasillo. La mañana se me estaba haciendo eterna. Ya estaba deseando que acabaran las clases y estábamos solo en la hora del almuerzo.

—No es tan serio. Tú conociste a la familia de Devon incluso antes de tener una cita con él —repuse. Olivia me lanzó una mirada como diciendo «ya, pero eso no cuenta»—. No sé si es serio o no —admití al final—. Nash y yo no lo hemos hablado.

—Qué raro. Con lo comunicativos que sois siempre.

Soltó una risita al oírme resoplar. Lo peor era que tenía razón. Nash y yo no éramos precisamente buenos en comunicarnos.

Durante aquellas semanas habíamos estado viéndonos bastante.

Los primeros días, lo hacíamos con la excusa de estudiar juntos o discutir algún tema de la asociación.

Después nos cansamos de fingir. Nos veíamos porque nos apetecía y no tenía sentido seguir tratando de buscarle una justificación a algo que ya era evidente para los dos.

Quedábamos en el café Daiana, en su casa o en la mía y todo fluía con una naturalidad que parecía mágica.

Me gustaba esa nueva dinámica que había entre nosotros: poder besarlo, tocarlo y abrazarlo cuando quisiera; que Nash me correspondiera ya sin nada de timidez.

Había tardes enteras que pasábamos en el sofá, simplemente hablando durante horas, con las piernas o las manos entrelazadas, mientras yo le tocaba el pelo o él me dibujaba círculos distraídos en la cintura.

Me parecía perfecto. Todo era perfecto. Volvía a casa sin poder contener la sonrisa y con el corazón danzando de la felicidad.

Aunque estaba segura de que nos encontrábamos en un punto similar, todavía no me había atrevido a preguntarle directamente si lo nuestro iba en serio.

Me daba miedo que fuera demasiado pronto y estropearlo.

Nash tampoco había sacado el tema, por lo que quizá lo mejor sí fuera esperar.

Lo único que estaba claro es que no éramos amigos.

Hacía mucho que habíamos dejado de usar esa palabra.

Ahora hablábamos de «esto», «nosotros» o de «tú y yo», pero nunca decíamos «amigos».

Tampoco le poníamos ninguna otra etiqueta.

Tener tan poca experiencia en el amor era como conducir un coche con los ojos vendados confiando en que no se va a estrellar.

El caso era que intentaba no darle demasiadas vueltas al asunto. No quería preocuparme. Todo llegaría cuando tuviera que llegar.

Olivia discrepaba, por supuesto.

—Deberías invitarlo a salir —me repitió por tercera vez esa semana—. Si te gusta y le gustas, ¿qué problema hay?

—Ninguno. —Y era cierto. Todo iba tan bien que me daba incluso miedo.

Me volvió a mirar. «Entonces, ¿a qué esperas?».

No lo sabía. Nash y yo ni siquiera nos dábamos muestras de afecto en público. Sí que parecíamos amigos de puertas para fuera. ¿Cómo iba a atreverme a proponerle cualquier otra cosa?

Todas mis dudas y mis pensamientos desaparecieron de mi cabeza cuando giramos la esquina y lo vi guardando los libros en su taquilla.

Olivia me sonrió burlona y me hizo un gesto para que fuera mientras ella esperaba a que Scott saliera de clase.

Habíamos quedado frente a su aula para ir a almorzar juntos como todos los días.

—Veo que has sobrevivido al señor Richard —comenté divertida, a modo de saludo, cuando llegué a su lado.

Apoyé el hombro contra la taquilla contigua. Nash se giró para mirarme y el estómago, una vez más, se me llenó de mariposas.

Esa mañana había hecho mucho frío, por lo que se había puesto un jersey. Le quedaba muy bien. Aunque para mí últimamente todo le quedaba muy bien.

—He sobrevivido —certificó con solemnidad. Había tenido otro examen de matemáticas a primera hora del día, para el que yo también lo había ayudado (o al menos había hecho como que lo ayudaba) a estudiar—. Aunque es posible que suspenda.

—Siempre dices eso y apruebas con buena nota.

—¿Perdona? —Sus cejas se elevaron. No pude mantener la seriedad porque sabía lo que vendría—. Creo que estás hablando de ti, no de mí.

Ahí me había pillado. Mis notas no destacaban ni para bien ni para mal; era buena alumna, de las que siempre acaban sacando notables, pero solía salir intranquila de los exámenes aunque en el fondo supiera que los había aprobado.

—Bueno, eso tiene fácil explicación. Primero, estudio mucho. Segundo, no ingiero ningún potaje tóxico durante el almuerzo que pueda alterar el funcionamiento de mis neuronas.

—La sopa de la señora Duncan es la mejor que he probado en mi vida.

—Tienes un gusto horrible.

—Me gustas tú, Eleonor. Así que no lo creo.

Me reí. Nash sonrió y sus ojos azules me miraron de arriba abajo. Incluso ahora, después de semanas, seguía poniéndome nerviosa cuando recibía toda su atención.

—Estás guapa hoy —dijo. Parecía sincero, aunque yo vestía ropa deportiva. Teníamos educación física a última hora.

—Estaba pensando en lo mismo. Me gusta tu jersey.

Nos habíamos acercado. Ahora tenía que echar la cabeza hacia atrás para seguir mirándolo a los ojos.

Nash me metió un mechón de pelo detrás de la oreja y quise que me besara.

Me daba igual que estuviéramos en el instituto, que hubiera alumnos caminando por el pasillo.

¿Qué importaba quién nos viera? Quería que me besara.

Él me gustaba mucho. Me moría por gritárselo a todo el mundo.

Su mirada bajó a mi boca, y entonces volvió a subir y su rostro se ensombreció. Estaba observando algo a mi espalda. No necesitaba girarme para saber el qué. A quién.

Jayden y los suyos ya habían cumplido con los veinte días de expulsión y habían vuelto al instituto.

Como consecuencia, ahora tanto mis amigos como yo recibíamos miraditas y oíamos a los grupitos susurrar cuando pasábamos cerca.

A Olivia, a Scott y a mí no nos importaba; ya se sabía por qué los habían expulsado y, si había gente que nos criticaba por haberles hecho frente, lidiaríamos con ello con orgullo.

Sin embargo, sabía que a Nash no le gustaba ser el centro de atención.

Tenía pendiente preguntarle cómo lo estaba llevando.

Ahora Jayden Moore y sus lacayos se encontraban al fondo del pasillo, apoyados en grupo contra la pared.

Jayden mordía una manzana mientras charlaba con Eric y Grace, con las mochilas tiradas en el suelo, como si fueran la pandilla de antagonistas malvados de cualquier película de instituto.

Agatha, la exnovia de Nash, también estaba con ellos.

Se reía con el brazo entrelazado con el de Grace.

No podía creer que hubiera considerado a esa chica mi amiga alguna vez. O que Jayden hubiera llegado a gustarme.

Ahora los veía y solo me generaban rechazo. Y vergüenza.

—Ignóralos —le pedí a Nash volviéndome hacia él. De pronto, tuve un mal presentimiento—. ¿Te han dicho algo hoy?

—No —contestó. Sentí alivio; estaba claro que habían captado el mensaje y que lo dejarían en paz de ahora en adelante. Aun así, Nash tardó un segundo más en despegar la mirada de ellos, como si no se fiara.

Siguió guardando los libros en su taquilla.

Si ya detestaba a Jayden antes, lo hacía aún más ahora que nos había roto el momento.

Su presencia era una brisa gélida que se había colado en el pasillo, helándonos los huesos.

Nash estaba tirante y la distancia que ahora había entre nosotros parecía un abismo.

Al cabo de unos segundos, preguntó:

—¿Estás segura de que quieres que nos vean juntos?

—¿Qué? —articulé confundida.

—Llevo días oyendo a la gente cuchichear —me explicó sin mirarme—.

Puede que ya no se metan conmigo, pero no lo necesitan para que todo el instituto piense que soy un pringado.

Al fin y al cabo, los populares son ellos.

Deberías mantener un poco las distancias si no quieres que te afecte a ti también.

No pasa nada —añadió tragando saliva; noté cierto temblor en su voz—. No voy a enfadarme.

—Los rumores del instituto funcionan así. Ya se les pasará. También cuchichean sobre mí, Nash. Y me da completamente igual.

—Eso es porque te metiste a defenderme.

—¿Y? —La tristeza se me abrió paso por dentro—. ¿Crees que no quiero que me vean contigo?

Nash se limitó a encogerse de hombros. No obstante, su mirada regresó hacia aquel punto a mi espalda y supe a quién observaba. Agatha. No necesitaba que Nash entrara en detalles sobre la relación que había tenido con ella para imaginarme cómo debió de ser. Pensarlo me hervía la sangre.

—Ella no quería. —Pareció leerme la mente—. No te culparía si prefirieras...

—No —lo corté.

—¿Qué?

—Que no.

Me puse de puntillas y lo besé.

Nash tardó un segundo en reaccionar, pero después se relajó bajo mi toque y me puso una mano en la cintura para atraerme hacia sí. Me deleité con su olor y el calor que emitía su cuerpo, y me dio igual quién nos mirara. Nos estábamos enrollando en medio del pasillo y me parecía perfecto.

Cuando me aparté, él tenía las mejillas calientes. Se aclaró la garganta, nervioso.

—Pillo el mensaje —afirmó, bajo mi atenta mirada—. Blanco y en botella.

—Perfecto.

Cerró la taquilla y yo me pasé su brazo sobre los hombros para que camináramos juntos.

En un momento dado, me giré para mirar a Jayden por encima del hombro.

Agatha y él tenían los ojos clavados en nosotros.

Arqueé las cejas y Jayden fue el primero en romper el contacto visual.

Bien. Otro que había captado el mensaje.

Cuando volvimos con Olivia, Scott ya había salido de clase. En medio del mar de alumnos, también se habían percatado de la presencia del grupito.

—¿Nos vamos? —les supliqué. Estaba deseando llegar al comedor de una vez y alejarnos de ellos.

Olivia nos observó sorprendida.

—¿Lo habéis visto?

—¿A Jayden? —Ahora Nash parecía más tranquilo, aunque adivinaba que debía de tener tantas ganas de largarse como yo—. Por desgracia, sí.

—A él no —dijo Scott—. A Carl.

Fruncí el ceño y me volví en su busca. El amigo de Jayden que me había escupido hacía tiempo —todavía sentía escalofríos al recordarlo— estaba trasteando en su taquilla. Se encontraba justo frente a la de Nash, pero no me había fijado en él hasta ese momento.

—¿Qué pasa con Carl? —cuestioné. En lo que a mí respectaba, era tan mala persona como los demás. No entendía cómo había conseguido librarse de la expulsión. Se rumoreaba que sus padres eran amigos de la directora.

—Agatha y él lo han dejado —nos contó Olivia.

Ahora que lo observaba con detenimiento, sí que parecía un poco abatido. Paré de mirarlo para prestarle atención a Nash, que solo dijo:

—Me sorprende. Eran tal para cual.

—Y tanto —coincidió Scott.

—Habrá sido el karma —aventuró Olivia.

—Sí —finalicé yo—. Habrá sido el karma.

Dejamos el tema y por fin emprendimos el camino hacia la cafetería.

La conversación pasó a girar en torno a la fiesta de San Valentín, que se organizaba todos los años, porque Scott quería invitar a Jack, un chico de otro instituto con el que llevaba ya unas semanas saliendo.

Intenté seguirle el hilo, concentrarme solo en eso y en el brazo de Nash sobre mis hombros, pero no pude evitar echar un último vistazo hacia atrás antes de que torciéramos en el pasillo.

Carl Thompson había cerrado de un golpe su taquilla. Pasó junto a Jayden y los demás sin mirarlos. Todo el mundo sabía que Jayden, Eric y él eran mejores amigos desde siempre y, aun así, era Agatha la que se había quedado en el grupo. No él.