Un amigo gratis 24
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NASH

Mike dice que, si quieres, pasa a recogerte.

ELEONOR

Pensaba ir andando. ¿Seguro que no le importa?

NASH

No te preocupes. Tu casa le cae de camino.

Unos minutos después, abría la puerta de la verja de mi casa para subirme al coche rojo, con la pintura algo desconchada, que había aparcado enfrente.

—Buenas, leona —me saludó Mike.

Fruncí el ceño y, en un acto reflejo, eché un vistazo a los asientos traseros mientras me abrochaba el cinturón. No había nadie más en el vehículo.

—¿Me hablas a mí? —terminé preguntando.

Mike arrugó la frente como si la rara fuera yo.

—Pues claro. ¿A quién le iba a hablar?

—¿Por qué me has llamado así?

—¿Leona? Es por tu animal espiritual.

—¿Mi qué?

—Tu animal espiritual. —Puso el coche en marcha—. Es... la esencia que tiene tu espíritu. Me parece feroz como un león. Aunque, ahora que lo pienso, también te encaja por el nombre. Eleonor, Leonor, leono, leona. ¿Sabes si proviene del latín?

Yo había estudiado las derivaciones etimológicas en clase, pero no creía que se pudieran aplicar a mi nombre. Al menos, no así.

—Es posible. —No quería llevarle la contraria.

Mike sonrió, superorgulloso de sí mismo.

—Lo sabía.

Se recolocó las gafas de sol, que eran similares a las que llevaba el muñequito hawaiano que colgaba del espejo retrovisor, mientras dejábamos la calle de mi casa atrás.

No supe qué más decir, así que me quedé callada.

Mike era un tipo peculiar. Lo había podido comprobar en las escasas veces —estaba estudiando fuera y solo venía algún que otro fin de semana— que Nash lo había invitado a hacer algún plan con nosotros.

Sin embargo, esa no era la razón por la que me intimidaba.

En realidad, se debía a que era una persona muy importante para Nash.

Quería caerle bien a Mike y que pensara que era un buen partido para su mejor amigo. Me presionaba igual que si tuviera que enfrentarme a un examen importante.

Teniendo en cuenta a dónde íbamos, estaba claro que esa sensación empeoraría a lo largo del día. No sabía si estaba lista para conocer a la familia de Nash. Solo de pensarlo, tuve que meterme las manos bajo las piernas para que me dejaran de temblar.

Mike que, además de peculiar, era muy observador, atisbó el gesto de reojo.

—¿Nerviosa?

—Un poco —admití, más por necesidad de consuelo que porque realmente tuviésemos algún tipo de confianza—. ¿Tú vas al cumpleaños de Sidney todos los años?

—Sí, siempre. —Intentó apartarse con un soplido un mechón de pelo rubio que le molestaba para conducir.

Tuvo que recurrir a un movimiento de cabeza para librarse de él—.

La familia de Nash es bastante guay. Puede que te intimiden un poco al principio, pero te sentirás cómoda enseguida.

Si te sirve, él está igual o más nervioso que tú.

—¿De veras? —Saberlo sí que me calmaba un poco.

—No todos los días uno le presenta a su novia a toda la familia de golpe. Seguro que les ha pedido por favor que no lo avergüencen delante de ti.

Estuve a punto de responder que Nash y yo no éramos una pareja «de verdad», más a modo de aclaración —me generaba cierta timidez que lo diera por hecho— que porque yo no deseara que lo fuéramos, pero en el último momento decidí mantener la boca cerrada.

No quería corregirlo y que luego eso llegara a oídos de Nash y sacara la conclusión equivocada.

—Además, ya te has ganado el corazón de Sidney —prosiguió Mike—. Esa niña es la persona más exigente de la familia. Te lo dice alguien que le cayó mal durante todo un año. Le decía a su hermano que yo era un tipo muy raro.

—No entiendo por qué.

—¿Verdad? Si soy superestándar.

Se me escapó una risita y Mike sonrió. Me percaté de que hacía un buen rato que había dejado de estar tensa. Entendía por qué Mike le caía tan bien a Nash; se le daba bien hacer sentir a la gente que jugaban en el mismo equipo.

—¿Cómo lograste que cambiara de opinión?

—Si te soy sincero, ni idea. Creo que un día simplemente se aburrió de criticarme y comencé a caerle bien. Para que luego digan que ser agotador no sirve para nada.

—Y ahora te invita a su fiesta de cumpleaños.

—Solo por los regalos —repuso con un suspiro dramático.

—¿Qué le has comprado?

—Libros. ¿Tú?

—Libros.

Chasqueó la lengua, divertido.

—Chica lista.

—Le pregunté a Nash cuál era la saga que estaba leyendo para comprarle los que le faltaban.

—Después de eso, querrá que te cases con su hermano. No tienes nada de lo que preocuparte.

Era evidente que Mike bromeaba solo para tranquilizarme, y estaba funcionando. Iba a conocer a la familia de Nash y todo iba a ir bien. Cero angustias.

Me recoloqué el jersey para que me cayera suelto sobre el estómago.

La noche anterior me había pasado un buen rato frente al armario, buscando el conjunto perfecto para la fiesta.

¿Qué se pone una para conocer a la familia de su novio-no-novio?

Había elegido algo sencillo: mis vaqueros de confianza, las botas y el jersey.

Solo esperaba que el resto de los invitados fueran igual.

No quería destacar ni para bien ni para mal.

—Gracias, Mike. —Acto seguido, dado que había algo de tráfico y todavía nos quedaban unos largos minutos de trayecto, cambié de tema—: ¿Cómo os conocisteis Nash y tú?

—Somos amigos desde preescolar. Ninguno se acuerda de la historia, claro, porque éramos muy pequeños.

Nos la han contado nuestras madres. La mía dice que yo era un crío muy parlanchín y que un día, cuando vino a recogerme, le dije que había hecho un nuevo amigo.

De entre todos mis compañeros, señalé al único niño que, en vez de estar jugando con los demás, estaba en silencio viendo los dibujos de uno de los libros infantiles que teníamos en la guardería.

Mi madre pensó que jugaríamos juntos dos días y luego nos aburriríamos porque éramos demasiado diferentes.

Fue justo al revés. Nos compaginamos bien, Nash y yo.

Somos como hermanos. Él es buen tío. Muy leal.

Muy responsable. Está ahí cuando yo necesito que alguien me diga que me centre —relató—.

Y yo le doy un empujoncito cuando él necesita que lo espabilen.

Había empezado a sonreír enternecida sin darme cuenta.

Se notaba en la forma de hablar de Mike el cariño que Nash y él se tenían.

Me gustaba imaginarme al Nash de dos años llegando solo y asustado a la guardería, sin querer hablar con nadie, y a un Mike con los ojos abiertos como un camaleón acercándose y amenazándolo: «A partir de hoy, tú y yo vamos a ser mejores amigos.

Me da igual que tú no quieras. Yo mando».

—Adoptaste a un introvertido —resumí.

Sentí cierto orgullo al oírlo reír.

—Totalmente. Luego nos separamos en el colegio, aunque mantuvimos la amistad y les rogamos a nuestras madres que nos inscribieran en el mismo instituto.

No íbamos a la misma clase, porque yo soy un año mayor, pero siempre nos veíamos en los intercambios y en el almuerzo.

No me gustó nada tener que graduarme y sentir que estaba dejándolo atrás.

Una parte de mí temía que se aislara. La otra tenía la esperanza de que verse solo lo animaría a buscar nuevos amigos. Me alegro de que haya sido lo segundo.

—Tú lo alentaste a que se apuntara a la asociación —recordé. Pensé en aquellas primeras sesiones, en lo mal que Nash y yo habíamos empezado, en lo encantador que me había parecido aquella mañana, cuando me prestó la sudadera sin conocerme de nada.

—Vi un cartel tuyo —confesó Mike.

—¿Cómo dices?

—Un día tuve que volver al instituto para hacer unas gestiones en Secretaría y vi uno de los carteles de vuestra asociación.

Los acaban de imprimir. Aparecías tú sonriendo y arriba el título de Un Amigo Gratis .

Te vi y tuve un buen presentimiento. Fui yo quien echó su inscripción, no él.

Nash no se habría apuntado jamás si yo no lo hubiera obligado.

Lo hice porque presentí algo. Que encajaríais bien.

—Estás de broma —repliqué, aunque notaba cierto calor en el pecho.

—Qué va. Lo presentí en serio. Mi animal espiritual es un búho.

—¿Y los búhos presienten cosas?

—Supongo. Parecen muy místicos. Aunque Nash y Sidney opinan que me pega más un suricato.

—Los suricatos también tienen un punto místico —lo consolé con humor. Entendía por qué los hermanos le veían el parecido.

—Me alegro mucho de que ahora formes parte de su vida —dijo Mike, ya poniéndose serio—.

No solo tú, sino también Scott y Olivia.

Nash me contó lo que hicisteis por él. Que os enfrentasteis a esos idiotas.

Yo también lo hice varias veces, pero no conseguí que pararan.

Mucho menos que los expulsaran. Vosotros sí.

Hicisteis bien en ir a hablar con la directora.

Gracias. Es uno de los mejores tíos que conozco.

Se merece estar rodeado de gente que sepa apreciarlo.

—Cada vez que pienso en lo que ha tenido que aguantar estos años, me carcome la rabia —confesé.

—A mí también. Aunque se nota que las cosas han cambiado. Nash parece tranquilo. Distinto. —Me miró—. Más feliz.

Aparté la vista, pese a que era imposible que Mike no fuera consciente de que se me habían coloreado las mejillas. Creía que yo tenía mucho que ver en eso, ¿verdad? Sí que me veía como la persona adecuada para su amigo.

—Les contaré todo eso también a Olivia y a Scott —le prometí, para relajar el ambiente.

—¿Cómo está Olivia? —indagó.

—¿Olivia? —Recordé la ocasión en la que se habían quedado a solas mientras Nash y yo hablábamos con Julie en la cafetería—.

Bastante bien. —«Y saliendo con mi hermano», podría haber añadido.

Si no lo hice, fue porque no terminaba de discernir con qué intención iba Mike y tampoco quería darle un corte muy brusco.

Nash me había dicho que su amigo ligaba con todo el mundo y que lo de aquel día no había tenido importancia, pero aun así. ..

—¿Acabó saliendo con tu hermano?

—Espera, ¿te habló de Devon?

—¿Por qué pareces tan sorprendida? Soy un gran confidente para las chicas. Mírate a ti.

—Yo no te he confiado nada.

—Pues yo creo que sí.

—¿Qué te dijo sobre Devon?

—Que le gustaba mucho y estaba esperando a que la invitase a salir. Por favor, dime que eso ya ha pasado.

—Sí, llevan juntos unas semanas.

—¡Toma ya! —Dio un golpe de felicidad al volante. Acto seguido, se recompuso como si nada y se volvió a apartar el flequillo de un movimiento de cabeza—. Lo sabía. Le dije que no iba a tardar nada en pasar. Mierda, debería haber apostado.

Lo observé entre divertida y confundida con su comportamiento. Sí que era un chico raro. Cada vez entendía menos —o más— que Nash y él fueran tan amigos.

—¿Tú tienes novia, Mike?

—¿Yo? No. No soy un tío de novias. Fluyo libre como el viento. Aunque la prima de Nash es bastante guapa, así que, si la ves y quieres enumerarle todas mis cualidades, no estaría de más.

—Lo intentaré —me comprometí burlona. Se refería a Aroa, la única invitada de nuestra edad, aparte de Mike, Nash y yo, que iría al cumpleaños. Nash ya me lo había adelantado el día anterior por teléfono, justo antes de contarme que Mike llevaba siglos detrás de ella.

—Genial. Yo le contaré a Nash que antes me he referido a ti como «su novia» y no lo has negado.

Me saltó el corazón.

—¿Qué?

Justo en ese momento entramos en la calle de la casa de los abuelos de Nash.

A diferencia de cuando habíamos ido allí hacía semanas, cuando era de noche y no se veía nada, ahora ya habían quitado las luces navideñas y la calle estaba llena de coches y de personas que salían de los vehículos en dirección a la casa de ladrillos rojos, cuyo jardín —y casa del árbol— conocía muy bien.

Mike aparcó en uno de los pocos espacios libres que quedaban, a un par de casas de distancia.

—Ya te lo he dicho. Conozco a ese idiota desde preescolar.

¿De verdad te creías que no sé que todavía no te ha pedido salir?

—repuso, y paró el motor mientras yo lo observaba con el pulso disparado—.

Como te decía, mi misión en la vida es darle empujoncitos.

—Luego abrió la puerta y, con una sonrisa, me dijo—: ¿Vamos?