Un amigo gratis 22
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En un abrir y cerrar de ojos, el frío de enero se quedó atrás y febrero se nos echó encima. El instituto se llenó de decoraciones florales y carteles sobre San Valentín.

Unas tres semanas después de que Nash y yo estudiáramos aquel día en su casa, era martes por la noche y estábamos hablando por teléfono cuando su hermana Sidney interrumpió la llamada para invitarme emocionada a su fiesta de cumpleaños.

Iba a celebrarse el domingo, en la casa de sus abuelos, y estaría toda la familia.

—No tienes que venir si no quieres —me tranquilizó Nash una vez que su hermana se hubo marchado.

Me reacomodé en la cama, jugueteando con el cordón del cuello de mi sudadera.

—¿Tú quieres que vaya?

—¿Sinceramente? —Hizo una pausa durante la que creí que diría que no—. Sí que me gustaría. Cualquier excusa es buena para pasar tiempo contigo. Pero entendería que no te apeteciera. Mi familia puede ser muy... intensa de primeras.

—Tú ya conoces a la mía. Intensidad es su segundo nombre.

—Cierto —respondió en tono divertido.

Hubo otro silencio. Me contuve para no hacerle las preguntas.

¿Sus padres sabrían algo de lo nuestro? ¿Nash se lo había dicho?

¿Qué era «lo nuestro» en realidad? Porque tampoco lo habíamos hablado.

¿Era demasiado pronto para hablarlo? Si acababa yendo el domingo, ¿nos lo tomaríamos como una cosa sin importancia, que hacíamos en calidad de amigos, o significaba algo más?

Él tampoco dijo nada. Me dio la sensación de que estábamos pensando en lo mismo. Demasiadas dudas que ninguno se atrevía a resolver.

—Tendré que buscar un regalo —comenté.

—A Sidney le bastará con que vengas. —Oí la sonrisa en su voz. Parecía aliviado. Entendí que sí que me quería allí y que le había dado miedo que a mí no me apeteciera ir.

—Pero quiero comprarle algo. —Y, como yo también era lectora, sabía perfectamente cómo acertar—: ¿Cuál era la saga que estaba leyendo? Ya iba por el segundo libro, ¿verdad?

Nash no recordaba el título, solo parte de la trama —a Sidney también le gustaba hablar de libros durante horas—, así que nos metimos en internet y nos pusimos a buscarlo juntos mientras yo intentaba sonsacarle más información.

Sid era una niña adorable y me hacía mucha ilusión que me hubiera invitado a su fiesta.

Qué menos que buscarle un regalo que le gustara de verdad.

Llevábamos ya veinte minutos discutiendo sobre novelas juveniles —Nash me mencionaba cada libro que encontraba en redes sociales y debatíamos sobre si podría gustarle o no a su hermana— cuando oí unos golpes suaves en la puerta de mi cuarto.

Levanté la vista y me encontré a mi madre asomando la cabeza por la rendija con una sonrisa cansada.

—¿Podemos hablar? —verbalizó casi sin sonido para no interrumpir mi llamada.

—Claro. —Pasé a dirigirme a Nash—: Está aquí mi madre. Te llamo luego.

Dejé el teléfono sobre la cama mientras ella entraba en la habitación.

Mi madre trabajaba como contable administrativa y, a juzgar por la hora y viendo que todavía llevaba la ropa del trabajo, debía de haber llegado a casa hacía poco.

Se sentó en la cama, sobre la colcha de flores que ella misma me había ayudado a elegir el invierno anterior.

—¿Va todo bien? —Me revolví inquieta. Parecíamos estar a punto de tener una conversación importante.

—Sí, tranquila. Solo hay... algo que quería consultarte.

—Me sonrió con los labios apretados, aunque había emoción contenida en su rostro.

Mi madre y yo éramos muy parecidas; esa noche llevaba el pelo largo y rubio recogido en un moño y sus ojos oscuros, marcados por la fatiga, parecían brillar más que otros días—. ¿Te acuerdas de Patrick?

Conque sobre eso íbamos a hablar. Una mezcla de ilusión y pánico se instaló en mi pecho.

—¿Vas a presentárnoslo por fin?

—¿Cómo lo has adivinado? —repuso con una risita sorprendida. Parecía aliviada, tal vez al no haber notado ningún deje acusador en mi voz.

Me encogí de hombros, tratando de disimular la rigidez que notaba en los músculos.

—Me alegro mucho por ti, mamá.

Y era totalmente cierto. Lo que me preocupaba era mi hermano.

Dylan y yo habíamos acabado volviendo a la normalidad como si nada, al menos en apariencia.

Durante los primeros días posteriores a la discusión él había estado bastante ausente.

Se quedaba a dormir siempre en casa de Megan y no pasaba por la nuestra más que para ducharse y cambiarse de ropa.

Yo lo dejaba a su aire. No me apetecía hablar con él después de la pelea sin que se hubiera disculpado primero.

Le dijo a mamá que Megan estaba muy agobiada con la universidad y que necesitaba su ayuda para un proyecto. Así consiguió que ella no se preocupara. Yo lo sabía porque una de esas noches Devon se presentó en mi cuarto para contármelo.

—No me lo trago —me advirtió, apoyado contra la puerta de brazos cruzados y con expresión escéptica—. ¿Qué os pasa a vosotros dos? Tú también estás muy rara.

Le contesté que, si tantas ganas tenían de saberlo, fuera a hablar con Dylan.

Nuestro silencio se había alargado hasta el anterior fin de semana, cuando Dylan por fin volvió a dormir en casa y, al día siguiente en el desayuno, me pidió que le pasara la mantequilla.

Lo hice. Luego me preguntó qué tal en el instituto.

Yo le pregunté por Megan. Establecimos una especie de tregua en la que estaba totalmente prohibido hablar de lo que habíamos discutido en el coche. Así nos habíamos mantenido.

El problema era que no habíamos solucionado nada. No tenía ni idea de si había cambiado de opinión sobre lo de Patrick y mamá. No volver a sacar el tema solo había servido para que se nos quedara enquistado.

—Gracias, cariño. —Mamá me rodeó con los brazos y me dejó las manos sobre los hombros al alejarse—. ¿Cómo crees que se lo tomarán tus hermanos?

—Bien —mentí—. No tienen motivos para molestarse. —Eso sí que era verdad.

Sin embargo, ella me conocía y notó que no estaba siendo sincera. Volvió a sonreírme, aunque esta vez no parecía real. Vi cierto temor en sus ojos cuando se apartó para sentarse recta en la cama.

—Sí, tienes razón. Aun así, me preocupa un poco, ¿sabes? Quizá es solo una tontería... —Se volvió para mirarme con afecto—. Sé que no les has dicho nada sobre Patrick. Gracias por guardarme el secreto durante todos estos meses.

—No es nada, mamá. —Haría cualquier cosa por ella. Igual que ella lo había hecho todo por nosotros—. Puedo hablar yo con ellos —sugerí—. Si tú quieres.

Así tendría la oportunidad de hacerlos entrar en razón si reaccionaban como me esperaba.

Mamá comenzó a levantarse.

—No, no te preocupes. Lo haré yo. Había pensado en invitar a Patrick y a su hijo a cenar en casa el domingo, si os parece bien. El chico tiene más o menos vuestra edad.

El domingo. Era la fiesta de cumpleaños de Sidney.

Mamá notó el cambio en mi expresión.

—¿Ocurre algo?

—No —contesté enseguida—. No es nada. Había hecho planes, pero volveré a tiempo para la cena —le aseguré. Procedí a fingir la mejor de mis sonrisas—. Estoy deseando conocerlos.

Mamá me devolvió el gesto y salió de la habitación. Justo en ese momento, mi móvil vibró sobre la cama. Nash había encontrado por fin el título de la saga que obsesionaba a Sidney. No sentí ningún consuelo.

Hasta donde yo sabía, eso era lo único del domingo que no corría el riesgo de acabar en desastre.