Consecuencias VI
Consecuencias VI
Sus cuerpos se comportaban como imanes. Eleonor estaba sentada al lado de Nash y no podía evitar extender la mano y rozarle el brazo.
Darle pataditas por debajo de la mesa. Pegar sus rodillas.
Se acostumbró a que él le tocara la cintura, la espalda; a estar hombro con hombro, a que entre ellos no existieran los límites del espacio personal.
Sus cuerpos se extrañaban, se buscaban; cuando hablaban con alguien, Nash solía estar al lado de Eleonor y Eleonor al lado de Nash, como si fueran un frente unido contra el mundo; cuando estaban sentados en grupo, sus cuerpos se inclinaban el de uno hacia el del otro.
Había un «ellos» que destacaba sobre el resto.
Los dos se daban cuenta. Ninguno trataba de evitarlo.
¿Para qué, si estar así de juntos, orbitando uno en torno al otro, parecía lo correcto?