21 #2
—Por eso no puedo escribir historias románticas —coincidió—. Nadie las entendería. —Sus manos bajaron por los laterales de mis piernas—. Serían todo un fracaso.
—Qué idiota eres. —Pero me acerqué un poco más, hasta que solo nos separaban unos centímetros.
Su mirada bajó de mis ojos hasta mi boca.
—Aun así te gusto —dijo.
—Aun así me gustas.
Sonrió y por fin se inclinó para besarme.
Le sujeté la mejilla para recibirlo mientras el corazón me revoloteaba.
Nash había vuelto a agarrarme de la cintura y ahora tiraba de mí para pegarme a su cuerpo.
El beso fue tranquilo y suave. Me gustó que pareciera más seguro de sí mismo, más confiado; que yo notara menos nervios sacudiéndome la espina dorsal.
Me pregunté si besarlo me iría pareciendo más fácil y natural conforme lo fuéramos haciendo más.
Ahora ya casi me lo parecía. Nash se levantó.
Nuestra postura con él en la silla era muy incómoda, de manera que acabamos sentados los dos en su cama.
Siguió besándome e inclinándose sobre mí mientras yo le acariciaba los brazos, los hombros, la espalda, y le enredaba los dedos en la nuca.
En un momento dado, comenzó a aplastarme un poco y me reí contra su boca.
—Apártate —le pedí—. O moriré aquí abajo.
—Cargándome a la villana de la historia —repuso burlón—. Igual sí que valgo para ser el protagonista.
Le pinché el estómago para quejarme y Nash me lo devolvió haciéndome cosquillas. Me revolví entre sus brazos hasta que sus labios regresaron a los míos. Me besó, me besó y me besó. Deseé poder detener el tiempo y quedarnos para siempre suspendidos en ese momento.
—Debería volver a estudiar —murmuró, aún sin alejarse de mí. Quería ser responsable, aunque la idea no parecía hacerle mucha gracia—. Y tú deberías empezar a ayudarme.
Me aparté para quedar sentada sobre el colchón con las piernas hacia fuera. Nash regresó para abrazarme por detrás. Me puso una mano en el estómago y me besó el cuello, la oreja y el hombro por encima del jersey.
Me reí entre sus brazos.
—¿Cuándo decías que tenías el examen?
—Mañana —masculló frustrado.
Apoyó la barbilla sobre mi hombro y transcurrieron unos segundos en silencio, durante los que pensé que simplemente se estaba armando de fuerzas para volver a las matemáticas.
—El viernes se cumplirá una semana —mencionó de pronto. Había cierta tirantez en su voz—. Desde la expulsión.
Fue como si la habitación se sumiera en las sombras. Torcí el cuello para mirarlo.
—Estarán más tiempo fuera. Ya oíste a la directora. Serán mínimo veinte días. —Sin embargo, él apartó la mirada y supe que algo iba mal. Giré todo el cuerpo hacia el suyo para forzar el contacto visual—. Nash, ¿qué pasa?
—Me dan miedo las consecuencias de lo que hicimos.
—No va a pasar nada.
—Pero ¿y si no hemos solucionado nada? ¿Y si, cuando vuelvan, solo están más enfadados? ¿Y si lo hemos empeorado todo? —Tragó saliva—. Odio sentirme así. Estar tan... asustado. No me extrañaría que pensaras que soy un cobarde.
—No digas eso. No me pareces ningún cobarde.
—Lo soy. He tardado años en atreverme a denunciarlos a la directora, y ahora que todo ha terminado no dejo de pensar en qué pasará cuando regresen y...
—Nash —lo interrumpí. Lo agarré de la barbilla para que me mirase—. Eres más fuerte que ellos.
—Eso no es verdad.
—Eres más fuerte que ellos —repetí—. No me refiero solo en lo mental.
Físicamente eres más fuerte que ellos. Podrías haberle ganado a Jayden el otro día.
Eres más alto y tienes más cuerpo que él.
Todo el poder que ejercen sobre ti es psicológico.
¿Conoces el cuento del elefante que está atado con una cuerdecita y no intenta romperla porque no se ve capaz?
Esto es igual. Eres el elefante y no te das cuenta.
—Yo no hago esas cosas —dejó claro. Retrocedió como si la idea le generase un profundo rechazo—. No me peleo con la gente. No utilizo mi tamaño para intimidar a nadie.
—Exacto. Pero eso no te hace débil. Eres una buena persona.
No confundas tu bondad con debilidad. Los débiles son ellos.
Por eso hacen lo que hacen. Necesitan hundir al resto para sentirse fuertes.
No volverán a acercarse a ti, ni a ninguno de los otros, ahora que saben que estáis preparados para plantarles cara.
Son unos cobardes. Cuanto antes te des cuenta, antes dejarás de darles poder.
Nash apretó los labios. Sabía que tenía ganas de creerme. El problema era que no podía. Visto desde fuera parecía muy fácil. Él llevaba años sufriendo sus abusos.
—¿Has empezado ya a ver a la psicóloga del instituto? —pregunté. Había sido una de las primeras medidas que ejecutó la directora cuando descubrió todo el entramado, para apoyar a Nash y a los otros alumnos.
—Iré por primera vez esta semana.
—Te ayudará mucho. Seguro. —Entrelacé su mano con la mía—. Recuerda que nos tienes a nosotros. A Olivia, a Scott, a Mike. A mí. —Le di un apretón—. No nos vamos a ninguna parte.
—Lo sé. —Pareció relajarse un poco—. Gracias.
Me alegraba que ya no se sintiera solo, pero me dolía en el alma pensar que eso no había sido siempre así.
El silencio se alargó. Él seguía observándome.
Me acarició la mano y yo sentí que el corazón me rebosaba y el pecho se me abría en canal y los sentimientos salían y se ponían a danzar, como duendecillos, por la habitación.
Los veía revoloteando a nuestro alrededor.
Riéndose. Señalándome. Cantando: «Míranos, míranos.
Tú, que no querías vernos. Ahora estamos por todas partes».
Me aclaré la garganta.
—Deberíamos volver a las matemáticas.
Hice el ademán de levantarme. Él tiró de mí con suavidad.
—Todavía no —me pidió.
Obedecí y dejé que me rodeara de nuevo con los brazos.