Un amigo gratis 21
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Cuando llegué a casa después del instituto, no había ni rastro de mi hermano Dylan.

Normalmente venía directo desde la universidad.

Devon, que sí que había vuelto como todos los días y estaba viendo un partido de baloncesto en el sofá, me dijo que se había ido a pasar la tarde con Megan.

Esperé que mencionara algo sobre la discusión que habíamos tenido en el coche, pero devolvió la mirada al televisor sin añadir nada más. Dylan y él no debían de haber hablado.

Mientras subía a cambiarme para irme a casa de Nash, me prometí que intentaría no darle demasiadas vueltas al asunto. No me apetecía ver a mi hermano después de cómo se había portado. Sin embargo, tampoco me gustaba la idea de que él estuviera evitándome.

Solo esperaba que no tardara mucho en entrar en razón. Aunque mamá no había vuelto a hablarme de Patrick, si seguían viéndose después de tantos meses, algo me decía que no tardaría mucho en querer presentárnoslo.

Se merecía ser feliz y que mis hermanos y yo la apoyásemos.

* * *

—Este es mi favorito —le confesé a Nash, levantando la hoja de papel para que leyera el título. Era el cuento que iba sobre las estrellas.

—A Sidney también le gustó mucho, aunque tengo que pasarlo a limpio. Es solo un borrador.

Era fácil diferenciar cuáles lo eran y cuáles no.

Frente a los cuentos escritos a bolígrafo, con buena letra y frases coherentes, había otros con tachones y la caligrafía algo desdibujada, como si no fueran más que un porrón de buenas ideas redactadas a toda prisa.

Esos eran mis preferidos. Representaban el caos y la creatividad pura, sin filtros.

Nash debía de confiar mucho en mí si me estaba dejando leerlos. Yo los sentía como un regalo.

Estábamos a solas en su habitación. No había nadie más en casa.

Sus padres estaban en el trabajo y Sidney en casa de una amiga.

Nash me lo había explicado con cierta timidez al llegar, mientras me conducía por el salón vacío hacia la escalera.

Habíamos estado solos antes, pero no desde lo de la casa del árbol.

Se había acabado sentando al escritorio mientras yo echaba un vistazo a los libros que había en la balda sobre su cama.

Habíamos mantenido cierta distancia desde entonces.

Su dormitorio era justo como me lo imaginaba.

Sencillo, con muebles rústicos y las paredes prácticamente desnudas, si no fuera por las estanterías.

Estaban llenas de libros que contaban historias, tanto dentro de sus páginas como por sí mismos; a Nash le gustaba comprar novelas de segunda mano, de manera que muchos de los clásicos que poseía en su colección tenían las hojas amarillentas, consecuencia del tiempo y de todas las manos por las que habían pasado.

Después de curiosear un poco, había encontrado el fichero donde guardaba sus cuentos.

Me había dejado leerlos tras mucho insistirle, con la condición de que le permitiera quitar algunos primero.

Ahora esos escritos prohibidos estaban a su lado, junto a la pila de ejercicios de matemáticas en los que llevaba sumido ya un buen rato.

Lo contemplé de reojo mientras fingía releer otro de los cuentos. Admiraba que fuese capaz de concentrarse. Yo no podía quitarle los ojos de encima.

—¿Hace cuánto que escribes para tu hermana? —indagué, muriéndome por recibir su atención. Aunque había ido a su casa para ayudarlo a estudiar, me apetecía más que hablásemos. Que se acercase.

Me encontraba tumbada bocabajo sobre la colcha de cuadros de su cama y el escritorio estaba en el lado opuesto de la habitación.

—Desde que era pequeña.

—¿Guardas todos los cuentos en este fichero?

—No todos. Mi madre encuadernó los antiguos y Sidney los tiene en su habitación. No creo que sean nada del otro mundo, pero a ella le gustan, así que los sigo escribiendo.

—Yo creo que son muy buenos —opiné—. ¿Sobre qué van los demás?

Me refería a los que me había confiscado.

—Sobre nada —mintió intentando restarle importancia. Apartó la vista para centrarse de nuevo en las matemáticas. Por muy tranquilo que quisiera parecer, yo lo conocía lo bastante como para saber cuándo algo le daba vergüenza.

—A mí también me gustaría que me escribieras, ¿sabes? Tienes mucho talento.

Con eso volví a ganarme toda su atención.

—¿Qué? —añadí cuando el silencio se alargó.

—Yo ya te he escrito, Eleonor.

—¿En tus cuentos?

—Y en mis cuadernos. En todas partes. —Sus ojos azules me observaban con confusión—. Te lo dije en la casa del árbol.

—No sabía si era verdad. —Pero lo era. Y ahora notaba mariposas en el estómago—. ¿Me dejarás leerlo?

—Quizá algún día.

Con eso me bastaba. Nash abrió el cajón y guardó los cuentos prohibidos dentro, lejos de mi alcance. Sonreí. Su timidez me parecía adorable.

—¿Cómo van esos ejercicios? —decidí cambiar de tema.

—Cada vez tengo más claro que no me espera ningún futuro brillante como matemático.

Me reí.

—Qué ingenioso eres.

—Qué va —replicó.

Me levanté de la cama para ir a su lado.

—Sí, Nash, eres muy ingenioso. Y sigo queriendo leer tus cuentos, que conste. Es la primera vez que alguien escribe sobre mí.

—Que tú sepas.

Nash había dejado el ejercicio a medias y ahora me prestaba toda la atención.

Mis labios se curvaron aún más. Me apoyé de espaldas en el escritorio, de manera que su mano izquierda estaba ahora casi pegada a mi pierna.

—¿Qué has escrito? —insistí.

—No va a funcionar.

—¿Qué has escrito?

Negó, aunque él también sonreía. Me entraron ganas de besarlo. Últimamente me apetecía besarlo todo el rato. Quería tocarlo, apartarle el pelo de la frente, acariciarle los hombros. Cualquier cosa que implicara terminar con la distancia que había entre nosotros.

Luego pensé que podía hacerlo. Que, después de lo del viernes, gozaba de ciertos privilegios.

Extendí la mano y le eché el flequillo hacia atrás.

Nash reaccionó y, como si él también hubiera estado deseando romper la barrera del contacto físico, me puso una mano en la cadera.

Sus dedos resbalaron por la parte externa de mi pierna, hacia abajo y luego hacia arriba.

Volvieron los cosquilleos en el estómago.

—¿Has escrito algo más aparte de tus cuentos y tu diario? —inquirí, con verdadera curiosidad. Había decidido rendirme con lo otro.

—¿Te refieres a, por ejemplo, una novela?

—Ajá. —Seguía tocándole el pelo, suave contra mis dedos.

—Me gustaría intentarlo, pero no sé si estaré a la altura.

—Por supuesto que lo estarás —le aseguré sin vacilar—. ¿Sobre qué te gustaría escribir?

—No lo sé. Me interesa mucho el terror.

—Terror no. Te lo suplico.

—O la novela negra. Me encantaría crear una trama con un asesinato superdifícil de resolver.

Arrugué la frente. Nash notó que la idea no me entusiasmaba y eso pareció divertirle.

—Podrías escribir una historia de amor —sugerí—. A mí me encantan las historias de amor. Tengo las estanterías llenas.

—Lo sé. —No era la primera ni sería la última vez que hablábamos de libros. Estábamos al tanto de los gustos del otro, por lo que supe lo que iba a decir antes de que abriera la boca—: El problema es que me gustan demasiado los finales trágicos.

—Está bien. Escribe lo que quieras. La leeré y la recomendaré de todas formas. —Se me vino otra pregunta y ladeé la cabeza—. ¿Le pondrás mi nombre a la supervillana?

Nash se echó a reír.

—Ya te lo he dicho esta mañana. No tienes madera de antagonista.

—Ni tú de extra.

Era un debate que habíamos tenido ese día en el comedor. Olivia nos había planteado la nueva cuestión que había incorporado en las fichas de los socios y los voluntarios: «¿Qué papel tendrías en una película?».

Ella, como no podía ser de otra manera, opinaba que, puestos a elegir, se quedaba con el papel protagonista.

Scott tenía clarísimo que quería ser el malvado que finge ser bueno pero traiciona al héroe en el último momento.

Yo me decanté primero por ser la mejor amiga simpática y luego pensé que ser villana también parecía divertido.

Aunque Nash estaba en lo cierto. No tenía lo que había que tener.

Me sentiría muy mal si me tocara torturar a alguien, por ejemplo.

Él creía que tendría un papel muy irrelevante, como uno de esos figurantes que aparecen de fondo en la escena en los que nadie se fija. Evidentemente, yo no había estado de acuerdo.

—Me gusta lo de ser un extra —volvió a defenderse Nash encogiéndose de hombros—. Disfruto de la idea de pasar desapercibido.

Resoplé.

—Eres demasiado guapo para ser un extra.

—¿Tú crees?

—Claro. —Era imposible que él no lo supiera.

Nash juntó las cejas. Su rostro se había llenado de luz. Parecía sorprendido de verdad. ¿Sería posible que no fuera consciente de su atractivo? A fin de cuentas, había tenido a los imbéciles de Jayden y sus amigos minándole la autoestima durante varios cursos.

—Me alegra saberlo —dijo—. Que te parezco guapo.

—E inteligente. Y amable. Y considerado. Me gustan tu pelo, tus ojos, tus pecas. Tu estatura, aunque sé que tú la odias. También me gusta que escribas. Que colabores en la asociación. Que nos entendamos tan bien. —Lo miré fijamente—. Podría seguir.

La lista era larga.

Nash se giró y tiró de mi cuerpo hacia el suyo. Quedé de pie entre sus rodillas. Llevé las manos hasta sus hombros.

—No es muy de villana de tu parte —comentó en voz baja, mientras sus ojos me observaban divertidos— lo de ser tan considerada.

—Está claro que no valgo para el papel.

Ni él valía para recibir cumplidos. Esperaba que al menos se los hubiese creído.

—Bueno, hay villanas muy atractivas. Quizá podamos salvarlo por ahí.

—Me pega más ser la amiga simpática.

—O el viejo sabio. Das muy buenos consejos.

—Tú sí que sabes cómo hacer sentir especial a una chica —ironicé, lo que lo hizo reír.

—¿Qué? Era un cumplido.

—¿Y luego te quejas de que haya tardado tanto tiempo en notar que estabas ligando conmigo? Esto no se te da nada bien.