20
El aparcamiento estaba lleno de alumnos que se saludaban con la normalidad de un lunes cualquiera.
Nash seguía esperándome junto a la escalera.
Aproveché que estaba distraído con su móvil para escabullirme y subir sin que me viese.
Me metí rápido en el edificio. Las palabras de Dylan sonaban en mi cabeza una y otra y otra vez.
«Por su culpa se largó».
«No pudo retenerlo y ahora nosotros no tenemos padre».
Las clases estaban a punto de empezar, pero yo sentía que me faltaba el aire. Pasé mi aula de largo y fui directa hacia la sala de reuniones de la asociación, que solía estar vacía a esa hora. Empujé la puerta, entré y la cerré detrás de mí con cuidado. Eché el pestillo y me apoyé contra la madera.
Solo ahí permití que los ojos se me llenasen de lágrimas.
Me cubrí la boca con la mano mientras resbalaba hasta quedar sentada en el suelo.
No podía creer que Dylan hubiera dicho eso.
Que fuera tan injusto. ¿Cómo podía culpar a nuestra madre de que nuestro padre se hubiera largado?
¿Cómo era capaz de guardarle rencor a ella, que lo había dado todo por nosotros?
¿Me guardaría rencor a mí también?
Cerré los ojos y me concentré en respirar. Me dije que me daría un momento para recuperarme y luego saldría ahí fuera como si nada. Tenía clases a las que asistir. Un trabajo que entregar. Socios a los que atender. No podía permitirme sentirme mal durante el resto de la mañana.
Sonó la campana que anunciaba el inicio de las clases.
Lo que me hizo dar un respingo fueron los golpes en la puerta que vinieron después.
—¿Eleonor?
Era la voz de Nash.
Hablaba en voz baja, como si temiera ahuyentarme.
Como si no estuviera seguro de si de verdad me había visto entrar en esa aula o había sido solo un espejismo.
Guardé silencio con la esperanza de que se marchara.
No me gustaba que nadie me viera llorar.
Ya me había saltado esa regla con él y no podía dejar que ocurriese de nuevo.
—Sé que estás ahí —insistió—. ¿Qué ocurre? ¿Necesitas hablar?
Su tono era suave. Me pareció que se acercaba incluso más a la puerta.
—Estoy bien. —No me quedó otra opción que responder. Notaba la boca seca, pastosa, como llena de arena.
Nash intentó abrir la puerta para comprobarlo con sus propios ojos. Se la encontró cerrada.
—Déjame entrar —pidió—. Por favor.
Me limpié la cara con la manga para deshacerme de cualquier rastro de lágrimas.
Luego me levanté despacio y quité el pestillo. Cuando abrí la puerta, Nash estaba fuera, con la mochila colgándole del hombro y el rostro inundado de preocupación. Su mirada se suavizó al verme. Entró y cerró tras de sí.
—¿Qué ha pasado?
Quise repetirle que estaba bien y decirle que se marchara.
No me salieron las palabras.
Me acerqué y él me envolvió entre sus brazos.
Se me anegaron los ojos otra vez. No me permití hacer ruido, pero Nash notó que estaba llorando.
No dijo nada. Solo suspiró, enredó una mano en mi pelo y esperó en silencio.
Su cuerpo estaba caliente y olía a su colonia de siempre.
Tardé tres minutos en recobrar la compostura; durante los últimos treinta segundos solo podía pensar en que no entendía cómo me había venido abajo delante de él otra vez.
La vergüenza se me coló en el estómago. Tragué saliva mientras deshacía el abrazo con cuidado.
—Lo siento —murmuré, tras aclararme la garganta.
—No pidas perdón. —Con eso logró que alzara la vista. Sus ojos me observaban preocupados—. ¿Qué ha ocurrido?
—Mi hermano Dylan no sabe lo que dice.
—¿Por qué? ¿Qué ha hecho?
Nos sentamos en el sofá que había junto a la puerta y le conté lo sucedido en el coche.
Evité mencionar que el enfado de Dylan partía de que había mentido sobre la noche del viernes y me centré en que yo sí conocía la existencia del nuevo novio de mi madre y en lo mucho que eso —que mamá hubiera conocido a otra persona; que me lo hubiera contado a mí y no a ellos— había molestado a mi hermano.
—Entiendo que estés dolida —habló Nash cuando terminé—. Si te soy sincero, creo que Dylan está enfadado con el mundo y hoy lo ha pagado contigo.
—Con mi madre —puntualicé—. Y no es justo.
Me hundí contra el respaldo del sofá. El aula de la asociación estaba tal y como la habíamos dejado la última vez que habíamos estado allí.
El ventanal, situado en la pared opuesta, iluminaba la mesa donde nos sentábamos para las reuniones.
Estaba rodeada de sillas y llena de bolígrafos y papeles.
De las paredes colgaban todos los carteles que habíamos diseñado durante los últimos meses, algún que otro diploma de reconocimiento y unas cuantas fotografías de equipo.
Me encantaba ese lugar. Era mi refugio dentro del instituto.
Solía esconderme allí cuando tenía un mal día.
Sin embargo, sabía que la razón por la que empezaba a sentirme mejor no era el aula, sino que Nash estaba conmigo.
Su presencia siempre me tranquilizaba.
—Me da miedo que Dylan piense que fue todo por mi culpa. —Mi confesión se abrió paso entre el silencio—. Que crea que, si no fuera por mí, papá nunca nos habría abandonado.
—¿Por qué iba a pensar eso?
Subí un hombro, tratando de no volver a llorar.
—Porque fue así.
—Dudo que eso sea verdad.
—Estaba muy enfadado conmigo el día que se marchó.
No recuerdo qué hice exactamente. Era muy pequeña.
Pero sí recuerdo sus gritos —expliqué—. Yo nunca le gusté.
Mis hermanos eran sus favoritos y eso se notaba en la manera en la que nos trataba.
Si ellos daban problemas, a mi padre siempre le parecía gracioso.
Conmigo no ocurría lo mismo. Yo jamás conseguía hacerle reír y eso que me esforzaba el triple.
Ahora lo pienso y creo que mis esfuerzos solo le generaban más rechazo.
Estaba todo el día intentando llamar su atención y eso le molestaba muchísimo.
Supongo que aquel día pasó algo parecido.
Intenté ganarme su afecto, él se terminó enfadando, empezó a gritar y mi madre vino a defenderme. Discutieron. Por mi culpa.
Tragué saliva. La expresión de Nash estaba llena de resquemor hacia mi padre.
—Recuerdo el resto de la noche de manera extraña —proseguí—.
Lo veo todo en tercera persona. Mi madre nos pidió que cogiéramos a Lizzie y subiéramos a su habitación.
Nos encerramos los cuatro allí. Lizzie y yo no dejábamos de llorar.
Ella tenía dos o tres años por entonces.
En mi recuerdo nos veo abrazadas la una a la otra, mientras mis hermanos hablaban en susurros pegados a la puerta.
Mi padre apareció. Abrió de un empujón y tuvieron que apartarse rápidamente.
Metió unas cuantas cosas en una bolsa de viaje y se largó.
Dylan y Devon salieron corriendo detrás de él, suplicándole que no se fuera.
Yo no me moví. Lo oí gritar desde el piso de abajo que le habíamos arruinado la vida. Esa fue la última vez que lo vimos.
El último recuerdo que tenía de mi padre era su mirada llena de rabia. La que nos dirigió cuando nos vio a Lizzie y a mí agazapadas entre lágrimas. Hubo una época en la que se me aparecía en todas las pesadillas.
—Nada de eso fue culpa tuya —me recordó Nash mientras yo sacudía la cabeza para librarme de la imagen—. Nada.
Sorbí por la nariz y me sequé los ojos. Las lágrimas se me habían vuelto a escapar.
—Ya lo sé —susurré.
Pero Nash insistió:
—Eras muy pequeña. Tú misma lo has dicho.
Y está claro que tu padre tenía problemas, problemas ajenos a ti, que hicieron que se largara.
No fue responsabilidad tuya ni tampoco de tu madre ni de tus hermanos.
Entiendo que lo odies y que nunca quieras hablar de él.
Solo con lo que me has contado, yo lo odio también.
—Mi padre no era un buen hombre. Por eso se marchó.
Y por eso yo nunca lo eché de menos. No nos trataba bien a ninguno, ni siquiera a mis hermanos.
Le hacían gracia, sí, pero no fue un padre para nadie.
Siempre estaba trabajando, borracho o enfadado.
En cuanto se fue desaparecieron el miedo y los gritos.
Mi casa no se quedó vacía sin él. Al contrario.
Se convirtió en un hogar —dije—. Estamos mucho mejor sin él.
Dylan no podía pensar lo contrario. Entendía que su experiencia había sido distinta. Eran los mayores y tuvieron que madurar rápido para cuidarnos a Lizzie y a mí. Ellos aprendieron a solucionar problemas y yo a no darlos. Pero habíamos salido adelante, todos juntos.
Por eso sus palabras me habían dolido tanto. Las sentía como una traición a lo que habíamos construido. A nuestra familia. A nuestro hogar.
—¿Cuántos años tenías cuando pasó?
—Once.
Su mano rozó la mía durante un instante. Cuando la miré, él ya la había apartado. Me dio la impresión de que quería tocarme. El problema era que teníamos una conversación pendiente que se lo impedía.
—Fue difícil de gestionar. La gente del colegio se enteró y empezaron a meterse mucho conmigo. Me decían que se había largado porque no nos quería.
—Los niños son crueles —se lamentó Nash.
—No solo los niños. Recuerdo los susurros que intercambiaban algunos padres cuando mi madre venía a recogerme. Lo que decían sobre ella. En muchos casos, la maldad es heredada.
—Siento que hayas tenido que pasar por algo así. Me parece increíble que, a pesar de lo mal que se ha portado el mundo contigo, tú hayas acabado siendo tan...
—¿Insoportablemente optimista?
Pretendía ser una broma, pero mi sonrisa no parecía real.
—Tan buena —dijo Nash—. Eres la persona con el corazón más noble que conozco.
Nuestras miradas se encontraron. Una vez me había dicho que creía que yo veía todas las cosas buenas que había en él. Que eso me hacía generosa. Yo pensaba que él era igual de generoso conmigo.
—Creo que me ves con muy buenos ojos.
—Lo pienso de verdad.
—Lo sé. —No eran hechos excluyentes.
—Ahora entiendo por qué repetías tanto que fuera a hablar con la directora. Tú pasaste por lo mismo. Aunque, con lo empática que eres, seguro que habrías insistido igual si no lo hubieras vivido.
—Fundé la asociación porque sabía lo que era sentirse sola.
Hubo una época en la que esos comentarios me afectaban de verdad.
Creía que lo que había pasado con mi padre era la prueba de que no estaba hecha para que me quisieran.
A veces todavía lo pienso —admití—. Me da miedo que la gente me conozca de verdad y decida que no soy lo suficientemente buena.
Que me vean sin la coraza y esa versión de mí ya no les guste.
Por eso rechazo tanto la vulnerabilidad.
No es porque no quiera parecer débil. Es porque siento que me hace una persona difícil de querer.
Es más sencillo gustarle a la gente cuando no das ningún problema.
—Pero la gente que te aprecia no necesita que seas fuerte todo el rato. No queremos que nos mantengas al margen de tus problemas. Me dolería que te ocurriera algo y no me lo contaras. Ponte en nuestro lugar. ¿Querrías menos a Olivia si ella estuviera pasando por una mala época, por ejemplo?
—Por supuesto que no.
—Pues ahí tienes la respuesta.
Puse los ojos en blanco. Nash siempre sabía qué era lo que tenía que decir para hacer que me replanteara mis creencias absurdas.
Pareció adivinar lo que pensaba y en su boca se formó una sonrisa.
Chocó su hombro contra el mío para darme ánimos, para suavizar la tensión del ambiente, esperando que le devolviera el gesto.
Lo hice. Él repitió el movimiento. Y cuando quise darme cuenta yo también estaba sonriendo, ahora de verdad.
Mientras tanto, su mano descansaba sobre su muslo, a unos centímetros de la mía.
—Gracias por venir a buscarme. —Subí la mirada de nuestras manos a sus ojos.
—No las des. Estaré ahí siempre que me necesites.
—Siento haberte evitado en el aparcamiento.
—¿Me has visto? Te estaba esperando.
Guardó silencio un momento, planteándose si merecía la pena atreverse a darme una explicación. Cuando habló, parecía que elegía las palabras con cuidado.
—Quería verte antes de clase. Para hablar.
Era imposible no saber a lo que se refería. Me había pasado todo el fin de semana sin poder pensar en otra cosa, revisando el móvil cada cinco minutos por si su nombre aparecía en la pantalla.
—No sabía si estabas molesta.
Eso me pilló desprevenida.
—¿Molesta? —repetí.
—Me daba miedo que te arrepintieras de algo.
—Pero no me arrepiento de nada.
—¿De verdad?
—Fuiste tú el que no me escribió al llegar a casa.
—No sabía si querías que te escribiera.
—¿Por qué no iba a querer? —cuestioné.
—No lo sé —dudó—. Tú tampoco me escribiste.
—No sabía si querías que te escribiera —reconocí.
—¿Por qué no iba a querer?
Nos miramos y en sus labios volvió a aparecer lentamente esa sonrisa. Me acabó pasando lo mismo.
—Somos un desastre —me reí. Me sentía mucho más tranquila ahora que sabía que había sido solo un malentendido.
—No se me dan bien estas cosas —confesó Nash.
—A mí tampoco. Es mi primera vez, así que no tengo ni idea de lo que hay que hacer.
—En ese caso, lo mío es peor. Yo sí debería saberlo.
—Aprenderemos juntos.
Él dijo:
—Siempre quiero que me escribas.
Y fui yo la que deslizó la mano hacia la suya para entrelazar nuestros dedos.
Así era justo como debían estar.
Aunque teníamos otras obligaciones.
—Deberíamos irnos a clase. —Llegar tarde nos causaría una buena reprimenda, pero no podía permitirme perder una lección completa.
—Mierda. —Nash pareció acordarse de pronto. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás—. Tengo examen de matemáticas mañana.
—¿Con el señor Richard? —me horroricé—. ¿Qué haces que no estás en clase?
Empezamos a levantarnos. Nash me acarició el dorso de la mano con el pulgar antes de soltarme.
—¿Me ayudarás a estudiar? —me pidió.
—No soy ninguna experta en matemáticas.
—Se te dan mejor que a mí. Podrías venir a mi casa.
—¿Hoy? —Salimos del aula. Lo implícito en la invitación hizo que sus mejillas se enrojecieran.
—Para estudiar —aclaró muy avergonzado. Me pareció adorable verlo tan nervioso.
—Genial. Nos vemos esta tarde.
Nash se pasó una mano por el pelo.
Pensé que me besaría. Luego decidí que estaba claro que no se iba a atrever. No lo hizo.
—Te escribiré después de clase. Esta vez de verdad —me prometió.
Yo seguía sonriendo cuando se alejó por el pasillo.