Un amigo gratis 19
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—Madre mía —susurró Olivia al teléfono aquella mañana, antes de soltar una risita.

Arqueé una ceja mientras terminaba de prepararme la tostada.

Era lunes, y Olivia y yo íbamos a vernos en el instituto, pero me había llamado hacía un rato para consultarme una duda sobre el trabajo de biología que teníamos que entregar ese día y, como siempre, la llamada había terminado alargándose.

—¿Qué pasa? —Apoyé la cadera en la encimera y di un mordisco.

—Tu hermano acaba de pedirme otra cita.

Devon estaba un metro más allá, sentado a la mesa de la cocina, con el plato ya medio vacío y el móvil en la mano. Tecleaba con una media sonrisa en la cara.

—No me digas. —Hablé lo bastante alto como para llamar su atención. Mi hermano torció el cuello hacia mí. Cubrí el altavoz con la mano—. Deja de tirarle los trastos a mi amiga mientras estamos al teléfono —le espeté.

—Deja tú de hablar por teléfono con tu amiga mientras yo le tiro los trastos —contratacó él.

Volvió a teclear y no tardé en oír otra risita coqueta de Olivia. Puse los ojos en blanco. ¿Así sería todo a partir de ahora? Había cavado mi propia tumba cuando lo animé a salir con ella.

Dylan, que se había pasado el fin de semana en casa de Megan, totalmente desconectado, frunció el ceño desde el otro lado de la mesa.

—¿Estás saliendo con Olivia? Quiero decir, ¿saliendo, saliendo? ¿En plan serio?

—¿No te habías enterado? —Devon se terminó la tostada con el móvil todavía en la otra mano—. La noticia ya tiene unos días.

La expresión de incredulidad de Dylan me hizo reír. Se volvió hacia mí, tratando de averiguar si me parecía bien.

Yo me encogí de hombros.

—Estoy a favor de que triunfe el amor —dije.

—Gracias, hermanita —intervino Devon.

—¿Le patearás el trasero como le haga daño? —se interesó Dylan.

—Por supuesto.

—No habléis de mí como si no estuviera delante —se quejó Devon.

Lo miré.

—Si le haces daño a Olivia, te patearé el trasero.

—Yo también —agregó Olivia al otro lado de la línea.

—No le voy a hacer daño a Olivia —dejó claro Devon hundiéndose en la silla—. Y, para que conste, ella me intimida bastante más que tú.

No había oído las palabras de mi mejor amiga, pero la conocía muy bien. Sabía que Olivia podía cuidar de sí misma.

Yo sabía que mi hermano no se iba a portar mal con ella.

Por eso me gustaba que estuvieran juntos.

Lo suyo se había consolidado ese fin de semana.

Devon había acabado yendo a la fiesta con Olivia el viernes, tras haber visto una película con Lizzie y haberla dejado en casa de una de sus amigas del colegio.

Se escaquearon de la fiesta, fueron a dar un paseo y acabaron confesándose lo que sentían el uno por el otro.

Y todo pasó antes de la cita que se suponía que tenían el sábado.

Cita que acabaron teniendo de todos modos, claro.

Cuando Olivia me había llamado para contármelo, me pareció más ilusionada de lo que había estado nunca por un chico.

No me importó oír toda la tanda de cursilerías que tenía que soltar sobre Devon.

Para mí era solo el idiota de mi hermano, pero a ella la hacía muy feliz.

Fue bastante divertido cuando descubrió que yo también tenía cosas que contar del fin de semana.

—¿Qué dice tu hermano? —preguntó Olivia.

—No sé. Creo que te tiene miedo —aprecié divertida, ignorando la mirada que me lanzaba él para que cerrara la boca.

Me sacó el dedo de en medio y le sonreí con dulzura.

—Es todo un cumplido —se burló Olivia.

—¿Quieres que le diga algo de tu parte?

—En realidad, estaba esperando a que me contaras si habías sabido algo de Nash.

Mi buen humor se vino abajo de pronto.

Me giré hacia la encimera para dar la espalda a mis hermanos.

No quería que notaran ningún cambio en mi actitud.

Por suerte, Dylan, que ya sabía desde antes que Olivia y Devon tonteaban pero todavía no asimilaba que nuestro hermano tuviera una novia de verdad , había empezado a interrogar a Devon acerca de cómo había pasado.

Ninguno de los dos me estaba prestando atención.

—Aún nada —musité toqueteando la cucharilla de mi taza de café ya vacía. Las palabras me supieron amargas.

—Sois los dos unos idiotas. Deberías haberle escrito.

Sí, tal vez tuviera razón.

Sin embargo, Nash tampoco me había escrito a mí. No habíamos vuelto a hablar desde el viernes, y lo que pasó en la casa del árbol casi parecía un sueño.

A veces dudaba de si me lo había imaginado todo.

Cuando nos dimos cuenta de que se nos había hecho tarde, Nash ofreció acompañarme a casa.

Fuimos caminando despacio para retrasar el momento de la despedida.

Y entonces llegamos a mi barrio y me besó otra vez, y yo volví a sentir que el corazón se me ponía del revés y luego del derecho; que revoloteaba sin saber dónde colocarse con tantos sentimientos a los que hacer sitio.

Pensé en escribirle cuando se marchó. Pensé que él me escribiría cuando llegara a casa. Sé que él quería escribirme. Ninguno de los dos lo hizo. Y así comenzó un silencio que se alargó todo el sábado y el domingo.

A Olivia le había faltado poco para presentarse en mi casa para reprenderme en persona cuando se lo conté todo por teléfono. Decía que no entendía cómo era posible que dos personas se gustasen tanto y no fueran capaces de dejar de ponerse obstáculos.

Yo me preguntaba lo mismo.

—Ya lo sé —suspiré—, pero eso ya da igual. Te veo en un rato.

—Verás a Nash en un rato —me recordó ella. Solo eso bastó para que el estómago se me llenara de nervios.

Lo decía como si yo no llevara pensándolo todo el fin de semana.

Cuando colgué el teléfono, Devon y Dylan seguían sumergidos en su conversación. Dylan estudiaba a su hermano gemelo como si se replanteara seriamente todas sus decisiones vitales.

—Pero ¿cuántos años os lleváis?

—Dos, Dylan. No hagas dramas —repuso Devon con aburrimiento. Olivia y yo teníamos la misma edad. Ese año terminábamos el instituto.

Dylan seguía sin parecer muy convencido.

—¿Tú sabías que pasaría esto cuando viste que se iban juntos? —indagó en mi dirección, en el momento en que yo me acerqué a coger la mochila. Ya iba siendo hora de irnos a clase.

—¿A qué te refieres? —Lo observé confundida.

Devon también parecía desconcertado.

—En la fiesta —aclaró Dylan—. Tú estabas con Olivia, ¿no?

Alternó la mirada entre nosotros. Abrí la boca, pero Devon se me adelantó soltando una risotada.

—¿De verdad te tragaste lo de que Eleonor estuvo allí el viernes?

Dylan clavó los ojos en mí. Esa era la excusa que le había puesto a nuestra madre para que no me interrogara.

—¿No estuviste en la fiesta?

—Nada de eso es asunto vuestro. —Cerré el tema. Me eché la mochila al hombro—. ¿Nos vamos? A este paso voy a llegar tarde al instituto.

Al salir nos cruzamos con mamá, que animaba a la adormilada Lizzie a bajar la escalera.

Ese día había pedido entrar más tarde en el trabajo porque tenía que esperar al fontanero —éramos cinco viviendo en la misma casa y el fregadero había vuelto a atascarse—, así que Devon se había ofrecido a llevar a Lizzie al colegio.

Iba a llegar un poco antes y le tocaría quedarse en el aula matinal.

La levantó en brazos al pasar junto a ella. Llevaba una bolsita con su desayuno para que Lizzie se lo comiera en el coche. La niña estalló en carcajadas al quedar atrapada y le pidió a gritos que la bajase. Mamá se despidió de nosotros con una sonrisa.

Devon se llevó el coche de los gemelos y Dylan y yo nos montamos en el de mamá. Me repantigué en el asiento del copiloto y apoyé la cabeza en la ventanilla, todavía sonriendo. Miré a Dylan por si también se reía, pero parecía bastante serio mientras se incorporaba a la carretera.

Esperó a que nos alejáramos de casa para romper el silencio.

—¿Dónde estuviste el viernes? —preguntó sin mirarme.

—Salí por ahí. —Cogí el móvil para poner música y parecer despreocupada.

—¿Con quién?

—¿Desde cuándo te importa lo que hago en mi tiempo libre?

—Desde que mientes a mamá para que no se entere.

Bajé el teléfono para contemplarlo con incredulidad. Tenía el volante agarrado solo con la mano derecha y los nudillos apretados.

—No le mentí para que no me descubriera —repliqué—. No tengo nada que ocultar.

Y era verdad. No había hecho nada que estuviera prohibido. Solo me daba vergüenza el tema y prefería no hablar de ello por el momento.

—¿Estabas con un chico?

—Dylan —me quejé.

—Entonces es verdad.

Su tono acusador me sentó como una patada en el estómago.

—No voy a hablar de esto contigo —sentencié—. Menos aún si te pones así.

Normalmente me molestaba que mis hermanos se metieran conmigo cuando me gustaba alguien, pero prefería mil veces sus burlas a la mirada de decepción que Dylan me estaba lanzando ahora.

—Sí que hablas con Devon —terció de mal humor.

—No hablo con nadie. Él solo se entera porque es bastante más cotilla que tú.

Dylan se quedó callado. Lo conocía lo bastante bien como para saber que había algo que lo carcomía y me estaba ocultando.

—¿A qué viene esto? —Lo enfrenté directamente—. ¿Por qué estás enfadado?

—¿Cómo se llama el chico?

—Nash. Viene conmigo al instituto y no es ningún capullo. —Pensé que era correcto añadirlo, porque Dylan parecía escéptico, como si acabara de confesarle que me veía a escondidas con un capo de la mafia.

—¿Te pidió él que mintieras?

—¿Qué? ¡No! ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Es que acaso no tengo permiso para conocer a chicos?

Hubo otro momento de silencio.

Finalmente, dijo:

—Llamaron del instituto el otro día. Me he enterado de lo de la pelea.

Me quedé rígida de pies a cabeza. Le había hablado a mi madre sobre el problema que tuvimos en el instituto, omitiendo algunos detalles, como ese.

O como que, en un principio, todo el mundo creyó que había sido culpa nuestra.

Ella tampoco me había mencionado nada al respecto, por lo que di por hecho que la directora nunca llegó a llamarla.

Pero sí lo había hecho. Solo que fue Dylan quien cogió el teléfono.

—Han estado a punto de expulsarte.

—Eso fue antes de que la directora entendiera lo que había pasado. Nosotros no teníamos la culpa —me justifiqué rápidamente—. Eran unos abusones. Llevaban todo el curso haciéndole la vida imposible a Nash.

—¿Así que no solo te escapas y mientes por él, sino que además te mete en una pelea?

—¿Qué? —Negué pasmada—. Nash no me involucró en la pelea. Yo decidí intervenir. Y lo habría hecho por cualquiera de mis amigos. El silencio te convierte en cómplice. No pienso ser así.

Ya lo había sido una vez, cuando oí cómo Jayden y los suyos se metían con Nash y no hice nada. Ese día dejé que me ganara el pánico, pero no iba a volver a pasar.

—No era el único al que acosaban, ¿sabes? —añadí—. Había más alumnos. Y si no hubiera sido por nosotros, quizá nunca los habrían pillado. Entiendo que estés molesto. Siento haber mentido a mamá y no haberos contado lo de la pelea, pero no voy a disculparme por haber salido a dar la cara.

Dylan apartó la mirada de la carretera un segundo para mirarme.

Sabía que tenía razón, por lo que acabó suspirando.

—Es lo justo —reconoció por fin—. Perdona. Es solo que estoy harto de las mentiras esta semana.

—¿A qué te refieres?

—A mamá.

Redujo la velocidad al entrar en el aparcamiento del instituto. Mis ojos volaron, casi de manera automática, hacia la escalera, donde Nash me esperaba, como todas las mañanas, con sus cascos.

Un cosquilleo nervioso me recorrió las extremidades.

—Resulta que el otro día no salió con sus amigas. —La voz de Dylan me trajo de vuelta al interior del coche—. Ha conocido a un hombre. Llevan viéndose un tiempo.

Se volvió para mirarme, atento a mi reacción. Todo lo relacionado con Nash pasó a un segundo plano.

Elegí mis palabras con cuidado.

—¿Y? ¿Tan malo sería eso?

—¿Tú lo sabías? —me acusó al instante.

—No. Quiero decir, sí, me mencionó algo hace un tiempo, pero...

—¿Y no nos lo habías contado? —Resopló—. No me lo puedo creer.

—Quería asegurarse de que iba en serio antes de presentárnoslo. Le daba miedo nuestra reacción.

Mi madre me había hablado de Patrick hacía un par de meses.

La pillé llegando a casa después del trabajo —o, al menos, yo pensaba que venía de trabajar— con una sonrisa inmensa.

Estaba tan ilusionada que no pudo resistirse a contármelo.

Recordaba su expresión aterrorizada al darse cuenta de lo que me había dicho.

La asustaba que fuera a tomármelo mal, que pensara que no se merecía encontrar el amor después de que papá se marchara.

Yo solo la abracé y le dije que esperaba que todo fuera bien. Ese tal Patrick debía de ser un gran hombre si mi madre volvía a casa tan contenta después de verlo.

No habíamos vuelto a sacar el tema, pero me alegraba de saber que seguían conociéndose. Aunque era consciente de que Dylan no pensaba lo mismo.

—¿Miedo? —espetó—. ¿Qué le da miedo, exactamente? ¿Que me preocupe por ella? ¿Que me moleste que se haya olvidado de papá con tanta facilidad? ¿Cómo se supone que tengo que reaccionar cuando me lo cuente?

—¿Olvidado a papá? Hablas como si estuviera muerto.

—Lo está para ti, ¿no? —replicó con amargura.

—Sí. —Nunca iba a perdonarlo por dejarnos—. Pero la realidad es que sigue ahí fuera, en algún sitio, y no...

—Para. —Dylan apretó el volante.

—... quiere saber nada de mamá ni de ninguno de nosotros. ¿Por qué ella tendría que guardarle respeto? ¿Por qué eres tan injusto con ella?

—¡Porque por su culpa se largó! —exclamó—. ¡Porque ella no pudo retenerlo y ahora nosotros no tenemos padre!

Sentí el golpe como si me acabaran de apuñalar.

—No me puedo creer que seas capaz de decir algo así.

Abrí la puerta del coche para salir de una maldita vez. Tenía un nudo en la garganta y los ojos me ardían.

—Eleonor —intentó llamarme Dylan.

Cerré de un portazo sin darle la oportunidad de seguir hablando.