La primera vez que Nash y Eleonor se quedaron hablando hasta las tantas (en persona)
La primera vez que Nash y Eleonor se quedaron hablando hasta las tantas (en persona)
Estaban tumbados en el incómodo colchón de felpa de la casa del árbol, observando las formas que los muñequitos de papel dibujaban en el techo.
La lluvia repiqueteaba en el exterior. Eleonor tenía la cabeza entre el hombro y el pecho de Nash y jugueteaba con su mano por encima de sus ojos.
Nash le había estado contando que la casa de sus abuelos era el lugar de reunión de toda su familia y que a Sidney y a él, a quienes nunca les habían gustado las multitudes, la cabaña siempre les funcionaba como refugio.
Eleonor entendía por qué Nash tenía tantas ganas de que la bajaran al patio.
Después, Nash le explicó que, cuando iba a escribir allí, el silencio lo ayudaba a transportarse a las historias sin moverse de su sitio. Eleonor sonrió. Nash llevaba un rato acariciándole el pelo.
—¿Como si estuvieras poseído? —preguntó ella.
Él soltó una risa leve.
—Más o menos.
—Eres de lo más peculiar. —Eleonor lo decía en tono burlón, pero en realidad le encantaba eso de Nash—. Luego dices que la rara soy yo.
—Yo nunca he dicho que seas rara —replicó Nash.
—¿No lo hiciste el día que nos conocimos?
Él negó.
—Te dije justo lo contrario.
Sí, era cierto. A Eleonor siempre le sorprendía que Nash recordara cada detalle de su historia. Todas las interacciones que habían tenido, por mínimas que hubieran sido, estaban muy presentes en la memoria de cada uno.
—Aunque tenía motivos de sobra —prosiguió el chico para picarla un poco—. No cualquiera se cuela en el baño de chicos y le suelta un discurso sobre los roles de género a un pobre estudiante que solo pasaba por allí.
Eleonor bufó.
—No te solté ningún discurso.
—Sí lo hiciste. Pero no pasa nada. Tenías toda la razón.
—¿Eso fue lo primero que pensaste de mí, aunque no me lo dijeras? ¿Que era muy rara?
—No. Fue más bien lo segundo.
—¿Qué pensaste antes?
—Que eras la chica más guapa que había visto nunca.
Eleonor sintió de nuevo los fuegos artificiales.
—Nash Anderson —comenzó, con aire divertido—, ¿estás intentando ligar conmigo?
—Desde principios de curso. Es un detalle que lo hayas notado por fin.
Eleonor le dio un tironcito del pelo y se deleitó al oír la risa de Nash junto a la suya.
Pensó que le gustaría quedarse toda la noche allí, con él, hablando sobre todo lo que se les ocurriera.
Habían decidido que pondrían la excusa de que habían ido a la fiesta si los llamaban sus padres, aunque sabían que tarde o temprano tendrían que volver a casa y la magia se acabaría. Al menos, hasta que volviesen a verse.
Aún no estaban listos para despedidas, así que charlaron un rato más.
Nash le confesó que llevaba días sin dormir bien, a raíz de todo lo que había pasado.
Eleonor insistió en que estaba todo olvidado.
Y después él se quedó en silencio y ella se acurrucó contra su pecho.
Se centró en escuchar los latidos de su corazón, y todo lo demás dejó de tener peso: el viento, la lluvia que acababa de detenerse, el cielo ya casi sin nubes, la fiesta que se celebraba a unas cuantas manzanas de distancia.
Eleonor se concentró solo en Nash, en cómo subía y bajaba su pecho, a un ritmo que cada vez se volvió más lento.
Hasta que se quedó dormido.
Ella sonrió y miró por la ventana de la cabaña. La luna alumbraba el cielo muy poco y se distinguían algunas estrellas.
De repente, le pareció ver cómo un haz de luz cruzaba el cielo.
Movió un poco a Nash. Quería despertarlo por si aparecía otra estrella fugaz. Él solo se acomodó mejor, para tenerla aún más cerca.
—Eleonor —murmuró.
—¿Sí?
—Por favor, no te vayas.
Ella negó, tan segura como alguien puede estarlo de las cosas sobre las que no tiene ningún control.
—Nunca —respondió.
Y el deseo de Nash pasó a pertenecer a las estrellas.