Un amigo gratis 15
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—No quiero parecer poco profundo, pero ¿qué estamos mirando?

Nash llevaba un par de minutos sentado en el banco a mi lado y había respetado el silencio hasta ese momento.

—El amor está por todas partes, ¿verdad?

Noté que él seguía la dirección de mi mirada.

Eran casi las cuatro de la tarde, hacía frío, brillaba el sol y el parque de al lado del instituto —nuestro parque, el de Un Amigo Gratis, el que ya sentía que nos pertenecía un poco a Nash y a mí— estaba lleno de historias.

Un trío de niños jugaba entre risas alrededor de la fuente, mientras una mujer, que debía de ser la madre de alguno de ellos, les gritaba que ya iba siendo hora de irse.

En un banco más atrás, una pareja de ancianos leía junta.

Había un grupo de adolescentes sentados en el césped, jugando a las cartas sobre su toalla.

Veía historias y veía amor y vida por todas partes.

Cuando me giré hacia Nash, él me miraba a mí.

—¿Lo ves? —le pregunté.

—Eso creo, sí.

Su indecisión me hizo sonreír.

—Tú siempre tan pesimista y racional.

—Y tú, tan intensa.

—La intensidad es bonita.

—Tú también.

Una corriente eléctrica me activó cada poro del cuerpo. Me entraron nervios, miedo. La ilusión ganó la partida y mi sonrisa se volvió más amplia. Nash imitó mi gesto. Luego soltó una risita para relajar el ambiente.

—Preciosa —prosiguió, ahora en tono de broma—. Sobre todo con esas ramitas en el pelo. Deberíamos habernos sentado en otro sitio.

—Muy gracioso —me quejé. Me pasé los dedos por la melena para deshacerme de ellas.

A Nash aún le temblaban los labios cuando me levanté para poner distancia, concentrarme y sacar de la mochila lo que necesitaba para la sesión de ese día. Dejé dentro el cuaderno y cogí directamente el trozo de tela. Él no perdía detalle de ninguno de mis movimientos.

—Última sesión, ¿eh? —mencionó mientras yo soltaba la mochila en el banco. Lo dijo como quien expone una sentencia con la que no está de acuerdo, pero a la que sabe que debe atenerse.

A partir de ese día, se nos acabarían las excusas para vernos a solas. Me asaltó la duda de si él también lo habría pensado.

—Es mi primera última sesión, ¿sabes?

—¿Nunca antes habías roto con un socio?

—No estoy rompiendo contigo —repliqué poniendo los ojos en blanco.

Vi el humor en sus ojos y supe que lo había dicho solo para molestarme—.

Pero, respondiendo a tu pregunta, no. Todavía mantengo la mayoría de mis socios iniciales, los que se unieron cuando fundamos la asociación el año pasado.

Aunque hay algunos que se fueron, no me avisaron con tiempo para organizar una sesión de despedida.

Así que esta es la primera vez que vengo a una última sesión sabiendo que es la última, ¿entiendes?

—Más o menos —contestó divertido.

—El caso es que no tenía ningún guion para una sesión así, por lo que he tenido que improvisar.

—Genial. Me gustas cuando improvisas.

O quizá dijo «me gusta cuando improvisas».

Me saltó el corazón de todas formas.

—He pensado que, puesto que pronto serás voluntario, podría enseñarte alguna de las dinámicas que hago durante las primeras sesiones para romper el hielo.

—Le mostré la cinta que había llevado mientras intentaba controlar el temblor de mis manos—.

Te las habría enseñado antes, pero, claro, como faltabas a las sesiones. ..

—Ya. Lo siento de nuevo.

—Estoy de broma —aclaré—. De verdad pienso que te serán útiles.

—Sí, yo también.

Con él todo era así de fácil. No tenía problema en frenar y discutir conmigo cuando había algo con lo que no estaba de acuerdo, pero la mayoría de las veces nadábamos en la misma dirección.

No había conflictos innecesarios. Nervios sí, pero no de los desagradables.

Ni tampoco ese deseo de retroceder que había sentido cuando Jayden me tocó el brazo para saludarme esa mañana al cruzarnos por el pasillo.

Pensar en él me hizo notar cierta amargura en el paladar. Decidí sacármelo de la cabeza. Esa era mi última sesión con Nash y no quería distracciones.

—Llamo a esta sesión «la prueba de la confianza».

Él miró con perspicacia la venda que tenía en la mano.

—¿Vas a taparme los ojos?

—Y a hacerte recorrer un circuito de obstáculos —le expliqué, señalando con la barbilla alguno de los conos que había distribuido por el parque—. Es para demostrarte que puedes confiar en mí.

—Yo ya confío en ti.

Claro. Ahí estaba el problema: que la idea era hacer esa dinámica cuando el socio y el voluntario todavía se estaban conociendo.

—Vale. En ese caso, me pondré la venda yo —decidí.

Me la pasé alrededor de la cabeza.

—¿No te fías de mí?

—En absoluto —dramaticé de broma.

Nash sonrió.

Sabía que yo solo quería una excusa para poder hacer la dinámica.

—Espera. Te ayudo.

Pensé que se colocaría detrás de mí, pero se puso delante. La distancia entre nosotros se redujo. De pronto yo tenía los ojos tapados y su respiración se mezclaba con la mía. Dejé caer los brazos mientras él me anudaba la cinta con delicadeza. Me temblaba el pulso.

Cuando terminó, sus dedos me rozaron el cuello. Tomó con suavidad el dije de mi colgante.

—Lo llevas siempre —murmuró.

—No me lo voy a quitar.

Esperé a que hiciera alguna broma, aprovechando que ya estaba completamente a ciegas —cuando había hecho esa dinámica con Olivia, ella gritó un «¡agáchate, Eleonor!

» tan repentino que casi me provocó un infarto; Olivia estalló en carcajadas—, pero Nash no dijo nada. Estiré la mano en busca de su brazo.

—No dejes que me caiga.

—Nunca. Iré con cuidado.

Me condujo hacia el inicio del circuito y después me soltó y empezó a guiarme solo con la voz.

Mientras rodeábamos la fuente, esquivábamos conos o subíamos y bajábamos bordillos, notaba su presencia siempre muy cerca.

Mantenía la mano casi pegada a mi cintura, aunque sin tocarme, como si de verdad quisiera estar preparado para atraparme a tiempo si tropezaba.

—Vale..., ahora es hacia la izquierda. —Oí—. Espera, puede que el siguiente cono sea el de la derecha.

—¿Cómo puedes no estar seguro?

—Los has colocado sin seguir ninguna lógica.

Me reí.

—Improvisa tú también —propuse.

Pensé en la primera vez que había jugado a un juego similar a ese, en el colegio, cuando me fie de quien no debía y acabé chocando contra una pared.

Me acordé de la maestra diciéndome «no confíes tan rápido en la gente, Eleonor» y de mí, preguntándome por qué el problema era mío, por creer que el mundo era bueno, y no del mundo, por no serlo.

Nash sí cumplía sus promesas.

Dimos varias vueltas al circuito entre risas, roces accidentales y algún que otro tropiezo a raíz de un movimiento mal calculado.

Ninguno de los dos tenía muy claro hacia dónde íbamos, pero avanzábamos de todas formas.

A esas alturas, ya sabía que sus manos estaban calientes pese al invierno y él se había quejado de lo frías que estaban las mías.

Cuando llegamos al final y me tocó quitarme la cinta, descubrí lo bien que se le daban los nudos.

—Deshacer esto es imposible —me quejé.

—No seas bruta. Vas a hacerte daño. —Se situó de nuevo frente a mí y su olor y su presencia invadieron mis sentidos. Hice una mueca cuando me tiró sin querer del pelo—. Mierda, perdona.

Al final me sacó la cinta a la fuerza, sin deshacer el nudo, tal y como yo había planeado. Intentó ponérsela él, pero tenía la cabeza bastante más grande que yo. Entre risas, le empujé los hombros hacia abajo para que se agachara y poder ayudarle.

—Inclínate un poco —le pedí—. Eres muy alto.

—Vas a arrancarme las orejas.

—Es culpa tuya, por tener la cabeza enorme.

—Eleonor —pronunció entonces.

—¿Vas a decir que es porque tienes mucho cerebro?

—Eleonor —repitió.

—¿Sí?

—Me alegro de haberte conocido.

El ambiente se volvió denso. Los sentimientos, multiplicados, vibrantes, flotaron entre nosotros.

Nash se quitó la cinta para mirarme a los ojos.

Yo bajé las manos.

—No quería terminar la sesión de hoy sin decírtelo —continuó—.

Me alegro de haberme unido a la asociación.

Me alegro de que Olivia me pusiera en tu lista de socios.

Y me alegro de que no te rindieras conmigo, incluso cuando te di motivos para hacerlo.

Gracias por ser tan optimista, tan generosa.

Gracias por ver todas las cosas buenas que yo no recordaba que tenía.

—Gracias a ti por darme la oportunidad de conocerte —respondí, y lo pensaba de verdad.

—Espero que sepas lo especial que eres.

Me pregunté cómo alguien podía decir cosas como esa, mirarme con tanta honestidad, y no sentir que el pecho se le desbordaba; y no padecer esa falta de aire en los pulmones, y no pensar que la distancia era demasiada y que había momentos en los que parecía que no existía nadie más en ese parque y que el mundo entero se quedaba en silencio solo para escucharnos a nosotros.

Me apartó el pelo del cuello. Volvió a rozarme la garganta, el colgante; estaba segura de que podía notar el pulso vibrando contra mi piel.

Pensé: «No sé qué es el amor, pero si no es como esto no lo quiero.

Si no es como esto no lo quiero. Si no es como esto me pasaré toda la vida comparándolo con esto, así que no lo quiero.

Y si esto es amor entonces cómo he tardado tanto en darme cuenta, cómo he podido estar tan ciega».

Me eché hacia delante, sin pensar.

Nash retrocedió enseguida.

Se me cayó el alma a los pies.

—Perdona —solté de inmediato.

Me aparté, puse distancia entre nosotros. La vergüenza me coloreó las mejillas.

—No, Eleonor, espera.

—Ha sido un error. Lo siento.

—Pero yo...

—Lo he malinterpretado todo.

—No has malinterpretado nada.

Me detuve.

—¿Qué? —articulé mirándolo.

Nash también parecía avergonzado. Los nervios le estaban traicionando tanto como a mí.

—No has malinterpretado nada —repitió. Noté que le temblaba un poco la voz—. Solo que no creo que esto sea lo correcto.

No entendía nada. Había intentado besarlo.

Y él se había apartado y aun así insistía en que yo no había malinterpretado sus señales.

Y ¿ahora me soltaba que esto estaba mal?

Nunca había tenido las emociones tan a flor de piel.

Me sentía como el maldito equilibrista de mi cuento. Como uno que tenía dos pies izquierdos.

—¿Por qué no es correcto? —Las palabras salieron de mi boca de sopetón—: Me gustas, Nash. Desde hace tiempo. Me gustas mucho.

—Eso no es verdad.

—¿Qué?

—¿Qué pasa con Jayden?

—¿Jayden?

—Llevas dos cursos colada por él. ¿Qué soy, el premio de consolación?

—¿Qué diablos estás diciendo? —Estaba empezando a molestarme—. ¿No sientes lo mismo por mí? ¿Es eso? ¿Estás intentando rechazarme sin hacerme daño? Porque puedo soportar un no. —Mentía. No iba a poder soportarlo. Pero lo prefería a las mentiras.

—Pienso que estás confundida.

—¿Confundida en qué? Me gustas, Nash.

— Crees que te gusto. Es diferente. Sabes lo que siento por ti y eso te hace pensar que sientes cosas por mí cuando no.

.. no es así —explicó despacio. Tragó saliva como si se le atascaran las palabras—.

Llevas años enamorada de otro chico. Y yo he llevado esto demasiado lejos y te he confundido hasta el punto de que vas a tirarlo todo por la borda con él cuando no.

.. no es justo. Para nadie. Sé que está muy interesado en ti y es más popular y deportista y se lleva mejor con los profesores, y yo. ..

—Tú eres la razón por la que no quiero quedar con él.

Quise que viera la sinceridad en mis ojos. Sin embargo, Nash ya había decidido que lo nuestro no iba a ninguna parte.

—No me lo creo —admitió.

—¿Ahora piensas que miento?

La conversación ya no solo me enfadaba, también me dolía. ¿Cómo podía pensar que estaba usándolo como sustituto?

¿Cómo no era capaz de ver que llevaba meses sin sacármelo a él de la cabeza?

—Yo nunca te he mentido —proseguí—. Y tampoco lo estoy haciendo ahora. ¿En qué momento una chica te dice que le gustas y tú no te lo crees?

—En el momento en que sé que hay otro tío implicado.

—Pero Jayden no...

—Esto ya me ha pasado antes —me cortó—. Y fui yo el que salió mal parado.

Se refería a Agatha, su ex.

La comparación me sentó como una patada en el estómago.

—Yo no soy como ella —dejé claro con frialdad.

—No, pero eso no significa que no estés confundida.

—Ya. Porque tú sabes lo que siento mejor que yo.

—Sé que es imposible que hayas olvidado tan rápido a Jayden.

—¡No siento nada por él!

—Tienes muchas cosas en las que pensar.

—Y tú una autoestima de mierda —solté.

Eso le pilló por sorpresa.

—Eleonor, escucha...

—No, escúchame tú a mí —lo interrumpí harta de la conversación—.

El problema no soy yo. Tampoco es Jayden.

Eres tú, Nash. Crees que no te mereces que te quieran.

Crees que la gente te abandonará y te hará daño y me estás cerrando la puerta antes de que me haya dado tiempo a demostrarte que yo no soy así.

Y eso es injusto. Es la forma más cruel que existe de rechazar a alguien.

—No quiero que sientas que te rechazo —repuso negando.

—Te rechazas a ti mismo. Lo haces desde el día en que te conocí. Debería haber sabido que esto iba a pasar. ¿Cómo vas a creer que le gustas a alguien si no te gustas tú?

Supe por cómo me miró que había dado en el clavo. Abrió la boca y acabó cerrándola sin decir nada. Y, como no podía irme sin darle una última oportunidad, añadí:

—Me gustas. Estoy colada por ti. Desde hace mucho.

Jayden me da completamente igual. Y, si confiaras en mí tanto como dices, te lo creerías.

—Esperé que lo hiciera. Que me dijera que sabía que le estaba diciendo la verdad.

Que él sentía lo mismo. En su lugar, solo recibí silencio—.

Pero no te lo crees. —Aparté la mirada, pestañeando para contener las lágrimas.

No aguantaba allí ni un segundo más—. Me voy —anuncié.

Caminé hacia nuestro banco para recoger mi mochila y marcharme. Nash se quedó plantado más atrás, junto a la fuente y los niños que corrían entre risas. Sabía que no me seguiría. Y no me siguió.

Tres