14
Devon frunció el ceño al volante. Era mi primer día de instituto tras las vacaciones y había caído en viernes.
Dylan y él no retomaban la universidad hasta el lunes.
Como consecuencia, la noche anterior se había producido una batalla campal durante la cena en la que habían discutido sobre a quién le iba a tocar madrugar para llevarme a clase esa mañana.
Después de un momento preocupante en el que llegué a pensar que me tocaría irme caminando pese al frío, Devon, por suerte, resultó perdedor.
Para mí era la oportunidad perfecta: necesitaba que pasáramos un rato a solas si quería averiguar qué había entre él y mi mejor amiga.
No había forma de que Olivia soltara prenda, así que atacaría al eslabón débil: mi hermano.
—Somos buenos amigos.
—¿Crees que nací ayer?
—A veces me lo planteo, sí.
—Está clarísimo que os gustáis —insistí, e ignoré su penoso intento de picarme para desviar mi atención.
—¿Por qué lo dices? ¿Te ha contado algo?
Me miró de reojo, tratando de parecer desinteresado. No pude evitar sonreír.
—¿Acaso hay algo que contar?
—Eleonor, déjate de juegos mentales.
—Estás coladísimo por ella, ¿verdad? —Devon no contestó y esa fue toda la confirmación que necesitaba—. ¡Lo sabía! —exclamé—. ¿Se puede saber qué haces? ¡Deja de perder el tiempo e invítala a salir!
Una vez más, me cuestionaba en qué momento la idea de ellos juntos había pasado de horrorizarme a hacerme incluso ilusión, pero ahí estaba yo, animando a Devon a dar el paso.
Mi hermano se pasó la mano por el pelo rubio, con aire inseguro.
—No tengo claro que vaya a decir que sí.
—¿Cómo no iba a hacerlo? —Resoplé. Me parecía absurdo. Además, ¿desde cuándo Devon dudaba de sí mismo? Siempre había tenido mucha confianza en lo que respectaba a ligar con chicas—. Te gusta y le gustas. Repito: deja de perder el tiempo.
—¿Por qué estás tan segura?
—¿De qué?
—De que yo le gusto.
Lo observé como si lo hubieran abducido los alienígenas. Tenía que estar de broma.
Sin embargo, él se quedó en silencio. Entendí que iba en serio.
—Siempre te pide que la lleves a casa.
—Para no irse andando —replicó.
—Claro que sí, Devon, porque cualquier chica prefiere enfrentarse a un trayecto incómodo con el hermano mayor de su mejor amiga, que no le mola nada, a caminar quince minutos. ¿Eres idiota o qué?
—Nuestros trayectos juntos no son incómodos.
—¡Pues eso mismo! —chillé. Señalé su móvil, que descansaba en el cajoncito que había entre nuestros asientos—. Tienes que llamarla esta tarde. Invítala. A. Salir.
Por fin llegamos al instituto. Devon aparcó el coche frente al edificio, mientras decenas de estudiantes se dirigían en masa hacia la escalinata de la entrada principal.
Normalmente llegaba demasiado temprano por culpa de Dylan y, aquella mañana, iba bastante justa de tiempo por culpa de Devon.
Debería haberme bajado al instante, pero algo frente a nosotros captó mi atención y me dejó clavada en el asiento.
—Es curioso que seas justo tú quien me esté soltando esta charla —comentó Devon al notar hacia dónde estaba mirando.
Nash se encontraba a un lado de la escalera, envuelto en su anorak rojo de siempre. Había cambiado sus auriculares por unos cascos enormes que, según me había contado por mensaje, le habían regalado en Navidad. Ahora los llevaba colgados al cuello para poder hablar con la chica que tenía delante.
Julie tenía mucho mejor aspecto que antes de las vacaciones.
Se había soltado el pelo oscuro sobre los hombros y hundía la nariz en una bufanda de lana azul.
Echó la cabeza hacia atrás mientras se reía.
Por algo que había dicho Nash. Extendió la mano para darle un toquecito en el brazo y él sonrió, con las manos hundidas en los bolsillos.
La intimidad que percibí entre ellos me revolvió el estómago.
Quise hacerme pequeñita, hundirme en el asiento hasta desaparecer.
—¿Quién es? —preguntó Devon.
—Se llama Julie. —Aparté la vista con incomodidad.
—No me refiero a ella, sino al chico.
Me giré hacia él, confundida. Había conocido a Nash el día de mi cumpleaños.
—¿Quién es para ti ? —remarcó.
Mi pulso trastabilló.
—Solo un amigo.
Devon arqueó las cejas.
—Hablo en serio —insistí.
—¿Por eso estás celosa?
Resoplé y abrí la puerta.
—Cállate —le gruñí al tiempo que bajaba.
—No creo que tengas nada de lo que preocuparte —comentó mientras yo me ponía la mochila, con la puerta todavía abierta—. Repitiendo tus palabras de antes, está claro que está coladísimo por ti.
—Devon, déjame en paz.
—Te hizo un regalo en tu cumpleaños y todo, ¿verdad? ¿Qué era? ¿Un collar en el que ponía «te quiero»? Yo aún no le he regalado uno de esos a Olivia.
—Por eso te rechazará cuando la invites a salir —apostillé, queriendo molestarlo también.
—Si me rechaza, me mudaré a otra ciudad.
—Vete a París. Así estarás lejos y al menos aprenderás francés de una maldita vez.
Cerré de un portazo mientras su risa llenaba el coche.
Sería idiota. Estaba muy molesta y en el fondo sabía que no tenía nada que ver con mi hermano.
Nash y Julie seguían hablando y riéndose juntos.
Y yo estaba todavía a varios metros de distancia y ya me sentía superfuera de lugar.
Éramos Nash y yo los que últimamente siempre quedábamos ahí para vernos antes de clase.
¿Qué hacía Julie con él? Y ¿desde cuándo se llevaban tan bien?
¿Se habrían hecho amigos durante las navidades?
Nash me había contado que había sido él quien había hablado con Julie acerca del rumor de la beca y de su regreso a Un Amigo Gratis.
¿Se habrían vuelto cercanos a raíz de eso?
¿También hablaba con ella todas las noches? ¿Me había confundido creyendo que yo era especial?
No podía acercarme e interrumpirlos. ¿Y si estaban teniendo una conversación importante? ¿Y si estaban cómodos así, solos, y llegaba yo a estropearlo todo? No quería formar un mal tercio.
Ansiosa por escaquearme, me sumergí en el mar de estudiantes y me dirigí hacia la escalera, rezando porque ninguno notara mi presencia.
No obstante, Devon seguía aparcado detrás. Hizo rugir el motor de forma exagerada antes de largarse. Nash, que podía de sobra reconocer el coche, no tardó en encontrarme y levantar la mano para llamar mi atención.
—¡Eh, Eleonor!
Me volví hacia ellos forzando la mejor de mis sonrisas.
Iba a matar a mi hermano.
—¿Qué hay, chicos? —saludé al acercarme.
En cuanto me vio, Julie empezó a soltarme el discurso que sabía que me soltaría cuando nos reencontrásemos.
Capté palabras como «perdón», «malentendido» y «mentira» y frases como «no debería haberme creído lo que decían» que, en cualquier otro momento, habrían sido objeto de toda mi atención, pero que en ese instante mi cerebro solo recogía en segundo plano.
No podía dejar de mirar de reojo a Nash, que había sacado el móvil para parar la música que seguía sonando bajito por sus cascos.
Reconocí la canción; estaba en una de las playlists que me había mandado.
¿También le habría enviado playlists a Julie?
Se guardó el móvil en los vaqueros anchos y desgastados y pensé que le sentaban bien; que me gustaba cómo vestía, cómo le quedaba el pelo así, desordenado.
Nash era como el invierno y el frío lo volvía todavía más atractivo.
No sabía en qué momento tenerlo frente a mí había empezado a provocar que yo le prestara menos atención a todo lo demás.
Reconecté con la conversación cuando Julie dijo:
—He intentado averiguar quién le dejó la nota a William, pero nadie sabe nada. Él también está muy arrepentido. Deberíamos haber hablado contigo antes de dar nada por hecho. El agobio nos jugó una mala pasada.
Ahora que la observaba con calma, vi claro el arrepentimiento en sus ojos marrones. Me forcé a relajar los hombros; que la relación que Julie tenía ahora con Nash me... confundiera no significaba que fuera mala persona o que no se arrepintiera de lo ocurrido.
—Lo siento mucho, Eleonor —repitió.
Nash dio un paso hacia mí, de manera que ahora éramos nosotros quienes mirábamos a Julie, como si fuéramos un equipo. Tuve que obligarme a dejar de pensar en nuestra coreografía y centrarme en la chica.
—No pasa nada. Me alegro de que estuvieras abierta a escuchar y cambiar de opinión.
—Si te soy sincera, al principio no me mostré muy dispuesta, pero Nash es de lo más convincente cuando se trata de ti —admitió Julie con cierta vergüenza.
—¿De veras? —La pregunta me salió sola.
Torcí el cuello hacia él. Se le estaban enrojeciendo las mejillas.
—Estaba seguro de que no estabas aprovechándote de nadie —se limitó a decir, casi como si fuera una excusa.
Nuestro contacto visual duró un segundo de más. Julie siguió hablando.
—Yo también debería haber estado segura. Lo siento, de corazón. Y en cuanto a lo de volver a la asociación... —Vaciló—. Ya se lo dije a Nash. Un Amigo Gratis es muy importante para mí y me encantaría regresar, si tú me dejas. Aunque entendería que no quisieras darme una segunda oportunidad.
—Eres bienvenida —accedí sin vacilar. No iba a guardarle rencor.
Todo el mundo cometía errores. Julie era una buena voluntaria. Llevaba mucho tiempo con nosotros. Y me había pedido disculpas.
—¿En serio? —La emoción iluminó sus ojos—. Gracias, gracias. ¿Puedo decirle a William que hable contigo? También le gustaría disculparse y volver a colaborar con vosotros.
—Claro. Dile que se pase por el aula de la asociación.
—Genial. —Julie nos miró a ambos con una sonrisa de oreja a oreja—. Nos vemos. ¡Gracias, chicos!
Se dirigió a la escalera. Cada vez quedábamos menos estudiantes fuera porque se estaba haciendo tarde. Nash y yo deberíamos haber entrado con ella, pero nos limitamos a seguirla con la mirada.
En cuanto desapareció por la puerta, él se balanceó para chocar mi hombro con el suyo.
—Me gusta que seas así —dijo.
—¿Así cómo? —Suspiré con amargura—. ¿Demasiado buena para mi propio bien?
Era algo que Olivia me recriminaba a menudo.
—Me gusta que veas la bondad en la gente. Julie metió la pata, pero se merece otra oportunidad. No es mala chica.
Claro. Y ahora él parecía conocerla mucho.
—No sabía que erais tan amigos —dejé caer.
—¿Julie y yo?
—¿Os habéis vuelto cercanos durante las navidades?
Intenté parecer casual, desinteresada, aunque no lo estaba en absoluto. Quería conocer todo al detalle. Y al mismo tiempo prefería no enterarme de nada. Solo pensarlo me revolvía las entrañas.
Nash me observó con atención durante unos instantes que se me hicieron eternos.
—No somos tan amigos —terminó por aclarar.
—¿Por qué sonríes?
—Tampoco hemos hablado durante las navidades.
Así que lo había malinterpretado todo.
Habría respirado, aliviada, si él no hubiese añadido:
—No tienes nada de lo que preocuparte.
¿Preocuparme? ¿Perdón?
—No estaba preocupada.
—Me lo había parecido.
—Le guardo algo de rencor por lo de la asociación, nada más.
—¿Por eso la has perdonado tan rápido?
—Veo la bondad en la gente. Tú mismo lo has dicho.
—Claro.
Nos miramos.
Uno, dos segundos.
—No me molesta en absoluto que seáis amigos —me obligué a reiterar.
—En ese caso, te parecerá bien que almuerce hoy con nosotros.
—Me encanta la idea.
Estuve a punto de decir «Jayden me había pedido que comiésemos juntos, de todas maneras».
No lo hice. En primer lugar, porque le había dado largas a Jayden; a la Eleonor de hacía unos meses eso le habría parecido una locura, pero a la de ahora no le apetecía almorzar con él más de lo que le apetecía hacerlo con Nash y nuestros amigos, incluso si eso implicaba a Julie.
Y, para continuar, porque mencionar a Jayden o a cualquier otro chico delante de Nash me parecía incorrecto. Como si fuera un tema vetado. Aunque no debería. Porque éramos amigos.
Aunque ¿éramos solo amigos?
La insistencia de Jayden me había llevado a quedar con él al día siguiente.
Ya me había advertido antes de las navidades que tendría que reservarle el primer sábado tras la vuelta a clase.
Me lo había recordado la noche anterior, después de que yo rechazara educadamente su invitación a almorzar.
Me había sentido tan mal por haberle puesto tantas excusas que había acabado diciendo que sí.
No se lo había contado a nadie aún, ni siquiera a Olivia y a Scott. No quería que lo mencionaran delante de Nash.
Además, tampoco me hacía ilusión hablar del tema con ellos.
Pensar en que tendríamos que analizar qué ropa iba a llevar, qué temas debía o no tratar y la manera en la que debía comportarme me resultaba agotador.
No entendía por qué no estaba emocionada.
Las cosas no podían haber cambiado tan rápido.
Intentaba ser objetiva: llevaba años colada por Jayden.
La falta de ilusión debía de ser, seguro, causa del miedo.
Aun así, me preguntaba todo el rato por qué el amor era tan complicado, tan impostado. Ojalá me resultara más... natural.
¿Qué iría a hacer Nash ese sábado noche?
Y ¿por qué no dejaba de comparar a Jayden con él?
Tenía que parar. Estaba agarrándome a un clavo ardiendo.
Nash y yo éramos amigos y la amistad era sencilla; el amor, no.
Estaba claro que él solo me veía como a una amiga y que me hubiera encaprichado un poco durante las navidades no era motivo suficiente para olvidar todo lo que sentía por Jayden.
O al menos eso era lo que me repetía todo el rato.
—Dile que venga —lo animé—. A Julie. Puede traer a William, ya de paso. Así aprovecharé para hablar con él.
Nash seguía sonriendo. Quería odiar esa sonrisa.
Quería aprender a mentirme a mí misma.
—¿Sigue en pie lo de esta tarde? —Cambió de tema.
—Es nuestra última sesión. No llegues tarde. —Ahora que él iba a convertirse en voluntario, ya no estaría en mi lista de socios.
—¿Cuándo he llegado yo tarde a una sesión?
Por fin nos dirigimos hacia la entrada. La campana ya había sonado. Íbamos a llegar con retraso.
Pese a ello, caminábamos despacio.
Lo observé como diciendo «¿Hablas en serio?».
—Es verdad —insistió mientras subíamos la escalinata—. Incluso cuando empezamos con esto, nunca llegaba tarde.
—Cierto. Decidías no venir directamente.
—Mira que eres rencorosa.
—Tú mismo te lo has buscado.
—Podrías ver algo bueno también en mí, Eleonor.
Mis ojos conectaron con los suyos.
—Veo muchas cosas buenas en ti —dije sincera.
—Lo sé —respondió Nash. Entramos en el instituto—. Y no tengo ni idea de cómo, pero estás ayudándome a verlas también.
Cuatro