Consecuencias II
Consecuencias II
Nash había notado que Eleonor decía su nombre todo el rato.
Lo deslizaba entre sus frases cuando hablaban.
Lo escribía en sus mensajes. Nash. Nash.
Nash. Nash. Él había empezado a hacer lo mismo con ella.
Le gustaba cómo sonaba el nombre de Eleonor en su boca —las cuatro sílabas que lo conformaban, que fluyera como una melodía, que solo tuviera que poner la boca en forma de «O» una vez para pronunciar todo el final— y, además, quería que Eleonor se sintiera igual que él. Vista. Reconocida.
Nash y Eleonor se veían el uno al otro, aunque ella siempre hubiera creído que no había nada que la hiciera destacar y él siempre hubiera deseado pasar desapercibido.
Cinco