Un amigo gratis 13 #2
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13 #2

—Conocí a Eleonor por Un Amigo Gratis —explicó el susodicho. La mención de Jayden no parecía haberle hecho mucha gracia.

—Me alegro —contestó Devon—. No de lo de la asociación, sino de que no seas Jayden.

Siempre he pensado que había algo raro en ese tipo.

Oí muchas cosas sobre él cuando aún estaba en el instituto.

No me gusta. —Todavía estaba mirando a Nash, que debió de cambiar el gesto, porque cierta complicidad apareció en los ojos de Devon—.

Me da la impresión de que a ti tampoco —añadió.

—Me parece un imbécil —confesó Nash.

Eso me pilló por sorpresa.

—No me lo habías dicho. —Me giré hacia él.

—Nunca me lo habías preguntado.

Había cierta molestia en su voz. Me quedé alucinada. ¿Tenía que pedirle su opinión sobre cada chico con el que quedase o qué? La tensión que había entre nosotros creció más y más. Desde el otro sofá, Olivia, que lo había notado, se aclaró la garganta.

—¿Queréis algo de beber? —propuso.

—Voy yo —me ofrecí.

Me levanté y me dirigí hacia la cocina. El instinto me decía que Nash no tardaría en seguirme, y así fue.

Estaba sacando los vasos del armario cuando noté su presencia.

Me giré, esperando que me diera una explicación por lo de Jayden o que dijera algo, cualquier cosa, sobre lo del parque, que acabara de una vez con lo que vibraba entre nosotros.

Sin embargo, él tenía una bolsa de papel verde en la mano.

—Yo también te he traído un regalo —dijo.

Me quedé en silencio, incapaz de hablar.

—En realidad, te he traído dos. —A continuación, me pidió—: Cierra los ojos.

Obedecí. Como no veía nada, mis sentidos se agudizaron; oí a la perfección cómo Nash abría la bolsa, sacaba lo que había dentro y la dejaba apartada a un lado.

Después se acercó a mí y el aroma de su colonia se coló por mis fosas nasales.

Noté sus dedos en el cuello, rozándome con cuidado.

Un colgante. ¿Iba a ponerme un colgante?

Me sujeté el pelo para ponérselo más fácil.

Me temblaban las manos. Temblaba yo, al completo.

Nash también parecía nervioso. Tardó unos segundos en encajar el broche, tras lo que se alejó un poco; lo bastante para que me sintiera segura de abrir los ojos, pero no para que pudiese respirar con normalidad.

Me lo encontré frente a mí, con el pelo revuelto y esos iris azules. El silencio se alargó durante unos instantes que parecieron horas.

—Es un barco —habló en voz baja. Caí en que se refería al colgante. Que yo no había mirado—. Por la historia que me contaste.

Me obligué a reaccionar y bajar la vista. El barquito dorado colgaba de una cadenita fina del mismo color. Notaba el metal frío contra la garganta.

—Lo vi y me recordó a ti —añadió.

—Es precioso.

Nash parecía inseguro.

—No tienes que llevarlo si no quieres.

—Pero quiero. Me encanta. Gracias.

—De nada. —Se pasó una mano por el pelo—. Feliz cumpleaños.

No parecía saber qué más decir y eso me arrancó una sonrisa.

A él le ocurrió lo mismo. Pensé, teniéndolo enfrente, que era imposible que esto que me burbujeaba dentro solo lo sintiera yo.

Que se había preocupado de comprarme un regalo.

Uno que significaba algo especial para nosotros.

Que lo vio y se acordó de mí. Que se acordaba de mí.

Que hablábamos todos los días. Que yo quería que se acercara más, que nos fuéramos de mi casa juntos o, mejor aún, que se quedara toda la tarde, que me hablara de su vida, y otra vez oí el «bésame, bésame, bésame, bésame, bésame».

Entonces Olivia se asomó por la puerta de la cocina.

Nunca había deseado tanto que hubiera estado enrollándose con mi hermano.

—¿Se lo has contado ya? —inquirió.

Nash y yo reaccionamos enseguida. Nos alejamos un poco. Después procesé sus palabras y fruncí el ceño.

—¿Contarme el qué? —La miré a ella y luego mis ojos lo buscaron a él.

Nash ahora evitaba el contacto visual. Volvió a coger la bolsa.

—Se refiere al segundo regalo —dijo.

Sacó un sobre marrón lleno de folios y me lo tendió. Pesaba bastante.

—¿Qué es esto? —No entendía nada.

—Son inscripciones —respondió Nash.

—De voluntarios —continuó Olivia.

El corazón me dio un brinco.

—¿Qué?

—Un Amigo Gratis no se va a ninguna parte.

Nash pronunció esas palabras acompañadas de una sonrisa que sin duda había provocado mi cara de alucinada.

Abrí el sobre y saqué el primer fajo de papeles grapados.

Pertenecían a una chica llamada Christina.

Estaba segura de tenerla ubicada; si la memoria no me fallaba, habíamos ido juntas a clase de matemáticas.

—Hemos conseguido seis en total —se emocionó Olivia.

Yo no salía de mi estupor.

—Pero... ¿cómo? —Alterné la vista entre ambos. Por detrás de Olivia, Devon se había acercado a ver qué ocurría—. Creía que nadie quería colaborar con nosotros. Por el rumor de la beca.

—Lo sé. Y era una estupidez —contestó Nash—.

Como nos pediste que vetáramos el tema de la asociación durante las navidades, hemos estado trabajando en secreto para solucionarlo lo antes posible.

El orientador seguía sin darnos una explicación, así que decidí ir yo mismo a hablar con Julie.

Acabó contándomelo todo. Alguien se ha inventado que estás usando la asociación para ganar puntos para que te concedan una beca para la universidad.

Al parecer, William recibió un soplo anónimo a través de una nota que dejaron en su taquilla.

Se la enseñó a Julie y a otros voluntarios y ninguno fue lo bastante inteligente como para plantearse que podía no ser verdad.

Cuando hablé con ella le dejé claro que tú jamás serías así de egoísta.

Si pudieras usar eso en tu carta de presentación, les habrías dicho a ellos que lo hicieran también.

Y lo peor es que no tendrías por qué. Eres la directora, la que más trabaja y la que levantó esto desde cero.

No te estás llevando ningún mérito, pero ¿cómo podría alguien culparte por hacerlo?

Es absurdo. —La situación parecía indignarle mucho—.

Julie entró en razón. Quiere volver a unirse.

Su ficha no está ahí porque le dije que lo mejor era que hablase contigo primero.

Esas seis pertenecen a voluntarios nuevos.

—Entre ellos, él —aclaró Olivia con diversión, señalándolo con la barbilla.

Pestañeé aturdida.

No podía creerme nada de lo que oía.

—¿Vas a convertirte en voluntario?

Nash se encogió de hombros, con las manos en los bolsillos.

—¿Por qué no? Aprendí de la mejor.

Olivia y él se acercaron, me quitaron el sobre cuidadosamente de las manos y fueron presentándome a las nuevas incorporaciones una a una.

Me contaron cómo las habían encontrado —siguiendo recomendaciones de socios y profesores, hablando con alumnos de primer año a los que yo no conocía, o incluso escribiendo a personas que seguían a la asociación en redes sociales y podían encajar con nosotros— y que estaban entusiasmadas por unirse a nuestro equipo.

Conforme procesaba lo que esto significaba, la gratitud me fue llenando el pecho. Debía de haberles llevado muchísimo tiempo convencer a toda esa gente. Hablar con Julie. Desmentir los rumores. Y lo habían hecho por mí. Porque me querían y confiaban en mi proyecto.

Tenía mucha suerte de rodearme de personas así.

Y de esa forma se lo hice saber. Abracé con tanta fuerza a cada uno que parecía que intentaba que nos fusionáramos.

Luego llamé a Scott porque, aunque no estuviera presente ese día, sabía que también había colaborado.

Pasamos el resto de la tarde en mi megafiesta de tres personas —cinco contando a Devon y a Scott, que se conectó un rato por videollamada—.

Acabó convirtiéndose en uno de los cumpleaños más bonitos de mi vida.

Cuando llegó el momento de marcharse, Nash se detuvo en la puerta.

—Por cierto, hay algo en mi ficha que quiero que veas. —Se toqueteó el pelo, como solía hacer cuando estaba nervioso—. Míralo cuando me haya ido, ¿vale?

—¿Qué es? ¿Por qué no ahora?

Se le colorearon las mejillas.

—Yo..., no sé. Da igual. Solo míralo después.

Me despedí de él con un abrazo e hice lo mismo con Olivia, a quien Devon se había ofrecido a acercar en coche a casa. Nash, que era muy observador, había alegado que prefería pasear para dejarlos solos. La vivienda se quedó vacía y en silencio y, con el corazón todavía lleno, fui a buscar el sobre.

Saqué la ficha de Nash, que contenía las cuatro páginas habituales: con el fin de poder emparejar a socios y voluntarios compatibles, siempre les pedíamos que nos hablaran sobre sus gustos y sus aficiones.

Una cartulina doblada en dos cayó al suelo.

Supe lo que era incluso antes de abrirlo.

PREMIO A

Eleonor Frida Taylor

Por ser la única persona por la que Nash Anderson dejaría de escuchar su canción favorita

porque prefiere prestarle atención a ella

Seis