Un amigo gratis 13
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Llegaron los exámenes y, tras ellos, las vacaciones de Navidad; y mi madre, que tenía un sexto sentido para intuir que me pasaba algo incluso aunque yo siempre me lo guardara todo para mí misma, insistió en que aprovechara aquellas semanas libres para pasar tiempo con los míos y desconectar de las clases y la asociación.

Sabía que lo necesitaba, por lo que decidí hacerle caso.

Reprogramé todas mis sesiones con socios para enero y les pedí a Olivia y a Scott que vetáramos el tema de Julie, el resto de los exvoluntarios y ese rumor misterioso —y falso— sobre la beca al que todavía no le encontraba explicación.

No era una solución real, claro. Ignorar el problema no lo iba a hacer desaparecer.

Pero tampoco tenía sentido agobiarme con algo que no iba a poder gestionar hasta el regreso a clases.

Menos aún cuando mi mente me pedía a gritos un descanso.

Tenía muy presente lo que había ocurrido semanas atrás en la cafetería.

Hacía mucho desde la última vez que había sufrido un ataque de ansiedad.

Me daba miedo caer de nuevo en esa espiral en la que se volvían recurrentes.

Ya había estado ahí. Era consciente de lo que costaba salir.

Tenía que frenar antes de meterme en terreno pantanoso.

Y disfrutar de mis amigos sin preocupaciones era una buena forma de hacerlo.

El problema era que la asociación no era lo único que me tenía con los nervios a flor de piel.

Desde lo del parque, Nash también.

Y ahora él formaba parte de nuestro grupo y a mí me resultaba imposible actuar con normalidad.

No podía dejar de pensar en el «casi beso».

Lo veía en mi mente una y otra vez. Recordaba los escasos centímetros que nos habían separado, nuestras respiraciones agitadas, su mano bien firme en mi cintura, el silencio espeso.

¿Me había inclinado hacia él? Si mi móvil no hubiera sonado, ¿lo habría besado yo?

Solo de pensarlo se me ponía el corazón a mil.

Ahora, cada vez que nos veíamos, entre nosotros flotaban todas las palabras que no nos habíamos dicho.

Por mucho que intentáramos actuar como si nada, nuestras máscaras tenían grietas.

Evitaba quedarse a solas conmigo. Yo evitaba quedarme a solas con él.

Siempre que nos veíamos estaban también Olivia y Scott.

Su presencia funcionaba casi como un escudo, aunque los nervios seguían presentes.

Me fijaba en cada detalle: si me había rozado el brazo sin querer, su forma de pronunciar mi nombre, la rigidez que vi en sus hombros el fin de semana después de Navidad, cuando Scott y Olivia bromearon sobre mi futura cita con Jayden y Nash evitó mirarme durante el resto de la tarde.

Sentía que estábamos interpretando un papel —el de conocidos, el de amigos, el de personas que no habían estado a punto de tirarlo todo por la borda— que ninguno de los dos habíamos ensayado.

Y, aun así, hablábamos por mensaje todos los días.

La conversación fluía como no lo hacía cuando estábamos en persona.

Hablábamos con el ansia de dos personas que tenían mucho que decirse sobre todos los temas que existían: música, series, libros, la vida.

Todas las noches me metía en la cama y le contaba cosas que nunca le había dicho a nadie y deseaba que sus palabras también contuvieran secretos.

Nunca nos llamábamos por teléfono, pero nos mandábamos audios que duraban cuatro, cinco y seis minutos.

Llevaba meses considerando a Nash un buen amigo.

Le había dicho a Olivia que no había nada más entre nosotros.

A pesar de eso, cada vez que él estaba cerca yo solo quería que se acercara más.

No dejaba de plantearme si él sentiría lo mismo.

Si también recordaba el «casi beso» con la misma intensidad, si también notaba ese nudo en el estómago cuando nuestras miradas se encontraban o si, de alguna manera, estaba intentando forzar que lo nuestro no fuera más que una amistad.

¿Qué sentido tenía que habláramos tanto, pero luego, cuando me tenía enfrente, le costase mirarme?

¿Se sentía más seguro cuando no estábamos juntos, puesto que sabía que lo del beso no se podía repetir?

Darle vueltas al tema me mantuvo inquieta —aunque ajena a todas mis preocupaciones sobre la asociación— durante buena parte de las vacaciones.

Y entonces llegó el día de mi cumpleaños.

—¡Eleonor! —gritó mi hermano Devon desde el piso de arriba—. ¡¿Cómo se dice princesa en francés?!

—¿Para qué quieres saber eso? —inquirí yo inclinándome sobre la barandilla de la escalera.

Devon salió del baño y miró hacia abajo.

—Para impresionar a Olivia. —Hacía unas semanas, antes de lo del parque, Devon había venido a recogerme a la biblioteca. Como no quería que supiese que había estado con Jayden, le dije que estaba ayudando a Olivia con sus clases de francés.

Ahora pensaba que a mi mejor amiga le apasionaban los idiomas.

—Con que le digas «hola» estará bien.

—¿Y cómo se dice «hola»?

— Salut .

—Deja de tomarme el pelo. No estoy resfriado.

Puse los ojos en blanco. Oí la risa de Dylan, que ya estaba cogiendo sus llaves para marcharse. Había quedado con Megan.

—¿Cómo llevas lo de que estén liados? —me preguntó.

—No están liados.

Tonteaban, sí, pero Olivia no me había confirmado nada más. Aunque le encantara el secretismo, confiaba en que, si hubiera pasado algo entre ellos, yo me habría enterado.

—Aunque lo estarán... —se burló Dylan.

—Por eso tú eres mi gemelo favorito.

—Gracias, hermanita. —Me guiñó un ojo. Mientras se dirigía a la puerta, leyó algo en su móvil—. Feliz cumpleaños de parte de Megan, por cierto.

Le sonreí y Dylan se marchó. Yo había quedado con Olivia quince minutos después. Llegó con cinco de antelación, como de costumbre.

—¡¡Feliz cumpleaños!! —exclamó en cuanto abrí la puerta.

Saltó sobre mí para abrazarme con ganas. La correspondí entre risas.

—Te he traído regalos —anunció emocionada—. Tengo el mío y el de Scott. —Nuestro amigo se había ido a pasar unos días al pueblo de su familia paterna, por lo que no iba a poder acompañarnos ese día.

—¿De verdad? No hacía falta que me comprarais nada.

—¿Cómo que no? Soy tu mejor amiga. Preferiría morir a olvidarme de tu regalo de cumpleaños. Vamos, estoy deseando que los abras.

Me agarró del brazo para arrastrarme hasta el sofá. Mi madre y Lizzie habían salido, así que teníamos la casa para nosotras, a excepción de Devon, que, todavía en el piso de arriba, exclamó:

—¿Eleonor? ¿Quién es?

Olivia lanzó una mirada rápida a la escalera.

Tuve que contener una sonrisa.

—Sube a saludar —la animé.

Negó y se recolocó en el sofá.

—No. Primero abre tus regalos.

En ese momento llamaron al timbre.

—Sube —le insistí a Olivia, que se mordía el labio con indecisión. Me levanté para ir hacia la puerta—. Pero no te enrolles mucho.

—¿Va con doble sentido?

Le empujé el hombro al pasar por su lado y ella soltó una risita. Fue hasta la escalera radiante de felicidad. Pensé que Dylan tenía razón. Estaba claro que acabaría pasando algo entre Devon y ella.

Curiosamente, la idea me desagradaba cada día menos. Si me paraba a pensarlo, eran muy parecidos.

Estaba tan distraída pensando en ellos que se me olvidó quién era la otra persona a la que esperaba. En cuanto abrí la puerta, unos ojos azules que ya podría reconocer en cualquier parte me recibieron con alegría y una pizca de timidez.

—Feliz cumpleaños —dijo Nash.

—Has venido —me salió a mí. Tuve el impulso de saludarlo con un abrazo. Y lo hice. Su respiración, su calor corporal, sus manos en mi espalda; todo me aceleró el corazón y volvió mis movimientos erráticos.

—No iba a perderme esta superfiesta.

—Somos solo tres personas.

—Pues eso. Menudo fiestón.

Nos sonreímos. Me acordé de que tenía que dejarlo pasar y me aparté de la puerta.

—¿Dónde está Olivia? —indagó, al notar que nos faltaba el escudo de siempre.

—Arriba, con mi hermano, pero no se lo digas a Mike.

—¿Por qué no? —Nash frunció el ceño.

—No lo sé. Ligó con ella el otro día.

—Mike liga con todo el mundo —aclaró para restarle importancia.

Estuve a punto de decir que conmigo no lo había intentado.

Me detuve en el último segundo. Lo primero que pensé fue que Olivia era más guapa, más espectacular.

Era normal que cualquier chico se fijara en ella antes que en mí.

Sin embargo, Nash me miró de reojo, como si temiera que hubiese atado cabos, y la conclusión a la que llegué fue otra.

¿Sabía Mike que nosotros...?

Nosotros nada, ¿no?

—¿Nash? —Olivia bajó la escalera dando saltitos—. ¡Qué bien que por fin estés aquí! ¡Justo a tiempo para abrir los regalos!

Devon bajó también para hacernos compañía.

Esa mañana, el regalo de mi madre y mis hermanos habían sido los primeros tres libros de una saga que me moría por leer.

Recordaba a la perfección la mueca que había hecho Lizzie en cuanto quité todo el papel de regalo —«¿Qué?

¿Libros? ¿En serio?»—, pero para mí, como para cualquier amante de las buenas historias, no existía otra cosa que quisiera recibir en mi cumpleaños o por Navidad.

Cuando descubrí que Olivia y Scott me habían comprado los dos tomos que me faltaban, sonreí tanto que me dolieron las mejillas.

—Vas a tardar siglos en leerte todo esto —comentó Devon. Giró uno de los libros, que debía de tener unas quinientas o seiscientas páginas, para observarlo alucinado mientras yo me levantaba para abrazar a mi mejor amiga. Había acertado de lleno con mi regalo.

—Créeme, se habrá terminado la saga completa en dos semanas —le aseguró Olivia.

Nash soltó una risita. Sabía que era verdad.

Eso hizo que Devon se fijara en él.

—¿De dónde has salido tú? No sabía que mi hermana tenía más de dos amigos.

—Serás idiota. —Le pegué en el brazo antes de volver al otro sofá con Nash.

—¿Qué? Es cierto —se quejó Devon. Algo le hizo clic—. Espera, dime que no es Jayden.

—Se llama Nash —informó Olivia con un suspiro.