Un amigo gratis 11
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Nunca había creído en el karma, pero la semana siguiente empecé a pensar que existía y me la tenía jugada.

El primero en dimitir de su cargo de voluntario y abandonar Un Amigo Gratis fue William, un chico de último curso con gafas que iba a clase con Scott y Olivia creía que estaba tonteando con Julie.

Ocurrió el lunes después de que Nash decidiera empezar a evitarme, cuando Olivia y yo estábamos estudiando juntas en la biblioteca.

Vino y, sin más, nos dijo que había decidido abandonar la organización. No se molestó en darnos explicaciones.

Solo un par de horas más tarde se fue el siguiente.

Dustin era un adolescente pelinegro que sentía un profundo amor por su moto.

Nos explicó que no tenía tiempo para seguir en la asociación.

Me lo habría creído, porque era una excusa recurrente con mucho sentido, si Laura, otra de las voluntarias, no hubiera venido a decirnos lo mismo al cabo de un rato.

Hacía menos de cuarenta y ocho horas desde que había ingresado en el proyecto.

A Olivia todavía no le había dado tiempo ni a terminar de elaborar su lista.

Al día siguiente, Hannah Sullivan también se despidió de nosotras, llevándose a sus dos socios consigo.

Eran demasiadas coincidencias. Ninguno de nosotros entendía qué estaba pasando.

Así fue como, de nueve voluntarios, quedamos solo cinco: Scott, Olivia, Grace, Julie y yo. El rumor de que Un Amigo Gratis se estaba yendo al traste empezó a coger tanta fuerza que ya competía con la ruptura de Jayden y Grace para convertirse en la noticia más relevante del mes.

Todo esto, sumado a que Nash seguía esquivándome, me tuvo bastante decaída toda la semana.

Era difícil ser positiva cuando el mundo parecía ir en mi contra.

Y no dejaba de pensar en que quizá me merecía lo que estaba pasando.

¿Cómo iba a dirigir una asociación que buscaba que nadie se sintiera solo en el instituto cuando, al verme frente a un claro caso de acoso escolar, no había sido capaz de reaccionar?

Me había quedado paralizada. Había permitido que eso ocurriera delante de mí.

Y luego, cuando intenté que Nash me dijera sus nombres para que pudiéramos actuar, ya era demasiado tarde.

No me sacaba de la cabeza la expresión de su cara.

La tristeza y la vergüenza en sus ojos. El miedo a que fuera a más.

Intentó restarle importancia. Hacerse el fuerte.

Ojalá le hubiera dicho que pedir ayuda no le hacía débil; que la culpa no era suya, que nadie debía enfrentarse solo a algo como eso, que los malos, los responsables, eran los otros.

¿Cuánto tiempo llevaría pasando? ¿Por qué se empeñaba tanto en cubrir a esos abusones? ¿Por qué yo no había sido capaz de girar esa esquina a tiempo?

Y ¿por qué solo contestaba a mis mensajes con respuestas escuetas?

¿Por qué había dejado de almorzar con nosotros?

Llevaba desde la semana pasada sin pisar el comedor.

Evitaba que nos cruzáramos por los pasillos.

¿Estaba enfadado conmigo por no haber intervenido o me evitaba solo porque sentía vergüenza?

Fuera lo que fuese, su silencio me estaba matando.

Me sentía culpable.

Lo echaba de menos.

Lo necesitaba a mi lado. A él y a su voz suave, diciéndome que no pasaba nada si no sonreía siempre, que podía sentirme mal por el declive de mi asociación, que fuera pesimista durante un rato, si eso me hacía sentir mejor; que él me guardaría el secreto.

Recordaba la sensación reconfortante de tener sus brazos a mi alrededor.

Ahora entendía que no era la única que necesitaba ese abrazo.

Lo que Nash tenía que soportar era horrible.

Podía imaginarme lo que le dolió descubrir, aquella tarde en su casa, que su hermana Sidney estaba pasando por una situación similar.

Ojalá me llamara.

Cada vez que mi móvil recibía una notificación y no era él, solo pensaba: «Llámame. Llámame. Llámame. Por favor, llámame».

Ni siquiera tuve ánimos para quedar con Jayden durante esos días.

Le puse excusas para cancelar nuestras citas de estudio un par de veces.

No quería que me viera así de desanimada y pensara que era una aburrida o una dramática.

Además, seguía sintiéndome mal por Grace.

Aunque había estado bastante ausente de la asociación, al menos no nos había abandonado como el resto de los voluntarios.

El jueves a mediodía, ocurrió lo que sabía que tarde o temprano pasaría: Julie me llamó para que nos reuniésemos en el café Daiana para hablar. Le pedí a Olivia que viniera conmigo. Si mi intuición era cierta, iba a necesitar apoyo moral.

Como la buena amiga que era, se presentó en mi casa media hora después.

Devon, que estaba al tanto de todo y bastante preocupado por mí, y ella intercambiaron una mirada antes de que saliéramos de casa.

Me habría animado a hacerle un interrogatorio a mi amiga sobre cómo estaban las cosas entre ellos si me hubiese encontrado de mejor humor.

—Todo saldrá bien —me dijo Olivia cuando llegamos a la cafetería. Me frotó el brazo con cariño—. Quizá solo quiera reorganizar las listas o algo así.

Solo que no sonaba convencida.

Cogí aire para tranquilizarme.

—Acabemos con esto —farfullé.

Y entonces oímos un grito.

—¡Dash, vuelve aquí!

Fue como tener un déjà vu. Un dálmata enorme corría hacia nosotras feliz, con la lengua ondeando al viento. Olivia soltó un chillido, me agarró los hombros y se escondió detrás de mí. Me entraron ganas de hacer lo mismo, pero no por el perro, sino por el chico que lo perseguía.

Nash redujo el paso con la respiración acelerada. A mí se me agarrotaron los músculos. Se me subió el corazón a la garganta. Nos miramos un microsegundo y me obligué a agacharme a saludar al perro, que ya se restregaba efusivamente contra mí, para esquivar sus ojos.

—Hola, Dash —susurré. Notaba el pum, pum, pum, pum en los oídos.

—Eleonor, ¡no lo toques! —exclamó Olivia detrás de mí. No recordaba que tuviera miedo a los perros, aunque era cierto que el tamaño de Dash intimidaría a cualquiera.

—Olivia, no te preocupes, no va a hacerte nada. —Notaba un deje de timidez en la voz de Nash—. Dash, ven aquí —lo llamó.

A sabiendas de que no podía retrasar el momento de enfrentarme a él para siempre, dejé de acariciar al dálmata y me incorporé.

Nash le puso la correa. Nos miramos otro microsegundo.

Mi corazón saltó. Y él volvió la vista atrás, hacia un chico rubio y larguirucho que también corría en nuestra dirección.

La tensión que se respiraba en el ambiente podría haberse cortado con un cuchillo.

—Maldito perro —se quejó el desconocido al llegar. Apoyó las manos sobre las rodillas, hiperventilando—. Si tantas ganas tenía de correr, ¿no podía ponerse a darle vueltas a un árbol? ¿Tenía que traernos hasta aquí y casi provocarme un infarto?

Nash se aclaró la garganta.

—Chicas, él es Mike, mi mejor amigo —nos presentó, evitando a toda costa volver a establecer contacto visual conmigo—. Mike, ellas son...

—Deja las presentaciones para después, tío. ¿No ves que me estoy casi muriendo?

En ese momento, alzó la vista. Se fijó en Olivia. En mí. Se incorporó de golpe y enderezó los hombros. Nunca había visto a nadie recuperarse tan rápido de una carrera.

—Perdonad —habló dedicándonos una sonrisa encantadora—. Adelante, Nash, por favor, preséntanos.

El dueño del perro suspiró.

—Mike, ellas son Olivia y...

—Eleonor. —Le tendí la mano a Mike y forcé una sonrisa.

Él me la estrechó.

—Conque tú eres Eleonor —dijo.

¿Nash le había hablado de mí?

Mike pasó a saludar a Olivia. A pesar de que Nash lo superaba en altura, sí que parecía uno o dos años mayor que nosotros.

Creía recordar que estaba en la universidad.

Y tenía todo el aspecto de ser tan extrovertido y peculiar como Nash me había contado.

Llevaba el pelo bastante desordenado y una camiseta de un videojuego con plantas y zombis.

—Me encanta tu pelo —halagó a Olivia.

—Gracias. A mí también —contestó ella.

A Mike le hizo gracia. Se sonrieron y supe que Nash y yo nos habíamos quedado oficialmente fuera de su conversación.

Volví a mirarlo a él. No había cambiado nada en una semana y aun así había cambiado todo. Era raro volver a tenerlo enfrente, ser consciente de su altura, ver sus hombros, sus brazos, su pelo castaño, sus pecas, sus ojos. ¿Siempre habían sido tan azules? ¿Y brillantes? ¿O era solo cosa mía?

—¿Qué haces aquí? —Él fue el primero en romper el silencio. Sujetaba la correa de Dash, que estaba sentado a sus pies; alternaba la mirada entre nosotros totalmente ajeno a la incomodidad del momento.

—He venido a hablar con Julie, una de las voluntarias. —De momento.

Nash debió de leer el pesimismo en mis ojos.

—He oído los rumores. —Su rostro se tiñó de preocupación—. Siento lo que está pasando.

—Ya. —Traté de sonreír—. No he tenido la mejor semana de mi vida.

«Y que tú me hayas estado ignorando no ha hecho más que empeorarla».

Mike y Olivia charlaban animados a nuestro lado.

Era momento de entrar, pero no sabía cómo interrumpir su conversación para decirle a Olivia que viniera conmigo.

En el fondo tampoco quería hacerlo. Me aterrorizaba cruzar esa puerta y enfrentarme a Julie.

¿Cómo íbamos a mantener la asociación entre cuatro?

¿Y si luego Grace, o incluso Scott y Olivia, decidían marcharse también?

—¿Está Julie dentro? —preguntó Nash.

Asentí, con un nudo en el estómago.

Él le dio a Mike la correa.

—Cuida de Dash —le pidió, mientras los tres lo observábamos con confusión—. Vamos, entro contigo —me dijo.