11 #2
Hice contacto visual con Olivia, que parecía dudar de si a mí eso me parecía bien.
Ella sabía sobre mi distanciamiento con Nash, aunque no le había dado explicaciones; él había insistido tanto en que tenía que olvidarme del tema que no quería hacer nada que lo enfadara más.
Y, aunque seguía pensando que no podíamos guardar lo de sus abusones en secreto, primero quería hablar del tema con él y que lo denunciáramos con su consentimiento.
Finalmente, accedí. Me daba igual a quién tener a mi lado, mientras hubiera alguien. Y Nash me hacía sentir muy segura.
Incluso en momentos como ese, cuando parecía que nos costaba mirarnos.
—Se va a ir de la asociación —le expliqué a Nash mientras cruzábamos la puerta. Olivia y Mike nos esperarían fuera—. Va a abandonarnos, igual que William, Dustin, Laura y Hannah.
—Podremos con ello —me tranquilizó.
Julie estaba sentada a una mesa al fondo. Llevaba la larga melena recogida en una coleta. Sus ojos oscuros destacaban en un rostro sin maquillaje.
En cuanto nos vio, levantó la mano y fuimos hacia ella. La ansiedad me oprimía el estómago.
—Gracias por venir para que nos viéramos en persona —habló la chica mientras nos sentábamos—.
Sé que no tienes mucho tiempo libre, entre las clases y la asociación.
.. —Su mirada se posó en Nash un segundo.
Parecía desconcertada por su presencia. Enseguida volvió a centrarse en mí—.
En realidad, es justo de eso de lo que quería hablarte. Yo...
—¿Te vas? —la interrumpí. No iba a soportar que diera más rodeos.
—Lo siento —dijo.
Acto seguido, se levantó para marcharse, tal y como habían hecho los demás.
Se me cayó el alma a los pies.
—¿Por qué? —salté a la desesperada. Julie se detuvo—. Sabes que no estamos en nuestro mejor momento, que se han ido muchos voluntarios y...
—¿De verdad vas a preguntarme eso?
—¿Qué?
Su tono ahora era arisco y gélido. Me miró como si no me reconociera.
—¿Creías que no nos íbamos a enterar de lo de la beca? ¿De que le has mentido a todo el mundo para ser la única beneficiada?
—¿Qué? Julie, no entiendo nada.
—Me dijeron que mentirías, pero esperaba que al menos conmigo fueras sincera. Estaba muy comprometida con la asociación. Me parecía un gran proyecto. —Su expresión iba cargada de decepción—. Lástima que haya caído en manos de alguien como tú.
Se levantó y salió del local antes de que pudiera decir nada más. Estaba perpleja. Me temblaba tanto la pierna, el cuerpo, que estaba empezando a mover la mesa sin querer.
—¿Qué acaba de pasar? —La voz me salía aguda. Estaba a punto de ponerme a llorar.
—No lo sé. —Nash miraba hacia atrás, por donde se había ido Julie.
—¿Qué beca? ¿De qué narices está hablando? —No existía ninguna beca. ¿Julie pensaba que les había mentido a todos en busca de mi propio beneficio? ¿Qué beneficio? ¿De qué iba todo eso? ¿Era el fin de mi asociación?—. ¿Todo esto es culpa mía?
—Eleonor. —Nash me puso una mano en el hombro, intentando anticiparse al desastre. Pero ya era tarde.
—No puedo respirar.
Me puse de pie a toda prisa y, sin pensar, crucé el local hasta el baño.
Fue casi en modo automático. Notaba los pulmones densos y punzantes y cada bocanada de aire me dolía en todas partes.
Empujé la puerta, me apoyé contra el lavabo y me puse a hiperventilar.
Todo me cayó encima. Julie. Lo mal que me había hablado.
Lo de la beca. ¿Qué beca? Que mi asociación se estuviera derrumbando.
Su expresión de odio. Nash. Que Nash también me odiara.
Que antes no pudiera ni mirarme. Yo tenía la culpa de todo.
¿Era el karma? De todo, de todo, de todo.
Alguien entró en el baño. Era él. Se acercó, me apartó el pelo de la cara, me dijo:
—Estoy aquí contigo.
Y luego:
—Tienes que respirar más despacio.
Y luego:
—Como si soplases una vela. Contén el aire. Yo cuento los segundos y lo sueltas. Uno. Dos. Tres. —Hice lo que me pedía. Tomé aire lentamente, aunque el corazón me iba rapidísimo y mi cuerpo seguía temblando—. Ahora suéltalo. Despacio. Imagina que tienes delante una tarta de cumpleaños.
Uno, dos, tres. Nash siguió contando en voz baja, a mi lado.
Su tono calmado fue como un ancla. Como la luz de un faro que se abría paso entre el caos que reinaba en mi mente.
Me olvidé de dónde estábamos, de lo que acababa de pasar, y me concentré solo en él, hasta que estuve lo bastante tranquila para volver a tomar el control de mi cabeza.
Recordé las recomendaciones que me había hecho mi psicóloga aquel año, cuando había comenzado a ir a terapia tras el abandono de mi padre.
Seguí las instrucciones que me había dado.
Cinco cosas que podía ver: ninguna, seguía con los ojos cerrados.
Sí había cuatro que podía tocar. El mármol del lavabo, el suelo con los pies, la mano de Nash, que seguía sobre mi hombro, el aire acondicionado caliente, que me movía el pelo.
Tres sonidos: su voz, la música que se oía al otro lado de la puerta, mi respiración más pausada.
Dos olores: a café, fuera. A baño y humanidad, dentro.
Un sabor: nada. El vacío. El de notar la boca seca. Tenía mucha sed.
—¿Mejor? —Oí.
Abrí los ojos, alcé la cabeza y mi reflejo me devolvió la mirada. Nash estaba detrás de mí. Sus ojos solo reflejaban preocupación. Las lágrimas acudieron a mí contra reloj.
—No le digas esto a nadie —le supliqué girándome hacia él.
—¿Decir el qué? ¿Que te has derrumbado porque no eres una piedra? ¿Que a veces las cosas te afectan? La vulnerabilidad no te hace débil, Eleonor. Solo te hace humana.
Me abrazó otra vez. Como hacía unos días en su casa.
Y, aunque seguía habiendo más de cuatro cosas que podía tocar, de repente solo podía concentrarme en una: él, con su ropa, su calor corporal, la suavidad de su sudadera.
No solo me había derrumbado. Había tenido un ataque de ansiedad.
Nash había sabido ayudarme, así que estaba claro que había vivido experiencias similares. Pensarlo me apretujaba el corazón.
Lo que me había pasado no había venido solo a raíz de lo de Julie. Eso había sido la gota que había colmado un vaso que ya iba muy lleno. En concreto, desde hacía justo una semana.
—Me quedé petrificada —le susurré a Nash. No había dejado de pensar en ello—. Lo siento muchísimo. No intervine a tiempo.
Noté cómo sus músculos se tensaban a mi alrededor.
—Nada de eso fue culpa tuya.
—Me convertí en cómplice.
—Olvídate de eso. Tú no eres como ellos. Jamás serás como ellos —me aseguró—. No debería haberte hablado así de mal. Perdóname tú también. Estaba superado por la situación.
Me alejé para mirarlo, con los ojos llorosos.
—¿Cuánto tiempo lleva pasando?
—Dos cursos.
Fue como si me clavaran un puñal.
—¿Y nunca se lo has dicho a nadie?
—No.
—¿Ni siquiera a Mike?
—Él lo descubrió igual que tú. Le hice prometer que no se lo diría a ningún profesor.
—¿Por qué?
—Porque soy un cobarde.
—Eso no es verdad, Nash —repliqué—. Quiero saber quiénes son.
—No.
Me sostuvo la mirada y supe que no habría forma de hacerlo ceder. Seguía habiendo algo que le impedía ser del todo sincero conmigo.
Decidí que tendría que ser paciente con él. De nada iba a servir presionarlo y que volviera a alejarse.
—Vale —accedí. Estaría más pendiente que nunca de ahora en adelante. Si Nash no me lo contaba, lo descubriría por mí misma, como había hecho Mike—. Solo, por favor, no sigas evitándome. Los amigos no hacen eso.
—Lo sé. Lo siento mucho.
—Te he echado de menos.
—Y yo a ti. Solucionaremos lo de la asociación —me aseguró—. Todo saldrá bien.
Lo decía él, rey del pesimismo.
—¿Desde cuándo eres tan optimista? —pregunté.
—Desde que tú lo necesitas.
Me arrancó una sonrisa leve. Nash imitó mi gesto. Me secó una lágrima rebelde que me corría por la mejilla y su toque me produjo escalofríos. «¿Los amigos hacen esto?», pensé.
Alguien empujó la puerta del baño y ambos nos sobresaltamos.
—Eh, chaval, no puedes estar aquí. Es el baño de mujeres —gruñó la voz rasposa del dueño del local.
—Lo siento. Salgo enseguida —se excusó Nash, aunque el hombre ya se había ido.
Parecía haber venido solo para alejarlo de mí.
Ahora ya no me estaba tocando, pero seguíamos frente a frente.
Su mirada volvió a encontrar la mía—. No estaba bien señalizado fuera —mencionó en tono de broma—.
He visto un muñeco con falda. Y ¿quién dice que los hombres no puedan usarlas?
Solté una risita. Él aguardó un segundo, como si quisiera hacer algo más. ¿Darme otro abrazo, quizá? ¿Volver a tocarme? Se contuvo. Terminó diciéndome que me esperaría fuera y salió del baño.
Una vez que se fue, volví a apoyar las manos en el lavabo. Me miré al espejo. Cogí aire y lo solté tranquila, como si soplara una vela. Nash tenía razón. Solucionaríamos lo de Julie. Había sido solo un malentendido. No había ninguna beca. Todo saldría bien.
Y, si no, al menos sabía que nos enfrentaríamos a ello juntos.
Nueve