10
Las semanas pasaron en un suspiro y el final de noviembre llegó con temperaturas que nos congelaban los huesos.
Ese día salí de una aburrida clase de historia con los libros en los brazos y pensando en una canción muy pegadiza que había oído cantar a Devon en el coche.
Había quedado con Nash frente al aula de tecnología para ir juntos al comedor y pensaba preguntarle si la conocía.
Él sabía mucho más de música que yo —de hecho, vivía con los auriculares pegados a las orejas—, así que era siempre quien me ofrecía recomendaciones.
Me apetecía llevarle, por una vez, algo nuevo que él pudiera escuchar.
En el ala norte del edificio había un pasillo con ventanales que se había convertido en una de mis zonas preferidas del instituto.
Ese día el cielo estaba grisáceo. Los nubarrones anunciaban una tormenta.
No dejé que el mal tiempo me deprimiera.
Estábamos a jueves, cerquísima del fin de semana, y la asociación iba viento en popa.
Seguía sin haberle contado nada a Olivia sobre Grace, pero mi amiga era perspicaz; al no verme muy convencida sobre su participación, solo le había asignado un socio.
A Edward, que ya llevaba mucho tiempo con nosotros y seguramente era más un «amigo gratis» para Grace de lo que ella lo era para él. Me mantenía tranquila en ese sentido.
El sábado había quedado con Nash, lo que para mí era como tener tiempo libre, porque quedar con él ya no era, ni muchísimo menos, una obligación.
Y el viernes vería a Jayden.
Otra vez.
Había aprobado el examen de francés con buena nota y aun así nuestros encuentros seguían sucediendo.
Nos reuníamos con la excusa de estudiar, pero hablábamos de todo menos del instituto.
Él tonteaba mucho conmigo. Yo era consciente.
E intentaba gestionarlo como podía, entre los nervios y ese resquicio de culpa que todavía sentía.
Estaba fluyendo, como me había aconsejado Olivia.
Una parte de mí esperaba que Jayden no se me lanzara nunca porque sabía que me iba a paralizar.
Llegué al final del pasillo. Estaba a punto de girar cuando las oí.
Las risas.
—Míralo, se le ha caído todo, otra vez —soltó una voz masculina—. Qué torpe, tío.
—No sirves ni para caminar.
Más carcajadas.
Al otro lado del pasillo, la que sin duda era la voz de Nash rogó:
—Dejadme en paz.
—Míralo, casi suplicando. ¿Siempre ha llorado tanto, cielo?
—Siempre —respondió una chica.
—¿Qué haces aquí, bicho raro? —atacó el otro—. ¿Nos estabas esperando? ¿Tanto te gusta que te humillen?
—Estaba esperando a una amiga.
A mí. Me estaba esperando a mí.
El corazón me bombeaba fuerte contra las costillas. Estaba paralizada. Tanto que no podía moverme. Seguía con la espalda pegada a la pared, tan pálida que seguro que podría mimetizarme con ella.
—¿A una amiga? —se jactaron—. Tú no tienes amigos.
—Apuesto a que solo se junta contigo por lástima.
—¿No te da asco mirarte al espejo?
—Eres tan raro y delgaducho... ¿Quién iba a quererte así?
—Siempre tendrá a la inútil de su hermana para acompañarlo. Menudo futuro le espera.
—Es una fracasada, igual que tú. Cómo se nota que sois hermanos, ¿eh?
Oí un golpe sordo que me paró el corazón y las risas crueles se alejaron. No pude aguantarlo más. Salí de mi escondite y corrí por el pasillo, pero ya era demasiado tarde.
Solo quedaba una persona.
Nash estaba recogiendo sus cuadernos frente a la puerta del aula de tecnología. Habían vuelto a tirárselos. De ahí el ruido que había oído. Le temblaba el cuerpo porque estaba respirando muy rápido.
Entonces levantó la cabeza y me vio.
Su expresión cambió de repente.
—¿Qué...? —Yo no era ni capaz de hablar. Me detuve a su lado con pasos titubeantes.
—¿Cuánto has oído?
Le vi la máscara. Las barreras que levantó a su alrededor. Hacía mucho que no me las mostraba. En ese momento su voz era gélida como el hielo.
—Todo. —Negué con la cabeza, consternada—. ¿Quiénes eran esos chicos, Nash?
—Da igual. —Se giró para marcharse.
—¿Cómo va a dar igual? —Fui detrás de él—. Tenemos que... hablar con alguien. Contarles lo que te hacen. El instituto tiene protocolos para esto, deberíamos...
—No vamos a hacer nada —me cortó.
—¿Qué?
Se volvió hacia mí. Tenía los ojos tristes. Demacrados. Tuve ganas de abrazarlo. De protegerlo de todas las palabras horribles que seguro que se habían quedado clavadas en su cabeza.
—No vamos a hacer nada —repitió—. Déjalo estar, ¿quieres?
—Pero ¿qué estás diciendo? ¿Cómo lo voy a dejar estar?
—Tú no lo entiendes.
—¡Claro que no lo entiendo! —estallé. Él dio un respingo y me obligué a bajar la voz—.
¿Por qué diablos no me habías contado nada?
¿No se lo has contado a nadie ? ¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?
¿Por qué no te defiendes, joder? —La palabrota me salió llena de rabia.
Yo, que casi nunca las decía, ahora necesitaba algo más, más que el lenguaje, para explicar la ira que me brotaba de dentro—.
Esas personas son sucias, crueles, ruines.
¡Dios, Nash! ¡Eres mucho mejor que ellos! ¡Plántales cara!
—¿Cómo? —rebatió con brusquedad.
—Vamos a ir a hablar con el orientador. O con la directora —sentencié de inmediato—. Esto se acaba aquí.
—No.
Rotundo. Decidido. «No».
—¿Cómo que no?
—Que no. No se lo diremos a nadie. Solo lo empeoraría. Así que olvida el tema de una vez. Me estás poniendo nervioso.
—No puedo olvidar el tema. Soy tu amiga. Te están acosando. Me preocupo por ti.
—Tú solo déjame en paz.
Lo observé con incredulidad. Nash me lanzó una advertencia clara antes de girarse: «no me sigas». Así que no lo seguí. Avanzó rápido por el pasillo, torció la esquina y desapareció. Estaba deseando esconderse del mundo. De todos. Incluyéndome a mí.