Un amigo gratis 9 #3
23%

9 #3

—Por lo tanto, hay nueve personas en tu club de teatro que te conocen, te respetan, te admiran y te valoran, y ¿para ti la única opinión que importa es la de Emma y la de ese tal Bratt?

—repuse—. La de alguien que ya no es tu amiga y la de un chico que, según me estás contando, acaba de llegar al grupo y no te ha visto actuar tanto.

Y que además no parece tener buenos valores.

—Un imbécil —resumió Nash con un gruñido. Estaba menos dispuesto a contenerse que yo.

—No sé por qué le doy más importancia a lo negativo que a lo positivo —admitió Sidney.

Suspiré.

—Nos pasa a todos, por desgracia. Nos dicen diez cosas buenas y una mala, y solo le prestamos atención a la mala. Qué tontería, ¿verdad? —Una idea empezó a formarse en mi mente y, sin pensar, dije—: Para mí, somos como...

—¿Cómo qué? —me animó a seguir Nash. Me miraba, a sabiendas de que estaba a punto de soltar otra de mis metáforas.

Y sonreía.

Resoplé molesta, aunque yo también notaba los labios tirantes. Era agradable que mi intensidad no le molestara.

—Como... equilibristas —probé— en una cuerda floja.

Sostenemos una balanza en las manos. En un lado, está lo bueno que piensan de nosotros y, en el otro, todo lo malo.

Da igual lo que pongamos en el lado positivo de la balanza porque lo otro siempre nos pesará más.

—¿Qué sentido tenía? ¿Por qué nos empeñábamos en centrarnos en aquello que nos provocaba sufrimiento?

—. Intentamos mantener el equilibrio todo el rato por miedo a caernos al vacío y no nos damos cuenta de que quizá lo más sensato sea soltar la balanza.

—Y dejar de prestar atención a lo que opine el resto —siguió Nash por mí—. Ser como lienzos en blanco.

—Es difícil —le dije a Sidney, porque no me gustaba el positivismo extremo, ese que casi rozaba lo tóxico—, pero, si tanto te gusta el teatro, ¿cómo ibas a renunciar a tener un papel importante en la obra solo por lo que opinan dos de tus compañeros?

Vas a bordar el papel. Por eso te lo han dado.

Piensa en cuando seas mayor y tengas hijos, o nietos, o sobrinos, o lo que sea, y les hables del club de teatro al que ibas cuando estabas en el colegio.

¿Qué historia preferirías contarles? ¿Cómo cediste ante los comentarios de unos imbéciles o cómo te convertiste en la mejor actriz de la compañía?

—Lo segundo —respondió, y soltó una risita suave. Ahora parecía más animada.

—¿Cuándo tienes el próximo ensayo?

—En media hora.

—¿Y qué haces aquí todavía?

Hubo un segundo de silencio. Después Sidney se volvió hacia su hermano y le pidió:

—¿Puedes llamar a papá y decirle que al final sí que necesito que venga a recogerme?

—Claro —accedió Nash enseguida.

Cuando se levantó para ir en busca de su móvil, hicimos contacto visual de manera fugaz. Sus ojos me dieron las gracias.

Me alegraba de haber podido ayudar a su hermana.

Sin saberlo, ella también me había ayudado a mí.

La metáfora que le había contado sobre los equilibristas, nuestra mala costumbre de guiarnos por las opiniones del resto y la necesidad de soltar la balanza podía aplicarse también a lo que me había pasado con Grace.

Era comprensible que me doliera que hablara mal de mí a mis espaldas, pero pensaba ponerles límites a mis pensamientos.

Me había lastimado, vale, nada más; no iba a venirme abajo por algo así.

Tampoco permitiría que sus palabras crueles me hicieran dudar de mi valor o de lo mucho que amaba a mi asociación.

Entendía de primera mano lo mucho que iba a costarle a Sidney ir a sus clases de teatro después de lo de Emma y Bratt. Mi situación era parecida.

Si ella era valiente y confiaba en sí misma, yo también podría hacerlo.

—Gracias por haber venido —me dijo la niña poco después, cuando su padre ya esperaba fuera y nos estábamos despidiendo en el recibidor—. Nash tenía razón sobre ti.

No me dio tiempo a averiguar a qué se refería exactamente. Su hermano vino para ayudarla a bajar por la rampa y montarse en el coche.

Unos minutos más tarde, el vehículo desapareció de nuestra vista y él y yo nos quedamos a solas.

Nash entró de nuevo en el jardín delantero.

—Te acompaño a casa —se ofreció.

—No hace falta. —Menos aún ahora que sabía que vivíamos bastante lejos.

Pero él insistió:

—Te acompaño.

Bajé la rampa hasta llegar a su altura. Nos miramos. Me fijé en que tenía más pecas en la zona de la nariz que en la frente. Eran bonitas y desiguales.

El silencio se alargó durante unos segundos.

—Tuvo un accidente hace unos cuantos años —musitó como si estuviera acostumbrado a tener que dar explicaciones—. Estaba jugando en la carretera y un coche pasó muy rápido. No le dio tiempo a verlo. Desde entonces...

—Lo siento mucho —lo interrumpí, ansiando ahorrarle el mal trago. No necesitaba que entrara en detalles. Podía imaginarme lo duro que había sido, que tenía que seguir siendo, la vivencia y el recuerdo.

—Perdóname otra vez por la encerrona.

—Me ha encantado conocer a tu hermana.

—Gracias por hablar con ella.

—Espero haber sido de ayuda.

—Lo has sido —dijo—. Como siempre.

Noté un cosquilleo. Empezó en el estómago, me recorrió la columna y me erizó los pelos de la nuca.

Nash seguía mirándome. Había algo flotando en el ambiente, algo que no sabía identificar.

El mundo parecía haber dejado de existir y yo solo podía preguntarme: «¿Qué pasa, qué pasa, por qué me mira así?

¿Qué acaba de surgir aquí, entre nosotros?

¿Por qué lo noto en cada poro del cuerpo? ».

Me forcé a romper el silencio.

—Sidney es una niña adorable.

Pero él estaba pensando en otra cosa.

—¿Estás bien? —Al ver mi confusión, prosiguió—: Esta mañana, en el pasillo...

Había estado a punto de derrumbarme.

Él lo había notado.

Se acordaba.

¿Lo había dejado preocupado?

—No era nada. —Negué.

—Vale. —Vaciló. No sonaba convencido—. Solo quería recordarte que la amistad funciona en las dos direcciones. Puedes contar conmigo, si lo necesitas. Me gusta que sonrías todo el rato, pero no tienes por qué obligarte a hacerlo siempre. Lo sabes, ¿verdad?

Asentí compulsivamente.

Y después pestañeé. Las emociones me estaban ganando otra vez. Nash se dio cuenta.

Se daba cuenta de todo.

Nuestros cuerpos se acercaron y funcionaron casi por inercia, como si ya se conocieran.

De pronto tenía la nariz contra su hombro y él me rodeaba la cintura.

Su calor me penetró en la piel. Y, como un cristal agrietado, mi coraza se cayó a pedazos.

Las lágrimas acudieron, silenciosas. Lloré por Grace y su traición.

Por sus comentarios. Porque hubiera hablado sobre mi padre.

Por mi padre. Nash me apretó contra sí. Suspiró.

No supe si era yo quien necesitaba ese abrazo o era él.

También parecía tener mucho en la cabeza.

La amistad era bidireccional, así que quizá lo necesitábamos los dos.

Diez