9 #2
—Mi alma sufre.
Me eché a reír y me sentí más relajada. Él me invitó a entrar primero.
En su casa había fotografías por todos lados: colgadas en la pared, decorando los muebles y sobrepuestas en los espejos. En ellas salía gente abrazada.
—Tu familia me recuerda a la mía —comenté—. Nosotros también... —No llegué a terminar la frase.
—Te he mentido.
Oír aquello me borró la sonrisa. Nash se había quedado junto a la puerta abierta.
—¿Cómo dices?
—Mi hermana ha llegado llorando del instituto y lleva toda la tarde encerrada en su habitación.
He intentado hablar con ella, pero no quiere contarme lo que le pasa.
Odio verla así y no poder hacer nada por ella.
Estaba desesperado, te lo prometo. Soy malísimo con estas cosas.
No sé cómo ayudarla —admitió con angustia.
Volvió a pasarse una mano por el pelo—. Por eso te he pedido que vinieras.
Tú siempre encuentras las palabras adecuadas y.
.., no sé, he pensado que si pudieras hablar con ella. ..
Dejó la frase en el aire al ver mi expresión. Pareció arrepentirse al instante.
—Mierda, lo siento. Te estoy poniendo en un aprieto. Debería habértelo dicho antes de venir. No tienes que subir si no quieres. Esto ha sido una mala idea. Dios. —Se tapó la cara con las manos. Parecía avergonzado de sí mismo.
—No conozco a tu hermana —pronuncié confundida.
—A mí tampoco me conocías —replicó. Sus ojos azules me parecían más intensos que nunca—. Y aun así me ayudaste. En el parque, con lo de ser un lienzo en blanco. En el pasillo, con lo de los barcos. Por eso pensé que...
—Vale. Hablaré con ella.
—¿De veras? —Ahora parecía esperanzado.
Asentí, intentando ignorar la inquietud que notaba en el estómago. No era verdad eso de que siempre encontraba las palabras adecuadas. ¿Y si metía la pata hasta el fondo?
—No puedo prometerte que funcione —le advertí por si acaso.
—No hace falta. Sé que va a funcionar. Siempre lo haces funcionar. —El tono de Nash se suavizó—. Gracias.
Nuestras miradas se encontraron y vi la preocupación que sentía por su hermana.
Eso me animó a seguirlo escalera arriba.
El cuarto de Sidney estaba al fondo del pasillo. Había dejado la puerta entreabierta. Nash la golpeó con cuidado de no empujarla sin querer.
—¿Sid? —la llamó.
—Déjame en paz —oí al otro lado.
—Solo quiero saber si estás bien. —Ante la falta de respuesta, se decidió a abrir por fin y entramos en la habitación.
Sidney Anderson era una niña guapísima. Tenía los ojos muy azules, como su hermano, el pelo castaño recogido en dos trenzas, una a cada lado de la cabeza, y el rostro salpicado de pecas. Nash y ella eran casi idénticos.
Nos devolvió la mirada desde su silla de ruedas.
—¿Quién es ella? —le preguntó a Nash.
—Una amiga. Se llama Eleonor.
—¿Qué hace aquí? Si nunca traes amigas a casa.
—Siempre hay una primera vez para todo, ¿no? —Nash se volvió hacia mí—. Voy a por algo de beber. Dame un minuto.
¿Iba a dejarme ahí sola con ella? ¿Así, del tirón?
No sabría decir qué me asustó más: si que se largara o la forma en la que me miró al salir, como si creyera que, en lo que él tardaría en bajar al primer piso y volver a subir, yo iba a sacarme un truco de la manga y a solucionar todos los problemas de su hermana.
Se marchó y solo quedó el silencio.
Sidney seguía observándome con el ceño fruncido. Parecía estar sopesando si era bienvenida en su habitación o no. Desde luego, Nash y ella estaban emparentados. Eran iguales en todo.
Si había podido ganarme la confianza de su hermano, con suerte podría ganarme la suya también.
Me imaginé que era como si estuviera quedando con un socio por primera vez.
—Tenía ganas de conocerte, ¿sabes? Tu hermano habla de ti a todas horas —comenté para romper el hielo—. Tenía mucha curiosidad.
—¿Por eso te ha traído?
—No exactamente. Está apuntado a una asociación que dirijo en el instituto. Hoy íbamos a quedar y él me ha dicho que tenía que cuidar de ti. No creo que necesites a nadie que te vigile —agregué al oírla resoplar—, pero yo también tengo hermanos mayores. Sé reconocer cuando alguien está preocupado.
—Nash siempre está preocupado —refunfuñó Sidney con molestia. Tenía un libro abierto sobre las rodillas.
—Ya veo.
—¿De qué te ríes?
—No es nada. Es que me recuerdas a mí.
—¿Por qué? —Me observaba entre confundida, molesta y llena de curiosidad.
—Como te he dicho, yo también tengo hermanos mayores.
Y lo mío es peor, porque tengo dos. Gemelos.
Cuando era pequeña siempre se ponían de acuerdo para gastarme bromas.
Una vez pusieron colorante rojo en mi cepillo de dientes.
Deberías haber visto la cara que puso mi madre cuando me vio aparecer con la boca ensangrentada.
Conseguí arrancarle una sonrisa.
—Debió de ser horrible.
—Solo para ella. Yo me sentía como una vampiresa. Lloré mucho cuando me obligó a quitármelo. Y me alegré un montón de que tardara varios días en irse.
Sidney relajó los hombros. El recelo había ido desapareciendo de su expresión.
—Si Nash me hiciera algo así, no se lo perdonaría nunca —dijo.
—Bueno, yo estaba acostumbrada. Hoy en día siguen metiéndose bastante conmigo, pero siempre acudo a ellos cuando tengo un problema. Nos cuidamos mutuamente. Supongo que a Nash y a ti os pasa lo mismo.
—Sí, así es.
—No puedes culparle por estar preocupado. Es lo que implica ser hermano mayor. —Mi tono se volvió cauteloso—: Me ha contado que hoy has llegado algo... disgustada del instituto.
Sidney se mordió el labio.
—Bueno...
—¿Va todo bien?
Las dos nos giramos hacia la puerta al oír la voz de Nash.
La niña dijo que sí en voz alta, pero Nash me estaba mirando a mí. Le sonreí tímidamente y él entró en la habitación.
Había traído refrescos. Puso la bandeja sobre la mesa. Había dos vasos de cristal normales y uno personalizado con un vinilo de Los juegos del hambre . Le dio este último a su hermana, se sentó en el suelo y me tendió el mío, animándome a acomodarme a su lado.
Nuestros dedos se tocaron cuando cogí el vaso. Nash tenía la piel caliente, como siempre. Noté un cosquilleo y tuve que contener el impulso de retroceder.
—¿Qué me he perdido?
—Estábamos hablando mal de ti —bromeó Sidney dando un sorbo. Había cerrado y apartado su libro para no mancharlo.
—Genial. A mí hacer eso también se me da de lujo —bromeó Nash. Notó que yo lo observaba—. ¿Qué?
Puse los ojos en blanco, divertida. Qué idiota era a veces. Nash chocó con suavidad su hombro con el mío. Nos sonreímos.
Vi que Sidney nos miraba.
—¿Has venido a contarme uno de tus cuentos? —me preguntó entonces—. Nash me ha hablado de ellos.
Mi corazón brincó sutilmente.
—Son bastante buenos —se excusó él al notar que volvía a ganarse mi atención—. Aunque no creo que Eleonor tenga uno para cada situación —le dijo a Sidney.
Vi enseguida la oportunidad y solté:
—Podéis ponerme a prueba. —Alterné la vista entre ambos.
—Para eso primero tendríamos que saber qué te pasa... —terció Nash.
Había entendido cuál era mi estrategia.
Sidney vaciló. Ella también debía de ser consciente de nuestra pantomima, pero ya no parecía tan reacia a abrirse como antes. Suspiró.
—Es por la obra de teatro, ¿vale? He conseguido el papel.
—¿Has conseguido el papel? —Nash se emocionó—. Enhorabuena, Sid. Madre mía, eso es genial. ¿Por qué no...?
—No quiero ir a ensayar —admitió la niña.
En una milésima de segundo, sus ojos se anegaron en lágrimas—.
No estoy a la altura. —Se las secó con el brazo y sorbió por la nariz—.
Cuando la profesora me ha dicho que lo había conseguido, he vuelto a los vestuarios y he oído a unos compañeros hablar mal de mí.
Emma, entre ellos. Decían que iba a echar a perder la obra.
Por esto. —Señaló la silla y a mí el corazón se me partió en pedacitos.
—Eso es una estupidez —sentenció Nash. Tenía todos los músculos rígidos.
—¿Y si tienen razón? —continuó Sidney—. Cuando nos subimos a ensayar por primera vez, no fui capaz de concentrarme en ninguna de mis frases. Estropeé la obra de verdad. Me da mucho miedo volver y seguir demostrándoles que no me merezco hacer de un personaje tan importante.
—¿Fuiste la única que se equivocó? —pregunté.
—No —admitió Sidney—. Es habitual que haya confusiones con el guion, sobre todo en los primeros ensayos, pero...
—¿Por qué crees que tus errores cuentan más que los del resto?
—Porque nadie duda de que los demás puedan hacer cosas.
Junto a la mía, la pierna de Nash temblaba nerviosamente.
Parecía carcomido por la rabia y la ansiedad de querer consolar a su hermana y no saber cómo.
Sidney seguía con los ojos enrojecidos. No debía de ser fácil para ella tener que lidiar con los prejuicios del mundo.
Verse obligada a demostrar constantemente que era capaz de hacer aquello que quería hacer, ser cuestionada todo el tiempo.
.. Entendía cómo debía de sentirse. Y entendía que, en momentos de bajón, le entraran ganas de tirar la toalla.
—Siento que hayas tenido que oír comentarios así por parte de tus compañeros —traté de darle ánimos—. ¿Cuántos eran? ¿Se lo has contado a la profesora?
—Era uno de los chicos nuevos. Solo él con Emma. Antes era mi mejor amiga, pero ya no nos llevamos bien. Y no, no se lo he dicho a nadie. Solo a vosotros.
—¿Y el resto del grupo?
—¿Qué?
—¿Qué pasa con ellos? —insistí—. En un grupo de teatro hay más de tres personas. ¿Qué opinan los demás? ¿Cómo es tu relación con ellos?
Sidney se había quedado descolocada.
—Nos llevamos muy bien. Somos doce personas en el club. Y no creo que los demás estén de acuerdo con lo que Bratt y Emma han soltado sobre mí. Siempre dicen que actúo muy bien.
Asentí, agradecida de que Sidney estuviera tan bien rodeada, aunque a veces no fuera capaz de verlo.