9
—Espera, recapitula. ¿Cómo que Grace cree que va con Nash? —preguntó Olivia—. Eso no fue lo que yo le dije.
Sujeté el móvil entre el hombro y la mejilla mientras revisaba el cuaderno de Lizzie. Solía ayudarla con los deberes los días en los que nuestra madre trabajaba hasta tarde.
—Pues sin duda es lo que ella entendió. Me lo ha soltado tal cual. —Di un golpe suave sobre la mesa para llamar la atención de mi hermana, que estaba muy concentrada rebuscando entre sus rotuladores de colores—. Te has equivocado en esta —le susurré señalando una operación combinada.
—Es imposible que entendiera eso porque yo no le dije eso —insistió Olivia, que terminó suspirando—. ¿Sabes qué? No vamos a darle más vueltas al tema. Ya le he escrito para decirle que, de momento, solo tiene a Edward.
—Si tanto sabes, hazlo tú —se quejó Lizzie al mismo tiempo, empujando la libreta de matemáticas hasta que me cayó sobre el regazo.
Se la devolví con una mirada de advertencia. No podía atender las dos conversaciones a la vez, por lo que me giré para apoyarme sobre la mesa y le di la espalda a mi hermana, aun sabiendo que no iba a seguir avanzando con los deberes.
—¿Y te ha respondido? —me dirigí a Olivia para retomar el tema de Grace.
—Todavía no.
Me mordí el interior de la mejilla.
—¿Va todo bien? —se preocupó ella ante mi silencio—. Si no te conociera, diría que no te gusta que Grace se haya unido al equipo de voluntarios.
Aún no había encontrado el momento de explicarle lo que Jayden me había contado.
Me sentía tonta y traicionada y, aunque sabía que ella no iba a juzgarme, había una parte de mí que simplemente prefería no pensar en el tema.
Quería retrasar el momento de enfrentarme a Grace lo máximo posible.
¿Cómo iba a decirle que sabía lo mala amiga que había sido?
¿Que no la quería en mi asociación? Solo de pensar en el conflicto me entraban náuseas.
—No es eso —mentí—. Me había descolocado lo de Nash, eso es todo.
—Ya veo. —El tono de Olivia evidenciaba que sospechaba que había algo más. Sin embargo, sus elucubraciones iban en otra dirección—: ¿Qué hay exactamente entre vosotros dos?
—¿A qué te refieres?
—Bueno, se os veía muy cómodos esta mañana en la cafetería.
—Claro. Somos amigos. También estoy cómoda contigo y con Scott.
—Ya, pero se ha tomado el tiempo de escribirme para decirme que le gustaría seguir teniendo sus reuniones contigo —añadió.
Noté una punzada de alivio. Aunque Nash no me hubiera dado señales de que quisiera cambiar de voluntario, verlo antes con Grace había despertado mis inseguridades—.
Y el viernes me dio la impresión de que no le entusiasmaba que fueras a quedar con Jayden. ..
—Sea lo que sea lo que estés insinuando, es una estupidez —le advertí. Empezaba a notar las mejillas calientes, no sabía por qué.
—¿Tú crees?
—Olivia, somos amigos.
—Hay algo más —aseguró.
—Estás montándote historias.
—Nunca me equivoco con estas cosas. Hay algo más.
Puse los ojos en blanco.
—Lo que tú digas.
—¿Por qué no dejas de hablar de Nash? —intervino Lizzie maliciosa, detrás de mí—. ¿Es tu novio? —Soltó una risita.
Lo que me faltaba.
—Ponte a hacer los deberes —la reñí.
—Olivia, ¿Eleonor tiene novio? —Lizzie subió la voz y se puso de pie sobre la silla para acercar la boca al teléfono.
—¿Esa es Lizzie? Dile que todavía no. Lo estoy intentando, pero me lo pones difícil.
—Muy graciosa —bufé, lo que la hizo reír. Necesité lanzarle otra mirada de advertencia a mi hermana para que se sentara de una vez—. Tienes que terminarlos ya si quieres que te los corrija —le dije—. Nos vamos en media hora.
—¿Has quedado con Nash? —indagó Olivia.
—Sí. No quería retrasarlo más después de haberlo dejado plantado por Jayden. —Todavía seguía sintiéndome culpable—. Nash ha sido bastante comprensivo al aceptar cambiar la quedada a esta tarde.
Al volver a oír su nombre, en los labios de mi hermana se dibujó una sonrisita burlona. Procuré ignorarla.
—¿Os veréis en la cafetería? Igual coincidimos allí. Scott y yo habíamos dicho de ir.
—Qué va. Quedaremos en el instituto y después iremos a su casa. —Iba a aprovechar para dejar a Lizzie en sus clases extraescolares de francés.
—¿Vas a ir a su casa?
—Tiene que cuidar de su hermana. Por eso me ha pedido que nos veamos allí. —Y a mí me había parecido bien. Tampoco iba a ponerle pegas después de que hubiéramos tenido que cambiar los planes por mi culpa—. Deja de sacar conclusiones de cosas que no son.
—Pero si no he dicho nada.
—Sé lo que estás pensando.
—O lo que estás pensando tú —canturreó Olivia—. No te voy a juzgar si te gusta, ¿sabes? El chaval es mono. Y simpático. Ya casi le he perdonado que haya faltado a tantas sesiones.
—Olivia, solo somos amigos —repetí.
—Así se empieza...
—Para. Por favor —le supliqué. Iba a ver a Nash en un rato y lo último que necesitaba era empezar a ver cosas donde no las había. Nos llevábamos muy bien, nada más—. ¿No vas a interrogarme sobre lo de esta mañana con Jayden?
—Estaba esperando a que sacaras el tema. Después de lo de Grace...
—Jayden quiere que volvamos a vernos este fin de semana —le conté, sabiendo que le causaría tanto conflicto como a mí.
—¿Estás segura de que quieres seguir por ese camino? —tanteó Olivia con delicadeza—. Entiendo que te gusta desde hace mucho, pero...
—Lo sé.
—¿Crees que Grace de verdad le puso los cuernos?
—Jayden me ha mencionado algo esta mañana. Parecía muy dolido.
Olivia hizo un sonidito de comprensión.
—Ahora entiendo por qué la idea de que sea voluntaria no te gusta.
Siendo sincera, no sé qué aconsejarte. De momento os veis solo como amigos, ¿no?
Puedes seguir quedando con él y ver a dónde te lleva todo.
Pero, si la cosa avanza y tú de verdad consideras a Grace una amiga, en algún momento tendrás que hablarlo con ella.
Solo que Grace no era mi amiga. Si Olivia supiera la verdad, me diría que no le debía nada a una persona como ella. Que, de hecho, lo que se merecía era que la sacara de mi vida del tirón. Las palabras casi se me salieron de la boca. Estuve a punto de contárselo todo. Y entonces mi hermana anunció:
—He terminado.
—Tengo que dejarte, Olivia —me despedí—. Hablamos luego, ¿vale?
Revisé los deberes de Lizzie mientras ella cogía unas galletas para merendar antes de subir a cambiarse.
Un rato después, estábamos ya saliendo por la puerta de casa.
Me atusé el pelo rubio al bajar los escalones del porche y me abroché el abrigo de lana marrón hasta arriba.
Estábamos a principios de noviembre y empezaba a refrescar.
Nash ya nos esperaba fuera cuando llegamos al instituto.
Iba vestido con unos vaqueros, un jersey verde y su anorak rojo de siempre.
Se quitó los auriculares al ver que nos acercábamos.
No entendía por qué me había pedido que nos viésemos allí.
Yo tenía que pasar por la zona para dejar a Lizzie en sus clases, que estaban en la calle de al lado del instituto, pero Nash no tenía necesidad de moverse de casa.
Vivíamos cerca. Podría haber encontrado su dirección yo solita.
—¿Qué tal? —nos saludó a ambas. Se agachó un poco, todo lo alto que era, para dirigirse a mi hermana—. Tú debes de ser Lizzie, ¿no?
Ella frunció el ceño. Me apresuré a presentarlos.
—Así es. Lizzie, él es mi amigo Nash.
—Para ti soy señorita Lizbeth —le soltó la niña.
Nash se incorporó, entre divertido y sorprendido.
—Lizzie, compórtate —la increpé.
—Señorita Lizbeth —accedió Nash—. Encantado.
—¿Sabes que mi hermana no puede tener novio hasta los treinta años?
—A clase. Ya —le ordené a Lizzie. La agarré del brazo para obligarla a cruzar la calle hacia el edificio de sus clases mientras ella se reía con ganas—. Es la última vez que te saco de casa —le gruñí. Por suerte, Nash se había quedado al otro lado del paso de cebra.
—Ese chico te gusta, ese chico te gusta, ese chico te gusta... —canturreó ella. Salió corriendo hacia el interior del edificio antes de que pudiera asesinarla.
Si el objetivo era que entre Nash y yo las cosas no se volviesen incómodas, Lizzie nos había condenado al fracaso. Volví con él intentando no parecer muy avergonzada. Al menos había tenido suerte de que no le hubiera soltado a Nash que Olivia y yo habíamos estado hablando de él.
—Perdona a mi hermana —me excusé al llegar—. Los gemelos siempre hacen bromas y ella las repite como un loro.
—No es mala edad —mencionó Nash—. Los treinta.
Forcé una sonrisa que él me devolvió. Parecía nervioso. Señalé hacia atrás con el pulgar, en dirección a nuestras casas.
Pero dijo:
—Vivo hacia este otro lado.
—Pensaba que éramos vecinos.
Nash se rascó la nuca.
—Me gustan nuestras conversaciones. Y caminar. No me habrías dejado acompañarte si hubieras sabido que vivía lejos.
Tardamos casi veinticinco minutos en llegar a su casa.
Pese a que siempre que estábamos juntos la charla surgía con naturalidad, aquella vez la sentí más forzada, menos espontánea.
Las dichosas palabras de Olivia, sumadas a mi reciente descubrimiento —que Nash daba un rodeo solo para andar conmigo hasta casa—, no dejaban de darme vueltas en la cabeza.
Nash también parecía intranquilo esa tarde. Más que de costumbre. No dejaba de toquetearse los dedos y de rascarse los padrastros de las uñas. Y yo no entendía por qué narices me había dado cuenta, por qué me fijaba tanto en sus gestos.
Vivía en la tercera casa de una hilera de dúplex.
Cruzamos la valla y observé el jardín delantero.
Había una senda de piedra con césped a los lados que conducía al porche.
Se accedía a él mediante una rampa de madera.
Las plantas trepadoras colgaban del techo en el exterior y, junto a la puerta, que Nash solo tardó unos segundos en abrir, había un cartel que rezaba: NORMAS DEL HOGAR: SONREÍR MUCHO, AbrAZARSE TODO EL RATO . ..
—¿Cómo lleva tu lado pesimista tener que ver esto todos los días? —bromeé. Era cursi hasta para mí.