Un amigo gratis 8
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El lunes por la mañana, en la biblioteca reinaba el silencio. Solo se oían el pasar de las páginas de los libros y la respiración de los pocos estudiantes que había en la sala. Eché un vistazo rápido y me di cuenta de que Jayden todavía no había llegado.

Ocupé una de las mesas tratando de no hacer nada de ruido.

Dejé los libros y abrí el de francés. Intenté repasar lo que la profesora Jameson nos había enseñado en la última clase, pero estaba tan nerviosa que notaba los latidos de mi corazón en los oídos.

La puerta se abrió y me volví justo a tiempo para ver a Jayden entrar.

Cuando nuestros ojos se encontraron, me sonrió.

A mí me temblaban las manos.

¿Por qué era tan incómodo que me gustara alguien? ¿Iba a tener que vivir con aquella ansiedad para siempre?

—Hola, Eleonor —susurró al acercarse.

—Hola —respondí con timidez.

—¡Chist! —intervino un alumno.

Ni Jayden ni yo le prestamos atención.

—¿Cómo estás? ¿Puedo sentarme?

—Claro. —Aparté mis libros. Las mesas eran estrechas y di por hecho que Jayden se sentaría enfrente.

Se acomodó a mi lado, con nuestras rodillas tocándose.

Me aclaré la garganta. No quería que nos quedásemos en silencio. Pasé a la página siguiente del libro mientras él sacaba sus cosas.

—¿Por dónde quieres empezar?

—Por donde quieras, la verdad es que estoy bastante perdido. —Abrió un cuaderno sobre la mesa.

De nuevo, me estaba mintiendo. No podía estar perdido; controlaba el idioma y la asignatura. Ver más pruebas de que todo aquello era una pantomima me puso incluso más nerviosa.

—Quizá deberíamos empezar con un repaso de los verbos... —propuse pasando las páginas.

Jayden se acercó más.

—Claro.

Levanté la cabeza y sus ojos verdes conectaron con los míos. Parecían aún más brillantes en contraste con su camiseta blanca. Casi rozaban el turquesa. Aunque no eran, ni por asomo, tan azules como los de Nash.

Nash. Su nombre se clavó con estacas en mi cerebro.

Intenté mandarlo bien al fondo. Habíamos estado hablando por mensaje todo el fin de semana.

Todo había empezado cuando me metí en la cama el viernes y, por un impulso, le escribí para pedirle la playlist que me había prometido esa mañana.

En realidad la playlist me daba igual. Solo quería asegurarme de que no estaba molesto porque lo hubiera dejado plantado.

Él contestó al momento. Me pasó una de sus listas y me dijo que me haría una personalizada con todas las canciones que tenía que escuchar.

Ese día seguimos escribiéndonos hasta las tres de la mañana.

Luego Nash se quedó dormido. Volvió a contestarme el sábado al despertar y la conversación se alargó hasta el domingo por la noche.

Nos despedimos temprano solo porque hoy nos tocaba madrugar.

Esa mañana no me había escrito.

Había descubierto que me gustaba hablar con él. El tiempo se me pasaba volando. Con Nash no tenía que intentar ser perfecta todo el rato. No me pensaba cien veces lo que estaba a punto de decir. Era orgánico y espontáneo. Natural.

Ojalá con Jayden me ocurriera lo mismo.

Me sentía como una idiota cada vez que él estaba delante.

La única ventaja era que, al menos, ese día podía escudarme detrás de mis conocimientos de francés.

Nos pusimos a trabajar en los verbos compuestos y me pasé el resto de la hora intentando ignorar que la rodilla de Jayden seguía pegada a la mía, que a veces nuestros brazos se rozaban, y que, cuando movía la cabeza para mirarlo, él siempre estaba tan cerca que debía contener el impulso de retroceder.

Estaba tan concentrada en no parecer alterada que no me estaba enterando de nada de lo que estudiábamos.

Iba a tener que repasarme todo el temario para el examen cuando llegara a casa.

—No sé cómo eres capaz de llevar todas las asignaturas al día —comentó Jayden al cabo de un rato, mientras copiaba los enunciados de un ejercicio en su libreta—. Con todo lo de tu asociación y demás.

—No es para tanto —expresé tímida.

—Eres muy humilde. Estoy al tanto de la labor que hacéis. Me parece admirable.

—¿De verdad?

—Está claro que eres buena persona. Muy paciente, también. Supongo que no toda la gente que se apunta es fácil de tratar.

—Bueno... —Fruncí los labios; no me sentía cómoda hablando mal de mis socios—, hay de todo, pero la mayoría son simpáticos.

—¿Simpáticos?

—¿Por qué pareces sorprendido?

—¡Chist! —se quejó otro alumno.

—Si alguien es simpático, lo normal sería que no necesitase apuntarse a una asociación como la tuya. Sin ánimo de ofender, ¿eh? Insisto en que me parece que haces una gran labor.

—Hay mucha gente que se siente sola y es buena persona —repliqué.

—Y también mucha que está sola porque se merece estar sola.

Siguió escribiendo. Cerré la boca y decidí no discutir más.

Me daba la impresión de que Jayden no estaba generalizando.

No se refería a todos los socios de Un Amigo Gratis, sino a una en particular.

Aunque se esforzara en disimularlo, estaba claro que Grace le había hecho mucho daño. Por eso parecía tan rígido.

Como si la hubiéramos invocado, el móvil de Jayden vibró en su bolsillo. Lo sacó y alcancé a ver el nombre de la chica en la pantalla antes de que rechazara la llamada. Se disculpó por el ruido con los alumnos que había en las mesas contiguas.

—¿Qué has puesto en la cuarta? —indagué tratando de volver a centrarme en los ejercicios.

—¿No estás de acuerdo?

—¿En qué?

—En que hay gente que se merece estar sola.

Me miraba con intensidad. Tragué saliva.

—No lo sé —admití.

—Perdona. La estoy cagando. No entiendo qué me ocurre.

—Se pasó las manos por la cara, frustrado.

Contuve el impulso de tocarle el brazo para darle ánimos.

Me parecía muy íntimo lo de romper la barrera del contacto físico, aunque él lo hiciera todo el rato—.

Para colmo, estoy seguro de que voy a suspender este examen.

—No creo que suspendas —repuse con sinceridad, aunque sí que cometía algún que otro error con los verbos. Debía aplicarse en ese sentido. Quizá Scott y yo nos equivocásemos y Jayden no supiera tanto de francés. O a lo mejor solo estaba distraído por la ruptura—. Tampoco creo que la estés cagando.

—Gracias por los ánimos.

—De nada.

Jayden me sonrió, aunque el gesto no llegó a sus ojos.

—¿Tú también has oído los rumores?

—Intento no prestar atención a esas cosas...

—Pero ¿los has oído? —insistió.

No me quedó otra que asentir.

Jayden volvió a frotarse la cara.

—¿Puedo preguntarte algo? —Hubo un segundo de silencio—. ¿Tú lo sabías?

—No —atestigüé de inmediato. ¿Creía que yo estaba al tanto de que Grace lo estaba engañando?

—Pero el resto de sus amigas sí.

—Nosotras no tenemos tanta confianza.

—Os veis muy a menudo.

—Solo en las reuniones de la asociación.

—¿Y en ninguna de esas reuniones se le ocurrió contarte que me estaba poniendo los cuernos?

—No me dijo nada —reiteré—. Seguramente sabía que no me parecería bien.

Una parte egoísta de mí se alegraba de que Grace me hubiera mantenido al margen. No habría podido cargar con el peso de tener que elegir entre guardar el secreto o hacer lo correcto.

—Porque tú sí tienes sentido de la moral —alegó Jayden justo cuando yo decidí que estaba a punto de buscar la manera de desviar el tema; a pesar de sus acciones, no me sentía cómoda hablando de Grace a sus espaldas—. No me extraña que te criticase tanto.

—¿Cómo dices?

—Olvídalo. No quiero meter mierda entre vosotras. —Hizo el ademán de girarse hacia el cuaderno, pero a mí ya se me había helado la sangre. Le agarré del brazo para impedirlo.

Jayden miró mi mano en torno a su bíceps. Luego me miró a mí. Y, lentamente, pronunció:

—¿De verdad no tienes ni idea de todo lo malo que Grace iba diciendo sobre ti?

—¿Iba hablando sobre mí? —Yo empezaba a notar una presión molesta en la garganta.

—Presumía de que podía aprovecharse de ti y tú nunca te quejabas.

Al parecer, la ayudabas siempre que te lo pedía y, según ella, esa era la única razón por la que seguía quedando contigo.

Pero no le caías bien. Te criticaba todo el rato.

Hablaba mal de lo que le decías en vuestras reuniones, de tus chistes, de tu aspecto físico, incluso de la ropa que llevas.

Yo siempre le decía que se pasaba de cruel.

Todo lo que comentaba me parecía absurdo.

—Resopló—. Si te soy sincero, siempre he pensado que te tiene envidia. También me habló sobre tu padre.

Sobre mi padre.

¿Grace le había contado lo de mi padre?

La ansiedad se me coló en el pecho e hizo que me entraran ganas de llorar.

Aunque, cuando había sacado el tema con Grace no había entrado en detalles, ella sabía lo duro que había sido que nos abandonara.

De pronto, volvía a tener once años y oía las risas de los niños del colegio.

Me asaltaban con sus comentarios crueles.

«Se ha ido porque no os soporta». «Nadie te aguanta cerca».

«¿Cómo iba a quererte alguien? Si hasta tu padre te odia».

Me imaginaba frases similares saliendo de la boca de Grace, escuchaba los insultos que podía haber proferido hacia mí, las burlas sobre mi aspecto, acerca de mi cuerpo, mi personalidad, mi ropa. Yo pensaba que era mi amiga.

Iba a vomitar.

—¿Estás bien? —Jayden vio la expresión de mi rostro y el suyo se llenó de preocupación—. Oye, no pretendía hacerte sentir mal. Ya te he dicho que a mí lo que decía me parecía una estupidez.

—¿De verdad dijo todo eso? —farfullé. No podía creérmelo.

¿Con qué clase de persona había estado pasando tiempo?

—Lo siento. No debería haberte contado nada —se lamentó Jayden.

—Y después te traicionó a ti —proseguí.

—No es una buena persona.

—No me puedo creer que haya vivido tan engañada.

Sonó la campana que anunciaba el cambio de clase. Varios alumnos se levantaron. Hice lo mismo. Necesitaba salir de allí y encerrarme en el baño a respirar. O a llorar. O a intentar sacarme lo que me estaba apretujando el corazón.

Jayden también se puso de pie y me tocó el hombro con delicadeza. Me volví hacia él tratando de contener las lágrimas.

—Que Grace te critique es un cumplido. Hay personas a las que es preferible no caerles bien.

—Gracias por contármelo —me limité a decir.

—¿Nos vemos mañana a la misma hora?

Eso me pilló por sorpresa. Retrocedí para que me soltara. Jayden tenía mucha confianza en sí mismo y sus intenciones estaban cada vez más claras.

—No creo que sea una buena idea.

—¿Por qué no? ¿Por Grace? —cuestionó—. Sinceramente, que le den.

—Mañana no tengo hora libre —le di largas.

—¿Y por la tarde?

Negué. Había quedado con Nash. No iba a dejarlo plantado otra vez.

—Pues nos veremos el fin de semana. ¿Tienes mi número? —Ante mi silencio, extendió la mano para que le diera mi móvil. Lo hice, con cuidado de que la bibliotecaria no nos viera. Él tecleó rápidamente y me lo devolvió—. Ahora lo tienes.

—Vas a aprobar francés —le aseguré mientras volvía a guardarme el teléfono. Aún seguía caliente por su tacto—. No necesitas mi ayuda.

—Pero quiero tu ayuda.

Me sonrió y eso nos sirvió como despedida. Salimos al pasillo. Jayden se fue directo hacia su clase y yo lo dejé atrás y doblé la esquina para buscar el baño.

Iba con la cabeza gacha, caminando rápido, mientras las emociones se me arremolinaban dentro. Pestañeé para contener las lágrimas. No iba a llorar delante de todo el mundo. Volví a girar y me di de bruces contra alguien que iba en dirección contraria.

Era Nash, que me agarró de los hombros para evitar que me cayera. Siempre aparecía en el momento adecuado. Su mirada encontró la mía y me leyó como a un libro abierto.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Estás bien?

Negué varias veces, con los ojos ya húmedos.

Iba a desmoronarme ahí mismo.

Y entonces oímos otra voz en el pasillo.

—¡Eleonor! ¡Aquí estás! —Grace Dunne apareció detrás de él.

Tenía una sonrisa brillante que hacía días que no le veía—.

Así podré contarte la noticia en persona.

Como sé que Olivia y tú necesitáis ayuda con la asociación, he pensado en unirme.

Ya sabes, como voluntaria. ¡Ya he entregado mi ficha!

¿No es fantástico? Olivia ha tenido que cambiar las listas, pero está muy contenta porque por fin va a poder quitarte un poco de trabajo.

—Se volvió hacia el chico y le tocó el brazo—.

Justo estaba diciéndole a Nash que he visto su nombre en mi lista.

¡Estaba deseando conocer a mi nuevo socio!