Un amigo gratis 7 #2
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7 #2

—Perdona a mis amigos. Son un poco... especiales. Acabaréis congeniando. Espero.

Para mi sorpresa, Nash sacudió la cabeza.

—Son transparentes, como tú —respondió—. Me gusta.

Entendía a lo que se refería. Para mí Olivia y Scott también eran como láminas de vidrio. Con ellos no había sorpresas ni hipocresía; dejaban ver todo lo que eran, aunque eso alejara a algunas personas. Me gustó que Nash viera en mí la misma cualidad que yo veía en ellos.

No me ocurría con él. Nash no era transparente; tenía muchas capas, como una cebolla. Eso también me parecía interesante. Al deshacerme de las primeras, había descubierto a alguien que empezaba a convertirse en un amigo. No podía esperar a ver qué había más adentro.

—Eleonor me dijo que te encantaba la música —le comentó Scott a Nash—. ¿Cuál es tu grupo favorito?

En ese momento vi a Jayden entrar con Carl y Eric en la cafetería y todo lo sucedido antes regresó a mi mente. El corazón me repiqueteó contra las costillas.

—No lo sé. —Nash parecía algo tenso. Su timidez debía de estar aflorando de nuevo.

—Vamos —le insistió Scott—, aquí respetamos los gustos musicales de la gente.

—Menos los míos —le recriminó Olivia.

—Te pasaste dos semanas cantando el setlist completo de Hannah Montana cada vez que quedábamos.

—¡Son las canciones de mi infancia!

Me encogí sobre mí misma. Aunque hacía lo posible por no mirar a Jayden, mis cinco sentidos estaban pendientes de él.

Sabía exactamente en qué punto de la cafetería se encontraba.

No tardaron casi nada en llenar sus bandejas y ponerse a buscar mesa.

Por suerte, escogieron una bastante alejada de la nuestra.

Un hombro chocó con suavidad contra el mío.

—¿Y bien? —me instó Nash.

Parpadeé. Había desconectado de la conversación.

—Perdona, ¿qué decías?

—Quería saber si seguía en pie la quedada del lunes. Me dijiste que tú también tenías una hora libre —añadió al ver que yo seguía confundida.

Se me cayó el alma a los pies.

Me había sorprendido tanto que Jayden me invitara a estudiar que había olvidado por completo que ya había quedado con Nash.

—Tendréis que dejarlo para otro momento... —Olivia y su tono burlón se me adelantaron.

Ahora era Nash quien parecía perdido.

—Le ha surgido otro asunto —le explicó Scott, que también sonreía cómplice—. Seguro que podréis reubicar la reunión.

—No será necesario —intervine—. Me había comprometido contigo, así que la reunión sigue en pie.

—¿Estás de broma? —me soltó Olivia—. No puedes dejar plantado a Jayden.

—Estoy de acuerdo. Seguro que a Nash no le importa que os veáis el lunes por la tarde. O este fin de semana —la apoyó Scott.

Hubo un silencio corto. Yo tenía el pulso acelerado. Los ojos de Nash encontraron los míos.

—¿Te refieres a Jayden Moore?

Asentí, con las mejillas calientes.

—Me ha pedido que nos veamos el lunes para repasar para un examen —le conté con un hilo de voz—. Pero puedo cambiarlo.

Nos miramos un segundo. Había algo en su rostro que no era capaz de descifrar. Finalmente, forzó una sonrisa y se giró hacia el frente.

—No hace falta —contestó con amabilidad—, ve con él. Quedaremos otro día.

—¿De veras? —Yo no estaba convencida.

—Nash sabe lo importante que es este momento —se burló Scott—. Hazle caso.

Olivia le dio un golpe en el brazo para acallarlo, pero ya de poco servía.

Entre las bromitas de mis amigos y mis nervios, era imposible que Nash no hubiera atado cabos sobre lo que me pasaba con Jayden.

La situación me parecía incomodísima. No solo porque me diera vergüenza.

Había algo dentro de mí que se estrujaba ante la idea de hablar de esto delante de Nash.

No parecía lo correcto. Y, a juzgar por la rigidez que todavía torturaba sus hombros, él tampoco disfrutaba precisamente de la conversación.

—De veras —insistió, al notar que yo aún lo observaba. No me devolvió la mirada. Removía su plato de sopa—. Ve con Jayden. Quedaremos otro día. Este fin de semana no puedo, pero ya encontraremos un hueco.

Acepté, obligándome a sonreír también.

—Gracias.

Olivia nos observaba con la frente arrugada. Por suerte, sabía leer entre líneas mucho mejor que Scott. Decidió cambiar de tema.

—Entonces, ¿cuál es tu banda favorita? —le preguntó de nuevo a Nash.

—The Neighbourhood —respondió él.

—¿En serio? —se sorprendió Scott—. A mí también me encanta.

Olivia asintió con intensidad.

—Su segundo disco es la leche.

—Estoy de acuerdo —se atrevió a opinar Nash—, aunque me quedo con el debut.

—Nash, ¿qué opinas de Hannah Montana? —cuestionó entonces mi amiga.

Él casi se atragantó con el zumo que estaba bebiendo.

—Me parece que hace música de lo más respetable —admitió tosiendo, bajo la atenta e intimidante mirada de Olivia. Casi podía verlo sudar—. Mi hermana pequeña está obsesionada con sus canciones, así que debe de ser buena.

—Y tú te las sabes todas. —Ahora Olivia sonreía.

—Solo las más famosas.

Olivia se echó a reír.

Scott arrugó la frente, todavía atascado en las declaraciones previas.

—¿Cómo vas a preferir el primer disco de The Neighbourhood al segundo?

El debate surgió en la mesa. Olivia estaba de acuerdo con Nash.

Yo nunca había escuchado a la banda. Nash me dijo que me pasaría una playlist con las mejores canciones.

La charla saltó de ellos a Imagine Dragons, a Coldplay, al concierto que unos imitadores de Queen celebraban en la ciudad en un par de semanas y al hecho de que todos nos moríamos por ir.

Scott se ofreció a comprar las entradas si se las pagábamos por adelantado.

Le preguntó a Nash si quería venir. Él vaciló, pero terminó aceptando.

Esa tarde Scott compró cuatro entradas y nuestro grupo dejó de ser de tres.