7
Le había dicho que sí.
Todavía me duraba el aturdimiento cuando llegamos a la cafetería, que ya estaba a rebosar de alumnos hambrientos.
Scott se había llevado comida de casa ese día, así que me dejó en la fila para pedir y fue a sentarse con Olivia en nuestra mesa de siempre.
Estaba segura de que iba a aprovechar esos minutos de ventaja para ponerla al día de lo que había pasado y que Olivia pudiera hacerme su propio interrogatorio.
Habría preguntas que seguro que yo no iba a saber responder.
Jayden nunca antes había mostrado ningún tipo de interés en mí.
¿Por qué eso había cambiado de un día para otro?
¿Sería por Grace? Hasta el domingo pasado, cuando fue a recogerla a nuestra reunión, no tenía claro ni que él supiera cómo me llamaba.
Y eso que compartíamos clase de francés.
Mientras esperaba sola mi turno en la cola, pensé que tenía que atenerme a la lógica: Scott no podía tener razón.
Seguramente lo había malinterpretado todo.
Él estaba al tanto de mi obsesión con Jayden y por eso había exagerado sus intenciones conmigo.
Jayden acababa de salir de una relación.
De una relación con alguien que era mi amiga .
No estaba ligando conmigo. Solo necesitaba ayuda para aprobar el examen de francés.
Sin embargo, aunque Jayden no se hubiera fijado nunca en mí, yo sí había estado muy pendiente de él.
Sabía que siempre sacaba buenas notas en francés.
Intentaba mantener esa idea lejos de mi cabeza —que Scott pudiera estar en lo cierto, que todo hubiera sido una pantomima de Jayden para pasar tiempo a solas conmigo— porque me aceleraba el corazón.
Provocaba que me sudasen las manos. Que notase vértigo en el estómago, como si estuviera en una montaña rusa.
También me hacía sentir mal conmigo misma.
Grace parecía destrozada antes, en clase.
Y yo había quedado para el día siguiente con su ex.
Me mordí las uñas. No dejaba de lanzar miradas a la puerta por si aparecían Jayden o ella. Me sentía muy expuesta allí en la cola, lejos de mis amigos.
Una figura alargada se coló en mi campo de visión. Nash acababa de entrar en la cafetería y se dirigía a la mesa donde siempre almorzaba solo. Sin pensar, alcé la mano para llamar su atención. Él vaciló un segundo, pero terminó cambiando de rumbo y acercándose a mí. Sentí que volvía a respirar.
Se detuvo a mi lado sujetando la correa de su mochila. Llevaba unos vaqueros grises y una sudadera negra que le venía algo grande.
—¿Quieres sentarte a almorzar con nosotros?
—¿Con tus amigos? —Nash miró en dirección a nuestra mesa—. ¿No les importará?
Negué. Nash y yo nos habíamos visto bastante durante esa semana.
Aunque solo habíamos tenido una reunión, él solía pasear a su perro por la zona del instituto, donde yo siempre quedaba con mis socios.
Habíamos coincidido allí el domingo y luego otras tres veces más.
En todas se había ofrecido a acompañarme a casa.
Me alegraba que viviéramos cerca. Era agradable caminar con él.
Empezaba a considerarlo un amigo. Y su perro, Dash, era adorable.
Ahora que Olivia sabía que Nash y yo empezábamos a entendernos, ya había dejado de criticarlo. A Scott tampoco iba a importarle.
Nash no tenía por qué sentarse solo en la cafetería. No ahora que nos tenía a nosotros.
—Eres bienvenido en nuestra mesa. Les caerás genial —le aseguré.
—Siempre tan optimista.
—Y tú siempre taaaan pesimista.
Me dedicó una sonrisa suave. Sus ojos azules parecían cansados. Pese a ello, a diferencia de lo que ocurría en nuestras primeras conversaciones, se notaba que se sentía cómodo conmigo.
Vimos pasar a un chico con un filete de pescado reseco y sin alma.
—Odio la comida de la cafetería —comenté.
—No deberías decir eso aquí. —Nash tenía su hombro pegado al mío para que pudiéramos oírnos por encima del ruido—. La cocinera es muy sensible. Podría ponerte gato en la sopa en vez de ternera.
—Yo no tomo sopa —aclaré estremeciéndome.
—¿Por qué no? Está buenísima.
—¿No has oído lo de que lleva carne caducada?
Su rostro se llenó de humor. Debía de tener las papilas gustativas tan atrofiadas como Scott.
—Eleonor, no me digas que eres de las que se creen todos los rumores.
—Nash, no me creo todos los rumores —repliqué usando su nombre con el mismo retintín con el que él había pronunciado el mío—, solo los que involucran a la cocinera.
—Eleonor —repitió él—, existe algo llamado «controles de sanidad».
—Y esta comida no pasaría ninguno.
—Pobre cocinera. La criticas todo el rato. Ahora entiendo por qué te odia.
En nuestro último paseo, le había contado lo de la señora Duncan y los cubiertos de plástico.
—Ya me odiaba de antes —tercié.
—Lo dudo.
—¿Lo dudas?
—Objetivamente, eres una persona difícil de odiar.
Me lo tomé como un cumplido. Uno que me hacía gracia.
—¿Lo dices con conocimiento de causa? —indagué divertida.
Nash suspiró, siguiéndome el rollo.
—Por desgracia.
—O sea que intentaste odiarme y no pudiste.
—Exacto. Y normalmente me resulta fácil. Odio a casi todo el mundo.
—Menos a mí.
—Es porque sonríes todo el rato —dijo.
—¿Qué?
—Me distrae.
Lo soltó como quien expone los resultados científicos de un experimento en el que lleva tiempo trabajando. La fila avanzó y me agarró suavemente del brazo para que nos moviéramos con ella.
—Justo así —añadió. Era cierto que yo notaba los labios tirantes—. Lo estás haciendo otra vez.
—¿Quieres que me ponga seria?
—¿Puedes hacerlo sin que se te muera algo por dentro?
Solté una carcajada. Nash puso los ojos en blanco, aunque vi de reojo que él sonreía también. Por fin llegó nuestro turno para pedir.
Como era habitual, la cocinera me miró con cara de pocos amigos en cuanto cogí mi bandeja y la puse sobre el mostrador. Me plantó dos filetes requemados de pescado. Después se dispuso a agarrar el cucharón de la sopa verdosa y, por primera vez, me atreví a decirle:
—No quiero sopa. Prefiero ensalada. Gracias. —Le ofrecí una de mis sonrisas, por si tenían el mismo efecto en ella que en Nash.
Frunció el ceño, molesta. Supe que no iba a funcionar.
—¿No quieres sopa? —gruñó. Sentí el impulso de agarrar mis cubiertos de metal para que no me los quitara.
Entonces Nash, que iba justo detrás de mí y, hasta ese momento, me había parecido la persona más tímida del planeta, dio un paso al frente.
—Ha descubierto que es alérgica al calabacín. Por eso ya no puede tomarla. —Suspiró como si fuera una auténtica pena—. Créame, la pobre ya sabe lo que se pierde.
La mujer alternó la vista entre ambos con desconfianza. Finalmente, relajó los hombros y me sirvió ensalada. Esperé, alucinada, hasta que Nash tuvo ya su tazón de sopa y sus filetes de pescado —la cocinera seleccionó para él los que parecían más apetitosos—, y echamos a andar juntos hacia la mesa.
—¡La cocinera te adora! —exclamé en voz baja.
—No me odia, que es diferente. Y ahora a ti tampoco. Uno tiene que saber jugar sus cartas. —Me miró de soslayo. Parecía orgulloso de verme tan impresionada—. De nada —añadió con humor.
—¿Cómo sabías que la sopa llevaba calabacín? —La había probado unas cuantas veces y me había resultado imposible identificar los ingredientes.
—No lo sabía, pero ha funcionado, así que debe de llevar.
No tardamos nada en llegar junto a mis amigos. Esa mañana Olivia llevaba sus gafas de pasta negras y una cinta con flores que le mantenía el flequillo a raya. No interrumpieron su conversación ni cuando Nash y yo nos sentamos.
—Nash almorzará a partir de ahora con nosotros —me limité a informarlos—. Ha conseguido que la cocinera ya no me odie. —Ahí sí, los dos nos miraron.
—¿Qué clase de brujería es esa? —dramatizó Olivia.
—Alucinante. Por cierto, me llamo Scott. —El pelirrojo le ofreció una mano a Nash—. Veo que has pedido sopa y eso significa que tienes buen gusto. Puedes quedarte.
Nash, que parecía bastante intimidado, acabó estrechándole la mano. Scott se la soltó y se puso a comer.
—Te dije que sería fácil —le recordé al castaño.
—¿Vas por ahí llamándonos «facilones»? —protestó Scott.
—Te ha ganado con una sopa. Eres un facilón —le contestó Olivia.
Acto seguido, se volvió hacia Nash—. Yo soy Olivia, la encargada de elaborar las listas de Un Amigo Gratis.
Hemos hablado alguna vez. La próxima vez que vayas a dejar a mi amiga plantada, agradecería que al menos avisaras con antelación.
El corazón me dio un vuelco.
—Olivia... —intenté detenerla.
Ella me acalló levantando una mano.
—Comprendo que tendrías tus razones para no venir y que igual te surgió algo de última hora.
Todas las veces —escupió, con cierta ironía—.
Pero Eleonor le dedica mucho tiempo a esta asociación y a mí no me gusta que desvaloricen su esfuerzo.
Así que, como ella no te lo va a decir, te lo advertiré yo: vuelve a faltarle el respeto así y estás fuera. ¿Entendido?
—Entendido. —Nash no dejaba de dar golpecitos nerviosos a la mesa. Se giró hacia mí arrepentido mientras yo rezaba porque la conversación acabara de una vez—. Lo siento mucho —murmuró.
—Así me gusta —expresó Olivia—. Aunque deberías haber hecho eso antes.
—Olivia, ya se había disculpado —le aclaré yo entre dientes—. Por eso estaba intentando que parases.
—¿En serio? —Ella arrugó la frente—. ¿Por qué no me lo habías contado?
—Sí que lo hice. —Y las dos éramos perfectamente conscientes de ello.
—Pues se me había olvidado. En fin, Nash, advertido quedas. Tú y yo no somos amigos, pero lo seremos, siempre y cuando te portes bien con Eleonor y mantengas esa sopa asquerosa lejos de mí. —Ahora fue su turno de tenderle la mano al chico—. ¿Trato hecho?
—Trato hecho. —Y aceptó la mano de Olivia.
Una vez terminadas las presentaciones, Olivia y Scott se sumergieron de nuevo en su conversación. Estaban sentados a un lado de la mesa y Nash y yo, al otro. Con un suspiro, me deslicé por el banco para estar un poco más cerca de él.