La primera vez que Nash acompañó a Eleonor a casa
La primera vez que Nash acompañó a Eleonor a casa
Ocurrió dos días más tarde.
Eleonor acababa de terminar una reunión con Grace Dunne.
Grace era una chica insegura que además estaba pasando por el divorcio de sus padres.
Eleonor solo llevaba unos cuantos meses quedando con ella.
Quería considerarla una amiga, aunque, a diferencia de como ocurría con sus otros amigos —y como estaba empezando a ocurrir con Nash—, su relación no era bidireccional.
A Grace no le importaban los problemas de Eleonor.
No le hacía preguntas acerca de su vida.
Cada vez que quedaban, todas las conversaciones giraban en torno a ella.
Eleonor lo entendía. Grace tenía mucho con lo que lidiar. Necesitaba a alguien con quien desahogarse y a ella no le importaba ser esa persona. Se le daba bien escuchar. Y quizá también dar consejos.
No obstante, aquel domingo Grace empezó la reunión con un:
—Creo que Jayden va a romper conmigo.
Y esa fue la primera vez en la que Eleonor no supo qué decir.
Intentó convencerla de que estaba siendo pesimista, de que Jayden la quería y no tenía motivos para dudar así de su relación.
A continuación probó con que, si era verdad que rompían, eso no tenía por qué suponer el fin del mundo: Grace seguiría adelante.
Solo necesitaría algo de tiempo para volver a reconectar consigo misma.
Y poco a poco fue quedándose sin excusas y sin frases motivacionales que soltarle y empezó a ser consciente de que Grace, su amiga —¿amiga?
— Grace, que odiaba pasar tiempo en casa ahora que sus padres no vivían juntos, era posible que pronto tuviera otro problema al que enfrentarse.
Mientras tanto, Eleonor seguía pensando en Jayden.
Y odiaba pensar en Jayden. En su pelo castaño y corto, sus bonitos ojos verdes, en lo melódica que le parecía su risa cuando la oía desde la última fila de la clase de francés. Llevaba dos cursos colada por él y seguía sin ser capaz de sacárselo de la cabeza.
Ese día Jayden fue a recoger a Grace al café Daiana, el local junto al instituto en el que Eleonor y ella habían quedado.
Grace se despidió de ella con una sonrisa, entrelazó la mano de Jayden con la suya —él no parecía estar a punto de romper con nadie; le había sonreído a Eleonor mientras le decía: «Tú eres Eleonor, ¿verdad?
Siento lo que pasó con Carl el otro día».
Luego ella había tenido que soportar la vergüenza de oír a Jayden contándole a Grace la historia del escupitajo; a ellos les parecía graciosa, a Eleonor, no tanto— y se marcharon juntos calle abajo.
Eleonor los observó, envuelta en su abrigo de lana marrón. Se preguntó si algún día ella encontraría el amor también.
Y entonces sintió que algo peludo le rozaba la pierna.
—¡Dash, espera!
Nash Anderson sacaba a su dálmata a pasear tres veces al día.
Por la tarde le daba el paseo largo; caminaba dos manzanas hasta el instituto y volvía dando un rodeo por detrás del parque.
Era normal que Nash se cruzase con compañeros de clase.
El barrio solía estar concurrido, pero su perro Dash estaba acostumbrado a ir suelto.
Sidney decía que sabía captar la verdadera esencia de las personas y por eso nunca se acercaba a nadie del instituto de Nash.
Ese día, el perro corrió hacia Eleonor.
Y detrás fue Nash, corriendo también.
—¡Mierda, lo siento! —exclamó—. ¿Te dan miedo los animales? Espera, puedo...
—Qué va. Me encantan.
El dálmata ya estaba tumbado bocarriba, revolviéndose feliz bajo las caricias de la chica.
Nash respiró con alivio. Acto seguido, se metió las manos en los bolsillos, nervioso. La presencia de Eleonor lo alteraba más de lo que estaba dispuesto a admitir y últimamente parecían encontrarse en todas partes.
—¿Qué haces aquí? —se interesó Nash mientras veía cómo ella le rascaba la barriga al perro—. Hola, por cierto.
Dash empezó a mover la pata de atrás del gusto.
«Qué rápido caes», pensó Nash.
—Tenía una reunión con una amiga —respondió Eleonor. A Nash le gustó que intentara no decir socios y voluntarios delante de él, aunque comprendía que Olivia y ella necesitaran una forma de categorizarlos—. Grace Dunne. ¿La conoces? Es simpática.
Nash la conocía, sí.
También conocía a su novio.
—Ajá —se limitó a contestar.
—¿Vives por aquí cerca? —le preguntó Eleonor.
—A un par de manzanas. A Dash le gusta que paseemos por esta zona.
Ella soltó una risita.
—Espera, ¿tu perro se llama Dash?
A Nash le gustaba oírla reír. También le gustaba que Eleonor siempre parecía reírse con él, no de él. Con ella, últimamente casi nunca se sentía inseguro.
—Mi hermana le puso el nombre.
—Tu hermana, ¿la que te llama cuando estornuda?
—La misma. —A Nash le hizo sonreír esa broma interna que ahora existía entre ellos—. Como ves, tiene imaginación de sobra.
Eleonor se incorporó y Nash se dio cuenta de que llegaba el momento de la despedida.
La chica iba cargada con su mochila y sus cuadernos y seguramente estaba deseando llegar a casa.
Él tenía que volver para ponerle de comer a Dash y terminar el trabajo de historia que el profesor Clarke les había mandado esa mañana.
Nash llevaba toda la tarde agobiado con él.
Sin embargo, cuando ella dijo:
—Debería irme antes de que anochezca.
Nash preguntó:
—¿En qué dirección vas?
Ella señaló a la izquierda.
Él tenía que ir para la derecha.
Pero no quería decirle adiós todavía.
—Qué coincidencia. Yo también vivo por allí —mintió.
—¿De veras? —El rostro de Eleonor se iluminó con una sonrisa.
—Te acompaño a casa, si quieres.
Empezaron a caminar juntos y, aunque Nash solía disfrutar del silencio, no tardó nada en buscar un nuevo tema de conversación:
—Y ¿tienes hermanos?
Ese día Nash se enteró de que Eleonor era la mediana de su familia.
Tenía una hermana tres años más pequeña que Sidney.
También descubrió que vivía a veinticinco minutos andando del instituto.
Cuando la dejó en su casa, Nash se puso los auriculares y tardó catorce canciones —siete más de lo habitual— en regresar a la suya.
Como se había retrasado, tuvo que trasnochar para acabar el trabajo de historia.
Pero no dejaba de pensar en si al día siguiente, cuando Dash y él pasaran de nuevo por la cafetería, se encontrarían con Eleonor otra vez.