Un amigo gratis 5 #2
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5 #2

No lo estaba. Primero, porque Nash parecía incómodo y avergonzado y, aunque hacía un segundo estuviera muy enfadada con él, ahora no me gustaba nada verlo así. Y, segundo, porque me daba la impresión de que había algo más, algo que pesaba en sus ojos azules y él no me estaba contando.

Respetaría su silencio. No me debía nada más allá de una justificación para su ausencia del día anterior. Y ya me la había dado.

Aunque no era en absoluto lo que esperaba.

—Siento que hayas tenido que pasar por eso, Nash —dije con sinceridad. No querría estar en su situación. Debía de ser muy doloroso ver a la persona a la que quería paseando de la mano con otro por el instituto. Más aún si ese otro había sido el tipo con el que se había cargado la relación.

—Ya. —Nash se aclaró la garganta—. Yo siento lo de ayer. No era mi intención que sintieras que no valoro tu tiempo. Los vi y entré en pánico. Eso es todo.

Como la mayoría de las cosas en la vida, el comportamiento de Nash no había sido nada personal contra mí.

Tenía todo que ver con él mismo, con sus miedos, sus problemas y sus inseguridades, y nada que ver con la relación de amistad —¿amistad?

— que manteníamos. Todos los días se aprendía algo nuevo.

A mí me vendría bien grabarme esa moraleja en la cabeza.

Nash suspiró y se dejó resbalar de espaldas por la pared llena de taquillas hasta acabar sentado en el suelo. Tras vacilar un momento, hice lo mismo.

—Podrías habérmelo dicho —comenté—. Que preferías que no nos viésemos allí. No me habría importado salir y que fuésemos a otro sitio.

—No me gusta —terció él— lo de hablarles de mis problemas a los demás. Me hace sentir vulnerable.

—Te entiendo. A mí tampoco me gusta.

Entonces, Nash hizo algo inesperado: soltó una risita y sus hombros vibraron levemente.

Lo miré entre divertida y ofendida.

—¿Te estás riendo de mí?

—No, me reía de la situación. No te veía como alguien que esquivara la vulnerabilidad. —Por lo de que dirigía Un Amigo Gratis y todo eso. Lo pillé al instante.

—Pues lo hago. Y además quiero ser psicóloga. Eso es aún más irónico.

Nash me miró de reojo. Tenía las piernas muy largas. Incluso ahora que estábamos sentados, se seguía notando nuestra diferencia de altura.

—Serías muy buena psicóloga —mencionó.

—¿Tú crees?

—Por lo general no me abro con nadie.

«Y me he abierto contigo». Aunque hubiera sido solo un poco. Leí el mensaje entre líneas y noté algo cálido en el pecho.

—Bueno, que te haya perseguido por el pasillo seguro que ha tenido algo que ver.

—Eres terroríficamente rápida —me siguió el rollo.

Sonreí.

Él sonrió también.

Miré el pasillo vacío. Era la hora del almuerzo y todos los alumnos estaban ya en la cafetería. Lo más adecuado habría sido volver, comer algo antes de que se retomaran las clases, explicarles a Olivia y a Scott que Nash y yo habíamos llegado a entendernos, más o menos.

Pese a ello, no me moví.

—A veces me gustaría que no me afectara tanto, ¿sabes?

—confesó Nash—. Ver a Agatha con Carl. No es que la eche de menos.

Ya la he superado. Pero me hace sentir muy.

.. ingenuo. Me engañó dos veces, Eleonor.

La perdoné la primera porque me prometió que me quería y que no volvería a pasar.

Y, aun así, volvió a traicionarme en cuanto se le presentó la oportunidad.

—Es normal que te afecte. —No me entraba en la cabeza cómo Agatha había sido capaz de hacerle eso. En la voz de Nash se atisbaba mucho dolor.

Dolor que había sido amor un día.

—De ella aprendí que lo mejor es no confiar en nadie —siguió.

—Eso es un poco injusto para el resto del mundo, ¿no crees?

—El mundo nunca ha sido justo conmigo, así que ¿por qué tendría yo que serlo con él?

—Qué pesimista —comenté. Con eso me gané su mirada llena de interés—. El mundo no es justo con casi nadie. —No lo había sido conmigo ni con mis hermanos y, sobre todo, no lo había sido con mi madre—. Si todos nos enfrentáramos a él con esa actitud, vagaríamos por ahí como almas en pena.

—A mí me gusta ser un alma en pena.

—Ya veo.

Chocó su hombro con el mío, de broma. Quizá la que tenía razón era yo, y Nash y yo sí que íbamos a poder ser amigos.

—No me gusta que la gente entre y salga de mi vida como si nada —admitió.

Nash debía de sentirse muy solo. Por eso afirmaba que le costaba mostrarse vulnerable y, aun así, se estaba abriendo conmigo. Eso tampoco era personal. Necesitaba a alguien con quien hablar y yo solo era quien estaba delante.

Me gustaba, de todas maneras. Lo de tener la oportunidad de conocerlo un poco más.

—Creo que es algo a lo que uno tiene que acostumbrarse —reflexioné—. Los humanos somos como puentes levadizos.

—No entiendo a qué te refieres.

—Es un cuento que escribí una vez. Imagina que tu vida es un río.

Un río que conduce a una ciudad protegida por un puente levadizo.

Hay barcos que llegan y barcos que se van y, cada vez que alguno quiere marcharse, es tu responsabilidad levantar el puente —le expliqué—.

Hay barcos y barcos, claro está. Por un lado, están los pequeños, esos que representan a tus conocidos.

Son personas que pueden entrar y salir sin que te afecte porque caben por debajo del puente.

Luego están los medianos. Son personas más importantes para ti.

Tu grupo de amigos, algún familiar más lejano.

Uno tiene que maniobrar un poco para dejarlos marcharse.

Y, por último, están las grandes embarcaciones.

Los cruceros turísticos. Tus padres, tus hermanos, tus mejores amigos, tu pareja, incluso; aquellas personas que forman una parte esencial de tu día a día y sin quienes crees que no podrías vivir.

Con ellos levantar el puente no sirve para evitar el dolor.

Son tan grandes que sus bordes seguirán chocando contigo.

Te romperán un poco. Perderás trozos. Es inevitable.

—Pero sería peor si no levantaras el puente —dijo Nash. Y yo asentí.

—No puedes obligar a alguien a quedarse en tu vida si ya ha decidido que se va a marchar.

Acabará yéndose de todas formas y, en el proceso, destruirá tu puente y te destruirá a ti.

Es mejor levantar las compuertas, aunque duela, y dejar espacio en el río.

Siempre hay nuevos barcos por venir. Nuevas oportunidades, nuevas personas.

Nuestro río seguirá cambiando hasta el día que nos muramos.

¿Por qué íbamos a luchar contra eso? —cuestioné—. Si es de lo más emocionante.

Terminé de hablar y Nash todavía me miraba en silencio. Me pregunté qué estaría pensando.

Transcurrieron unos segundos y, en medio del pasillo vacío, con las taquillas verdes desgastadas del instituto como testigos, me dijo:

—Chuck.

Lo observé confundida.

—¿Qué?

—Chuck —repitió—. Ese es mi segundo nombre. Me llamo Nash Chuck Anderson. —Se tocó la frente, suspirando—. Sidney, mi hermana pequeña, me llamaba Ashu cuando éramos niños. Le hacía gracia porque suena igual que cuando alguien estornuda. Ridículo, lo sé.

Se me escapó una risa de sorpresa.

Mientras Nash todavía me sostenía la mirada, me aclaré la garganta y le tendí una mano.

—Encantada, Nash Chuck Anderson. Permíteme decir que tu hermana tiene mucha imaginación.

Aunque dudó un instante, acabó estrechándome la mano.

—Puedes estar segura. —Volvió a sonreírme, de esa manera tímida en la que Nash sonreía por aquella época; con los labios fruncidos y un par de hoyuelos en las mejillas—. Encantado, Eleonor Frida Taylor. Bienvenida al río de mi vida.