Un amigo gratis 5
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—No me lo puedo creer. —Olivia resopló con indignación—. ¿Te ha dejado plantada otra vez?

Cerré la taquilla y me la encontré mirándome con las cejas alzadas.

La vergüenza se me coló en el estómago. Había retrasado el momento de contárselo porque sabía que me miraría así, como si estuviese conteniéndose para no soltarme: «Te lo dije, te dije que no era de fiar, que eras demasiado buena.

Te lo dije, te lo dije, te lo dije». Cuatro días habían sido lo máximo que había conseguido aguantar.

No podía seguir dándole largas cada vez que me preguntaba cómo iban mis sesiones con Nash.

No había habido más sesiones con Nash.

—No me dejó plantada —musité de todas formas. Lo curioso es que no trataba de justificarlo a él, sino a mí, por haber sido lo bastante tonta como para confiar en que su comportamiento cambiaría—. Me avisó antes de la reunión de que no iba a poder venir.

—¿Cuánto tiempo antes?

Ahí sí que me vine abajo.

—Cinco minutos.

—Seguro que ya estabas esperándolo cuando te llegó el mensaje —adivinó Olivia, que estaba que echaba humo—. Se acabó —decretó—. Si tú no pones límites, lo haré yo. Nash Anderson queda fuera de la asociación. Desde ahora y para siempre.

Esta vez no pude replicar. Le había dado oportunidad tras oportunidad y él seguía sin tomarse la asociación en serio.

El lunes de esa semana se había acercado a hablar conmigo en el aula de francés, había sido simpático y me había escrito esa misma tarde para saber si me venía bien quedar al día siguiente.

Yo tenía que estudiar para un examen, pero me había organizado para poder decirle que sí.

Y, cuando ya estaba sentada el martes en el café Daiana, el lugar en el que habíamos acordado vernos, cinco minutos antes de la hora, me escribió para disculparse y decirme que no podía venir.

La humillación habría sido menor si al menos hubiera estado sola en el local.

Como siempre, había elegido una ubicación cercana al instituto, así que muchos de nuestros compañeros también se encontraban allí.

Entre ellos, Jayden, Grace y el resto de su grupo.

Tuve la suerte de escabullirme antes de que Grace se acercara a saludarme, me preguntara a quién estaba esperando y todos supieran que me habían dado plantón.

No entendía por qué Nash se comportaba de esa forma. Yo había tenido en cuenta sus comentarios sobre la asociación e incluso había implementado los cambios necesarios, ¿y aun así no le parecía suficiente?

Olivia tenía razón.

Lo mejor era rendirme con él.

—De hecho —añadió mi amiga—, vas a acercarte ahora mismo y le dirás las cosas a la cara.

Me dio un vuelco el corazón. Olivia tiró de mi brazo hacia la cafetería. Nash estaba fuera, en la puerta, buscando algo en su mochila. Justo en ese momento alzó la mirada y, en cuanto hicimos contacto visual, se apresuró a entrar y dejarnos atrás.

—Olivia —intenté frenarme con los pies—. No voy a...

—Buenos días. ¿De qué va esto? —Scott apareció y se unió a nosotras.

Olivia seguía arrastrándome por el pasillo.

—Eleonor va a cantarle las cuarenta a Nash Anderson por fin.

A Scott se le iluminaron los ojos.

—Ah, ¡mi plan favorito de viernes! —se emocionó.

Me resistí como pude, pero Olivia consiguió llevarme hasta la cafetería y nos peleamos en la entrada hasta que no me quedó otra que pasar.

Hice un rápido escáner visual: Nash estaba en su mesa de siempre, solo, como de costumbre.

Si trataba a todos sus amigos igual que a mí, empezaba a entender por qué nadie quería acercarse a él.

El pensamiento me pareció cruel y lo escondí en un rincón oscuro de mi mente.

—No voy a ir a hablar con él —les advertí. Me dispuse a regresar por donde había venido, porque Nash no dejaba de lanzar miraditas nerviosas hacia mi lado y me estaba haciendo sentir incómoda.

Olivia no me lo permitió.

—Claro que lo harás. —Me puso las manos en los hombros y me hizo girar de nuevo sobre los talones—.

Vas a ir a hablar con él y a dejarle claro que no puede tratarte de esa forma.

Tu tiempo es valioso, Eleonor. No me gusta que la gente se comporte como si no lo fuera.

Si no vas tú —me avisó—, iré yo. Y sabes que yo seré bastante menos diplomática.

Lo sabía. Y aun así:

—Preferiría que fueras tú.

—Yo también —opinó Scott.

Olivia le dio un golpecito en el hombro para hacerlos callar a él y a su sed de sangre.

Después volvió a centrarse en mí. Me masajeó los hombros para relajarme y darme ánimos.

Una vez más, sabía que mi amiga estaba en lo cierto: tenía que aprender a poner límites y, por mucho que odiara los enfrentamientos, no podía dejar que Nash pisoteara todas las normas y se fuera de rositas.

—Puedes hacerlo —me animó Olivia.

Eso no significaba que fuera a ser fácil.

Tras armarme de fuerzas, cogí aire y caminé hacia la mesa de Nash.

Olivia y Scott se quedaron detrás, junto a la puerta.

Aquello era cosa mía y tenía que hacerlo sola.

Intenté ignorar los nervios que me revolvían el estómago.

Como siempre que lo veía en la cafetería, Nash estaba escribiendo en su cuaderno.

Le bastó otra mirada rápida en mi dirección para, al ver que me acercaba, ponerse a recogerlo todo y levantarse.

—Nash —pronuncié al llegar a su lado.

—Tengo que irme.

No me lo podía creer.

¿Iba a largarse otra vez?

—Necesito hablar contigo —insistí.

—Aquí no. —Metió el cuaderno en la mochila a toda prisa. Sin embargo, maniobró mal y se le acabó cayendo al suelo todo lo que tenía dentro—. ¡Joder! —maldijo en voz baja. Lo escupió como si estuviera harto de la situación, de su torpeza y de sí mismo.

Se agachó para recoger los libros, el estuche y las libretas y, por inercia, yo hice lo mismo.

Nash no levantaba la cabeza, como si fuera consciente de que habíamos llamado la atención de las mesas de alrededor y quisiera esquivar todas las miradas.

Fui yo la que agarró el cuaderno en el que estaba escribiendo.

Alcancé a leer la frase «Cuentos para Sidney» escrita y subrayada en la parte superior de la página antes de que Nash se levantara a toda prisa y saliera de la cafetería.

Se había dejado parte de sus cuadernos. ¿A qué venía esa desesperación por huir todo el rato? Me levanté, llevando todos los que me cabían en las manos, y lo seguí a paso rápido.

Olivia y Scott continuaban donde antes, observándome confundidos. No me paré a decirles nada antes de salir.

—Nash. —Avancé tras él por el pasillo.

—Por favor, aquí no.

Me preparé para replicar, pero él giró la esquina. De pronto, su mano estaba en mi codo y tiraba de mí para que girara también. Mi corazón dio un brinco. El contacto, que duró un segundo, me hizo contener la respiración.

Después me soltó y revisó el pasillo por el que habíamos venido. Daba la impresión de que temía que alguien nos siguiera.

¿Olivia, quizá? Estaba claro que Nash se había tomado sus miradas amenazadoras bastante en serio.

—¿Se puede saber qué te pasa? —susurré, todavía algo impactada por nuestra cercanía. Nash no me miró y yo saqué mi voz de dondequiera que estuviera escondida—. ¿No eres capaz de mantener una conversación de más de cinco minutos conmigo sin salir corriendo? —repuse, ahora molesta de verdad.

—Tú no lo entiendes —se limitó a contestar él.

Eso colmó mi paciencia.

—Es verdad. No lo entiendo. No te entiendo a ti —le espeté.

Se giró hacia mí y pestañeó, sorprendido, cuando le pasé sus malditos cuadernos de mal humor—.

Estoy cansada de esto. Primero te pasas dos semanas faltando a todas las reuniones, sin darme ni una mísera explicación, luego vienes y tiras por tierra mi trabajo y ahora, pese a que he cambiado cosas de la asociación, y he hecho todo, ¡todo!

—repetí— lo que estaba en mi mano para que te sintieras cómodo, tú sigues sin tomarte mi proyecto en serio.

No hace falta que participes, pero deja de jugar conmigo y con mi tiempo.

El mundo no gira a tu alrededor —le dejé claro—. No voy a seguir persiguiéndote.

—Eleonor. —Hizo el ademán de acercarse, o de tomarme del brazo (otra vez) para que yo no me alejara. Sin embargo, no lograba maniobrar con los cuadernos—. Joder, espera. —Trató como pudo de abrir la mochila para guardarlos.

—Ahora soy yo la que no quiere hablar contigo.

—No es eso. No lo entiendes. Es...

—Pues explícamelo —le exigí.

Nash por fin cerró la mochila. Lo vi tragar saliva, nervioso. Se pasó una mano por el pelo.

—Es complicado.

—Tengo tiempo —reiteré cansada de sus evasivas—. No me importa perderme el almuerzo.

—Hay cierta... gente en el instituto a la que prefiero no ver.

Arqueé una ceja.

—¿Por qué no?

—Porque no. Y ya está.

—Nada de eso explica por qué ayer volviste a dejarme plantada.

Nash se quedó en silencio.

Así que me di por vencida.

—Vale. —Tal y como le había dicho, no iba a perseguirlo más—. Que te vaya bien.

Me di la vuelta para regresar a la cafetería, con mis amigos de verdad; con personas que sí valoraban mi tiempo y no me trataban como si no importara.

—Oye. —Nash habló a mi espalda—. Espera, vamos.

Te debo otra disculpa, tienes razón. Y una explicación.

Lo de ayer no fue por ti. No es personal.

Nunca es personal —me aseguró cuando yo volví a mirarlo—.

Esa gente y yo tenemos... historia. Prefiero no coincidir con ellos si no es estrictamente necesario.

—¿Y lo de ayer?

—Estaban en la cafetería. Los vi a través de la ventana. —Debió de ver la confusión y la curiosidad en mi rostro, ya que, tras un segundo, se atrevió a añadir—: Conoces a Agatha, ¿verdad? Está en nuestro curso.

—¿La pelirroja? —La ubiqué al instante.

—Estuvimos juntos. Hace un tiempo. Me puso los cuernos con su novio actual. Por eso intento no cruzármelos nunca. No soporto verlos. —El dolor y la humillación se reflejaban en sus facciones—. ¿Contenta? Ya sabes toda la verdad.