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—Deberías dejar de leer y ponerte a desayunar, Eleonor.
En cuanto oí la voz de mamá, me apresuré a terminar las últimas líneas del párrafo para no quedarme a medias. Me cerró el libro antes de que me diera tiempo. Aspiré una bocanada de aire, dolorida. ¡Había interrumpido la escena más emocionante de la novela!
—¡Mamá! —me quejé—. ¡Ni siquiera me ha dado tiempo a marcar por dónde iba! —Abrí rápidamente el libro para colocar el marcapáginas, aunque no estaba segura de dónde me había quedado.
—Te he avisado, cariño —respondió ella con una sonrisita.
En cuanto di con la página, me sentí tentada a ignorar su orden y seguir leyendo. Ella, que me conocía bien, me lanzó una mirada de advertencia. «Ni se te ocurra». Suspiré, aparté el libro y le di un mordisco a mi tostada. No iba a empezar la semana discutiendo.
—Desayuna de una vez y mueve el culo para que podamos irnos —me apremió Dylan—. Quiero pasarme a ver a Megan.
Megan era la novia de mi hermano. Iban a la misma facultad, así que había días en los que me tocaba madrugar de más para que él pudiera dejarme temprano en el instituto y tener tiempo de charlar un rato con ella antes de clase.
No me extrañaba que Dylan estuviera tan enamorado.
Megan era una chica inteligente, amable y guapísima.
El tipo de novia que todos quieren. ¿Por qué ella había elegido a mi hermano? Me lo seguía preguntando.
—¡Mamá, Devon ha dicho la palabra culo ! —Lizzie levantó una de sus muñecas y golpeó la cabeza de uno de los gemelos.
—¡Ay! ¡Ha sido Dylan, mujer!
—Devon, no le grites a tu hermana —le advirtió mamá.
—Es verdad. —Fingiendo sorpresa, Lizzie se llevó una mano a la boca—. Lo siento, Devon, había olvidado que tú no tienes novia.
Clavé la mirada en mi hermana pequeña y solté una risita. Lizzie tenía su pelo oscuro recogido en una cola de caballo y un pasador de una mariposa rosa. A diferencia de mis hermanos y de mí, que éramos rubios como mamá, ella había salido a mi padre. Todos lo sabíamos. Nadie lo mencionaba.
—¡Mamá, Lizzie me está ridiculizando!
—Te ridiculizas tú solo —intervino Dylan—. Lizzie solo dice la verdad.
—Estar soltero no es ridículo —decretó mamá, que disfrutaba de la soltería con orgullo desde hacía muchos años. En concreto, desde que nuestro padre se había largado.
—Claro que no. Pero ir por ahí ligando con todas sí que lo es —se burló Dylan.
—Cállate —gruñó Devon. Intercambió una mirada conmigo y no me quedó claro si temía que fuese a mencionar algo sobre Olivia o si lo que le daba miedo, en realidad, era que yo le hablase a Olivia sobre su larga lista de conquistas.
Cosa que no era necesaria. Olivia conocía a mi hermano. Sabía que era un buen tipo y también un ligón. Y aun así el otro día él la había llevado a casa y yo no había conseguido sonsacarle nada de información al respecto.
—Mamá, ¿no habíamos quedado en que Devon, Dylan y Eleonor no podían tener pareja hasta los treinta? —soltó Lizzie.
—La regla ha cambiado, cariño. Tendremos suerte si alguno de ellos llega con pareja a los treinta.
—¡Mamá! —exclamamos los tres al mismo tiempo.
Tanto ella como Lizzie sonrieron.
Diez minutos después, ya nos habíamos despedido de ellas y bajábamos la escalera del porche para meternos en el coche de los gemelos.
Habían juntado sus ahorros para comprarlo de segunda mano y siempre lo compartían, pero Dylan se había sacado el carnet a la primera y Devon a la segunda, así que, cuando iban los dos juntos, era Dylan quien gozaba del placer de conducir.
Devon se sentaba de copiloto y se dedicaba a quejarse durante todo el camino.
—Has metido mal la marcha —refunfuñó cuando salimos de nuestra calle.
—¿No fue ese el error que tú cometiste en el examen? —replicó Dylan.
Todas las mañanas eran iguales.
Lizzie tenía suerte de que fuera mamá quien la dejara en el colegio antes de irse a trabajar.
Mis hermanos seguían picándose cuando llegamos al instituto.
Probé a despedirme, ninguno contestó —estaban enfrascados en lo suyo— y me bajé del coche con un suspiro.
No solo tenía que aguantar sus discusiones, sino que además había llegado quince minutos antes al instituto.
Lo único positivo era que al menos iba a poder disfrutar de la soledad del aula para leer.
Con suerte me daría tiempo a terminar el libro.
En el aula de francés me recibieron los pupitres vacíos.
Ocupé el mío, que estaba en cuarta fila, ni muy adelante ni muy atrás, y saqué la novela de la mochila.
Oí que alguien cruzaba la puerta. Supuse que sería el conserje o algún otro compañero muy madrugador.
Quité el marcapáginas y retomé con ganas el párrafo que antes había dejado a medias.
Entonces una silla se arrimó a la mía.
—¿Qué tal?
Era Nash.
No sé qué me sorprendió más: encontrármelo en esa aula, que no era la suya, o que se hubiera acercado por iniciativa propia a hablar conmigo.
—Muy bien, ¿y tú? ¿Necesitabas algo? —Lo observé con curiosidad.
—No. —Me pareció algo nervioso—. Quiero decir..., te he visto al cruzar el pasillo.
—¿Sí? —lo animé a continuar.
—Y he pensado que los amigos también se saludan antes de clase. ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Mi hermano se ha echado novia.
—Claro. Eso lo explica todo.
Estaba siendo sarcástico. Me hizo sonreír. Él sonrió también.
—¿Qué haces tú aquí tan temprano? —le devolví la pregunta.
—Me gusta venir antes para adelantar deberes o leer. —Su mirada bajó, solo durante un segundo, al libro que yo tenía abierto en el pupitre—. Por cierto, ¿cuándo es la próxima reunión? Olivia no me ha dicho nada.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Tenemos que decidirlo nosotros —le expliqué—. Le dije que las quedadas tenían que ser más orgánicas.
Me había puesto manos a la obra ese fin de semana. La misma noche del jueves, cuando volví de quedar con Nash en el parque, había llamado a Olivia para 1) preguntarle por mi hermano (tema que esquivó a toda costa) y 2) contarle todo lo que me había dicho Nash.
Aunque Olivia seguía un poco molesta con él por haber faltado a las sesiones sin avisar, entendió cómo se sentía y estuvo de acuerdo en hacer algunos cambios en la asociación.
A partir de ahora, por ejemplo, prescindiríamos por completo de los calendarios.
Era preferible que cada pareja de amigos gratis se organizara por su cuenta. O incluso que se juntaran entre varios.
A fin de cuentas, así era como funcionaba la amistad.
—¿De veras? —se sorprendió Nash. Era evidente que, en el fondo, no había creído que yo fuese a hacerle caso. Pero así había sido—. Guau. Eso es... genial.
—¿Cuándo quieres que quedemos? —retomé el tema.
—Esta tarde estoy ocupado. Puede ser cualquier otro día. ¿De verdad que a tu amiga le pareció bien lo que te comenté? —cuestionó—. Me refiero a la chica que me apuntó a la asociación.
—¿A Olivia? Sí, claro.
—Vale. Mejor. Es que me la crucé el otro día y me miró como si me odiara.
—Olivia mira así a la mayoría de la gente. —Me apunté mentalmente que tenía que pedirle que no mirase así a Nash.
Él emitió un sonidito y se rascó la barbilla. Lo miré de reojo, con el libro todavía abierto entre las manos. Sus pecas me gustaban.
—¿Sois amigas desde hace mucho?
Me gustaba aún más que estuviera esforzándose por sacar conversación.
Cerré el libro.
—Desde siempre. Nos conocimos en el colegio y hemos crecido juntas. ¿Qué hay de ti y de tus amigos? Por cierto, tengo pendiente devolverte la sudadera de Mike. —Había pensado en llevársela a nuestra primera reunión, pero él no había aparecido y se me había ido olvidando.
—No pasa nada. Puedes tardar todo lo que quieras en devolvérmela. Es feísima —respondió Nash—. Y entiendo el vínculo que te une con Olivia porque a mí me ocurre lo mismo con Mike, solo que él es un año mayor y se ha ido a estudiar a la universidad.
—¿A otra ciudad?
—Sí, a un par de horas en coche. Viene algún fin de semana, pero no es lo mismo.
¿Pensaría Mike que Nash iba a sentirse solo ese año en el instituto? ¿Por eso lo había animado a unirse a la asociación?
—¿Sois muy diferentes? —indagué.
—¿Mike y yo? Como el agua y el aceite.
Me reí.
—A nosotras nos pasa lo mismo.
—Yo soy una persona tranquila. Mike, todo lo contrario.
Un verano fuimos voluntarios en una residencia de ancianos y acabó enseñando a todo el mundo a bailar no-sé-qué-canción viral que no dejaba de sonar en la radio.
Intento acordarme del nombre, pero no puedo.
Creo que mi cerebro lo ha borrado, como ocurre con los traumas.
Mi plan ese verano era montar un club de lectura en la residencia para leer algún clásico.
—En cuanto terminó de decirlo sus mejillas adquirieron un tono rojizo—. Soy bastante más aburrido que Mike.
—¡Qué va! Estoy segura de que mucha gente se apuntó a tu club.
—Solo cuatro personas. Los demás no pudieron resistirse a sus encantos. —Aun así, mi positivismo lo había animado un poco. Entendí que, aunque aquel día en la cafetería Nash me había parecido distante, en realidad solo era tímido. Y bastante inseguro.
Daba la impresión de que se pensaba mil veces las cosas antes de decirlas.
Y se torturaba mucho después.
—¿Te gusta leer? —cambié de tema.
—Mucho. ¿Y a ti? —Miró mi libro y se puso aún más rojo. Podía oír la vocecita en su cabeza que le recriminaba que era evidente que sí, que había hecho una pregunta tonta.
Intenté que dejara de escucharla:
—Me encanta. También escribes, ¿verdad?
Ahora parecía sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
—Te vi escribiendo el día que nos conocimos. En la cafetería.
—Ah.
—¿Es solo un hobby o te gustaría dedicarte a ello?
—No lo sé. Adoro escribir, pero no dejo que casi nadie me lea.
—¿Por qué no?
—No siento que esté a la altura.
—Eso no puedes juzgarlo tú. A lo mejor a la gente le gusta. ¿Nunca has soñado con ver un libro tuyo en manos de alguien a quien quieres?
Nash aguardó un segundo. No llegó a responder a mi pregunta.
—Me recuerdas a Mike, ¿sabes? —mencionó en su lugar—.
Bueno, y a mi hermana. Ella es la única a la que le dejo leer lo que escribo.
Los dos coinciden en que debería enseñárselo a más gente.
Creo que te caerían bien. Sobre todo... —Llevó la mirada hacia la puerta.
Una emoción brusca cruzó su rostro y se puso de pie a toda prisa—. Tengo que irme. Lo siento.
El momento se hizo pedazos. Pasé de sentirme cómoda con él a tener las venas heladas.
—Nash, ¿qué pasa? —Lo estaba haciendo otra vez. Estaba huyendo, y no entendía por qué. Me levanté de golpe, confundida, dispuesta a seguirlo, pero había sonado la campana. El aula se llenó de alumnos y él se escabulló hasta la puerta.