3 #2
Mientras esperaba, abrí mi diario y leí las ideas que había apuntado hacía tiempo de cara a nuestra cuarta reunión.
No podía llevar a cabo ninguna de esas dinámicas.
Nash había faltado a tres sesiones. ¿Cómo iba a esperar que nos sincerásemos el uno con el otro si todavía ni siquiera sabía qué lo había animado a apuntarse a la asociación?
¿Sería mejor seguir el guion que preparé para la primera quedada?
No sabía por qué, pero eso tampoco terminaba de convencerme.
Y ahora estaba esperándolo y él no llegaba. Quizá sí que debería irme. Quizá...
—Hola.
Había sido puntual como un reloj.
Yo era la que había llegado antes de tiempo.
—Hola. —Me levanté de un salto, dejándome llevar por los nervios.
Nash echó un poco los hombros hacia atrás; él también parecía incómodo, con las manos en los bolsillos y los labios apretados.
Acabé volviendo a sentarme. No sabía cómo recibirlo.
Normalmente a estas alturas ya saludaba a mis socios (que ya eran casi amigos) con un abrazo.
Él y yo casi no nos conocíamos.
—¿Llevas mucho esperando? —preguntó.
—No, nada. ¿Quieres sentarte?
—Creo que te debo una disculpa. —Le estaba haciendo sitio, pero al oírlo me quedé quieta para mirarlo. Nash seguía de pie—. Siento no haber venido a las últimas reuniones. He tenido unas semanas complicadas.
Así que sí que había un motivo. Uno que no estaba relacionado conmigo. Volví a respirar.
—Lo entiendo. No pasa nada.
—Si te soy sincero, no sé por qué me apunté a esto. Me dejé convencer por mi mejor amigo. No creo que encaje conmigo. —Negó con la cabeza y todo se vino abajo—. Lo siento.
—¿Has venido solo para decirme que lo dejas?
—Lo siento —repitió.
—¿Por qué? ¿Cuál es el problema? Si lo prefieres, puedo buscarte otra voluntaria.
Me hubiera dolido hacerlo, porque nunca antes me había ocurrido, pero prefería eso a que se marchase de la asociación.
Nash frunció el ceño. Muchas de sus pecas desaparecieron en las arrugas de su frente.
—¿Por qué querría otra voluntaria? —Algo hizo clic en su cabeza—. Espera, ¿crees que lo dejo por tu culpa?
—¿No es por eso?
—No tengo ningún problema contigo.
—¿Entonces? —No entendía nada.
—Es la idea de tu asociación lo que no me gusta. No quiero que nadie sea mi amigo por caridad.
—Un Amigo Gratis no va de eso —rebatí—. ¿Cómo iba a ser un acto de caridad? Son conexiones humanas. No es...
—Llamáis «voluntarios» a quienes colaboran con vosotros, como si estuvieran haciendo una labor social, y programáis las reuniones con semanas de antelación y de una manera que no podría ser menos orgánica.
No sé, no... No me gusta —confesó. Parecía inquieto al decirlo, como si no buscara herir mis sentimientos, pero tampoco pudiera guardárselo—.
No quiero obligarte a ser mi amiga. No quiero que nadie pase tiempo conmigo solo porque lo tenía apuntado en su tabla de reuniones semanales.
No creo que la amistad funcione de esa manera.
Por eso lo dejo. Aunque sé que tienes buenas intenciones, esto no me va.
Lo siento —volvió a decir. Me lanzó una mirada incómoda antes de girarse hacia la salida del parque.
Me quedé estupefacta, observando cómo se marchaba. Nunca había pretendido que mi asociación fuera algo relacionado con la caridad. ¿Podría parecerlo? Si Nash se sentía así, ¿quién decía que no les ocurriría lo mismo a otras personas?
—Entiendo lo que dices —hablé a su espalda. Nash se paró y yo caminé hacia él—. Tal y como lo planteas es horrible. No había caído en que dábamos esa impresión. ¿Por eso has faltado a todas las reuniones?
Le sorprendió que me tomase su comentario con tanta autocrítica. Se lo vi en los ojos. Se encogió de hombros con timidez.
—Es verdad lo de que han sido unas semanas complicadas —dijo rascándose la nuca—, aunque supongo que esto también ha influido.
—Y, aun así, hoy estás aquí.
—Quería decirte que lo dejaba.
—Podrías haberlo hecho por teléfono.
—No me parecía bien —se sinceró—. He visto los carteles que habéis colgado por el instituto. Está claro que os lo curráis mucho.
—Siento que no seamos lo que esperabas —le dije—. Aunque tal vez podamos serlo. Quizá sí que tengamos que cambiar cosas.
—Quizá —coincidió Nash, que me analizaba con curiosidad.
Le dediqué una sonrisa forzada como despedida y fui de vuelta al banco para recoger mis cosas. No tardé mucho en percatarme de que, para mi sorpresa, él había venido detrás de mí. Se me acercó con aire inseguro.
—La verdad es que, si hacéis algunos cambios, no me importaría seguir. O empezar. O lo que sea.
La emoción me estremeció de golpe. Torcí el cuello hacia él.
—¿En serio?
—¿A ti te importaría ser mi amiga?
—¿Bromeas? —solté como si fuera absurdo—. ¡Me encanta hacer amigos nuevos!
Nash me dedicó una sonrisa. Pequeña, tímida, tan inesperada que me habría gustado tener una cámara a mano para poder hacerle una fotografía. Miró los trozos de cartulina en mis manos. Había estado a punto de guardarlos en la mochila.
—¿Qué es eso?
—Ah. —De pronto sentí vergüenza—. No es nada. Son los materiales para una de las primeras dinámicas que suelo hacer. Es una estupidez.
—¿Dinámicas?
—Para conocer mejor a mis nuevos amigos. —Había decidido no usar los términos socio y voluntario en ese momento. Todos seríamos amigos a secas.
Nash dijo:
—Está bien. —Y se sentó.
Una invitación silenciosa. Él también nos daba a mi asociación y a mí una segunda oportunidad.
Me aclaré la garganta, cogí las cartulinas y me senté a su lado intentando que los nervios no me ganaran terreno.
Estaba acostumbrada a hacer esas cosas, pero, después del discurso que me había soltado, sentía una especial presión para que saliera bien.
—Tenemos cinco papeles rojos y cinco papeles verdes.
Me gustaría que escribieras cinco virtudes que alguna vez te hayan dicho que tengas en los verdes y, en los rojos, cinco defectos.
Yo haré lo mismo —decidí. Aunque no solía hacerlo, sino que dejaba que lo hiciera el socio con el que estaba, Nash me había hecho entender que la amistad debía ser bidireccional—. ¿Te parece bien?
Aunque no parecía muy convencido, cogió el bolígrafo y los trozos de cartulina y se puso a escribir.
Hice lo mismo. Por primera vez, vivía esa dinámica desde dentro y me daba cuenta de lo difícil que era.
A Nash le costó menos encontrar inspiración para rellenar los papeles rojos que los verdes, como solía ocurrirles a todos los socios.
Tendían a recordar más las cosas malas que les decían que las buenas.
Lo mismo me pasaba a mí.
Escribí: «Intensa. Agotadora. Ingenua. Suelo meterme en donde no me llaman. Hago las cosas con buena intención, pero no las hago perfectas».
Y también: «Creativa. Buena amiga. Divertida. Me preocupo por los demás. Hago las cosas con buena intención».
—He terminado —anunció al cabo de unos minutos.
—Yo también. —Y le tendí la mano para que me devolviera el bolígrafo y me diera los papeles.
Los dos los habíamos arrugado en bolitas pequeñas.
Primero Nash vaciló, luego lo hizo. Me pareció una pequeña muestra de confianza: mostrarle a alguien el listado de defectos que otros te han asignado no era nada sencillo.
Lo supe de primera mano, porque yo también le di mis cartulinas a él.
Nash las aceptó, pero no desdobló los trozos para leer lo que había escrito. Yo tampoco lo hice.
En su lugar, me levanté y le pedí que se acercara.
—Vamos a tirarlos a la fuente —propuse.
—¿Qué?
—O a la basura, sí. Eso sería menos contaminante.
Él arrugó la frente.
—¿Con qué propósito? ¿No deberíamos leerlos primero y reflexionar o algo por el estilo?
Negué con la cabeza.
—¿Quieres saber lo que es para mí un amigo gratis? —dije—. Un lienzo en blanco.
Nash se quedó en silencio.
Nos miramos, con los papelitos todavía en las manos.
Y yo continué:
—Es un lienzo en blanco. Uno en el que puedes dibujar lo que quieras y ser quien tú quieras.
No me importan los defectos y las virtudes que otros te hayan atribuido porque yo todavía no te conozco.
No quiero que nadie me diga cómo eres. Quiero que me lo demuestres tú.
Es una oportunidad para empezar de cero.
Para cambiar, si es lo que quieres. Para que te conozcan más allá de los rumores.
Para que te acepten como eres. Para empezar a encontrar quién eres, si todavía no lo sabes —le dije—.
Eso es un amigo gratis, Nash. Y ahora tú eres el mío y yo soy el tuyo.