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Dos semanas después, Olivia y yo estábamos en mi casa, tumbadas sobre la colcha de flores de mi cama.
Yo usaba mi ordenador portátil y ella mordisqueaba un bolígrafo mientras revisaba su libreta.
Aunque Olivia elaborara las listas de asignación, de vez en cuando quedábamos para hacer un recuento de socios y voluntarios y valorar en qué punto nos encontrábamos.
Últimamente los resultados eran siempre los mismos: había cada vez menos voluntarios, así que teníamos mucho trabajo, pero ya no venían tantos socios nuevos, por lo que ese trabajo era gestionable.
Esto último no me aliviaba en absoluto. Significaba que la afluencia de estudiantes a la asociación había decaído mucho desde el año pasado.
—¿Claire también lo deja?
—Tiene que centrarse en sus estudios —le expliqué a Olivia, que arrugó la frente con consternación. No era la primera vez que oíamos esa excusa.
—No pasa nada. —Trató de mostrarse positiva—. Le asignaremos sus socios a Scott. Solo quedaba con dos personas. Y él las conoce a ambas.
—Pon a Helena conmigo —le pedí—. Scott también está agobiado con las clases y no quiero empeorar la situación.
—Era uno de mis mejores amigos y creía en la asociación tanto como yo, por eso sabía que haría malabares para compaginarlo todo con tal de no abandonarnos.
Sin embargo, yo no iba a permitir que pusiese en riesgo sus notas.
Scott quería entrar en Medicina y necesitaba una media excelente.
Estaba muy agradecida de todo el trabajo que hacían Olivia y él; prefería llevar más sobre mis hombros y dejarles un poco de libertad.
A fin de cuentas, Un Amigo Gratis había sido idea mía.
—¿Estás de broma? —replicó Olivia—. No puedes llevar a tanta gente. Déjalo. Si no quieres que vaya con Scott, Helena irá conmigo.
—No. Tú ya tienes bastante con organizar las listas.
—Vale. Pues con Julie. —Lo apuntó en su cuaderno sin darme opción a debatir, aunque no me parecía mala idea.
Julie era otra de las voluntarias. Una chica de piel oscura y ojos marrones. También estaba muy comprometida con la asociación. Con suerte, lo suficiente como para seguir con nosotros todo el curso.
—Aunque ¿no le iría mejor con William? —tanteó Olivia de pronto.
—¿A Helena? No. Ponla con Julie —le recomendé—. Congeniarán bien. Aunque William también es muy simpático.
—Y tanto. Creo que Julie y él están liados.
—Tú siempre crees que todo el mundo se está liando.
—Porque, por regla general, la gente liga más que nosotras.
La miré burlona y ella se encogió de hombros, como diciendo: «Acepto el triste destino al que me ha sometido el planeta, y tú deberías aceptarlo también».
—Tú ligarías si quisieras —le recordé. No solo porque fuera una chica guapísima. El encanto de Olivia iba más allá del físico y cualquiera sabría verlo.
—Lo sé, pero no quiero. Al menos, no con los chicos del instituto. Tú también ligarías mucho, por cierto, si no estuvieras tan colada por Jayden.
—Ya no estoy colada por Jayden.
—Mentirosa.
—Pronto lo dejaré de estar. Voy a pasar página. —Aunque los rumores de su ruptura con Grace ya llevaban varias semanas oyéndose por el instituto, ella aún no me había confirmado nada. Hasta donde yo sabía, seguían juntos. Lo mejor era olvidarme de él. Llevaba dos cursos retrasando ese momento.
—Como quieras. Hay un lugar reservado para ti en mi refugio de la soltería eterna —bromeó Olivia. Le lancé un cojín y ella soltó una carcajada. Luego retomamos la tarea en la que estábamos—. ¿Qué hago con Nash Anderson, por cierto? ¿Lo tacho de tu lista?
La amargura me invadió de golpe.
—No lo sé. —Me eché hacia atrás suspirando.
Odiaba la idea de tener que rendirme con alguien.
Finalmente, negué con la cabeza. Seguiría intentándolo hasta el final—.
No, no lo quites. Seguro que vendrá a la sesión de hoy.
—Que era en menos de una hora. Le había escrito a Nash esa mañana para recordárselo.
Él no me había contestado.
Olivia resopló con molestia.
—¿A cuántas reuniones ha faltado, Eleonor? ¿A dos?
A tres, en realidad. Pero no iba a darle más argumentos en su contra.
—Tendrá sus motivos. A lo mejor está ocupado. ¿Y si tiene problemas en casa? —intenté excusarlo.
—Si no iba a poder asistir, podría habernos avisado para que no contáramos con él.
Tenía razón. A pesar de ello, había algo en mi interior que me impedía tirar la toalla.
Incluso aunque no hubiéramos hablado nada desde aquel día en la cafetería.
—Tú déjalo en la lista, ¿vale?
—Lo que quieras. Pero que conste que no me cae bien. —Pasó a la siguiente página sin tachar su nombre.
—Olivia, no lo conocemos.
—¿Cómo íbamos a conocerlo? Si no se ha presentado a ninguna sesión.
—Solo hay que tener paciencia.
—Eres demasiado buena.
—Sí, ¿y qué?
El mundo necesitaba gente buena.
No perdía nada al darle a Nash otra oportunidad. Lo peor que podría pasar era que volviese a dejarme en visto.
Sobreviviría.
Sin embargo, aunque esperaba que Olivia no se hubiese fijado, llevaba toda la tarde lanzando miradas inquietas a mi móvil, que descansaba sobre la cama, al lado del ordenador.
Tenía la esperanza de que Nash me contestara para decirme que ese día sí iba a venir.
Estaba esforzándome por no tomarme su silencio como algo personal.
No le había hecho nada, ¿verdad? No tenía razones para estar enfadado conmigo o querer escaquearse de las reuniones por mi culpa.
Fueran cuales fuesen sus motivos, debían de ser totalmente ajenos a mi persona.
Intentaba repetírmelo para no venirme abajo. Nunca antes me había pasado lo de ser ignorada por un socio. Y empezaba a dolerme. ¿Y si en el fondo el problema sí que era yo? Quizá tendría que habérselo asignado a Olivia o a Julie.
Tal vez con ellas habría conectado más.
Había salido corriendo cinco minutos después de que me sentara a su lado en la cafetería.
¿Le habría parecido muy intensa? ¿Demasiado optimista? ¿Agotadora? ¿Por eso me había hecho una bomba de humo nada más conocerme?
—Olivia —llamé a mi amiga, que ya estaba concentrada organizando los nombres de la siguiente página—, a lo mejor deberíamos...
Mi móvil tintineó y me callé de golpe.
Quedaban cuarenta minutos para la hora a la que habíamos quedado y Nash acababa de escribirme.
NASH
¿Puedes recordarme el sitio?
Escribiendo...
Por favor.
—¿Es él? —Oí la voz de Olivia.
Asentí, todavía asimilando el mensaje. Tenía una mezcla de emoción y nervios en el estómago.
—Me ha confirmado que viene.
Más o menos.
—¿Cómo sabías que hoy sí se presentaría?
—No lo sabía —admití. Aún me costaba creerlo.
—Si vuelve a dejarte plantada, voy a obligarte a mandarlo a la mierda.
No esperó respuesta y se levantó para empezar a recoger sus cosas.
Yo apreté los labios, inquieta, mientras tecleaba un mensaje corto para Nash.
«En el parque de al lado del instituto».
Pasaron uno, dos segundos. Respondió con un emoticono de una mano con el pulgar levantado.
Ahora sí estaba del todo confirmado. Iba a ir de verdad.
—¿Quieres que te acompañe? —La voz de Olivia me trajo de vuelta a la realidad. Tenía solo cuarenta minutos para cambiarme y llegar allí. Más me valía ponerme en marcha.
—No, no hace falta.
—Genial. —Ella ya tenía su bolso colgado al hombro—. Le pediré a tu hermano Devon que me lleve a casa. —Se dirigió a la puerta.
Yo tardé un segundo en procesar lo que acababa de oír.
Luego, los nervios desaparecieron de golpe.
—¿A Devon? —cuestioné horrorizada.
—¿Qué? Es guapo.
—¡No puedes ligarte a mi hermano!
—¿Y eso quién lo dice?
Me guiñó un ojo y salió de la habitación.
Resoplé sin dar crédito. ¿Conque a eso venía el discursito de antes?
Olivia se quejaba de los chicos del instituto porque estaba detrás de mi hermano, que era dos años mayor y ya iba a la universidad.
Y me lo soltaba justo antes de largarse para que no pudiera decirle que, a todas luces, había perdido la cabeza. Iba a matarla.
Bueno, primero iba a ir a reunirme con Nash y después iba a matarla.
Me vestí rápidamente, metí mi diario en el bolso y salí al pasillo.
Abajo se oían las risas de Olivia y de Devon.
No tardaron nada en abandonar la casa. Bajé la escalera mientras ponía los ojos en blanco.
Olivia era mi mejor amiga desde siempre, así que venía mucho a mi casa y tenía muy buena relación con mi madre, con mi hermana pequeña, Lizzie, y, por supuesto, también con Devon y Dylan, los gemelos.
Cómo habían pasado Devon y ella de reírse juntos de vez en cuando a que ahora Devon fuera a acercarla a casa y a ninguno de los dos se les hubiera ocurrido incluirme a mí en el plan —podrían haberme dejado cerca del parque— era digno de estudio.
Ya me veía recreando todas sus últimas interacciones en mi cabeza esa noche, al regresar, para ver cuándo narices había cambiado todo.
Porque había ocurrido delante de mis narices.
Y yo no lo había visto.
Me preguntaba si Dylan sabría algo. O mamá. O Lizzie. Solo tenía nueve años, pero había pocas cosas que se le escaparan a esa niña.
Eran las cinco menos cinco cuando llegué al parque.
Solíamos usarlo como punto de reunión porque estaba pegado al instituto y, con los árboles anaranjados creando sombras en los caminos de tierra y el suave murmullo de la fuente central de fondo, resultaba una ubicación muy acogedora.
A mí me gustaba sobre todo en esa época, durante el otoño.
Fui directa a mi banco favorito junto a la fuente.
Dejé el bolso y saqué el móvil por si Nash había vuelto a escribirme.
Aún no había ni rastro de él. Quedaban cuatro minutos para la hora. Debía tener fe.