2
—¿Cómo puedes tener tan mala suerte? —se burló Scott cuando me reuní con Olivia y con él en la cafetería.
Gruñí mientras me sentaba en nuestra mesa de siempre.
—Muy gracioso. Ha sido todo culpa tuya.
—¿Culpa mía por qué? —replicó enseguida.
—Porque has llegado tarde, para variar —le recriminó Olivia.
—Ya, no me lo recuerdes. Odio habérmelo perdido. —Scott suspiró con dramatismo—. ¿Y esa sudadera? —Me venía bastante grande, por lo que resultaba evidente que no era mía.
—Me la ha prestado un chico muy simpático al que he conocido en el baño.
Un tal Mike. —Nuestro encuentro había arreglado, a medias, el día tan desastroso que estaba teniendo.
Su amabilidad había sido como ver un rayito de sol después de la tormenta.
Y eso que no nos conocíamos de nada. Aunque me sonaba de haberlo visto por el instituto alguna vez, nunca antes habíamos hablado.
—¿Mike? —Olivia frunció el ceño—. ¿Está en nuestro curso? No me suena.
—Ni idea —contesté.
—¿Esto significa que nos hemos olvidado de Jayden? —suplicó Scott—. Por favor, quiero que nos olvidemos de Jayden.
Le tiré una servilleta arrugada.
—Cállate.
Como respuesta, él levantó su cuchara en el aire y me señaló en tono amenazador. Unas gotitas del mejunje que estaba ingiriendo le dieron a Olivia en el brazo.
—Aparta eso —se quejó mi amiga. Se limpió con una mueca de disgusto—. Me va a dar urticaria.
—La sopa de la señora Duncan es la mejor que he probado en mi vida. Muestra un poco de respeto.
—Acabarás intoxicándote —le aseguró Olivia.
—Y moriré feliz.
Sonreí un poco. Scott era el único del grupo que ignoraba intencionadamente el rumor de que la cocinera reutilizaba la carne caducada para hacer la sopa.
Olivia y yo tampoco creíamos que fuera verdad, pero lo usábamos como excusa para no tomarla.
Estaba asquerosa. Para molestar a Scott, solíamos bromear con que, con suerte, si seguía alimentándose a base de la comida putrefacta de la señora Duncan, algún día se intoxicaría, sus padres irían a hablar con la directora y despedirían a nuestra cocinera de una vez por todas.
Llevaba soportando los maltratos de la señora Duncan desde la primera vez que puse un pie en la cafetería del instituto.
Por alguna razón, aquella mujer me detestaba.
Se había pasado dos cursos enteros cambiándome los cubiertos de metal por unos de plástico.
Al final, la directora lo había solucionado, pero eso no había evitado que ahora el odio fuera mutuo.
Por si dos raciones tenían más efecto que una, siempre que la señora Duncan me servía un tazón de sopa, yo se lo cedía a Scott.
No podía arriesgarme a decirle a ella que no quería comérmelo y que volviéramos al plástico.
—Entonces, ¿un caballero misterioso ha aparecido en el baño y te ha prestado su sudadera para ocultar la mancha de salsa de tomate? —Scott retomó el tema—. Suena muy romántico.
—Totalmente. —Olivia le siguió el rollo.
—Ha sido amable, nada más. Deberíais haberle visto la cara. Se ha llevado un susto de muerte al verme allí —les conté. Había tenido un punto adorable, el chico. Parecía tan nervioso...—. De hecho, está ahí detrás.
Olivia y Scott giraron la cabeza como resortes.
Un adolescente de pelo castaño, delgado y muy alto acababa de entrar en la cafetería.
No se pasó por la barra para coger una bandeja y pillar el almuerzo, sino que fue directamente a sentarse.
Abrió la mochila, sacó un libro y se puso a leer sin molestarse en buscar a sus amigos. Supuse que estarían al llegar.
Lo observé unos segundos, por si acaso levantaba la cabeza y hacíamos contacto visual. Tenía pensado sonreírle. Quizá saludarle con la mano. O verbalizarle otro «gracias por la sudadera» o un «por favor, no te chives» por lo del baño.
Sin embargo, él siguió absorto en su lectura.
—Es guapo, ¿verdad? Lástima que sea un asocial —oí decir a Olivia—. En fin, ¿dónde está tu chico del baño?
Fruncí el ceño y la miré confundida.
—Es él —contesté—. Ese es el chico del baño. Mike.
—¿Mike? Pero si se llama Nash.
—¿Un nuevo socio? —aventuró Scott.
—¿Cómo que Nash? —pregunté yo.
—Nash Anderson. Te he hablado de él esta mañana. Y sí, Scott, se acaba de apuntar a la asociación.
—Me ha dicho que se llama Mike.
—¿Te ha dado un nombre falso? —Scott arrugó la frente.
Olivia soltó un suspiro.
—Te he dicho que era un tipo un poco raro.
—No. Ahora que lo pienso, no ha llegado a decirme cómo se llamaba. —Solo había leído el nombre de Mike en su sudadera. Aunque era cierto que lo había llamado así varias veces y él no me había corregido.
¿Así que ese era Nash? Vaya. Y yo le había soltado un discurso reivindicativo sobre los baños de hombres y mujeres y los muñecos con pantalones a los dos minutos de conocernos.
—¿Lo has asustado mucho? —Olivia me leyó la mente.
—Un poco. —Ahora que sabía que iba a tener que trabajar con él, desearía haber tenido un par de conversaciones triviales antes de ponerme en modo intensa.
Scott, que me conocía muy bien, se apartó su pelo rojizo de la cara y dijo:
—Ya se acostumbrará.
Me fijé detenidamente en Nash mientras mis amigos se sumían en su propia conversación.
Los suyos no habían llegado. Seguía solo en su mesa.
En algún momento había sacado de su mochila una libreta pequeña, con la pasta dura y grisácea, y había empezado a escribir.
No parecían deberes. ¿Sería su diario? Yo también tenía diarios.
Empezaba uno cada nuevo curso y eran de lo más personales: en ellos apuntaba desde ideas de dinámicas para la asociación hasta lo que me pasaba cada día.
Si éramos iguales en eso, a lo mejor nos resultaba fácil encajar. Quizá tendríamos más cosas en común.
Seguro que era un buen chico.
A fin de cuentas, me había prestado su sudadera sin conocerme de nada.
—¿A dónde vas? —preguntó Scott cuando, aprovechando que Nash se había agachado para sacar algo de su mochila, yo me puse de pie.
—Os veo en clase, chicos.
—Suerte —me deseó Olivia.
Crucé la cafetería hasta su mesa.
—Hola. —Me detuve al lado con una sonrisa.
Nash Anderson se volvió hacia mí. Tenía los ojos muy azules, del color del cielo en los días en los que hace pleno sol. Se traía los auriculares al instituto. Se quitó uno, el izquierdo, y, por si no me había oído antes, yo repetí:
—Hola. —Seguía sonriéndole.
—¿Qué hay?
Se puso de nuevo el auricular y volvió a lo suyo.
Mi sonrisa flaqueó.
¿Perdón?
Miré incómoda a mi alrededor. No me había invitado a sentarme. De hecho, me estaba ignorando. No entendía nada. Había sido muy simpático en el baño. Ahora el silencio se alargaba. Duró unos minutos que se me hicieron eternos.
Entonces Nash cerró la libreta y se quitó los dos cascos.
Supuse que lo hacía porque iba a hablar conmigo.
Por fin.
—¿Querías algo? —preguntó.
—Sentarme. Soy la chica del baño. Nos hemos conocido antes, ¿te acuerdas? —Me tiré de la sudadera para que la viera. No esperé respuesta y empujé su mochila, y por tanto a él, para ocupar la esquina del banco—. Gracias por la sudadera. Otra vez.
Nash frunció los labios. Tenía los hombros rígidos y pecas por toda la cara. Algunas eran tan visibles que parecían lunares.
—Sí, me acuerdo de ti. De nada.
—Te llamas Mike, ¿verdad?
—En realidad...
—Nash. Lo sé. Soy Eleonor, de Un Amigo Gratis, la asociación a la que te has apuntado. Se suponía que íbamos a conocernos esta tarde, pero el destino se nos ha adelantado. Qué coincidencia, ¿verdad?
—Sí. —Y regresó el silencio.
Nash se aclaró la garganta, incómodo. Volvió la vista al frente. Agarró de vuelta uno de sus cascos. ¿Iba a ponérselo y a ignorarme otra vez?
—¿No quieres que seamos amigos? —insistí. Me estaba viniendo un poco abajo—. Porque eso es justo en lo que consiste mi asociación.
—No, no es eso. Es solo que...
—Vamos a empezar de nuevo. Hola, me llamo Eleonor.
Eleonor Taylor. Mi segundo nombre es Frida.
Puedes reírte, si quieres, sé que es horrible.
Durante los próximos meses voy a ser tu amiga gratis.
Siento que hayamos empezado con mal pie y que pienses que soy un poco rara.
A mí me has parecido simpático. Y no solo porque me hayas dejado la sudadera de tu amigo. Encantada de conocerte, Nash.
—¿Piensas que soy simpático? —cuestionó inseguro. De todo mi monólogo, ¿eso era lo que había llamado su atención?
—Sí, claro.
Pareció relajarlo, solo un poco. Me lo tomé como una pequeña victoria.
—No creo que seas rara —admitió.
—Bueno, todavía no me conoces del todo. ¿Cómo te llamas? —Quería que me siguiera el rollo con mi teatrillo.
—Nash. —Luego entendió lo que pretendía y añadió—: Anderson.
Me llamo Nash Anderson. Y yo... bueno, también tengo un segundo nombre, pero no voy a decírtelo.
El mío es realmente horrible. Frida es un nombre bonito, no sé por qué te quejas de él.
—Se quedó callado, pensando—. Ah, y me gusta la música.
Y los libros. Y el silencio. Me gustan la música, los libros y el silencio.
Me estrechó la mano. Su piel estaba caliente en comparación con la mía.
—Genial, Nash. Es un placer. No te preocupes por lo de tu segundo nombre. Conseguiré que me lo digas. —Nos soltamos la mano—. Soy bastante convincente.
—Ya. —Mi determinación se le hacía divertida—. Suerte con ello.
Me arrancó una sonrisa. Juraría que él estaba a punto de sonreír también. Iba a buscar una forma de seguir con la conversación cuando todo cambió de repente.
Nash vio algo detrás de mí, se puso tenso de pies a cabeza, se levantó y empezó a recoger sus cosas a toda prisa.
Metió el cuaderno en su mochila y cerró la cremallera.
—¿Qué ocurre?
No entendía nada.
—Tengo que irme —titubeó—. Lo siento.
Fruncí el ceño y seguí la dirección de su mirada.
Al fondo del comedor no había nada fuera de lo normal.
Vi a mis amigos todavía sentados en nuestra mesa y a un grupo de nuestro curso haciendo cola frente a la máquina expendedora de refrescos.
Entre ellos estaban Jayden y Carl, el del escupitajo.
Este último abrazaba a su novia Agatha por la cintura.
—¿Por qué tienes que...? —Me giré hacia donde antes se encontraba Nash, pero no terminé la frase. Él ya se había ido.