La primera vez que Nash vio a Eleonor
La primera vez que Nash vio a Eleonor
Fue en el baño de chicos del instituto.
Concretamente, en el más cercano a la cafetería.
Nash sabía que era mejor evitar ese lavabo; se usaba más que los demás, pero se limpiaba con la misma frecuencia, por lo que siempre estaba hecho un asco.
Además, al estar en una zona tan concurrida, corría el riesgo de cruzarse con gente que prefería no ver.
La única razón por la que decidió entrar ese día fue porque esa gente estaba al otro lado del pasillo.
Levantó la vista de su libro, los divisó a lo lejos y, sin pensar, pasó junto a la larga fila de chicas que esperaba frente a los baños de mujeres y se metió en el de los hombres.
Había una estudiante con el pelo decolorado en la puerta que estaba distraída pidiéndole con señas a Scott Mason que se acercara y no vio pasar a Nash.
Al entrar, él cerró la puerta a su espalda.
No se oía ruido; quizá tuviera suerte y el baño estuviera vacío.
Tenía la esperanza de disfrutar de unos minutos de tranquilidad antes de que se retomaran las clases.
Estaba muy enganchado al libro que llevaba y solo le quedaban unos párrafos para terminar el capítulo.
Cuando a Nash le gustaba una novela, devoraba las páginas sin pestañear.
Pero entonces giró la esquina, el muro que había frente a la puerta dejó de bloquearle la visión y se encontró con lo último con lo que un tipo como Nash Anderson espera encontrarse en los baños de hombres más utilizados —y estadísticamente sucios— del instituto.
Una mujer.
Una chica, de su edad. Pálida, rubia, más bajita que él —cosa que no era difícil— y concentrada en la tarea de lavarse las manos con una fuerza que a Nash le pareció desproporcionada.
Se quedó quieto, observándola. Ella tenía la cabeza echada hacia delante; el pelo largo le caía sobre la cara y le impedía ver nada.
Por eso tardó unos segundos en percatarse de la presencia de Nash.
Cuando la chica levantó la vista por fin, él, en medio de su conmoción, pensó dos cosas: la primera fue que era muy guapa.
La segunda se le olvidó.
—¡Oh! —exclamó ella, como quien se reencuentra con un viejo amigo—. Hola.
Cerró el grifo, sacudió las manos, hizo tres respiraciones frente al espejo —Nash las contó: una, dos, tres— y encendió la máquina de aire para secarse. Luego se estiró la camiseta y Nash recordó la segunda cosa: no se estaba lavando las manos, sino quitándose una mancha de la ropa.
—Están todos libres —dijo la chica.
—¿Qué? —A Nash todavía le funcionaba la boca. El cerebro igual no tanto.
Ella lo miró confundida, aunque no dejaba de sonreír. Señaló los cubículos. Todos tenían la puerta abierta. Nash pensó que su sonrisa era claramente forzada.
—Están libres —repitió. Después pareció caer en lo absurdo de la situación—. Ah, claro, estás esperando a que me vaya, ¿verdad? Perdona. No habría entrado aquí si no...
—Estás en el baño de chicos —la interrumpió él.
—Sí, es lo que estaba diciendo. Lo siento, había mucha cola en el otro y era urgente.
—¿Seguro que puedes entrar aquí?
—Lo dudo. Pero lo tengo todo a mi favor: fuera no hay nada que señalice con claridad que es el baño masculino.
Usaré ese argumento si alguien, es decir, tú, se chiva y me riñe algún profesor.
—Ella recuperó la sonrisa; estaba tratando de bromear—.
Espero que no lo hagas, por cierto. No he entrado aquí por gusto.
Esto está asqueroso. Hay menos hombres que mujeres en el instituto y aun así tenemos la misma cantidad de baños.
Vaya injusticia, ¿verdad? —La chica terminó de secarse las manos y se alisó la camiseta.
Hizo una mueca—. Menudo asco. ¿Alguna vez alguien te ha tirado encima un bocadillo después de que otra persona te escupiera en la cara?
Nash no tenía claro si hubiera preferido no entrar en el baño.
—No —titubeó—, creo que no.
—Qué suerte. Mantén una distancia de seguridad con todo el mundo. Nunca se sabe. ¿Cómo voy a pasearme por todo el instituto así? La mancha sigue viéndose.
Nash Anderson quería ser escritor, pero, fuera del papel, era un chico de pocas palabras.
No se debía solo a su timidez, sino también a su baja autoestima; sí que creía que carecía del ingenio necesario para decir cosas con sentido sin tener que pensarlas mucho primero.
Al menos, hasta que cogía confianza. Eso, descubriría Eleonor semanas después, no le restaba nada de su encanto.
Sin dudarlo ni un segundo, Nash agarró la sudadera que llevaba colgada de la mochila y se la tendió.
La chica se quedó muy sorprendida. Nash se dio cuenta de que tenía los ojos marrones y de que eso encajaba a la perfección con el resto de su cara. También de que antes ella no le estaba prestando demasiada atención. Ahora era como si lo viera por primera vez.
—¿Me la vas a prestar? —vaciló la chica.
—Para que puedas pasear tranquila.
—Pero no me conoces. ¿Y si nunca te la devuelvo?
—Me harías un favor. Es horrible.
Ella soltó una risotada. Nash sintió un chute de adrenalina. Había sido ingenioso, ¿verdad? Y no le había costado tanto.
—Tienes razón —concordó. Era la sudadera oficial del instituto y el diseño era feísimo—. Aunque prometo devolvértela. Gracias... —Leyó el nombre de la etiqueta del cuello—, Mike.
—No soy... —empezó a decir Nash, que había heredado la prenda de su mejor amigo, pero la desconocida ya iba hacia la salida.
—Por favor, no te chives.
—Claro que no. No soy un chivato —precisar eso a Nash le pareció más importante. Nunca lo había sido y nunca lo iba a ser, aunque la situación a veces lo llevase al límite—. Aunque fuera sí que está bien señalizado. Lo de que es el baño de chicos —mencionó.
—Con el dibujo de un muñeco que lleva pantalones.
—Exacto.
—Yo también llevo pantalones, Mike. Igual deberían revisar el cartel. —Abrió la puerta y se dispuso a marcharse, no sin antes añadir—: Gracias por la conversación. Y por la sudadera.