Un amigo gratis
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—¿Quién es? —pregunté.
Olivia se apartó el pelo, decolorado y blanco como la nieve, de la cara antes de bajar la vista a su cuaderno y leer en voz alta el nombre del chico.
—Nash Anderson. Diecisiete años. Su mejor amigo le recomendó venir. Probablemente se aburra pronto y deje de asistir a las reuniones, así que tampoco le pongas mucho empeño.
—¿Nash qué?
—Anderson —repitió—. Nash Anderson. —Al ver mi cara de confusión, agregó—: Es normal que no te suene. No estaba en la lista que te di ayer, lo siento. Se me pasó añadirlo.
Continuó tachando y haciendo anotaciones en el listado de nombres y números de teléfono que había en su libreta. Se la veía agobiada, como a casi todos los voluntarios. El estrés iba de la mano de nuestra asociación.
Se me había ocurrido fundar Un Amigo Gratis a principios del año pasado, cuando me percaté de que había un gran problema de soledad entre los alumnos del instituto.
Siempre que caminaba por los pasillos, me sentía rodeada de gente triste.
La adolescencia es una etapa complicada.
Uno se siente incomprendido. Pensé que quizá solo necesitaban una mano amiga, alguien que los hiciera sonreír.
Le conté mi idea sobre la asociación —que por ese entonces aún no tenía nombre— al orientador del instituto y le gustó tanto que se comprometió a ayudarme.
Creyó que era una buena manera de fomentar el compañerismo entre los estudiantes.
Habló en persona con la directora para que nos cediera una de las aulas libres y poder convertirla en nuestro centro de operaciones.
Todo fue increíblemente bien durante los primeros meses.
Había decenas de voluntarios, algunos llenos de curiosidad por saber más sobre Un Amigo Gratis y otros decididos a entregarse por completo a la causa.
El número de socios —Olivia y yo decidimos llamarlos así para tener un nombre con el que referirnos a ellos— aumentaba cada vez más.
Los voluntarios, también apodados «amigos gratis», se comprometían a reunirse una o dos veces por semana con sus socios para hablar con ellos, aconsejarles —siempre desde el punto de vista de un amigo; ninguno de nosotros era psicólogo— y hacerles pasar un buen rato.
Olivia se había encargado de hacer las primeras listas de asignación, tarea que mantenía en la actualidad. De no ser por ella, todo sería un caos.
Pese a que yo, como fundadora, también tenía mucha carga de trabajo, nunca me quejé. Me gustaba saber que podía ayudar a la gente. Los voluntarios quedábamos con nuestros socios todas las semanas y teníamos la oportunidad de conocerlos mejor y formar vínculos que podían volverse duraderos.
Sin embargo, lo bueno había durado poco.
Con el inicio del nuevo curso, todo había empezado a torcerse.
Muchos de los voluntarios se fueron a la universidad, otros comenzaron su último año de instituto y prefirieron dedicarse solo a estudiar, y el resto decidió invertir su tiempo en hacer cosas más interesantes que participar en Un Amigo Gratis.
Como consecuencia, habíamos tenido que ajustar nuestras agendas y rogar a los pocos voluntarios que quedaban que le dedicasen más horas a la asociación.
Al final, habíamos conseguido salir a flote con mucho esfuerzo. Sin embargo, si seguíamos tan escasos de personal, íbamos a hundirnos dentro de poco.
—El chico es algo raro —mencionó Olivia—. Siempre que lo veo en el instituto, está solo. Creo que es un poquito asocial.
—A lo mejor solo es tímido y le cuesta hacer amigos.
—Todo lo contrario a Jayden.
—Olivia, para.
—Pero si no he dicho nada...
—Deja al pobre chico en paz.
Ella soltó una risita, encantada como siempre de que me diera tanta vergüenza hablar sobre ese tema. Nos detuvimos frente a la puerta de la cafetería y me apoyé en la pared. Estábamos esperando al chico más impuntual del mundo: nuestro amigo Scott.
—Todo sería más sencillo si para ti tan solo fuera «un pobre chico» —canturreó Olivia, que no se rendía con facilidad—. Estás coladita por él.
—Eres insoportable.
—En el fondo me adoras. Y me necesitas. Si yo no estuviera, ¿quién iba a obligarte a hablar con Jayden?
—Nadie. Te recuerdo que tiene novia.
—¿Y qué? Las parejas se separan. —Se encogió de hombros. Era tan políticamente incorrecta que solía bromear con que, si la metiesen en un reality , el público la cancelaría en el primer programa—. De todas formas, ya sabes que se rumorea que Grace y él han roto. Es tu oportunidad.
—¿Podemos no hablarlo aquí? Por favor.
Jayden me gustaba mucho, pero había un inconveniente: Grace.
Era una de las socias a las que yo acompañaba en la asociación.
Sabía de primera mano lo mal que lo estaba pasando con otros problemas que tenía en su vida, y sí, también había oído los rumores de la ruptura.
Si de verdad habían roto, yo tendría que estar ahí para apoyarla.
¿Cómo iba a pensar en su ex de esa manera? Se suponía que éramos amigas.
A Olivia no le caía bien, de ahí que insistiera en el tema de Jayden. Decía que Grace se aprovechaba demasiado de mí y de mi buena voluntad. Quizá tuviera razón.
Olivia y yo éramos muy diferentes, por eso éramos mejores amigas.
Todo lo que no tenía una sí lo tenía la otra.
Olivia era atrevida. Atrevida de verdad; aunque yo también me consideraba una persona sociable, me desenvolvía bien con gente nueva y me gustaba hacer amigos, a menudo me ganaban las inseguridades.
La confianza que Olivia tenía en sí misma no era fingida.
Amaba llamar la atención. Si había que lanzarse, ella lo hacía sin paracaídas, ajena al miedo.
Nunca se la veía titubear. Scott y yo le proporcionábamos un lugar donde poder relajarse y respirar.
Ella, a cambio, nos animaba a dar un paso adelante cuando los miedos amenazaban con ganar la partida.
El ejemplo perfecto fue cuando tuvimos que preparar los carteles con los que empapelaríamos el instituto para anunciar la asociación.
Una de nosotras iba a convertirse en la cara visible del proyecto y yo había decidido que tenía que ser Olivia.
A mí mi pelo rubio y mis ojos marrones me hacían mona, pero ella, con sus ojos azules, su eyeliner marcadísimo y su melena decolorada, llamaba muchísimo más la atención.
Diseñé los carteles y se los mandé al orientador.
En cuanto Olivia vio el correo en nuestra bandeja de mensajes, lo llamó, le dijo que borrara el archivo, vino a buscarme y me soltó una reprimenda que duró veinte minutos enteros.
«Tienes que perderle el miedo a que te vean —me dijo—.
Aplícate los consejos que le das al resto.
Eres la fundadora. Si alguien va a aparecer en el cartel, esa eres tú».
Por eso la quería tanto. Porque me conocía bien. Porque nos ayudábamos la una a la otra. Porque todo el mundo debería tener la suerte de contar con una amiga como ella.
Incluso aunque a veces le encantara tocarme las narices.
—Sí, mejor que nos callemos, porque viene hacia aquí.
Así de rápido, el corazón se me aceleró.
Seguí su mirada hacia el pasillo. Jayden charlaba animadamente con Carl y Eric, sus mejores amigos, y estaban caminando en nuestra dirección.
Carl tenía una lata de refresco en la mano.
Estaba claro que en realidad no se dirigían hacia nosotras, sino a la cafetería.
Olivia y yo solo estábamos en medio. Aun así, cuadré los hombros, me giré nerviosa hacia mi amiga y me concentré en tratar de actuar con normalidad y, sobre todo, en no mirar más a Jayden.
Era el novio, o el exnovio, de Grace. Ni siquiera sabía que yo existía y eso tenía que seguir así. Por el bien de todos.
Sin embargo, mi plan se fue al traste cuando Carl se paró delante de nosotras con su flequillo castaño caótico y una sonrisa amable para saludar a Olivia, ya que iban juntos a clase y solían intercambiarse los apuntes.
Pronunció un «Hola, ¿qué tal?» o un «Hola, Olivia, ¿qué tal?
» o algo similar en lo que no me molesté en fijarme porque me escupió.
Carl me escupió.
Sin querer, me escupió en la cara.
Y todo el mundo pudo verlo con claridad. Jayden y Eric se taparon la boca con el puño para no reírse. Mientras tanto, mi mirada seguía fija en su amigo, que se disculpó atropelladamente. Parecía muy avergonzado.
Pues éramos dos.
Quería meterme bajo tierra. Hundirme y desaparecer. Me limpié la mejilla a toda prisa y noté mojada la mano. Qué asco.
—Mierda, lo siento —estaba diciendo Carl—. No pretendía...
—Tengo que irme —balbuceé. Solía ser muy habladora, pero Jayden me ponía tan nerviosa que nunca me salían las palabras delante de él. Giré sobre los talones tan rápido que olvidé que estábamos en la entrada de la cafetería.
Choqué contra uno de los alumnos que salían. Uno que llevaba un bocadillo. De pronto una mancha de salsa de tomate se abrió paso por mi camiseta.
—Mira por dónde vas —me espetó el chico mientras retrocedía pasmada.
—Ten tú más cuidado —oí que le respondía Olivia, pero yo ya me estaba alejando por el pasillo.
La vergüenza me sacudía por dentro. No podía pensar en nada más que en irme de allí y esconderme en alguna parte. ¿Cómo podía haber tenido tan mala suerte? Solo quería pasar desapercibida delante de Jayden y había terminado haciendo el ridículo de mi vida.
—Eleonor. —Olivia me seguía.
—Tengo que limpiarme. —Mi camiseta estaba arruinada. Y ese tal Carl acababa de ducharme delante del tío por el que yo llevaba años colada.
—Entra en el baño. Te espero aquí fuera.
El lavabo de chicas tenía una cola enorme, así que Olivia y yo fuimos al de chicos. Abrió la puerta, me dijo que haría guardia, que me tranquilizara, que no había hecho el ridículo, que con el tiempo recordaría este momento y me reiría, y yo entré en el baño.
Ahí empezó todo.