36
L ucy
Nunca me había puesto nerviosa quedar con Katherine, pero últimamente he vivido muchas experiencias nuevas en mi vida.
—No hace falta que les contemos todo —digo.
—¿Qué es «todo»? ¿Lo dulce que sabes? —pregunta Hunter—. ¿Qué siempre estás cuando estás conmigo, o cómo te ciñes alrededor de mi…?
—Hunter —lo acallo, echando un vistazo a mi alrededor para ver si alguien está escuchando nuestra conversación mientras nos dirigimos hacia Madison y la 63.
—Esto es Nueva York —replica, desdeñoso—. A nadie le interesa nuestra vida sexual.
No tengo nada que objetar a eso. Todo el mundo en Nueva York ya tiene bastante con su propia vida como para ir chismorreando sobre unos completos desconocidos.
—Me refiero a la mudanza y todo eso —aclaro.
—¿No quieres que sepan que vamos a ir a vivir juntos? — Hunter se detiene en seco en la acera—. ¿Por qué?
Le escudriño el rostro. Parece genuinamente confundido y quizá un poco herido.
—Es solo que me preocupa que Katherine piense que es demasiado pronto.
—¿Y qué?
—Que no quiero tener que responder a sus preguntas.
Ni que ella ponga en duda mi criterio. Luego se lo contará a mi madre y todo el mundo se meterá en mis asuntos.
Antes de que me dé cuenta, me estaré mudando a un piso en el que no quiero vivir porque eso es lo que Katherine y mi madre creen que es lo correcto.
Niega con la cabeza.
—Bueno, también será mi piso, y no van a obligarme a vivir en ningún sitio en el que no quiera vivir. Y…
—¿Y qué? —digo. No estoy acostumbrada a que Hunter me oculte nada. No quiero que empiece a hacerlo ahora.
—Creo que esa es la mujer que eras. Pero las cosas han cambiado, Lucy.
No estoy seguro de que ahora te dejaras mangonear tan fácilmente.
No creo que ya quieras complacerlas por encima de ti misma.
Ya no sientes la misma necesidad de caerle bien a tu madre.
Quizá sea porque sabes lo mucho que me gustas.
—Me da un suave beso en los labios y siento su sonrisa contra mi boca.
Tiene razón. La antigua yo habría acabado recibiendo una reprimenda de mi madre.
Habría acabado alquilando otro piso en Brooklyn porque era más barato y porque eso es lo que mi madre habría creído que era lo mejor.
Pero ya le he dicho a Hunter que quiero vivir en el Upper West Side .
En la parte baja. He sido bastante clara con él.
Entonces, ¿por qué me preocupa tanto lo que vayan a decir mi madre y Katherine?
—. Es un déjà vu —dice Hunter, como si me leyera el pensamiento—.
No hace falta que te lo cuestiones. Te has pasado gran parte de tu vida intentando complacer a los demás.
Ahora ya no tienes por qué hacerlo. Te costará un poco acostumbrarte. No te estreses.
—Entonces, ¿crees que deberíamos contárselo sin rodeos?
Hunter se encoge de hombros.
—No veo motivo para ocultarlo.
Enderezo los hombros. Tiene razón: no tengo ningún motivo para ocultarle nada de mi vida a nadie. Si la gente me quiere, se alegrará por mí. Si no, pues no. Es tan sencillo como lo pinta Hunter.
Katherine y Ed ya están sentados en el restaurante cuando llegamos. Es la primera vez que nos encontramos los cuatro desde la boda.
Nos abrazamos y nos sentamos. Katherine está radiante, como siempre.
Hay algo diferente en la dinámica entre Hunter y Ed.
Parecen más unidos de alguna manera. Como si se hubiera derribado una barrera que había entre ellos o algo así.
Hunter me contó que había volado a Boston para arreglar las cosas con Ed después de la luna de miel, y está claro que ha funcionado.
—¿Qué tal va la nueva casa? —les pregunto—. Estoy deseando ir a visitaros.
—Tienes que venir pronto. —Katherine hace una pausa—. Bueno, demasiado pronto no, porque todo está hecho un desastre. Tenemos muchísimo que hacer.
—Hay que cambiarlo todo —dice Ed—. Pero va a ser nuestro hogar para siempre, así que no nos importa si nos lleva un tiempo.
—Pero que no sea demasiado tiempo —replica Katherine.
—¿Cómo lo lleva mamá? —pregunto.
Katherine hace una mueca.
—Bueno, la verdad es que no muy bien. Me está tratando como a ti. Se muestra brusca y suelta comentarios sarcásticos. —Ella y Ed se miran, y me doy cuenta de que mi hermana saca fuerzas del hombre al que ama. Fuerzas para afrontar la desaprobación de nuestra madre.
Asiento porque sé muy bien por lo que está pasando Katherine.
—Se acostumbrará… —Me detengo—. Bueno, puede que nunca se acostumbre, pero tú te acostumbrarás a su desaprobación.
—Ed dice que tengo que entrenarme para ignorarla.
Ed y Hunter se miran. Está claro que ya han hablado de esto: de nuestra madre y del poder que ejerce sobre nosotras. O, al menos, lo ejercía. Su poder se va desvaneciendo a medida que avanzamos en nuestras propias vidas.
—Tenemos noticias —digo, estrechando la mano de Hunter bajo la mesa—. Estamos buscando piso.
Katherine da un gritito.
—¿Os vais a vivir juntos?
No se trata solo de que nos vayamos a vivir juntos. Es algo más serio que eso, pero visto desde fuera, estamos dando el siguiente paso.
—Sí, de hecho estamos buscando por esta zona. Unas cuantas manzanas más al sur.
—Así podremos ir los dos andando al trabajo —añade Hunter—. Con el tiempo, la niñera acompañará a los niños con nosotros, para que podamos pasar todo el tiempo posible con ellos.
A Katherine se le iluminan los ojos.
—¿Estás embarazada?
Hunter se ríe.
—Todavía no. —Se vuelve hacia mí—. ¿No?
Ahora me toca reírme a mí, y niego con la cabeza.
—Desde luego que no estoy embarazada —confirmo.
—Claro —dice Hunter—. Pero más adelante. Cuando tengamos hijos.
—Así que esto va en serio —comenta Katherine.
Me encojo de hombros.
—Él es el indicado.
Hunter sonríe, se echa mí y me da un beso en la mejilla.
—Ella es más que suficiente para mí. —Se ríe, y yo le doy un codazo en las costillas—. En el mejor sentido posible. Es la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida. Quiero que sea la madre de mis hijos y… sí, quiero que envejezcamos juntos.
Katherine se recuesta en su asiento.
—Bueno, esto no es lo que esperaba oír hoy. Pensaba que ibas a decirnos que habíais roto y que todo había sido de mutuo acuerdo, pero que eso era todo, o que solo habíais fingido estar juntos para hacerme feliz.
Hunter me aprieta el muslo, pero ninguno de los dos dice nada.
—Yo no pensaba eso —interviene Ed—. Cuando Hunter vino a Boston, supe que las cosas habían cambiado. Y que Lucy era el motivo de ese cambio.
—Tienes razón —dice Hunter—. Lucy me enseñó en qué tipo de hombre quiero convertirme.
Le echo un vistazo. ¿Cómo he tenido tanta suerte? Me siento como si me hubiera sacado de un huracán de desesperación. Desesperada por ser la buena hermana, la hija querida, la asistente jurídica competente. Y ahora soy… yo misma. Y no estoy desesperada por ser nada ni nadie más que quien soy.
—Tú siempre has sido ese hombre.
—Hasta que te conocí no —responde él.
—¡Por Dios! —exclama Katherine—. ¿Quiénes sois vosotros dos? ¿Qué habéis hecho con mi hermana luchadora y con el socio gruñón de mi marido?
Me encojo de hombros.
—Nos enamoramos, supongo.
Katherine me coge de la mano.
—Me alegro mucho por ti. Y también me alegro por nosotros, porque podremos salir en citas dobles, irnos de vacaciones juntos, disfrutar de la vida los cuatro…
—¿Te apetece mudarte a Nueva York? —sugiero.
—¿Te apetece venir a Boston? —pregunta Katherine.
—No está tan lejos —dice Hunter—. Deberíamos comprar una casa en la playa entre todos para pasar los veranos.
—En Martha’s Vineyard —decimos Katherine y yo al unísono.
—Ahí es donde deberíamos casarnos —explica Hunter, con expresión expectante y esperanzada—. Deberíamos volver a alquilar esa casa y casarnos donde nos enamoramos.
—Qué romántico eres —suspiro. Entrecierro los ojos—. ¿Y acabas de pedirme matrimonio?
—Creía que ya lo había hecho —replica—. ¿Acaso tienes alguna duda de que no hay nadie más para mí que tú?
—Niego con la cabeza e intento contener una sonrisa.
Escuchar que me quiere sigue haciendo que sienta un nudo en el pecho.
No estoy segura de que esa sensación de sorpresa y felicidad vaya a desaparecer alguna vez.
Al menos, espero que no—. Yo tampoco. Me gustaría adoptar tu apellido, si te parece bien, y saber que estamos unidos tanto por la ley como por el amor.
Quiero todo eso contigo. ¿Quieres casarte conmigo?
La felicidad se extiende por mi cuerpo como un sol interior, dejándome con una sensación de calidez y plenitud, y le sonrío al hombre que tengo a mi lado, con el que voy a casarme.
Así que así de buena puede llegar a ser la vida…
La verdad es que no tenía ni idea. Lo miro fijamente, con las mejillas sonrosadas y el pelo deliciosamente revuelto.
No hay mucho que pueda decir. Si quiere casarse conmigo, mi respuesta es sí. Por supuesto que sí.
—Me casaré contigo en Martha’s Vineyard —acepto— . O en lo alto del Empire State Building, o en alta mar. Te seguiré allá donde me lleves.
Hunter me rodea la cara con las manos y me besa en los labios, y yo me dejo llevar por él, sin querer que haya ningún espacio entre nosotros. Dejamos de besarnos y apoya su frente en la mía.
—¿Podemos pedir una botella de champán? —le pregunta Ed a un camarero que pasa por allí—. Nuestros mejores amigos acaban de comprometerse.
Volvemos a centrarnos en la mesa, entrelazando nuestras manos.
—Seré la madrina, ¿verdad? —pregunta Katherine.
Hago un gesto de incomodidad.
—Bueno, sí, claro, no hay nadie más. Pero no quiero una boda grande y lujosa. —Me dirijo a Hunter—. ¿O tú sí?
Él niega con la cabeza.
—Con que seamos solo nosotros cuatro en la playa de Martha’s Vineyard me vale .
No se me ocurre nada mejor. Yo, con un vestido blanco junto a Hunter, prometiéndole que lo amaré el resto de mi vida, con mi hermana y el mejor amigo de Hunter justo a nuestro lado.
Es todo lo que necesito. No necesito ser la hija perfecta.
La hermana perfecta. La empleada perfecta.
Solo quiero ser la mujer que ama a Hunter, y la mujer a la que Hunter ama a su vez.