Un acuerdo inocente 35 #2
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35 #2

La presión de su cuerpo entre mis muslos es lo único en lo que puedo pensar.

Todo mi cuerpo empieza a temblar y lanzo un grito, un profundo y gutural, un ruido que nunca me había oído.

Hunter saca a relucir una faceta mía que no sabía que existía.

Siempre ha sido así con él, y creo que siempre lo será.

Él ve lo mejor de mí porque me ve tal y como soy. Y lo ama todo.

Levanto las caderas del colchón, deseando con todas mis fuerzas que se meta en mí lo más profundamente posible. Él gime mientras nuestros cuerpos chocan con fuerza. Lo siento dentro de mí y le oigo susurrar mi nombre como si no pudiera creer que esto sea real.

Pero es real y es para siempre. No tengo ninguna duda al respecto.

—Joder, Lucy. No voy a aguantar mucho más.

—Mi mano se desliza por su pecho hasta acariciar su mandíbula.

Él me mira y los dos alcanzamos el clímax como si fuéramos uno solo, elevándonos cada vez más alto y uniéndonos cada vez más fuerte.

Nos abrazamos mientras el orgasmo remite, sabiendo que cada vez que nos unimos físicamente, eso nos acerca aún más—.

Me haces sentir tan bien… —me susurra al oído.

—Creo que esto era justo lo necesitábamos —digo; se tumba a su lado y hace que me acerque a él.

—Siempre te necesito —dice, y no puedo evitar sonreír. No me puedo creer que el hombre con el que estoy ahora mismo en la cama sea el mismo al que metí en un Uber en la fiesta de compromiso de Ed y Katherine hace tantos meses. Ahora siento de verdad que forma parte de mí.

No me da ni un respiro antes de que sus dedos empiecen a trazar círculos sobre mi piel, haciendo que mis pezones se pongan erectos.

Se agacha para chuparlos, rozándolos con los dientes, pasando de uno a otro.

Quiero sentir sus dientes sobre mí, su boca.

Quiero su pene dentro de mí. Estoy tan ávida de él…

Lo quiero todo, de todas las formas posibles.

Va bajando por mi cuerpo hasta situarse entre mis piernas, lamiendo mi clítoris, como si lo estuviera calmando, preparándolo, dejándolo listo para explotar de nuevo. Me retuerzo sobre el colchón, deseando más, pero sin poder soportar ni la mitad de lo que me está dando.

Me agarra la parte superior de los muslos, sujetándome en mi sitio mientras me recorre con la lengua, una y otra y otra vez. Siento como si me estuviera sumergiendo en otro lugar, uno lleno de luz, calor y Hunter.

Lo único que siento es a Hunter. Su aliento cálido mientras su lengua se abre paso sin descanso entre mis pliegues es todo lo que necesito para que mi cuerpo se retuerza contra sus manos. Me pone una mano plana sobre el vientre, presionando, sujetándome en mi sitio hasta que ya no puedo más.

No estoy segura de si estoy articulando palabra alguna, aunque intento pronunciar su nombre con voz entrecortada.

Me aferro a él, deseando tenerlo más cerca y escalo hasta la cima.

Hundo mis manos en su pelo, su lengua se adentra en mí y me pierdo.

Estoy cayendo, cayendo, cayendo, estallando una y otra y otra vez.

Cuando por fin consigo abrir los ojos, sigo teniendo las piernas bien abiertas y Hunter sigue tumbado entre ellas, con la mirada fija en mi sexo. No tengo fuerzas para sentir vergüenza.

—Eres preciosa. Y yo soy el tío más afortunado del mundo por tenerte así.

—Necesitas un psiquiatra —me burlo, poniéndome un brazo sobre la cara.

—Lo digo en serio. Y tu sexo es como una flor que se abre para mostrarme lo bonito que es.

Hunter me adora. Adora todo mi ser.

Lo sé.

—Tienes razón —comento—. Deberíamos mudarnos a la zona alta.

Se incorpora apoyándose en las manos para que yo lo mire directamente a los ojos.

—¿Estás intentando que se me ponga dura otra vez?

—¿Pretendes decirme que eso es difícil?

Sonríe.

—Entonces, ¿te vas a mudar conmigo?

—Por supuesto que sí —acepto—. Nos iremos a vivir juntos.

—Podremos ir andando juntos al trabajo.

—Y comer juntos.

—Y estar con los niños.

—¿Quieres que nuestros hijos vengan andando al trabajo con nosotros? —río.

—Claro —responde él—. La niñera puede acompañarnos al trabajo para que no nos perdamos nada. Aunque quizá tú todavía estés estudiando Derecho, así que tal vez podamos turnarnos: un día los niños te llevan a la facultad y otro día me llevan a mí al trabajo.

Le acaricio la mejilla. Él no da por hecho que tener hijos vaya a frenarme. Al contrario, ve nuestro futuro juntos de la forma más optimista posible.

—¿Crees que de verdad voy a entrar en la facultad de Derecho?

Me mira frunciendo el ceño.

—Por supuesto. Si eso es lo que quieres hacer.

—Va a ser mucho… Tú trabajando tantas horas. Yo estudiando y trabajando también.

—Pero podremos con todo. Estamos acostumbrados.

Le sonrío. Es mi compañero y quiere para mí lo mismo que yo.

Y cree que puedo conseguirlo. Yo siento lo mismo por él.

No tengo ninguna duda de que él y Ed van a seguir haciendo crecer a Portis hasta convertirlo en una empresa muy influyente.

Ahora que estamos juntos, las posibilidades son infinitas.

—¿Te traigo algo? —me pregunta.

—Me apetece un vaso de agua.

—Voy. —Se levanta de la cama y se dirige a la cocina. Cuando regresa, lleva en la mano mi refresco favorito, el que siempre pido.

—¿Has comprado mis refrescos? —le pregunto.

—Sí. Quiero que te sientas a gusto aquí.

—¿Y pensabas que no me iba a llegar contigo y que mejor comprabas también el refresco?

—Quería tenerlo todo bien atado. —Me sonríe, se sienta en la cama y me pone las piernas sobre su regazo—. ¿Empezamos ya a buscar piso? ¿Hay alguna zona que te guste más? Si no quieres, no pasa nada. De verdad que no. Lo entiendo. Quizá aún no confíes del todo en lo que siento.

Le cojo la mano y entrelazo mis dedos con los suyos.

—No es que no confíe en lo nuestro. Es que… me preocupa lo de estudiar. —Echo un vistazo a mi alrededor. Su piso es pequeño. Y es suyo—. Pero creo que estaría bien buscar algo un poco más grande. Y algo que haya sido nuestro desde el principio. Un nuevo comienzo.

Una sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios.

—Un nuevo comienzo.

No estoy segura de si alguna vez me había planteado cómo sería esto, compartir mi vida con alguien. Pero él quiere que yo sea feliz. Quizá tanto como yo quiero que él lo sea. Esa igualdad me hace sentir segura. Me hace sentir querida.

—Estaría bien poder ir andando al trabajo. O, al menos, no tener que coger el metro. No me importa ir en autobús.

Me sonríe.

—¿El autobús? ¿En serio? ¿Con los tacones que llevas?

Le doy un sorbo a mi refresco y me dejo caer de nuevo sobre la almohada, y veo cómo me mira, con amabilidad y consideración.

—¿Tú has pensado dónde quieres vivir?

Se encoge de hombros.

—Yo soy feliz si tú lo eres.

—¿Desde cuándo nos llevamos tan bien?

Se ríe entre dientes.

—Quizá cuando nos conocimos nos convertimos en la mejor versión de nosotros mismos el uno para el otro. —Se echa sobre mí y me da un beso en los labios—. Quiero ser el hombre que te mereces.

—Lo eres —le digo, rodeándole el cuello con los brazos—. Ya lo eres.