Un acuerdo inocente 35
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L ucy

Que Hunter apareciera de repente y me declarara su amor eterno no era lo que esperaba en este soleado día de Nueva York.

Pero era justo lo que necesitaba. Pensaba que los hombres guapos que hacían grandes declaraciones de amor eran algo que solo les pasaba a mujeres como mi hermana o en las novelas de Jane Austen.

Hasta hace poco me sentía como un personaje secundario en la vida de los demás.

Hoy Hunter me ha hecho sentir como la protagonista. Como la heroína de mi propia historia.

Las explicaciones de Hunter sobre cómo ha cambiado su percepción del mundo también me han parecido muy acertadas.

Su sinceridad, su vulnerabilidad, el dolor que he visto reflejado en su expresión cuando me ha hablado de su padre…

Hunter ya no huye. Y eso ha sido lo que me ha hecho creer que estaba siendo sincero y también lo que me ha hecho aceptar mis propios sentimientos hacia él.

Lo único que sé es que Hunter ha derribado hoy todas y cada una de mis defensas, pero nunca me he sentido tan a salvo, tan querida…

Él cree en mí cuando yo no tengo suficiente fe en mí misma. Y sé que va a hacerlo genial incluso cuando dude de sí mismo. Entendemos y aceptamos los defectos del otro y somos mejores gracias a ellos.

Estamos muy lejos de ser perfectos, pero encajamos tan bien que parece que ninguno de los dos va a poder funcionar del todo sin el otro.

He conocido al amor de mi vida. Y él me quiere a mí también. No creo que haya nada mejor en la vida que esto. Es más de lo que jamás podría haber esperado para mí.

Lo que pasa con Nueva York es que, aunque te reconcilies con el amor de tu vida durante la hora del almuerzo, el capitalismo sigue llamándote. Cinco minutos después de que Hunter me haya dicho que quería estar conmigo para siempre, he vuelto al trabajo y él también. En edificios contiguos.

He intentado salir a la hora habitual, pero una moción de última hora en un juicio en directo me ha obligado a quedarme hasta tarde.

Por fin llamo al portero del bloque de Hunter, agotada tras lo que me ha parecido el día más largo de mi vida.

—No quiero vivir en Brooklyn —dice al abrir la puerta.

Una oleada de energía recorre mi cuerpo.

Me alegro tanto de verlo, me alegro tanto de saber que estamos avanzando y no dando pasos atrás…

Ahora empieza nuestra vida juntos. El camino hasta aquí ha sido difícil y traicionero.

Pero, de alguna manera, al mirar a Hunter, sé que ahora todo va a ser un poco más fácil—. Quiero que te vengas a vivir conmigo.

—¿Mudarnos juntos? —digo, preguntándome si lo habré oído mal—. ¿Cuándo? —Supongo que se refiere a más adelante, cuando lleguemos a ese punto en nuestra relación. O quizá no. Quizá él también sienta lo mismo que yo: que por fin todo encaja, que todo funciona, que por fin todo está en su sitio.

—Podríamos ir ahora a tu casa a coger un par de cosas, si quieres.

—¿Te has vuelto loco? —río. Va a toda velocidad. Solo llevamos juntos desde la hora de comer, pero Hunter ya se está impacientando—. Son casi las nueve de la noche.

—Vale, esta noche no. Pero no tiene sentido posponerlo. ¿Por qué no íbamos a vivir juntos? Los dos tenemos trabajos muy exigentes. Deberíamos aprovechar al máximo el tiempo que no estamos en la oficina.

Le sonrío. Apenas he cruzado el umbral y él ya tiene un montón de ideas para nosotros dos. Lo entiendo. Sabemos lo que nos depara el futuro. ¿Para qué esperar? Cierro la puerta y él me envuelve entre sus brazos.

—Siguiendo esa lógica, vamos a casarnos el martes de la semana que viene.

—Por mí, vale —dice como si no fuera gran cosa.

Quizá no lo sea. Hemos tomado decisiones importantes.

Juntos estamos mejor que por separado. Nos querremos para siempre.

Nos cuidaremos el uno al otro hasta el día de nuestra muerte.

¿Qué nos queda más que casarnos? Lo observo mientras habla con entusiasmo sobre qué partes del piso se podrían cambiar o reformar—.

Quizá deberíamos mudarnos. Podríamos buscar algo un poco más cerca del trabajo.

Y del parque. Portis ahora gana más dinero.

Podríamos conseguir algo bonito. Más grande.

—Me da un besito en los labios y yo le paso las manos por el pelo.

Cierra los ojos lentamente y todo su cuerpo se relaja—.

Mi mente está trabajando a toda máquina.

Me río.

—Ya lo veo.

—Me alegro de tenerte aquí. —Me da un beso en el cuello.

—Me alegro de estar aquí —respondo. Dondequiera que él esté, me siento como en casa.

Mientras nos abrazamos, me doy cuenta de que nunca me había sentido así, tan en paz con alguien.

Hunter es tan firme, tan cálido… Siempre ha sido como una roca.

Y ahora siento que es mío—. Dios mío, te quiero de verdad.

Me sonríe.

—Lo dices como si te sorprendiera.

—Creo que un poco sí —contesto con sinceridad—. Creo que nunca he creído que fuera a conocer a alguien de quien estuviera tan segura. Es como si te hubiera estado esperando y ahora estuvieras aquí.

—Eso es porque ha habido demasiada gente en tu vida de la que deberías estar segura, pero no lo estabas. Pero eso ha cambiado. —Su sonrisa se hace más amplia—. Puedes estar segura de mí.

—Lo estoy. Y tú puedes estar seguro de mí.

Asiente despacio y una expresión de lujuria se dibuja en su rostro.

Sus manos se deslizan por mi espalda y encuentran la parte superior de la cremallera.

Me la baja y me quita el vestido hasta que queda tirado a mis pies.

No llevo sujetador y no me importa. Sé que Hunter no está fijándose en mi ropa interior.

Llevo las manos a su cinturón y él me las aparta con un gruñido.

Me levanta en brazos, me echa encima de su hombro y me lleva a zancadas al dormitorio.

Me lanza sobre la cama y se echa encima de mí.

No puedo evitarlo, ya estoy mojada. Probablemente desde antes de llamar al timbre. Probablemente desde la hora de comer.

—Te he echado tanto de menos —dice, besándome entre los pechos—.

Muchísimo. —Suspiro, contenta de dejar que me explore.

Me encanta lo respetuoso que es con mi cuerpo.

Cómo me trata como si fuera algo valiosísimo.

Me hace sentir adorada. Y ser adorada por un hombre como Hunter me hace sentir mejor que cualquier cosa que pudiera imaginar.

Le agarro la camiseta, desesperada por sentir su piel cálida contra la mía—. Qué impaciente.

—Sí. Te deseo. Te deseo con locura.

—Me tienes —susurra, se sienta sobre los talones y hace que me siente sobre él—.

Y yo te tengo a ti. En cuerpo y alma. — Creo que se quedó con mi alma mucho antes de quedarse con mi cuerpo—.

Y tú también tienes las dos cosas de mí — continúa, antes de que pueda confesarle que me pertenece por completo—.

Y te las he entregado por voluntad propia.

Y quiero estar contigo, casarme contigo y decirle al mundo lo que siento, pero es imposible que sienta más por ti de lo que siento en este preciso instante.

—Me penetra con los dedos y yo jadeo. Había olvidado lo bien que me hace sentir, cómo sabe muy bien qué tiene que hacer para despertar mi éxtasis—.

¡Dios mío! — exclama él, conteniendo el aliento—. Siempre estás tan húmeda…

—Siempre estoy lista para ti.

—¿Incluso cuando estamos haciendo cola para comprar bocadillos?

—Siempre que estoy contigo. —Asiento.

Gruñe y curva los dedos dentro de mí. Arqueo la espalda y me aferro a las sábanas. Estoy a un suspiro de llegar al orgasmo, pero no estoy preparada, todavía no. Quiero sentir más a Hunter. Quiero sentirlo todo.

—Por favor, Hunter —le digo. Ya no necesito dar explicaciones.

Abre un condón: sabe lo que necesito. Cuando consigo volver a concentrarme, está encima de mí, desnudo, mirándome a los ojos con amor puro.

Abro las piernas todo lo que puedo. Lista para él.

Lista para siempre. La punta de su miembro acaricia mi entrada, y me gusta que juegue conmigo pero ahora no.

Ahora solo quiero sentirlo. Y él lo sabe.

Nuestras miradas se cruzan y él embiste con tanta fuerza que me empuja contra el cabecero de la cama.

Es justo lo que los dos necesitamos.

Apenas puedo respirar, estoy tan llena de él… No puedo moverme porque sé que el más mínimo movimiento me llevará al límite. Mi clítoris vibra de anticipación, pidiendo a gritos que lo toquen, pero sé que incluso una brisa podría hacer que me corriera ahora mismo.

—¿Estás bien? —me susurra al oído.

—Mejor que bien —respondo.

—Estás tan ceñida, joder, tanto… —Su voz suena tensa por el esfuerzo de no correrse. Los dos estamos muy tensos, muy conscientes de que este momento está cargado de significado porque es el comienzo de la eternidad.

—Te quiero —susurro.

Su pecho se hincha entre nosotros.

—Siempre te he querido —dice, y se retira despacio, con cuidado, como si estuviera hecha de cristal.

Sus ojos son lava fundida. Llenos de calor y fuerza.

Soy yo quien le está provocando eso. Es mi cuerpo, mi sexo.

Soy yo. Le rodeo el trasero con las manos y alcanzo el éxtasis cuando vuelve a penetrarme con fuerza, pero esta vez no se detiene para deleitarse conmigo.

No se detiene por nada del mundo. Es como si hubiera accionado un interruptor y no pudiera detener lo que ha empezado.

Pero yo no quiero que lo haga. Quiero más de él. Lo quiero todo.

Se me pone la piel de gallina y me empapo de sudor, y mis dedos se clavan en su carne. Los tendones de su cuello se tensan, y sé que está intentando no correrse, o simplemente no sentir nada de lo que hay entre nosotros, pero es imposible.