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H unter
Llevo esperando frente a Stranger than Fiction desde las once y cuarenta y cinco.
Normalmente, Lucy sale a comer sobre las doce y media.
Pero ya son casi las dos y está claro que aún no ha salido de su edificio.
Tengo muchas ganas de comprarle algo para comer y llevárselo a su edificio, pero no quiero meterla en un lío.
Eso es lo último que quiero hacer. Quiero que las cosas mejoren entre nosotros, no que empeoren.
Y entonces la veo. Se ha puesto ese vestido azul marino con el que la vi la última vez, pero lleva el pelo suelto. Nunca lleva el pelo suelto para ir a trabajar. Me quedo en el borde de la plaza, contemplándola mientras cruza la calle y se dirige hacia mí.
Cuando está a unos quince metros de distancia, me ve. Sonríe y luego frunce el ceño, como si no supiera por qué estoy ahí parado en medio de la calle, mirándola.
Tiene que parecerle un poco raro.
Tiene que pasar junto a mí para llegar a la tienda de bocadillos, así que no le quito los ojos de encima mientras se acerca. Su mirada va de mí a lo que sea que esté pasando a mi alrededor. Reduce el paso al acercarse.
—Hola —saludo—. Pareces… hambrienta. Iba a empezar con «Estás preciosa», pero no quiero que esto le resulte confuso. Aunque decirle que parece hambrienta probablemente no haya sido el mejor comienzo.
—Sí, voy a comer algo.
Le muestro la bolsa de papel con el bocadillo dentro.
—Te he pedido la comida. Es el plato del día. Pensé que podríamos probarlo juntos. —Le echa un vistazo a la bolsa que le estoy mostrando y luego a mi cara.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí fuera?
—Ah, me lo han dado hace solo quince minutos.
—He llamado a mi asistente y le he pedido que fuera a por otro almuerzo para los dos.
No quería apartar la vista del edificio de Lucy.
No podía arriesgarme a perderla de vista.
Mi asistente ha pensado que me había vuelto completamente loco.
Normalmente, sacarme del edificio aunque solo fuera por diez minutos habría sido casi imposible y llevo dos horas aquí fuera. Pero ha valido la pena.
—Vale —dice Lucy con recelo—. Gracias. Creo.
—¿Quieres comer conmigo? —le pregunto. Se me ocurre que Lucy llega tarde a comer porque está ocupada y tendrá que regresar enseguida al trabajo. Si es así, tendré que esperar. Ella lo vale, aunque cada minuto sin ella se me antoje un mes.
Les echa un vistazo a las mesas.
—Claro. Intento que mi pausa para comer dure solo treinta minutos para poder dedicar los otros treinta a estudiar.
—¿Estudiar? —le pregunto—. ¿El examen de acceso? —Ella va hacia una mesa vacía.
—Sí —dice cuando toma asiento—. Al menos lo voy a intentar.
—Claro —le digo. —Tienes que intentarlo. Porque si no lo haces, nunca sabrás si podrías haberlo conseguido.
Frunce el ceño y me mira como si me hubiera vuelto loco.
Vuelco el contenido de la bolsa de papel sobre la mesa.
—«Soy mitad agonía, mitad esperanza» —murmuro para mis adentros.
—¿Qué has dicho? —pregunta con una sonrisa—. ¿Acabas de citar a Jane Austen?
—Puede ser —respondo—. Ayer vi un expositor enorme de Jane Austen en la librería del aeropuerto. Recuerdo que dijiste que Persuasión era tu favorita y la compré. En el avión a Nueva York no había conexión a Internet.
—¿Adónde fuiste?
—A Boston . De vuelta al principio.
—¿De vuelta al principio?
—Tenía que hablar con Ed —respondo—. Y era sobre algo que teníamos que tratar cara a cara.
Le da un mordisco a su bocadillo y mastica, esperando más información—.
Quería pedirle perdón. No he sido el mejor socio del mundo.
—Lucy asiente, como si me diera la razón—.
Es por lo que pasó entre mi padre y yo. —Me hace bien decirlo en voz alta.
Es como si hacerlo diluyera los sentimientos.
Traga saliva.
—Te preocupaba que Ed te fuera a abandonar, a traicionar, como hizo tu padre.
Claro, ella siempre lo ha sabido. Lucy me conoce mejor que nadie.
—Hay una frase del libro que se me quedó grabada. Bueno, hay muchas que se me quedaron grabadas, pero cuando Anne habla con el capitán Harville…
—¿Cuándo Wentworth le escribe la carta a Anne?
—Sí, ella dice: «Si el cambio no se debe a circunstancias externas, debe proceder del interior ».
Eso se me quedó grabado. No por lo que dice sobre Benwick, sino porque por fin me hizo darme cuenta de que mi padre nunca va a admitir lo que hizo.
Solo tengo que aceptarlo y saber en mi interior lo que pasó.
Confiar en mí mismo y en que conozco la verdad.
Esboza una amplia sonrisa.
—Esa es mi escena favorita de todas las novelas de Austen.
—Wentworth está desesperado y quiere saber si Anne se ha rendido con él —medito, preguntándome si Lucy me dará alguna señal—. Y ahí descubrimos lo que siempre habíamos sospechado: que él nunca dejó de amarla.
Nuestras miradas se cruzan y las palabras no pronunciadas flotan en el aire entre nosotros.
—Mi madre no se equivoca con respecto a Austen —dice, sacudiendo la cabeza—. Solo en casi todo lo demás.
—Los dos tenemos… —No puedo imaginar cómo Lucy acabó siendo como es, teniendo en cuenta a su madre—. Mucho que dejar atrás. Muchas cosas en nuestro interior que hemos tenido que transformar y cambiar.
—Creo que tienes razón, Hunter Bain.
—Me alejé de ti, y lo siento —suspiro—. Tenía miedo. No creía que pudiera tener un negocio próspero y… y a ti. A la mujer a la que amo. No creía que me lo mereciera.
Tiene el bocadillo en la boca, pero no le da un mordisco: lo baja y lo vuelve a dejar sobre el papel en el que estaba envuelto.
—¿Qué has dicho?
La miro a los ojos y trago saliva. Ya lo he dicho. No hay vuelta atrás.
—He dicho que te quiero. Siempre te he querido. Pero lo entenderé si no puedes perdonarme…
No sé cómo interpretar su expresión. No estoy seguro de si está a punto de reírse en mis narices o de lanzarse a mis brazos.
—Vaya —murmura, recostándose en la silla—. No es lo que tenía planeado para hoy.
Vale, pues quizá no se vaya a reír ni a lanzarse a mis brazos.
—Entiendo que esto sea un poco… inesperado, quizá…
—¿Por qué piensas eso? ¿Porque me llamaste bruja demoníaca cuando nos conocimos? ¿O quizá sea por lo de que me dejaste hace dos semanas, justo cuando me di cuenta de que te quería?
El metal de mi silla chirría al moverme para acercarme más a Lucy.
—Fui un capullo. Hui por miedo. Hui del fracaso, de mi padre, de mi futuro. Pero ya no voy a huir más. Quiero vivir el presente. Contigo. —Lucy aparta la vista y la baja hacia su regazo—. Si me quieres, Lucy, y yo te quiero, entonces…
—Entonces, lo que estaba en juego se ha vuelto importante —interrumpe ella—.
Que te presentes en la plaza con un sándwich de pollo con pan integral no significa que vayamos a vivir felices para siempre.
¿Qué pasa si ocurre algo y quieres volver a alejarte?
¿Qué pasa si el negocio va mal durante un año o dos?
No puedo empeñar así mi corazón. No sobreviviría.
— Me mira a los ojos con tal fragilidad, tal vulnerabilidad, que el corazón se me acelera en el pecho.
No quiero ser el hombre que le haga daño; quiero ser el hombre que la haga sentir mejor.
Quiero ser su escudo contra las cosas malas de este mundo.
—No tendrás que sobrevivir a eso —musito—. Nunca voy a volver a huir de ti.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —Ella niega con la cabeza como si mi idea fuera absurda y ya se hubiera rendido.
Pero no voy a dejar que se rinda.
—Te lo demostraré.
—Eso es imposible. ¿Cómo podrías demostrarme que nunca me vas a dejar? Te asustaste y saliste corriendo. Pero en algún momento las cosas se pondrán difíciles y volverás a asustarte. Y no quiero estar todo el tiempo preocupada por si vas a largarte.
—Tienes razón. Habrá momentos en los que las cosas se pongan difíciles. Pero lo que he aprendido desde que estamos separados es que no hay nada que desee más que a ti.
Su expresión está llena de esperanza y ternura.
—Esto no es un libro, Lucy. Esto es el mundo real.
Toda mi vida cambió cuando apareciste en ella.
He estado luchando con el fracaso de Bain Insurance desde que ocurrió.
He estado deseando que mi padre asumiera la responsabilidad, que se disculpara…
Algo. He querido que hiciera cualquier cosa, lo que fuera para convencerme que no fue culpa mía.
¿Y sabes qué? —Me mira fijamente a la cara—.
Eso no va a pasar. He estado dando vueltas sobre la pista, en un bucle de espera, esperando a que alguien me dijera que aterrizara.
Mientras tanto, me estoy quedando sin combustible.
Estuve a cinco segundos de echarlo todo por la borda con Ed.
Ya lo eché todo por la borda contigo. Y no sé si es por perder algo que sabía que era bueno…
Porque lo que teníamos era tan tan bueno…
Al final me he dado cuenta de que perdería todo lo bueno que hay en mi vida si no cambiaba por dentro.
Miré a mi padre a los ojos y le dije que lo sabía; que sabía que me había dejado un negocio en quiebra.
Que había hundido Bain Insurance y me había dejado a mí para que cargara con la culpa.
Le dije que no quiero ser el padre que fue él.
—Suspiro, recostándome en la silla—. Y eso fue todo lo que hizo falta para que algo cambiara en mi interior.
He salido del círculo vicioso. He aterrizado.
Tengo las ideas claras y sé lo que quiero.
—Hago que levante la barbilla—. «No he amado a nadie más que a ti».
Desde el momento en que te vi y para siempre.
Para mí no habrá nunca nadie más que tú.
Entrecerró los ojos.
—¿Desde el momento en que me viste? Estoy convencida de que eso no es cierto.
—Te equivocas. Es solo que al principio no me di cuenta.
Pensaba que eras un grano en el culo, igual que pensaba que Ed estaba holgazaneando.
Nada más lejos de la realidad, pero la lente a través de la que veía el mundo estaba empañada.
Ya no es así. —Ella suspira y yo intento pensar qué más puedo decir para convencerla—.
Las certezas no existen. La vida se basa en oportunidades.
¿Cómo era esa cita sobre los preparativos insensatos? —pregunto.
Una sonrisa se dibuja en su rostro.
—«¡Con qué frecuencia destruyen la felicidad los preparativos, los insensatos preparativos!».
—Eso. Quizá no hace falta que le des tantas vueltas.
Se queda sin aliento y luego suelta el aire temblorosamente.
—Solo llevábamos unas semanas juntos y…
—No sé tú, pero a mí me hizo muchísimo daño perderte tan solo unas semanas después de que empezáramos.
Lo entiendo y siento exactamente lo mismo.
Quiero que vuelvas y no voy a dejar que te vayas otra vez.
¿Cómo puedes estar segura de ello? Nada es seguro, nunca. Pero no lo sabrás si no te arriesgas.
—Me he comprometido con el programa de becas — replica—. Puede que no me la concedan, pero si me la dan, no podré rechazarla…
—No quiero que lo rechaces. ¿Qué puñetas, Lucy? Sería increíble que estudiaras Derecho. Te lo mereces. Te lo mereces muchísimo.
—Pero no me dejará mucho tiempo…
—¿Crees que yo voy a tener mucho tiempo? Ya te he dicho que no creo que Ed vaya a dejarme en la estacada, pero tampoco es que vaya a jubilarme. Siempre voy a trabajar duro. Así soy yo. Pero ahora lo que me impulsa es el deseo de triunfar en lugar del miedo al fracaso.
—¿Entonces no te enfadarías si me quedara en la cama, estudiando para el examen de acceso o el de colegiación o algo así?
—¿Enfadarme? No. Sobre todo si pones cara de profesora severa y seria. Y quizá podrías ponerte gafas.
Ella pone los ojos en blanco.
—Pervertido.
—No se puede tener todo en esta vida. No puedo prometerte que no vaya a querer desnudarte cada minuto del día. Y eso probablemente vaya a durar para siempre. Así que, si eso es un motivo de ruptura para ti, yo… Levanto las manos en señal de rendición, en broma.
—Tres días al mes soy insoportable. Es como si me convirtiera en un monstruo hormonal.
—¿Solo tres días al mes?
Ella sonríe.
—Lo digo en serio. Quizá sea demasiado para ti.
—Eres demasiado buena para mí, pero no demasiado. Eres la perfecta para mí.
Se contiene para no sonreír, pero parece nerviosa.
—Me he pasado toda la vida un poco destrozada. Mi madre me ha ido desgastando poco a poco, pero nunca me he sentido tan frágil como cuando dijiste que querías dar un paso atrás. No puedo volver a pasar por eso. —Extiende la mano hacia mí.
—Te prometo que no tendrás que hacerlo. —Le acaricio la cara y acerco mi frente a la suya—. Voy a protegerte durante el resto de nuestras vidas.
—¿Para siempre?
—Más tiempo, si es posible. —Le doy un breve beso en los labios.
—Wentworth siempre ha sido mi héroe favorito de Austen. —Suspira y la tensión abandona su cuerpo. Estamos unidos. Conectados. De nuevo juntos, para siempre.