Un acuerdo inocente 33
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El último lugar en el que esperaba estar un lunes por la mañana era Boston.

Pero aquí estoy. Tengo que estar aquí. Quiero ver a Ed con la nueva perspectiva con la que he podido contemplar el mundo desde que visité a mis padres y hablé con mi padre.

Que él intentara restarle importancia a lo que me había pasado reescribió el final de todas y cada una de las historias que me había contado a mí mismo sobre que había sido la responsable del fracaso de nuestro negocio familiar.

Aunque sabía que mi padre me había entregado un negocio que no podía sobrevivir, no podía echarle toda la culpa a él, y no lo vi hasta que intentó eludir tan descaradamente cualquier clases de responsabilidad.

—¿Hunter? —Ed se levanta al verme entrar en su despacho—. Estaba estaba a punto de llamarte. ¿Qué haces aquí?

Le sonrío a mi amigo y socio. Me alegro mucho de verlo.

—¿Qué puedo decir? ¡Te echaba de menos! —Le doy un abrazo—. Bonito bronceado, amigo.

—Belice, tío. Ha sido fantástico.

—¿Sí? Cuéntamelo todo. —Normalmente, me pondría manos a la obra enseguida, pero mi mejor amigo acaba de regresar de su luna de miel y quiero conocer todos los detalles.

—¿No quieres contarme lo que ha pasado en la oficina durante mi ausencia?

Me encojo de hombros.

—Eso puede esperar. Vamos a tomar un café y me cuentas lo de Belice.

Ed sonríe como si le acabara de dar una tarta de queso y un tenedor.

—Me vendría bien un café. Llevo aquí desde las cinco.

Me hace gracia que haya llegado tan temprano.

¿Cómo se me ocurrió preocuparme de que Ed fuera a holgazanear?

Es tan adicto al trabajo como yo. Estamos cortados por el mismo patrón, y él ya lo sabía cuando me propuso montar un negocio juntos.

Y yo, en el fondo, también, solo que no me fiaba de mi instinto.

Las dudas sobre mí mismo me han nublado mi visión durante demasiado tiempo.

Pero ahora soy libre. Libre para confiar en Ed.

Libre para confiar en mí mismo. Libre para soltar un poco las riendas.

Puede que me cueste, porque esas creencias que tenía desde hacía tiempo sobre mí mismo ya no están, pero todavía me tambaleo.

Sin embargo, sé que cuanto más viva en esta nueva realidad, más fácil me resultará.

La fantasía de mi padre de que yo sea el hijo que le ha fallado a su familia no es más que eso: una fantasía.

Él es un padre que le ha fallado a su hijo.

No sé si alguna vez llegaré a aceptar lo que hizo, pero saberlo tiene más aspectos positivos que negativos. Me siento más optimista y con más energía que nunca respecto al futuro de mi relación con Ed y de nuestro negocio. Solo tengo que sincerarme y por eso estoy aquí.

Salimos a la fresca mañana de Boston en busca de un café.

—¿Qué tal la comida? —le pregunto.

—Increíble. Y las playas también. Estar dos semanas fuera es como… una cura o algo así. Me siento como nuevo. Estoy muy ilusionado con este trimestre. Y ahora, con la mudanza, voy a llegar antes. —Está lleno de fuerzas. Lleno de vida.

—Estaba pensando en tu idea de contratar a más personal —comento—. Y tienes razón, este trimestre volvemos a registrar un crecimiento enorme. Necesitamos más gente si queremos mantener el ritmo. Anticipémonos y no esperemos a que el sistema esté a punto de explotar para incorporar a alguien más.

—¡Exacto! —exclama Ed—. Eso pensaba. Contratemos con antelación y preparémonos para nuestra próxima fase de crecimiento. —Hace una pausa y luego me mira con atención antes de abrir la puerta de la cafetería—. ¿Estás bien? Pareces…

—Vamos a por un café. —Una vez allí, le sugiero que nos sentemos en lugar de regresar a la oficina—. Este fin de semana fui a ver a mis padres —le explico cuando nos acomodamos en una mesa.

—No vas mucho, ¿verdad?

—Hace ya mucho tiempo que la situación es incómoda.

Siento mucho resentimiento hacia mi padre por lo que pasó con Bain, porque nunca hemos hablado de ello abiertamente.

Ya sabes que nunca ha reconocido lo que pasó ni que el negocio se estaba yendo a pique cuando me lo cedió.

—Una mirada de decepción se dibuja en el rostro de Ed.

No hace mucho, habría interpretado su expresión como decepción hacia mí, pero ahora me doy cuenta de que está decepcionado por mí, porque tuve un padre capaz de hacerme eso—.

Pero este fin de semana… algo cambió. No pude quedarme callado.

Ed arquea las cejas hasta casi la línea del pelo y se echa hacia delante en la silla.

—¿Te enfrentaste a él?

—Sí. —Asiento—. Le dije que sabía lo que había hecho.

—¿Qué te dijo? ¿Lo admitió?

Inspiro hondo.

—No. Se puso a la defensiva. Me dijo que el fracaso era «lo que me hacía ser quien soy». Pero no, no asumió la responsabilidad.

Ed niega con la cabeza.

—Dios, lo siento, tío.

—No te preocupes. Me siento como si hubiera estado cargando con un saco de piedras, y al contarle a mi padre lo que sabía y cómo lo veía…

es como si hubiera dejado caer ese saco al suelo.

Me siento más ligero, como si esto fuera un nuevo comienzo.

Sé que no lo es, claro. Tenemos una relación de negocios y Portis no es precisamente una novedad, pero…

me siento diferente. Quiero una oportunidad para empezar de nuevo.

—¿A qué te refieres con empezar de nuevo? No te vas a marchar, ¿verdad? —Veo un destello de pánico en los ojos de Ed.

Niego con la cabeza para tranquilizarlo.

—Por supuesto que no. Pero quiero hacer las cosas de otra manera. Me siento como si por fin pudiera hacer las cosas de otra manera. Y lo primero que quiero hacer es pedirte perdón.

—¿A mí? —se sorprende Ed—. No tienes nada por qué disculparte conmigo.

—Sí —respondo—. No he confiado en ti. He pensado lo peor de ti.

Casi esperaba que cometieras un error o que me fallaras.

Nunca me has dado motivos para dudar de ti, pero eso es lo que he hecho.

He dudado de ti y no te lo merecías. —Al ponerlo en voz alta me doy cuenta de lo cierto que es: no he confiado en Ed.

He estado esperando a que me fallara. Cuando tu propio padre te falla, esperas que el resto del mundo también lo haga.

—No sé qué decir —responde Ed.

—No hace falta que digas nada. Lo siento. Quiero decirte que confío en ti. Con mi vida.

—Eso es lo que siento por ti. —Asiente—. Por eso te pedí que te asociaras conmigo. Sabía que podía confiarte mi vida.

Le doy un sorbo al café para intentar deshacer el nudo que tengo en la garganta.

—Puedes confiar en mí. Quiero aprovechar al máximo nuestra colaboración. Confío en ella. Confío en nosotros. —Y tampoco es que confíe solo en Ed: después de esta semana, por fin confío también en mí mismo.

Nos sonreímos y Ed hace un gesto con la cabeza.

—Me alegro mucho de verte así. Katherine también se va a alegrar mucho.

Hago una mueca de incomodidad

—La verdad es que tengo un vuelo reservado para irme a Nueva York esta tarde. Tengo un par de cosas que hacer en la ciudad.

—¿Un par de cosas? Eso suena inquietante.

—Sí. Me estresé bastante cuando os fuisteis de luna de miel.

—No me di cuenta de la causa real de mi estrés hasta la conversación con mi padre.

No me di cuenta de que no era en Ed en quien no confiaba.

Era en mí mismo—. Creo que no confiaba en poder llevar el negocio durante dos semanas sin ti, así que…

me alejé de Lucy. —Me duele el corazón al pensar en que le he hecho daño a Lucy.

He descargado mis dudas sobre mí misma en las personas que más significan para mí: Ed, Lucy.

Ninguno de los dos se merecía el trato que les di.

—Aaah —dice Ed con aire de sabelotodo.

—¿Ah?

—Bueno, no puedo decir que me sorprenda. ¿Vas a intentar recuperarla?

—No sé si ella me aceptará.

—Las hermanas Jones son bastante testarudas —sonríe Ed.

Eso ya lo sé. Lucy es fuerte y resistente. Eso es parte de lo que hace que… la quiera.

Suspiro al darme cuenta de lo fuertes que son mis sentimientos en realidad.

—¿Cuánto tiempo llevabais saliendo Katherine y tú antes de que supieras que iba en serio?

—le pregunto. Lucy y yo no hemos estado saliendo de verdad, pero sé que no puedo apartarme de ella.

Quizá la idea de perderla fue lo que me dio el valor para hablar con mi padre.

Sabía que, si seguía como hasta entonces, nunca podría estar con ella.

Pensaba que tenía que dedicarme por completo al trabajo.

A Ed se le dibuja una sonrisa en la cara.

—Bastante pronto. Quizá incluso en nuestra primera cita.

Sabía que no era solo una chica a la que quería llevarme a la cama una vez y no volver a verla nunca más.

Era muy amable y la hostia de dulce. Podía imaginarme cómo iban a ser nuestras vidas.

Tenía una visión muy clara de cómo iba a ser nuestro futuro.

Puedo imaginarme mi futuro con Lucy. Viviremos en Nueva York toda nuestra vida.

No nos mudaremos a las afueras. Tomaremos el brunch todos los domingos y quedaremos para comer todos los días laborables.

Ella lo hará genial en la facultad de Derecho y triunfará en un bufete de prestigio.

Tendremos citas dobles cada vez que Ed y Katherine estén en la ciudad, y discutiremos sobre si Katherine es perfecta.

Le diré que para mí siempre ha sido Lucy la perfecta.

Ella me animará cuando dude de mí mismo, y yo intentaré hacer lo mismo por ella.

Y, con el tiempo, estará preciosa embarazada, con un vestido blanco, de pie bajo el aire acondicionado, preguntándose si deberíamos mudarnos a Boston.

Sabré que no lo dice en serio, pero le diré que podemos mudarnos si eso es lo que quiere, porque la seguiría a cualquier parte.

—Sí —digo—. Yo también lo veo. —Solo espero que ella también lo vea.