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H unter
Dejo mi bolsa de viaje al pie de las escaleras y voy a la cocina a despedirme de mi madre.
La comida de cumpleaños de ayer, con mi tía, mi tío y dos de sus mejores amigas, fue bien.
Mi padre y yo nos sentamos en extremos opuestos de la mesa y evitamos cualquier conversación que no fuera sobre mi madre.
Así son las cosas ahora. Así ha sido desde que Bain Insurance quebró.
Aun así, me alegro de haber hecho el viaje.
—Me voy —anuncio—. Tengo cosas que resolver en el trabajo.
—Hoy no voy a ir a la oficina, pero quiero ponerme al día con los correos para asegurarme de que estará todo listo para empezar mañana temprano.
Ed va a volver y tendré que dedicar un buen rato a informarlo de todo, y tengo que estar preparado.
—Gracias por venir, cariño —dice mi madre, volviéndose hacia mí. Me coge las manos entre las suyas—. Me ha encantado verte. Pero me preocupa que estés trabajando demasiado. Pareces cansado.
—Estoy bien, mamá…
—¿Lo estás? —insiste—. Parece… como si te estuvieras perdiendo algo. —Perderme algo. Es una forma interesante de describir lo que siento.
—Todo el mundo se pierde algo alguna vez —replico.
Lo único en lo que puedo pensar es en Lucy.
Sin duda, echo de menos verla. Echo de menos pasar las noches acurrucados, con los cuerpos entrelazados…
Juntos—. Pero tener tu propio negocio requiere sacrificios.
No hay nadie más para asegurarse de que todo funcione.
Me mira fijamente, y no sé muy bien si se está conteniendo para no decir algo o si está esperando a que yo lo añada.
—Ve a hablar con tu padre —me pide—. Está fuera, podando mis rosas. Después ven a y despedirte.
Salgo y bajo los escalones del porche trasero. Mi padre lleva una gorra de béisbol y los guantes de jardinería de mi madre, que le quedan pequeños.
—Hola, papá, me voy a la ciudad.
—¿Ya? —pregunta, concentrado en las rosas—. Pero este es el fin de semana del cumpleaños de tu madre.
—Vine ayer para la comida, papá. Su cumpleaños fue el jueves.
—Sí, y este es el fin de semana de su cumpleaños. —Tira unas rosas marchitas a la carretilla y vuelve a meterse entre los arbustos con las tijeras de podar. Si no le hubiera oído hablar, habría pensado que no se ha dado cuenta de que estoy justo a su lado.
—Tengo trabajo atrasado que poner al día.
—No dice nada. Hace ya mucho tiempo que no saco a colación la desaparición de la empresa familiar.
Han pasado años. Cada vez que he planteado el tema en el pasado, me he sentido peor después, porque él nunca asume ninguna responsabilidad.
Así que no tiene sentido hacerlo. Pero hay algo en su tono que me irrita.
Es como si desaprobara que trabaje tan duro.
Quizá si él se hubiera esforzado un poco más, yo seguiría trabajando en el negocio familiar.
No estaría compensando el fracaso que llegó tan pronto a mi vida—.
Se necesita mucho esfuerzo para dirigir una empresa con éxito.
—No hace falta que me lo digas —responde con brusquedad—. Pero hay que darles prioridad a las cosas que importan.
—Como mantener el negocio a flote —replico—. Esa es mi prioridad.
—Y con razón. Pero tu madre solo cumple años una vez al año.
—Sí, y ayer estuve aquí para almorzar con ella. Ahora voy a regresar a la ciudad para asegurarme de que mi empresa no quiebre.
Sin decir ni una palabra, se desplaza unos pasos hacia su derecha, alejándose de mí, hasta el siguiente rosal.
Normalmente me habría dado media vuelta y me habría ido, pero que la charla con mi madre ha encendido una llama en mi interior.
Me estoy perdiendo algo.
Y es porque me muero de miedo: miedo a repetir los errores del pasado, miedo a confiar en Ed, miedo al fracaso…
—No quiero que me pase lo mismo que te pasó a ti.
—En cuanto las palabras salen de mi boca, quiero recuperarlas y volver a guardármelas.
El corazón me late a mil por hora y me quedo paralizado, preguntándome si reaccionará o si siquiera me habrá oído.
Cuando insinúo la grave situación financiera en la que se encontraba el negocio cuando me hice cargo de él, siempre actúa como si no supiera de qué estoy hablando.
Pero sí lo sabe. Tiene que saberlo. Durante años he intentado justificar su negación.
He intentado entender por qué no ha asumido su responsabilidad.
Y se acabó.
—¿Qué quieres decir, hijo? —pregunta; se pone de pie por fin y se vuelve hacia mí.
—Quiero decir que no quiero que Portis quiebre como lo hizo Bain Insurance.
—Bueno, estoy seguro de que has aprendido la lección. Del fracaso se construye el éxito. Ya te lo he dicho más veces.
Sí que me lo ha dicho. Muchas veces. En cada ocasión que he intentado hablar con él sobre el fracaso de Bain Insurance. Pero es que estoy harto de llevar ese fracaso encima como si yo mismo hubiera tejido la tela y confeccionado el traje. Lo compré ya hecho.
—Tienes razón, papá. Aprendí mucho de aquella situación.
Aprendí a no firmar un contrato de alquiler a largo plazo por demasiado dinero, como hiciste tú.
Aprendí a no mantener en plantilla a empleados a los que se les pagaba de más y a los que no se les sacaba el máximo partido, como hiciste tú.
Aprendí que, cuando se posponen las decisiones importantes, un negocio que antes tenía éxito puede ir de mal en peor, como le pasó a Bain Insurance.
—Me mira fijamente y yo no me arredro. El corazón me late con fuerza contra el pecho, pero intento mantener la respiración tranquila.
Esta es mi oportunidad. Si no suelto todo lo que tengo que decir ahora mismo, se me pasará el momento y nunca lo haré.
Es ahora o nunca. No quiero arrepentirme de no haberle dicho que sé lo que pasó.
Debería saber por qué nuestra relación se ha resquebrajado en estos últimos años.
Se merece saberlo, aunque en el fondo ya lo sepa.
Y yo me merezco decírselo—. Aprendí que nunca le entregaría un negocio a mi hijo cuando este se encaminaba hacia el fracaso para que pensara que ese fracaso era culpa suya.
—Aparta la vista y vuelve a concentrarse en las rosas—.
Supongo que tu reputación como empresario de éxito te importaba más que la relación con tu hijo.
Supongo que para ti era más importante sentirte un triunfador que evitar que yo me viera a mí mismo como un fracasado.
—No sé de qué estás hablando. Tú no eres un fracasado.
—Lo sé. —Y me parece que nunca lo había creído de verdad hasta este momento.
Siempre hemos esquivado este tema, y eso me ha permitido dudar de las razones de la caída de Bain Insurance.
Nunca lo he dicho abiertamente, que fracasó por su culpa, lo que me ha llevado a pensar que, en parte, fue culpa mía—.
Hice todo lo posible por encontrar una forma de mantenerla a flote, papá, pero ya estaba acabada antes de que yo me hiciera cargo.
—Mi padre inspira hondo, pero no me mira—.
Perdía dinero cada mes —continúo—. El equipo de ventas no generaba ingresos suficientes para mantener la plantilla. La gente no renovaba sus suscripciones.
—El negocio tenía sus dificultades. Eso lo reconozco.
—¿Lo reconoces? Es un hecho. No estás reconociendo nada.
El negocio estaba fracasando, y llevaba así algún tiempo, pero tú me lo cediste y dejaste que yo cargara con la culpa.
— Murmura entre dientes y arroja más rosas marchitas a la carretilla que tiene detrás—.
Voy a irme ya, porque cuando tenga un hijo, no quiero dejarle un negocio condenado al fracaso.
Él suspira y echa unas hojas secas y sus tijeras encima del montón que hay en la carretilla.
—Podrías haberle dado un vuelco al negocio.
—Entonces, ¿por qué no lo hiciste tú?
—La vida no es tan sencilla como tú la pintas —protesta—. En los negocios no hay garantías.
Suelto una risa burlona.
—Tienes razón. No hay garantías. Excepto que, si los gastos superan los ingresos, estás perdiendo dinero. Eso sí que es una garantía.
—¿Qué quieres de mí? Ya estás de vuelta en el ruedo. Ese pequeño fracaso te fue bien.
Asiento lentamente. De esta conversación no va a salir nada bueno.
Él sabe lo que ha hecho, pero no quiere decirlo en voz alta.
No quiere ser el monstruo que le dejaría a su hijo un negocio en quiebra y le haría cargar con la culpa.
Nadie quiere creer que es un monstruo. Se ha inventado excusas para poder ser un héroe.
—Sé lo que hiciste, papá. Sé quién eres. Y ese no es el hombre en el que quiero convertirme. Asúmelo.
No espero una respuesta. Me marcho y entro a despedirme de mi madre.
No miro atrás. Dejo mi pasado en el jardín, como las rosas marchitas apiladas en la carretilla.
Ya estoy harto de esperar respuestas que nunca voy a obtener.
Ya estoy harto de querer saber por qué mi padre me tendió una trampa para que fracasara.
Ya no voy a seguir viviendo mi vida a la sombra del fracaso de otra persona.