Un acuerdo inocente 31
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L ucy

La verdad es que me gustaría que hubiera más faros en el papel pintado de mi antigua habitación de la infancia. Como el estampado es repetitivo, solo hay tres versiones. Tres faros no son suficientes en una habitación de este tamaño. Es el camino hacia la locura. Lo odio.

Ahora mismo lo odio todo. Odio estar aquí, en casa de mis padres, pero, por primera vez en mi vida, también odio estar en Nueva York. Odio esa mezcla de esperanza y preocupación por si me encuentro con Hunter. Odio estar sin él. Odio echarlo de menos.

Normalmente deshago la maleta cuando llego porque mi madre insiste en ello, pero hoy no.

Al fin y al cabo solo voy a pasar aquí una noche.

Quiero ver a mi hermana y quedarme boquiabierta con las fotos de su luna de miel.

Quiero darle un abrazo y estar a su lado cuando le diga a mi madre que ella y Ed se van a mudar.

Mañana, después de comer, regresaré a Nueva York.

Me he traído el libro para preparar el examen y repasar en el avión.

Tengo que replantearme mis prioridades. Ponerme a mí misma en primer lugar. Quiero aprobar ese examen.

Se oye un tímido golpe en la puerta y sé que es Katherine. Entra con una amplia sonrisa y, sin decir nada, nos estrechamos en un fuerte abrazo. No hace mucho que nos hemos visto, pero me parece que ha pasado una eternidad.

—Estoy muy nerviosa —me susurra.

—Estás haciendo lo correcto. Es la mejor decisión para ti y para Ed.

—Mamá no lo va a ver así.

Asiento; eso es innegable. Katherine es la niña de oro y eso no va a cambiar, pero mi madre no se lo va a tomar bien.

—¿Se lo vas a decir enseguida? ¿O lo dejarás para cuando estés a punto de irte a casa?

Katherine se muerde el interior de la mejilla.

—No lo sé. Ed quiere acabar de una vez con esto. Acabamos de aceptar una oferta por nuestra casa. Ayer fue alguien a verla. Todavía teníamos las maletas apiladas en el lavadero, pero les encantó y quieren mudarse lo antes posible. Quieren cerrar la venta en treinta días.

Abro mucho los ojos.

—Vaya. ¿Estará lista para entonces la casa de Somerville?

—Sí. Estará lista en cuanto nosotros lo estemos.

—Estoy deseando que te mudes a esa parte de la ciudad. Ya sabes que me quedaré contigo cuando venga, así me alejaré de este papel pintado tan horrible.

Katherine se queda boquiabierta.

—¿No te encantan estos faros? Estaba pensando en poner exactamente el mismo papel pintado en la habitación de invitados.

La miro con los ojos entrecerrados.

—Mentirosa.

—Puedes ayudarme a elegir todo lo que vaya a ir en la habitación de invitados. Quiero que tú y Hunter os sintáis muy a gusto allí.

Siento un pinchazo en el corazón cuando menciona a Hunter, pero no digo nada.

Hunter y yo hemos acordado no anunciarles el fin de nuestra relación a Katherine y Ed.

Espero que las cosas vayan un poco mejor cuando nuestra ruptura salga a la luz.

Quizá sean las mentiras las que me oprimen el pecho y hacen que sienta el corazón apretado contra las costillas.

Espero que entonces pueda dormir mejor y no pasarme el día preguntándome qué estará haciendo Hunter, cómo se sentirá o si estará pensando en mí.

—Porque vas a venir a ver a tus sobrinas y sobrinos cada dos fines de semana, ¿verdad? Cuento contigo para que los cuides. Mucho.

—Me encantaría ayudarte a decorar. Seguro que a mamá también le encantará. Cuando haya tenido oportunidad de acostumbrarse a la idea de que te mudes.

Katherine suelta un gritito.

—Ni de coña voy a dejar que ella me ayude. Acabaré con un papel pintado como este.

—Venga —le digo, cogiéndola de la mano—. Ed tiene razón. Tienes que armarte de valor y acabar de una vez con esto.

Katherine inspira hondo y bajamos las escaleras.

—¿Por qué os estáis riendo como niñas tontas? —dice mi madre cuando entramos en la luminosa cocina.

—Mamá, no nos reímos como tontas. Y somos adultas hace mucho —replico.

—Claro que os estabais riendo así. Tu padre y Ed están fuera. Ayúdame a llevar esta bandeja, Lucy. Si hubieras venido esta mañana, habría preparado el almuerzo. De todas formas, hay algo para picar en el jardín.

—Esta mañana estaba ocupada —contesto.

—¡Ocupada! —exclama ella como si fuera lo más ridículo que haya oído jamás—. Ten hijos y ya me dirás lo que es estar ocupada.

—¡Pues tenemos noticias! —anuncia Ed cuando las tres salimos al patio—. ¿Verdad, Katherine?

—Claro. —Katherine coge su té helado y le da un sorbo.

A mi madre se le iluminan los ojos y me doy cuenta de que cree que Katherine les va a decir que está embarazada.

—¿Noticias?

Katherine mira nerviosa a Ed.

—Hemos vendido la casa —explica Ed.

Mi madre parece desconcertada.

—No sabía que estuviera en venta —interviene mi padre—

. ¿Buscáis una casa con más dormitorios?

—No solo eso… —responde Ed.

Mi madre no deja de mirar a Katherine. Baja la vista hacia su barriga y luego vuelve a Ed y, a continuación, a Katherine.

—¿A dónde vais a mudaros?

—Más cerca de la ciudad —contesta Katherine y traga saliva de forma audible.

—Quiero que el trayecto al trabajo sea más corto —comenta Ed—. Sobre todo si tenemos la suerte de tener hijos. Quiero poder acostarlos.

—¿Os vais a marchar de Duxbury? —espeta mi madre—. ¿Adónde os vais?

—A Somerville —responde Ed. Ed siempre es el más tranquilo de todos, pero incluso él parece un poco nervioso en este momento.

—¡¿ A Somerville ?! —exclama mi madre—. ¿Por qué demonios querríais mudaros allí? Está a una hora de aquí.

—Me queda mucho más cerca de la oficina. Podría ir andando al trabajo si quisiera. Y también estamos más cerca del aeropuerto. Tengo que ir mucho a Nueva York, como ya sabes. Tiene sentido para nosotros como familia.

Mi madre se lleva la mano al pecho de forma dramática, como si quisiera sujetarse el corazón dentro de su cuerpo.

—Pero no tiene sentido para nosotros como familia. ¿Cuándo voy a ver a mis nietos?

—No vas a estar lejos, mamá —protesta Katherine.

Ella resopla.

—Pero tampoco voy a estar a la vuelta de la esquina, ¿verdad? No voy a poder pasarme por tu casa cuando me apetezca. No podré ir con un pastel o con la compra cuando estéis demasiado agotados para hacer nada. Vais a necesitar ayuda. ¿Y qué pasará cuando tu padre y yo nos hagamos mayores?

—No vamos a estar tan lejos —repite Ed; mi padre le da una palmadita en la pierna a mi madre, intentando que se calme.

—¿Has oído eso, Jerry? Se van a mudar.

—Lo he oído —dice mi padre—. Tienen que hacer lo que les parezca mejor a ellos.

—Pero no tiene sentido criar a los niños tan cerca de la ciudad. Tendréis menos zonas verdes. Estaréis atrapados en todo ese tráfico.

—Te va a encantar el sitio —interviene Ed, cortando en seco las objeciones de mi madre—. Es una casa tradicional de Cape Cod con un gran jardín trasero. Es perfecta para los niños.

Mi madre se vuelve hacia Katherine.

—¿Es eso lo que tú quieres? ¿O es Ed quien te está presionando para que lo aceptes?

—¡Mamá! —protesto yo.

—Lo siento, mamá —responde Katherine—, pero eso es lo que queremos. Es una casa preciosa, y Ed trabaja muy duro. Quiere ser un padre presente, y eso es difícil con su trabajo. Esto lo hace más fácil.

Nosotros, nosotros, nosotros. Katherine ahora forma un «nosotros» con Ed.

Ella y yo solíamos ser «nosotras», y quizá sigamos siéndolo.

Pero no puedo evitar pensar que necesito a mi propia pareja para que sea la otra mitad de mi «nosotros».

Y tengo la mente tan ocupada con Hunter que no puedo imaginar que sea con nadie más que con él.

—¿Así que esperas que atravesemos la ciudad en coche todos los días cuando tengáis hijos?

—dice mi madre—. Eso es muy egoísta, Katherine.

Eso es lo que es. Puro egoísmo. —Pero no es egoísta; lo único que ocurre es que no es lo que ella quiere.

Es ella quien está siendo egoísta. Solo lo mira desde su punto de vista, pero no es su vida: es la vida de Katherine y Ed.

Nunca había visto tan claramente el comportamiento egoísta de mi madre.

Su amor depende solo de que Katherine y yo hagamos lo que ella quiere.

Katherine siempre ha estado encantada de seguir sus exigencias: fue a la universidad a la que mi madre quería que fuera, se hizo profesora porque a mi madre le parecía una buena idea…

Ahora, por primera vez en su vida, Katherine está haciendo algo que ella no aprueba.

Nunca lo había visto con tanta claridad.

Yo siempre he sido la oveja negra de la familia porque no seguía las sus reglas: me mudé a Nueva York, lejos de su intromisión, donde tenía menos poder sobre mí, y eso no le gustaba, así que me hacía sentir mal.

Menos mal que me mudé, porque aun así seguía teniendo más control sobre mí del que debería.

Siempre estaba ahí, incluso cuando no estaba.

El espejo del pasillo, el cuenco de mi mesa de centro, la voz en mi cabeza que me decía que no era lo bastante buena.

Ahora lo veo muy claro—. ¿Y tu trabajo? —pregunta con la voz temblorosa.

—Este semestre tendré que desplazarme mientras busco algo un poco más cerca de donde vivimos. Pero tampoco está tan lejos.

—Supongo que para entonces ya estarás embarazada y podrás dejarlo.

—No voy a dejarlo si me quedo embarazada. Quiero trabajar. Es otra de las razones por las que queremos irnos a la ciudad. Hay más oportunidades. Quiero que nuestros hijos estén en contacto con más cosas del mundo. Quiero que se despierten rodeados de posibilidades.

Mi madre pone los ojos en blanco.

—Vas a regresar, escucha bien lo que te digo. Vas a necesitar nuestra ayuda y te mudarás de nuevo aquí.

Pero yo no creo que vaya a pasar. Katherine ya está casada y tiene una vida al margen de mis padres. Al margen de mi madre. Ha saboreado la libertad y ya no habrá vuelta atrás.

Siento una repentina oleada de energía en mi interior.

Hace años que no vivo aquí, pero mi madre me ha acompañado allá donde voy.

Me he sentido atrapada, preocupada por no ser lo bastante buena, ¿y todo para qué?

¿Para quién? Para una madre que intenta controlar a sus hijas negándoles su aprobación cuando estas quieren cosas diferentes a las que ella espera.

Es como si mil cuerdas se hubieran roto a la vez. Ahora que me doy cuenta, por fin soy libre. Por fin sé que solo conseguiré la aprobación de mi madre cuando haga lo que ella quiere.

Bueno, yo quiero cosas diferentes a las que ella quiere. Quiero más para mí de lo que ella cree que puedo tener.

—Me estoy preparando para el examen de acceso a la facultad de Derecho —anuncio. Quiero quitarle presión a Katherine. Ella no está tan acostumbrada a la desaprobación de mamá como yo. Yo puedo con ello. He tenido mucha práctica.

—¿Qué? —sisea mi madre.

—¡Qué bien! —exclama Ed, y Katherine me sonríe, radiante.

—Voy a presentarme al examen de acceso a la facultad de Derecho —repito—. Y si saco una buena nota, voy a matricularme. —Cojo una fresa del montón de fruta que hay en el medio de la mesa y le doy un mordisco. Es la fresa más dulce que he probado nunca.

—¿La facultad de Derecho? ¿De dónde vas a sacar el dinero para eso? —pregunta mi madre.

Calculo que le habrán dado a Katherine unos cincuenta mil dólares, si se tiene en cuenta la aportación para la boda y la luna de miel. Y no saben que mi bufete de abogados se ha ofrecido a patrocinarme.

—Ya me las arreglaré —respondo. Ya no tengo que darle explicaciones a mi madre. No tengo que justificarme. Si lo hubiera anunciado hace un par de meses, me habría sentido fatal por no contar con su apoyo. Pero ahora lo acepto. Y pienso hacer lo que me dé la gana.

—¿«Ya se te ocurrirá algo»? ¿Cómo crees que se te va a ocurrir algo sin más? Ni sueñes con que tu padre y yo vayamos a avalarte nada. Tenemos que pensar en nuestra jubilación.

—No espero de ti nada más que lo que suelo recibir, mamá. —Por fin me he dado cuenta de que da igual lo que haga o lo mucho que me esfuerce por ser mejor; para mi madre nunca va a ser suficiente. Nunca va a dejar de querer más de mí. Por lo que a mí respecta, nada va a hacerla feliz jamás.

—Bueno, ¿y eso qué significa? —pregunta con tono cortante.

—Significa que ya no espero nada de ti, mamá. Se acabó intentar portarme mejor para que seas más amable conmigo, para que dejes de criticarme y de menospreciarme. Ya lo entiendo. Siempre vas a pensar que no soy lo bastante buena.

—No digas tonterías. No sé a qué te refieres, yo…

—No tiene sentido fingir que eso no pasa, mamá.

Y tú… ¿Sabes qué? Nunca vas a cambiar, y no pasa nada.

Lo acepto. Pero a partir de ahora voy a hacer las cosas de otra manera.

Voy a pensar en lo mejor para mí. Y quizá me quede con Katherine y Ed cuando venga a Boston.

—Al menos eso significará que no tendré que aguantar ese estúpido papel pintado con faros— .

Y, sinceramente, creo que esta noche me quedaré en el Harbor Inn.

—¿ El Harbor Inn ? —Su voz roza el volumen de un grito—

. ¿Qué demonios quieres decir con que te vas a quedar en el Harbor Inn?—Por un instante, creo que de verdad está disgustada ante la idea de perderme. Y entonces añade—: Janine estará trabajando. ¿Qué va a pensar?

No me sorprende que a mi madre le preocupe más lo que piense su peluquera —que hace un par de turnos en recepción en el Harbor Inn— que el que su hija no quiera quedarse bajo su techo.

Ojalá estuviera menos decepcionada. Quizá siempre haya una parte de mí que busque la aprobación de mi madre, pero nunca me ha quedado más claro que no la voy a conseguir.

Subo a mi antigua habitación y cojo mi maleta. Al menos no he deshecho las maletas.

Se oye un suave golpecito en la puerta. Levanto la vista y mi padre asoma la cabeza.

—Venga… No hace falta que te vayas a ningún sitio.

Suspiro y apoyo la maleta sobre sus ruedas.

—La verdad, papá, creo que sí. Me siento fatal cuando estoy con ella.

—No es para tanto —responde él, con el ceño fruncido y la expresión triste.

—Quizá para ti no. Pero yo ya estoy harto de ser su saco de boxeo. ¿Qué madre reacciona así cuando su hija le dice que va a estudiar Derecho?

—Ya sabes que no le gustan los cambios. De eso se trata. Si le das tiempo para pensárselo, estoy seguro de que cambiará de opinión. Ya sabes cómo es: solo le preocupa el dinero.

Se me escapa una risita.

—No estaba tan preocupada como para no gastarse una fortuna en la boda de Katherine.

Y en el regalo. —Mi padre tiene el buen criterio de parecer avergonzado—.

Ya no estoy dispuesta a seguir con este baile de siempre, papá.

Te quiero. Pero, sinceramente, llevas años viendo todo esto y nunca has dicho nada.

Nunca me has defendido ni le has dicho que se moderara un poco. Y ya estoy harta.

Cojo mi bolso, le doy un beso en la mejilla y me voy.