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La elección entre el bocadillo de albóndigas Diez negritos y el de pavo Lo que el viento se llevó no debería ser difícil, pero ya me he puesto dos veces a la cola y luego he tenido que irme al final porque no consigo decidirme.
Es la primera vez que salgo a la calle a la luz del día desde…
Ya he perdido la cuenta. ¿Una semana? Quizá más.
No he estado durmiendo en la oficina, pero he estado trabajando más horas de lo habitual.
He llegado a casa a la una de la madrugada y he vuelto a las cinco.
Tampoco he hecho pausas para comer ni para ninguna clase de descanso. Ni siquiera he podido ir al gimnasio.
Estoy cansado. Muy cansado. Pero lo único que me ha hecho salir hoy es que mi asistente está de baja por enfermedad. Y quizá echo de menos ver la luz del día, aunque sea un poquito.
—Hola. —Sé que es Lucy antes incluso de volver la cabeza. El alivio me inunda como una lluvia cálida.
—Hola —le respondo—. Me alegro de verte. —Tampoco es que nos hayamos separado en malos términos, pero le dejé claro que mi prioridad después de la boda iba a ser el trabajo. Supongo que entendió que eso significaba que no iba a tener tiempo para ella.
—Pareces cansado —comenta. Su expresión se suaviza y me dan ganas de sumergirme en el reconfortante verde mar de sus ojos.
—Estoy bien. —Pero no estoy bien. Tengo hambre. Y estoy agotado.
—¿Qué vas a pedir? Yo creo que hoy voy a tomar el Persuasión.
—Normalmente te decides por el Gran Gatsby.
—Sí —acepta ella—. Pero las cosas cambian. Estoy probando cosas nuevas. —Se contiene para no decir nada más, y puedo ver cómo le da vueltas en la cabeza a algo—. A ver, no todo son cosas nuevas, solo pequeños detalles como deshacerme de objetos de mi piso que no me gustan. Ya sabes…
—¿Y nuevas clases de bocadillos?
—Exacto. Ayer me compré uno… Creo que se llamaba Historia de dos ciudades.
—Vaya —digo, genuinamente sorprendido.
Ella se ríe.
—Lo sé. Tampoco es que sea muy revolucionario, pero creo que todos vivimos siguiendo ciertos patrones, creyendo en ciertas verdades, y a veces viene bien ir un poco más allá.
Crear nuevos patrones y… No sé. Quizá se trate solo de…
ver lo que tenemos delante. Ver las rutinas y las supuestas verdades y cuestionarlas un poco.
—La miro a la cara, tratando de averiguar si lo que está diciendo va dirigido a mí.
¿Está intentando enviarme un mensaje? En su expresión no veo nada más que pura sinceridad.
Pura franqueza. Porque así es Lucy—. He tirado un cuenco —dice, como si eso fuera a responder a todas las preguntas que tengo—.
Y un espejo. Y unos pantalones horribles que, según mi madre, me quedaban bien.
Si tuviera cincuenta y seis años, probablemente me quedarían bien, pero aún no he llegado a esa edad.
También tiré unas flores artificiales que compré porque las vi en una revista y pensé que quedarían bien, pero la verdad es que nunca me gustaron.
Así que fuera también. —Le hago un gesto con la cabeza, porque no estoy muy seguro de qué quiere que le diga y me gusta mirarla.
Me gusta escuchar lo que tiene que decir.
Me gusta estar cerca de ella—. La echo de menos—.
Seguramente pensarás que estoy loca por guardar todas estas cosas que no me gustan, pero durante mucho tiempo, para mí tenía sentido.
Y, de repente, he visto este patrón de comportamiento tan extraño y ya no puedo dejar de verlo, ¿sabes?
—Señala con la cabeza hacia delante y me doy cuenta de que la cola ha avanzado y que ya estamos llegando al principio.
Y no quiero que llegue nuestro turno, porque entonces ella tendrá que regresar a su oficina y yo a la mía—.
¿Te has decidido? Normalmente pides el Jane Eyre, ¿no?
Sí. Siempre pido el Jane Eyre de pastrami. No sé por qué he llegado dos veces al principio de la cola y sigo sin decidirme. La respuesta siempre es la misma.
—Quiero saber más sobre esas novedades —suelto de repente—. ¿Te puedes quedar? ¿Comer conmigo?
Una enorme sonrisa se dibuja en su rostro, y es tan contagiosa que las comisuras de mi boca se levantan. Me duele un poco, como si mi boca no estuviera en forma.
—Si tienes tiempo, claro.
Pagamos los bocadillos e intentamos encontrar una mesa. Cuando veníamos antes a comer aquí siempre nos sentábamos a la sombra, pero la única mesa libre está al sol.
—¿Te parece bien que nos pongamos al sol? —le pregunto.
—Sí —suspira—. De verdad que sí. —Nos sentamos y desenvolvemos nuestros bocadillos en silencio.
No me importa que el ambiente sea un poco incómodo, siempre y cuando ella esté cerca.
Percibo un ligero aroma a rosas y siento cómo se me relajan los músculos de la mandíbula.
Lucy es justo lo que necesitaba hoy. Es a quien he necesitado estas últimas semanas.
Es alegre y radiante, y justo lo contrario de lo que pensaba que era cuando la conocí—.
¿Has visto las fotos de Ed y Katherine? —pregunta, rompiendo el silencio—.
Parece que se lo están pasando de maravilla.
—Cojo el móvil. Creo que no me he molestado en mirar las fotos—.
Están en nuestro chat de grupo —explica, como si supiera que no las he visto.
Abro las fotos. Sol. Arena. Sonrisas.
—Tienes razón. Parecen felices.
En cuanto pronuncio esas palabras, me doy cuenta de lo infeliz que soy.
No soy feliz en absoluto. Estas últimas semanas, solo he estado sobreviviendo.
¿Así es ahora mi vida? ¿Nada más? ¿Solo una comida a toda prisa cada pocas semanas con la mujer que ha significado más para mí que nadie que pueda recordar?
¿Unos pocos y preciosos momentos de sol antes de que las sombras de los edificios de alrededor me sumerjan de nuevo en la oscuridad?
¿Este es el precio que tengo que pagar para mantener a flote el negocio que Ed y yo hemos levantado?
—Este fin de semana me voy a Massachusetts. —Hace una pausa y me doy cuenta de que está esperando a que le diga si voy a ir.
—Ah, sí. Ed me invitó, pero no puedo ir. Es el cumpleaños de mi madre, así que voy a ir a Pensilvania.
—¿No te parece extraño que tú vinieras de un lado de Nueva York y yo del otro, y que hayamos acabado aquí?
—Nueva York nos acoge a todos —respondo—. Nos da a todos una segunda oportunidad. La oportunidad de reinventarnos.
Ella suspira.
—Vaya, me gusta eso. Una oportunidad para reinventarnos.
Sí. —La observo mientras contempla la ciudad.
La piel de sus mejillas parece tan suave que me muero de ganas de alargar la mano y deslizar los nudillos por su rostro.
Se sube las gafas de sol y se las pone sobre la cabeza—.
La primera vez fue así para mí, sin duda.
Me mudé y, por primera vez en mi vida, dejé de estar a la sombra de Katherine.
Vine aquí como asistente jurídica. Nadie en Boston habría imaginado jamás que acabaría siendo asistente jurídica.
Katherine era la lista. La organizada. Pero ¿sabes qué?
Estoy fascinado. Quiero oírlo.
—¿Qué?
—Soy una asistente jurídica estupenda. ¿Y sabes qué más?
—Dímelo. —Me encanta cómo se le arruga un poco el puente de la nariz cuando habla con pasión. Es tan expresiva… Lleva el corazón en las manos y le muestra a todo el mundo quién es.
—Soy inteligente. Y organizada. Y soy una buena hermana. Una buena hija. No, no soy Katherine, y nunca voy a ser Katherine, y me parece genial.
—A mí también me parece genial —digo.
Ella se ríe.
—Probablemente no tenga mucho sentido lo que digo. Y no pretendo que estés de acuerdo…
—Pero sí que estoy de acuerdo. —La echo mucho de menos. Quiero hacer que se siente en mi regazo y hundir la cara en su cuello. Sé que abrazarla me hará sentir mejor—. Eres una buena persona, Lucy. Y, por supuesto, eres inteligente, organizada y todas esas otras cosas buenas. Nunca lo he dudado.
Nos miramos a los ojos y los dos esbozamos una sonrisa. No estoy seguro de por qué sonreímos. ¿Por el verano neoyorquino? ¿Por los bocadillos? ¿Por la felicidad que nos da estar juntos? Sé que, desde que me mudé a Nueva York, nunca he sido más feliz que cuando estoy con Lucy.
—¿Cómo estás? —me pregunta, con un tono de preocupación—. ¿Estás cuidando de ti mismo?
—Las cosas van bien —respondo, y le doy otro mordisco al sándwich para evitar entrar en detalles. No necesito que me digan que debería dormir más o cuidarme mejor. Lo importante es que el negocio va bien. Los clientes están contentos. Los empleados son productivos. Eso es lo que importa.
Tampoco significa que no la eche de menos.
Ella me sonríe.
—Cuéntamelo.
Trago la comida y Lucy parece contenta de esperar en silencio. Me mira como si supiera que estoy intentando evitar hablar y su expresión dice que no me va a dejar salirme con la mía. Me río entre dientes ante lo ridículo de la situación.
Al final, lo que parece una hora y media más tarde, trago saliva. Le doy un sorbo a mi bebida, pero Lucy ya está dándole otro bocado al bocadillo. No va a romper este silencio por mí.
Siempre ha sido la mujer más testaruda del mundo.
—El negocio va bien —explico—. Nuestros ingresos han subido un diez por ciento respecto al año pasado. Esta semana tengo una presentación para un nuevo cliente y estoy muy preparado y lo tengo todo controlado. Además, contamos con un historial que nos facilita las cosas.
—Qué bien —dice ella, rompiendo por fin el silencio—. Parece que no has echado de menos a Ed en absoluto. Siempre he creído en ti.
Sus palabras son como un peso sobre mis hombros, grave e inmóvil.
¿Siempre creyó en mí? Claro que sí. ¿Cómo pude dudarlo?
—He intentado no molestarle durante su luna de miel —le digo.
La verdad es que no he tenido que molestarlo.
Trabajamos en estrecha colaboración. Normalmente sé lo que pasa en su oficina y viceversa.
No ha habido sorpresas ni algo que haya aparecido de la nada y que yo no esperara.
—Ella asiente, animándome a seguir hablando—.
No ha ido tan mal… Es decir, las cosas no se han venido abajo cuando se fue.
Su sonrisa no transmite un «te lo dije». Es comprensiva. Cariñosa.
La echaba de menos.
—Quizá los dos estamos aprendiendo que el que algo fuera así no significa que siempre tenga que ser así —comenta.
Han pasado dos semanas. Tampoco es como si Ed se hubiera jubilado.
—Quizá. De todos modos, Ed vuelve el lunes.
—¿Te has enterado de que les han aceptado la oferta por una casa?
—Sí. Así que pronto tendrán que concentrarse en eso — respondo.
Solo tengo que seguir como hasta ahora. Todos los platos están girando en el aire.
Me he demostrado a mí mismo que, si me esfuerzo lo suficiente, puedo mantenerlos así.
No quiero darles la oportunidad de que se caigan. No puedo permitirme apartar la vista.
—La vida sigue —suspira Lucy.
Para mí no. No lo creo. Me siento como si estuviera en una cinta de correr y tuviera que acelerar cada vez más solo para quedarme en el mismo sitio.
La vida de Ed sigue adelante. La de Katherine, con él.
Incluso la de Lucy sigue adelante. No podré verla florecer.
Ahora que ha ganado un poco de confianza, nada la detendrá, pero yo no estaré allí para presenciarlo.
Esa idea se me clava como un trozo de cristal roto.
Todo el mundo sigue adelante. Pero yo sigo en este mismo sitio. Atrapado.