Un acuerdo inocente 29 #2
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—No creo que sea un riesgo. Al menos para ti. Siempre has conseguido todo lo que te has propuesto. Eres la persona más decidida que conozco.

Ed asiente y no puedo evitar sonreír. A veces dudo de las palabras tranquilizadoras de Katherine, cuando me dice que lo que opina mi madre sobre mí no es cierto. No sé por qué. Ella siempre me ve de la misma manera.

—Pero es una locura, ¿verdad? En realidad no puedo hacerlo.

—¿Por qué es una locura? —pregunta Katherine.

—¿La facultad de Derecho? ¿Yo? Mamá diría que…

—Mamá es tonta —me interrumpe Katherine—.

No permitas que te diga lo que puedes o no puedes hacer.

Si quieres hacerlo, deberías hacerlo. —Katherine suelta un chillido y, por un instante, creo que se está riendo de mí.

Que va a decir «¡Es broma! Claro que no puedes estudiar Derecho.

¿Quién te crees que eres?» — . ¿Todavía tienes ese cuenco en la mesita del salón?

—Echo un vistazo al cuenco de cristal marrón que mi madre me compró como regalo de graduación—.

Gira la cámara —ordena Katherine—. Apuesto a que todavía lo tienes.

—¡Era un regalo! —me defiendo.

—Es horroroso. ¿Lo has visto, Ed? —Ed niega con la cabeza—.

Enséñaselo a Ed. Te morirás de la risa cuando veas lo feo que es.

Te juro que fue un regalo de lo más raro.

Sobre todo teniendo en cuenta que a mí me regalaron un collar de Tiffany cuando me gradué.

—Esperaba recibir exactamente el mismo regalo que mis padres le habían hecho a Katherine cuando se graduó dos años antes: un collar de plata con un corazón colgando.

Cuando desenvolví el cuenco de color lodo, me dije a mí misma que, para empezar, no debería haber esperado ningún regalo, y que, si no me gustaba el cuenco, iba a parecer una desagradecida—.

¿Habías pedido el cuenco? — pregunta Katherine.

—¿Acaso crees que pediría un cuenco marrón como regalo de graduación?

—Yo pedí el collar de Tiffany —dice Katherine.

La afirmación de Katherine me pilla por sorpresa. No se me había ocurrido.

—Habría dado igual. De todas formas me habrían regalado el cuenco. —Lo cojo de la mesa y lo levanto para que Ed lo vea.

Él frunce el ceño.

—¿Por qué lo tienes ahí? —pregunta Katherine—. ¿Para torturarte?

Es una buena pregunta. Detesto ese cuenco. Siempre lo he aborrecido. Pero lo eligió mi madre. Tenía que dejarlo a la vista, ¿no?

—¿Y si mamá viene y no está ahí?

—¿Cuándo fue la última vez que fue a tu piso? Joder, ¿cuándo fue la última vez que fue a Nueva York?

Sé la fecha exacta.

—Cuando me mudé aquí.

—Ay, Dios, sí, y te llevó ese espantoso espejo que le había regalado la vecina de enfrente, que murió al día siguiente.

—¿Qué?

—¿Era Betty? ¿O Beverley ? Ya sabes, la mujer de enfrente.

Le regaló el espejo a mamá, y luego mamá te lo regaló a ti por la inauguración de la casa porque no lo quería.

—Llevo tres años con ese horrible espejo en el pasillo porque pensaba que mi madre me lo había comprado con cariño y esmero, y porque quería que tuviera buen aspecto al salir de mi piso.

Pero no se trataba de eso, sino de que estaba utilizando mi piso como centro de reciclaje—.

¡No me digas que todavía lo tienes ahí colgado! —exclama Katherine entre carcajadas.

Pero a mí no me hace ninguna gracia. El espejo. El cuenco. Son símbolos de cómo mi madre finge que le importo, de cómo finge mostrar cariño cuando lo que está haciendo es exactamente lo contrario.

—¿Qué os regalaron mamá y papá por la boda? —pregunto.

—Ah, solo algo de dinero —responde Katherine con naturalidad.

—Mucho dinero —la corrige Ed—. Demasiado.

—Pagaron la luna de miel. Y algo más —murmura Katherine. Se ha dado cuenta de que mi madre nos trata de forma diferente y sabe que ella sale ganando. Y no la culpo.

Resulta que sé que la luna de miel costó más de veinticinco mil dólares.

También sé que mis padres han pagado al menos otro tanto para sufragar los gastos de la boda, a pesar de que Ed les dijera que ellos mismos se harían cargo.

¿Desde cuándo tienen mis padres tanto dinero?

Estoy segura de que no tienen otros veinticinco mil ahorrados para cuando yo me case.

Mi madre probablemente rebusque en el mercadillo local y me regale un zapato viejo o algo así.

No se trata del dinero, claro está. Se trata de que a Katherine la tratan de forma diferente.

Como si yo fuera algo secundario. No me habría importado que mi madre me hubiera regalado una piedrecita de la playa por mi graduación si hubiera sido un detalle sincero.

Pero el cuenco marrón no salió de su corazón, y tampoco el espejo del pasillo.

—¿Les has dicho que te vas a mudar? —Me planteo si eso cambiará la dinámica. Puede que mi madre le preste más atención a Katherine, pero sigue siendo controladora y autoritaria.

—Todavía no, pero nos han aceptado la oferta que hemos hecho por una casa —contesta Katherine.

—Qué bien. Entonces, ¿os mudaréis pronto?

—Con suerte, nos habremos instalado antes de las fiestas.

Es obvio, pero me llama la atención que Katherine vaya a pasar las fiestas casada por primera vez este año.

Ahora tiene compromisos con Ed durante esas fechas.

Por supuesto, puede que mi madre haga todo lo posible para que vayan a su casa, pero ya noto que la influencia que tiene sobre Katherine se ha debilitado.

Katherine tiene ahora su propia familia.

Y no sé en dónde me deja eso. No soporto la idea de pasar el Día de Acción de Gracias en Boston con una madre que, lo sé, preferiría tener a Katherine como invitada en lugar de a mí.

Me invaden unas ganas tremendas de mandarlo todo a paseo. Necesito despejar la mente para que las cosas positivas puedan nacer en mi interior.

—Tengo que irme —anuncio—. Sigue enviándome fotos.

Te quiero. —Le lanzo un beso a la pantalla y, antes de que Katherine pueda decir nada, cuelgo.

Me levanto de un salto, cojo mi regalo de graduación del sofá y salgo furiosa del salón.

Cojo las llaves y vuelvo a desenganchar el espejo de la pared.

Prefiero tener una pared en blanco que un espejo de una vecina fallecida cuyo nombre ni siquiera recordamos.

Me calzo los zapatos y bajo a la acera. El restaurante que está dos puertas más abajo está sacando la basura del día.

No me lo pienso dos veces antes de tirar el cuenco y el espejo en el cubo de basura metálico.

Debería haberlo hecho hace mucho tiempo.

Ninguna de esas cosas significaba nada para mi madre. Y tampoco significan nada para mí. Nada bueno, al menos.

Vuelvo a mi piso, cojo mi portátil y pulso «Responder» en el correo de Sharon.

No tengo nada que perder por decirle que me gustaría que me tuvieran en cuenta para esa beca.

Vale, puede que no la consiga, pero mi madre nunca se enterará.

Katherine ni siquiera tiene por qué saberlo. No tengo por qué decírselo a nadie.

Sharon responde de inmediato, diciendo que le alegra que haya tomado esa decisión y que se pondrá en contacto conmigo para darme más detalles.

Me siento bien. Creo que he tomado una decisión basada en lo que yo quiero en lugar de en lo que los demás piensan de mí.

Vale, quizá no esté del todo segura de querer estudiar Derecho.

De hecho, ni siquiera estoy del todo segura de presentarme al examen de acceso, pero de una cosa estoy segura: Sharon es inteligente.

Quizá ella ve algo en mí que yo no veo. Estoy aprendiendo que no siempre puedo fiarme de lo que creo de mí misma, pero mientras lo voy descubriendo, puedo permitirme confiar en las personas que ven lo mejor de mí.

Es lo que mi madre debería haber hecho toda mi vida, en lugar de compararme con Katherine y menospreciarme.

No puedo cambiarla ni puedo cambiar el pasado, pero sí puedo empezar a construir un futuro basado en quién soy hoy en lugar de seguir creyéndome el desastre con patas que mi padre parece pensar que soy.

Cojo el libro de preparación para el examen y lo abro por el capítulo uno.